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Sergio Pitol: Amalia Otero

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Sergio Pitol: Amelia Otero



Deberías verla ahora, ¡ay, Cata, sencillamente le deshace a uno el corazón! Sabrás que la pobre se mantiene dando clases de música; yeso, ahora que ni pianos quedan en este miserable pueblo, significa medio morirse de hambre. ¿Recuerdas el suyo? Lo habían traído de Viena, o de París, qué sé yo. ¿Te acuerdas de su pequeño paraíso? Arañas de Murano, alfombras persas, mantelería de Brujas, chucherías del mundo entero para realzar los muebles que los Otero conservaban desde la fundación de San Rafael. Pues todo eso, Catalina, todo, no existe ya sino en la memoria. La inocente ha tenido que ir desprendiéndose de una pieza tras otra hasta quedarse al fin, como el arriero del cuento, con las manos vacías. Entras en esa casa que tú y yo y todos sabemos lo que fue y no resistes las ganas de echarte a llorar. Sólo cuando la vean esos ojos que se comerá la tierra te convencerás de que no exagero. Y mira que ni para ayudada, porque eso sería concederle el mismo derecho a todos los que un día fueron algo y hoy viven de milagro, sin un centavo en la bolsa, sin un mendrugo que llevarse a la boca. De cuando en cuando, eso sí, me la traigo a comer; no con la frecuencia que me gustaría, porque bien conocemos la inmisericordia que muestran los hombres ante estas situaciones; Cosme es de los que difícilmente olvidan, y aunque por lo general guarda silencio, cuando el tema sale a la luz puedo advertir que le hiere mi amistad con mujeres que, como ella, hicieron de su vida un homenaje decidido al diablo. No le quepa duda, joven, la vida es cruel. ¡Horriblemente cruel! Me imagino que ya por Catalina sabrá cómo se vivía hace cuarenta años en este San Rafael que ahora no podrá sino parecerle un pueblucho. Eso es lo que es, una aldea de medio pelo, una ranchería, arruinada., Nos cabe el orgullo de decir que nuestros tiempos fueron verdaderamente tiempos. ¿Recuerdas las noches de teatro? Mire, joven, desde aquí, por la ventana, puede ver la esquina donde se levantaba el teatro Díaz. Ahí mismo donde los Alarcón, gente de fuera, construyen una tienda de artículos eléctricos. Cada familia tenía un palco. La concurrencia era un espectáculo. Los caballeros de oscuro y nosotras de gala: plumas en los sombreros, en los abrigos, en las capas de colas soberbias, ¡y qué joyas! Me acuerdo de una salida de teatro de terciopelo negro con dos hilo_.de perlas falsas bordados desde el cuello hasta el dobladillo.


¡Corazón, lo que te envidié esa capa! Mas se dejó llegar la Revolución, y, ¿no digo bien que la vida es cruel?, aquel esplendor qué tanto nos confortaba fue cruelmente abajado y San Rafael quedó sumido en la más apabullante de las miserias. ¡Villa Muerta debió haberse llamado desde entonces! La mayor parte de la gente acomodada salió, como ustedes, hacia la capital en busca de garantías y si se les volvió a ver por estos rumbos fue sólo como turistas; quienes nos quedamos lo perdimos todo, o casi todo, a manos de los bandoleros; hordas hirsutas y salvajes que al grito de ¡Viva mi general Fulano!, o al de ¡Mueran los hombres de Perengano! irrumpieron de pronto por las calles. Escapada del monte, vomitada por la llanura, ¡sepa Dios de dónde habrá salido esa turba infame...!, lo cierto es que un día la tuvimos aquí, adentrándose violentamente en las casas, para acarrear con todo lo que les cabía en las ajorcas; acusaron al mundo entero de ser federal, saquearon el banco y las tiendas. Se volvieron los amos. Con la primera incursión de los rebeldes se inició la agonía de San Rafael, y fue entonces cuando la pobre Amelia se dejó tentar por el demonio. Te diré que yo tardé algún tiempo en darme cuenta cabal de lo que ocurría; aunque ya estaba casada, ciertos temas, por pudor, por delicadeza, no se ventilaban delante de una con la desvergüenza de hoy, sino que se quedaban en la pura penumbra. Aquí y allá fui observando y escuchando cosas, de tal manera que cuando le abrieron proceso y fue a dar a la cárcel con sus huesos y sus humos de emperatriz destronada, ya no me sorprendí, casi me lo esperaba. ¡Parece que la veo!, ¡como si fuera ayer! Pasó frente a esta ventana; yo tenía a Martita de meses y me causó tal impresión que por varios días no pude darle el pecho. Caminaba erguida, vestido creo que de morado, muy hermosa. A pesar de que aquellos léperos la llevaban sujeta de las muñecas caminaba con la cabeza en alto, sin desviar la mirada, sin saludar a nadie, como si en el mundo existieran sólo las puertas de la cárcel y su única preocupación fuera alcanzarlas. Sólo mi comadre Merced Rioja se atrevió a desafiar, no a los esbirros que la conducían, que eso, dado sus arrestos, no le hubiera extrañado a nadie, sino a la opinión pública, pues si bien es cierto que con el tiempo todas fuimos volviendo a tratarla (no crean, se necesitaría tener el corazón muy de piedra para no compadecerse), en aquella época, los hechos tan recientes, y siendo, para bien o para mal, tan rígida nuestra conducta, resultaba espantoso que alguien se atreviera a acercársele y a dirigirle la palabra; cuando mi comadre Merced se dio cuenta de que la llevaban detenida se enfrentó al grupo y sin inmutarse por la mala catadura de aquellos desalmados le dijo que no se preocupara por sus hijos, que ella los llevaría a su casa y velaría por ellos el tiempo que fuera necesario. Su gestión resultó en vano, ya que un sobrino de Concha Ramírez se había ingeniado para llevados esa mañana al escondite de Julián, y éste desapareció para siempre con ellos; unos dicen que salieron rumbo a los Estados Unidos, otros que a Europa; hasta hay quienes sostienen que están viviendo en Mazatlán, lo cierto es que no volvió a enterarse del paradero del marido ni de los hijos; pero ve tú a indagar qué sabe y qué no sabe; con ella nunca se ha podido poner nada en claro, o, al menos, no tan en claro como teníamos derecho a esperar. De nosotras no se podrá quejar, si lo hace sería por pura ingratitud; la hemos tratado como a una hermana, nos hemos apiadado de sus pesares, la ayudamos hasta donde nuestros recursos nos lo permiten; hemos optado por perdonar y olvidar al ver lo caro que le resultó el pago; y así y todo, ¿creerás que nos trata con tales reservas que nadie hasta la fecha ha logrado enterarse de nada? ¿Dime si esa falta de confianza no ha de ofenderme? Pues bien, decía que del marido y de los hijos no volvimos a tener noticias, sólo que hace cosa de diez años, cuando Rosa Guízar trabajaba aún en el correo, tuvo en sus manos un sobre dirigido a Amelia, enviado del extranjero, y allí bien claro, la letra de Julián. Debió de haberlo abierto, debió de haber leído la carta; en ese caso no hubiera sido delito. No venía de los Estados Unidos, de eso Rosa estaba bien segura, pues conocía de sobra las estampillas. En aquel maldito sobre no constaba ni nombre ni remitente, ni dirección, ni nada. Rosa nos dijo cuál era la palabra impresa en la estampilla y Osario, el boticario, la anotó para buscarla en su Atlas Geográfico; pero has de creer que el estúpido perdió el apunte y como las desgracias nunca vienen solas a la pobre Rosita le atacó la embolia una de esas noches y ya no hubo posibilidad de sacarle una palabra ni de hacerle escribir una sola letra. Lo único que supimos fue que aquella carta, fuese de Julián o de quien fuera, perturbó terriblemente a Amelia; volvió a cerrar su casa a piedra e Iodo y durante días no se le vio salir a la calle. Era Concha Ramírez la que iba al mercado y a avisar a las alumnas que la señora no podía atender en esos días las clases de piano, porque el reuma, ¡SU socorrido reuma!, la había atacado con inusitada violencia y el menor movimiento le causaba dolores atroces; luego, cuando al fin se decidió a aparecer, estaba deshecha; en menos de una semana había envejecido siglos, y cuenta Julita Argüelles que mientras le daba la clase se le escaparon algunas lágrimas, ¡vaya uno a saber si fue cierto!, pues nadie, al menos nadie digno de crédito, ha visto llorar a Amelia Otero.


Pero veo que te canso, Catalina, ya tu nieto estas historias le deben tener muy sin cuidado; qué quieres, a nosotras ya no nos pertenecen sino los recuerdos. Es tanto lo que uno ha visto, joven, y todo tan perverso, tan abrumadoramente triste, que tenemos que aireado a la menor oportunidad para no enloquecer, para que el corazón no nos reviente de pronto.


El día anterior a nuestro regreso a México, vagabundeando por las calles del pueblo, pasé frente a la casa de doña Carlota y se me ocurrió entrar a despedirme. Al poco rato la veía yo, divertido, ingeniársela para enhebrar el .hilo de su historia favorita:
—.Hacia 1910, San Rafael podía haberse erigido en un símbolo de paz y tranquilidad. La vida se deslizaba por cursos apacibles, sin angustias, sin sobresaltos de ninguna especie; las únicas penas las producían las defunciones, o el hecho de que la cosecha de café fuera pobre o no alcanzara un buen precio. No creo que usted, que seguramente ha aniquilado su juventud en un estúpido salón de cine, pueda hacerse cargo de la situación. Seguramente ha de parecerle tediosa e insípida la existencia que entonces cultivábamos, pero créalo, no necesitábamos más: paseos por el campo, tertulias en las casas, fines de semana en las haciendas de los alrededores; cuando nos visitaba una compañía dramática, San Rafael creía conocer la gloria; éramos tan aficionados a las tablas que hasta llegamos a patrocinar una que otra temporada de ópera. Era una vida tersa y armoniosa, y Amelia, la luciérnaga que imprimía luz a nuestros esparcimientos. Lo que más disfrutábamos eran las funciones de aficionados, no tanto por las representaciones sino por la diversión diaria que nos proporcionaban los ensayos. Durante las noches de verano su casa se mantenía animada por nuestro entusiasmo; después del ensayo se servía la cena y unas copas de aguardiente y de buen vino; a veces hasta se organizaba baile. Todo el mundo, actuara o no, acudía esas noches a su casa. Su abuela y yo aparecimos en los coros de La mascarada. ¡No sabe qué vestuario! Estaba aquí de vacaciones el licenciado Galván y comentó que nunca había visto un espectáculo de aficionados montado con tan buen gusto como aquella Mascarada que representamos un sábado de gloria en el teatro Díaz. Como le he dicho, las noches previas a la función tenían mucho encanto: en el salón grande, con Santitos Gaspar al piano, cantábamos los jóvenes; en la sala de junto los señores mayores jugaban a las cartas o al dominó y discutían sobre la situación política que empezaba a enturbiar los ánimos, mientras que, refugiadas en el comedor, las viejas no hacían sino comer a pasto y beber rompope y criticar a todo el mundo. No había hecho que en San Rafael pasara inadvertido por la torva mirada de aquella secta de momias; casi todas pasaban de los setenta: había nietas de los fundadores del pueblo. Aquellas once o doce ancianas conocían no sólo el más ligero desliz que alguna persona hubiera cometido, sino, lo que era muchísimo peor, podían predecir el futuro con impresionante certidumbre; por eso se les temía y respetaba como a vetustos e infalibles oráculos. Aquel grupo de viejas comenzó a esparcir el rumor de que ni Amelia ni Julián eran felices, que su matrimonio era un fracaso, que el hastío incubaba resentimientos entre ellos, a lo que todas respondíamos que era mentira, que su casa era la más alegre de la ciudad; pero cuando le expuse ese argumento a doña Victoria Fraga me respondió que eso era precisamente lo que la hacía sospechar que las cosas iban a acabar mal, pues si el matrimonio estuviera unido los cónyuges no necesitarían buscar oportunidades para no quedarse a solas, para estar aturdiéndose a toda hora, con gente, comidas, paseos y ensayos. "Acuérdate de mis palabras —añadió—, nuestra encantadora Amelia no tarda en dar un traspié." Quedé anonadada, pues, como le repito, cuando aquellas ancianas dirigidas exacerbadas por los malísimos humores de Victoria Fraga, se decidían a lanzar el anzuelo, era porque estaban seguras de la pesca. Y me dolió, porque yo, la verdad, en aquel entonces quería mucho a Amelia. Le dije a doña Victoria que esa vez se equivocaba, que le tenía mala voluntad por venir de la capital, por disfrutar de la vida. Era tal mi furia que me atreví a decide que hablaba de ese modo por envidia, ya que Amelia era joven y elegante y, sobre todo, porque se había casado con Julián a quien desde muchacho le había echado el ojo para casado con una de esas gurbias abominables que tenía por nietas. La escena me dejó muy lastimada y contrita, y las noches siguientes las dediqué a observar detenidamente al matrimonio. ¡Era verdad! Una cortina de hielo se les había interpuesto; procuraban mantener entre ellos la mayor distancia posible. Si riñeran, decía yo para mis adentros, si se reclamaran cara a cara de todo lo que se les está incubando, las cosas cambiarían. Pero nunca riñeron, y así les fue... Poco después del estreno de La mascarada fuimos a Xalapa a que operaran a Cosme y de ahí yo seguí con mi suegra en México con intención de pasar una temporada con Maruja, la menor de mis cuñadas, lo que ya no fue posible, pues a las pocas semanas la situación se volvió muy difícil: no se oía hablar sino de levantamientos y de que del norte bajaba la Revolución. Antes de que, cortaran los caminos decidimos volver a San Rafael, y no teníamos ni una semana de haber llegado cuando los rebeldes asaltaron la población. Julián Otero tuvo que salir, igual que varios otros señores de la localidad, entre ellos mi marido, a esconderse en los alrededores. Me parece que fue en un rancho a Matalarga donde pasó esos meses. Amelia se quedó sola con sus hijos Mamá, siempre al pendiente de todo, fue a ofrecerle nuestra casa; pensó que era peligroso que una mujer viviera, en días tan turbulentos, sin un hombre que velara por su seguridad; pero ella se, negó a aceptar todas las invitaciones que a ese respecto le hicieron. Era como si presintiera su llegada. Lo más posible es que ya estuviera enterada. Me acuerdo que al día siguiente de la toma de San Rafael fuimos a visitada, se mostró más bien alegre, voluble y excitada. Se ha de imaginar el sorpresón que nos llevamos cuando nos dijo que en México había tratado con algunos revolucionarios Y que no había por qué alarmarse, que, tan pronto como terminaran las escenas inevitables de violencia tendríamos la oportunidad de conocer una vida mejor. Salimos de allí con el ánimo muy perturbado. De repente nos enterábamos de que una a quien siempre habíamos considerado de las nuestras, pertenecía al bando que obligaba a nuestros maridos a vivir escondidos en algún rancho de mala muerte, disfrazados de peones, medrosos y humillados. A los pocos días de la rendición del pueblo llegó una nueva fracción del ejército; cerca de mil fulanos: muerte y destrucción era su sino: ejecuciones en las haciendas, en los caminos, en los solares mismos de las casas, saqueos, raptos, vejaciones. Nunca me cansaré de reprocharle a Cosme el que no hubiéramos salido entonces de San Rafael, como hizo su familia y tantas otras. ¡La de sufrimientos que nos hubiésemos ahorrado! Los rebeldes, apenas llegados, comenzaron a repartirse en las casas. Piénselo, joven, mil gentes más que hubo que alimentar. A casa de los Otero, por ser una de las mejores, llegó a hospedarse el alto mando: el general Rubio con sus ayudantes. Los recibimos a la fuerza, haciéndoles notar lo poco que nos complacía ser sus anfitriones. ¡Qué días! Nos hacían comer en la cocina, servirles la mesa, hacerles las camas; de mil y una objeciones fuimos objeto en esos días. ¡A Amelia, en cambio!


Rubio daba la impresión de ser un muchacho decente injertado en la bola; a leguas se le notaba la diferencia con la chusma que lo rodeaba. Desde el primer momento la trató con atenciones, No la obligó a cederle; pistola en mano, su casa, como lo hicieron con nosotros los matarifes que nos tocó alojar, sino que fue a solicitar albergue para él y sus hombres durante el tiempo que permanecieran en San Rafael; no vaya a creer que cedió de inmediato, por el contrario, la muy ladina replicó al general que estando su marido en la capital le parecía contrario al decoro alojar a un grupo de militares; el hombre no cejó, siguió insistiendo con aplomo hasta que Amelia no tuvo más remedio que dejados pasar. Ya en ese primer encuentro, si uno lo piensa bien, se podía descubrir algo anómalo, un tono de comedia bien ensayada en la solicitud y en las negativas, en las súplicas y en la aceptación final, un aire de galanteo, tanto que a mí me latió que Amelia y Rubio se conocían desde antes, desde sus tiempos de soltera en la capital. Pasaron varios días durante los cuales nadie se preocupó más que de salvar el pellejo y las pertenencias, lo que día a día se fue haciendo más problemático, pues en cada casa había por lo menos cinco matarifes que todo lo acechaban, todo lo veían, ¡malditos mil veces los muy hijos de perra!, y a todo el mundo trataban de comprometer. Durante esos primeros días, Amelia permaneció encerrada todo el tiempo. Como no podíamos recibir en nuestros hogares por estar constantemente vigilados, tomamos la costumbre de reunimos por la tarde en la alameda y tratar ahí nuestros asuntos, consolamos por nuestros cotidianos pesares, cambiar impresiones y ayudamos en todo lo posible. Amelia no asistía y cuando íbamos a buscarla pretextaba un terrible dolor de cabeza, reuma cerebral nos decía a las cándidas, pues ya sea en los pies, en los brazos o en el cerebro, siempre se ha refugiado en el reuma para evitar explicaciones. Creíamos que realmente estaba enferma y que sus dolores debían ser producidos por la zozobra que a una mujer sola le produciría tener alojada en su casa a una banda de forajidos. ¡Qué lejos estábamos de imaginar que el desagrado se lo causaban nuestras visitas y que en aquel cabecilla tenía para su consumo un hombre de placer! Tampoco hay que juzgarla del todo peor, muchachito: el general no era un cualquiera; no era, ¡ay, no!, como aquellos indios cerreros que vivían en esta casa. Rubio era un señor. Con decirle, que anciana como soy y pudiendo, por lo mismo, ver las cosas en perspectiva y no espantarme de nada, creo que yo y mis hermanas, y las Mendoza, y las muchachas García Rebolledo y todas, aunque no nos lo confesáramos ni a nosotras mismas, andábamos de cabeza por él; si una noche hubiera llegado a mi casa para decirme: "Ándele, güera, vaya empacando sus trapos que ahí afuera nos espera el caballo para jalar al monte, ándele, ándele", o cualquier ordinariez por el estilo, me habría ido con él, con todo y el respeto que guardé siempre a mis padres, y el que le he tenido a Cosme, y el que he guardado toda la vida a mi honra y buen nombre, me habría ido con él, habría sido su soldadera, su puerca, su escopeta, y aunque a los pocos días me hubiera abandonado me habría sentido colmada, porque era un ángel, un sol, Una profundidad, un demonio; nunca vi, ni antes ni después, otro hombre que se le pareciera; era un ángel con cara de Caín. Lo odiábamos por lo que representaba, pero no podíamos dejar de advertir que sus ojos eran los de un iluminado. A las pocas semanas no se preocupaban en tener el menor recato; hacían frecuentes paseos, por lo general al campo; no nos cansábamos de admirar su frescura y desvergüenza cuando los encontrábamos caminando parias alrededores. Las cosas llegaron a tal extremo de impudicia que doña Victoria Fraga, asistida por el consenso público, fue a hablarle y a exigirle que modificaran su conducta. Amelia no se inmutó; salió con la nueva de que el general Rubio y ella eran amigos de infancia, que hasta los unía un lejano parentesco —se parecían, eso es cierto, se parecían muchísimo— y que por lo tanto no tenía que moderar ninguna conducta; sus actos eran los de una vieja amiga, prima además, y que como el general se encontraba desamparado, así dijo, ¿lo puede usted creer?, ¡desamparado!, en un pueblo tan oscuro y de gente tan aburrida, se sentía en la obligación de hacerle lo más grata que fuera posible su estancia. Doña Victoria le respondió que se alegraba muchísimo, que perdonara su error, y ya que el general era su primo Julián no tendría problemas para volver a casa. Amelia la dejó casi con la palabra en la boca, comenzó a quejarse de su bendito reuma y de los dolores que le ocasionaba, y lo necesario que le era el reposo. No obstante que la época nos había acostumbrado a que cualquier cosa nueva tenía por fuerza que ser terrible, nadie se esperaba un desenlace tan estrambótico y siniestro. Cuando Madero llegó a la presidencia, Rubio fue nombrado jefe militar de la zona; luego, la verdad es que no me explico qué ocurrió, estos rebeldes y los maderistas entraron en pugna, no lo sé bien, no me interesa, lo cierto es que se hizo público que Rubio había sido desconocido en su cargo y que las fuerzas gubernamentales tomarían la población Otra vez la zozobra, otra vez el miedo al imaginar que nuestras calles, nuestras casas, serían el escenario en que habían de desarrollarse los combates, hasta que nos enteramos que Rubio no opondría resistencia a las tropas del gobierno, que evacuaría San Rafael por la paz. Se decía que Amelia saldría con él, que dejaría para siempre casa, marido e hijos. Y así fue. La madrugada en que salió la tropa, la Otero abandonó San Rafael. Pero a los tres días, para nuestro asombro, regresaron ambos; a llevarse algo, pensamos, seguramente dinero, o las joyas de Amelia, o a volver a ver a los niños. Fue un anochecer. Dejaron los caballos en la alameda, caminaron a lo largo de la calle mayor, iban como perturbados, como ebrios, uno aliado del otro sin siquiera tomarse la mano. Todos pudimos verlos; las calles bullían de gente que comentaba la situación en que nos encontrábamos; se iban unos, pero estaban otros por llegar cuya crueldad nadie conocía. Amelia y Rubio caminaron sin vemos, sin reconocemos, agobiados, hasta llegar al parque donde él se desplomó en una banca, como si ya no pudiera más, pero ¿por qué?, ¿qué había pasado? Ni en el cine he visto una escena como aquélla: Rubio sentado en la banca con la cara entre las manos, ella, de pie, demacrada, martirizada, perdida. Unos minutos después lo tomó de la mano como a un niño, como a un hermano pequeño, y siguieron caminando hasta llegar a su casa. En esos momentos no estaba sine Concha; ella es la única que podría dar un testimonió veraz de la tragedia, aunque como le he dicho, joven, jamás se le ha podido sacar una palabra; es terca como una mula y no sabe sino responder que no oyó ni vio ni supo nada; que lo que allí pasó a ella no le importa, ni a nadie. Cuando se oyeron los disparos nadie les dio importancia, en aquel entonces los balazos eran el pan nuestro de cada día. A la mañana siguiente, Concha salió a comprar el ataúd. Todo el mundo estaba consternado y sin saber a ciencia cierta cómo proceder, pues hasta que no negaran los destacamentos maderistas pasamos por momentos rarísimos, sin autoridades, sin tribunales, sin gendarmería siquiera, así que lo único que nos cupo fue dejamos invadir por el horror y esperar las aclaraciones que jamás se nos dieron. Esa misma tarde, sin autopsia, sin que nadie tratara de impedido, el general Rubio fue sepultado. A las toscas manos de Concha correspondió el honor de echar el último puñado de tierra al hombre que convirtió a nuestra Amelia en una adúltera y una criminal. No salió, de su casa sino hasta muchos días después, cuando las nuevas autoridades ordenaron su aprehensión. Para nuestra desdicha no pudimos sacar nada en claro. El proceso fue secretísimo y parece que nada quedó apuntado. El licenciado Bustamante, que venía con los maderistas, le dijo un día a mi cuñado Laureano que aquél era el caso más interesante que había juzgado en su vida.


"Un viento de tragedia griega —dijo muy pomposamente— ha soplado en el caso de Xavier Rubio y Amelia Otero." Declaró que los había conocido antes en México cuando niños, y que ya entonces había presentido el final. Eso fue todo lo que recabamos de aquel proceso que la llevó quince días a la cárcel para resultar absuelta: que un viento de tragedia griega había soplado en sus vidas, ¡hágame usted el favor! Y si salió libre, ¿qué debíamos suponer?, ¿que fue un suicidio?, ¿entonces por qué ni ella ni Concha lo dicen? Al salir de la cárcel se encontró sin marido y sin hijos; doña. Merced le entregó un sobre abierto en el que Julián le dejaba las escrituras de la casa y de unas fincas que tenía aquí cerca, por el rumbo de La Cuchilla. Las demás propiedades las malvendió Julián a don Cruz Vega. Amelia llegó a su casa, tapó puertas y ventanas y durante muchos, muchísimos años, permaneció oculta. Nada sabíamos de ella; yo, fantasiosa como soy, llegué a temer que hubiera muerto y que Concha nos ocultara la noticia; hasta que un día, unos quince años después ante el asombro general, sus ventanas se abrieron, y a los pocos días la teníamos nuevamente por las calles. Era como un espectro que nos recordara una época que todos queríamos olvidar. Era traernos nuevamente al corazón aquellos años de despojos, de saqueos, de atropellos, y lo más penoso, lo muy doloroso, es que nos recordaba también nuestro bienestar anterior en un tiempo amargo en que todos teníamos que vivir al día. También ella debía mantenerse entre grandes estrecheces; sus joyas habían ido a parar, su fiel Ramírez se había encargado de llevarlas, a casa de Nabor Quintero, el prestamista. Imagínese nuestro asombro al ver salir aquel fantasmón a la luz después de tantos años de absoluta incomunicación. Parecía que fuésemos espectadoras de una representación al aire libre. Dos rosas amarillas recién cortadas adornaban su cabellera rubia. No creo que la agitación alcanzara semejantes proporciones el día que sus vecinos vieron resucitar a Lázaro. No hubo un alma que no se asomara a los balcones o saliera a la calle, y así, con el pueblo entero haciéndole valla, reapareció en escena. ¿Se da usted cuenta? En la primera salida se dirigió al despacho del licenciado de la Peña para encargarle la venta de su finca en La Cuchilla, pues, según aclaró, eran tierras que no podía atender y le estaban haciendo falta unos centavos para algunos menesteres —menesteres que eran comer tres veces al día, me imagino——. Tendría entonces cerca de cincuenta años; ni una arruga en la piel, que se había vuelto de una blancura sobrenatural, ni una cana en el espeso cabello rubio, pero, le digo, ya no era hermosa; la soledad y el sufrimiento habían dejado marcada. Después de aquella primera salida empezó a hacer algunos paseos al atardecer y todas fuimos, poco a poco, volviéndola a tratar. Al principio sólo un furtivo saludo, luego nos le fuimos acercando, después la admitimos en nuestras casas, y así, cuando vendidas todas sus pertenencias se ofreció a dar clases de piano, a nadie le supo mal encomendarle a sus hijas, máxime que nunca hablaba del pasado ni, muchísimo menos, de sus extraños amores con aquel apuesto general guerrillero. Los años pasaron sin añadir novedades a su vida, a no ser esa misteriosa carta cuyo origen nunca logramos averiguar. Con la vejez se le han agudizado las manías. A veces se pasa noches enteras sentada en el balcón con la mirada fija en el parque, en aquella banca donde una noche de otoño había llorado su amado pocas horas antes de que una bala le penetrara en el corazón llueve, hace frío, y ahí la tiene, apostada en la baranda con sus setentaitantos años a cuestas; Inmóvil, como si esperara oír algo, como si pensara que de pronto iba a encontrarse con él, mientras sus ojos, alocados e irredentos, se lanzan desesperadamente a buscarlo. ¡La pobre...! No quisiera estar un solo minuto dentro de su piel, con esas cargas que debe llevar dentro, con esos pecados que deben lacerarle todo el tiempo las entrañas; no sólo el asesinato, si lo hubo, pues he negado a pensar que en este caso eso fue lo de menos, y que el vínculo que la unía a Xavier Rubio era más sórdido y terrible que el crimen mismo.


De pronto doña Carlota dejó de hablar. Algo visto a través de la ventana la sacó de aquella abstracción de médium en que se había mantenido a lo largo del relato. Me asomé yo también.
Una figura grotesca cruzaba la calle.


—Es ella —murmuró—. llevaba un vestido de principios de siglo, de grueso género verde; la cola larga y fluida parecía atorarla a cada momento a los guijarros de la calle, haciendo más penosa aún la marcha; un mantón desteñido y marchito se enredaba, con torpe gracia, a su cuello; se apoyaba al caminar en un bastón tosco de madera con puño amarillo; el cabello, desastrosamente teñido con reminiscencias de yodo, estaba recogido en la parte superior en una informe madeja. Parecía absurdo suponer que aquella estrambótica criatura, ridícula y grotesca, hubiera podido protagonizar un drama pasional tan intenso; pero cuando se acercó y pude contemplar sus ojos quedé sobrecogido. En ellos estaba fija una mirada salvaje y tierna que se paseaba por todos los registros e la pasión, y que de modo impresionante podía traslucirlos todos a la vez, de la ferocidad más animal a la más piadosa de las ternuras, del arrojo más decidido al más conmovedor de los temes.


Nunca más volví a San Rafael. Amelia Otero debe haber muerto; también Concha Ramírez, Su fiel sirvienta, y doña Carlota, la obsesiva relatora. Es posible que a la muerte de Amelia se hubiesen podido al fin conocer los pormenores de su tragedia, que hayan surgido cartas, papeles, diarios, pero también es posible que a nadie le hubiera ya interesado leer aquellos documentos. Muertos sus contemporáneos, moría su historia. Tal vez en la planta baja de su casa, los Alarcón —gente de afuera hayan abierto ya una discoteca.


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El escudo de la ciudad

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El escudo de la ciudad
Franz Kafka


En un principio no faltó la organización en las disposiciones para construir la Torre de Babel; de hecho, quizás el orden era excesivo. Se pensó demasiado en guías, intérpretes, alojamientos para obreros y vías de comunicación, como si se dispusiera de siglos. En esos tiempos, la opinión general era que no se podía construir con demasiada lentitud; un poco más y hubieran abandonado todo, y hasta desistido de echar los cimientos. La gente razonaba de esta manera: lo esencial de la empresa es el pensamiento de construir una torre que llegue al cielo. Lo demás es del todo secundario. Ese pensamiento, una vez comprendida su grandeza, es inolvidable: mientras haya hombres en la tierra, existirá también el fuerte deseo de terminar la torre. Por consiguiente no debe preocuparnos el futuro. Al contrario: el saber de los hombres adelanta, la arquitectura ha progresado y seguirá progresando; de aquí a cien años el trabajo para el que precisamos un año se hará tal vez en pocos meses, y más resistente, mejor. Entonces, ¿a qué agotarnos ahora? Eso tendría sentido si cupiera la esperanza de que la torre quedará terminada en el espacio de una generación. Esa esperanza era imposible. Lo más creíble era que la nueva generación, con sus conocimientos superiores, condenara el trabajo de la generación anterior y demoliera todo lo adelantado, para recomenzar. Tales pensamientos paralizaron las energías, y se pensó menos en construir la torre que en construir una ciudad para los obreros. Cada nacionalidad quería el mejor barrio, y esto dio lugar a disputas que culminaban en peleas sangrientas. Esas peleas no tenían fin; algunos dirigentes opinaban que demoraría muchísimo la construcción de la torre y otros que más valía aguardar que se reestableciera la paz. Pero no sólo en pelear pasaban el tiempo; en las treguas se dedicaban a embellecer la ciudad, lo que provocaba nuevas envidias y nuevas peleas. Así pasó la era de la primera generación, pero ninguna de las siguientes fue distinta; sólo aumentó la destreza técnica y con ella el ansia guerrera. Aunque la segunda o tercera generación reconoció la insensatez de una torre que llegara hasta el cielo, ya estaban demasiado comprometidos para abandonar los trabajos y la ciudad.

El vaticinio de que cinco golpes sucesivos de un puño gigantesco aniquilarán la ciudad, está presente en todas las leyendas y cantos de esa ciudad. Por esa razón el escudo de armas de la ciudad incluye un puño.


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China por José Donoso

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China

José Donoso


Por un lado el muro gris de la Universidad. Enfrente, la agitación maloliente de las cocinerías alterna con la tranquilidad de las tiendas de libros de segunda mano y con el bullicio de los establecimientos donde hombres sudorosos horman y planchan, entre estallidos de vapor. Más allá, hacia el fin de la primera cuadra, las casas retroceden y la acera se ensancha. Al caer la noche, es la parte más agitada de la calle. Todo un mundo se arremolina en torno a los puestos de fruta. Las naranjas de tez áspera y las verdes manzanas, pulidas y duras como el esmalte, cambian de color bajo los letreros de neón, rojos y azules. Abismos de oscuridad o de luz caen entre los rostros que se aglomeran alrededor del charlatán vociferante, engalanado con una serpiente viva. En invierno, raídas bufandas escarlatas embozan los rostros, revelando sólo el brillo torvo o confiado, perspicaz o bovino, que en los ojos señala a cada ser distinto. Uno que otro tranvía avanza por la angosta calzada, agitando todo con su estruendosa senectud mecánica. En un balcón de segundo piso aparece una mujer gruesa envuelta en un batón listado. Sopla sobre un brasero, y las chispas vuelan como la cola de un cometa. Por unos instantes, el rostro de la mujer es claro y caliente y absorto.


Como todas las calles, ésta también es pública. Para mí, sin embargo, no siempre lo fue. Por largos años mantuve el convencimiento de que yo era el único ser extraño que tenía derecho a aventurarse entre sus luces y sus sombras.


Cuando pequeño, vivía yo en una calle cercana, pero de muy distinto sello. Allí los tilos, los faroles dobles, de forma caprichosa, la calzada poco concurrida y las fachadas serias hablaban de un mundo enteramente distinto. Una tarde, sin embargo, acompañé a mi madre a la otra calle. Se trataba de encontrar unos cubiertos. Sospechábamos que una empleada los había sustraído, para llevarlos luego a cierta casa de empeños allí situada. Era invierno y había llovido. Al fondo de las bocacalles se divisaban restos de luz acuosa, y sobre los techos cerníanse aún las nubes en vagos manchones parduscos. La calzada estaba húmeda, y las cabelleras de las mujeres se apegaban, lacias, a sus mejillas. Oscurecía.


Al entrar por la calle, un tranvía vino sobre nosotros con estrépito. Busqué refugio cerca de mi madre, junto a una vitrina llena de hojas de música. En una de ellas, dentro de un óvalo, una muchachita rubia sonreía. Le pedí a mi madre que me comprara esa hoja, pero no prestó atención y seguimos camino. Yo llevaba los ojos muy abiertos. Hubiera querido no solamente mirar todos los rostros que pasaban junto a mí, sino tocarlos, olerlos, tan maravillosamente distintos me parecían. Muchas personas llevaban paquetes, bolsas, canastos y toda suerte de objetos seductores y misteriosos. En la aglomeración, un obrero cargado de un colchón desarregló el sombrero de mi madre. Ella rió, diciendo:


-¡Por Dios, esto es como en la China!



Seguimos calle abajo. Era difícil eludir los charcos en la acera resquebrajada. Al pasar frente a una cocinería, descubrí que su olor mezclado al olor del impermeable de mi madre era grato. Se me antojaba poseer cuanto mostraban las vitrinas. Ella se horrorizaba, pues decía que todo era ordinario o de segunda mano. Cientos de floreros de vidrio empavonado, con medallones de banderas y flores. Alcancías de yeso en forma de gato, pintadas de magenta y plata. Frascos de bolitas multicolores. Sartas de tarjetas postales y trompos. Pero sobre todo me sedujo una tienda tranquila y limpia, sobre cuya puerta se leía en un cartel: "Zurcidor Japonés".


No recuerdo lo que sucedió con el asunto de los cubiertos. Pero el hecho es que esta calle quedó marcada en mi memoria como algo fascinante, distinto. Era la libertad, la aventura. Lejos de ella, mi vida se desarrollaba simple en el orden de sus horas. El "Zurcidor Japonés", por mucho que yo deseara, jamás remendaría mis ropas. Lo harían pequeñas monjitas almidonadas de ágiles dedos. En casa, por las tardes, me desesperaba pensando en "China", nombre con que bauticé esa calle. Existía, claro está, otra China. La de las ilustraciones de los cuentos de Calleja, la de las aventuras de Pinocho. Pero ahora esa China no era importante.



Un domingo por la mañana tuve un disgusto con mi madre. A manera de venganza fui al escritorio y estudié largamente un plano de la ciudad que colgaba de la muralla. Después del almuerzo mis padres habían salido, y las empleadas tomaban el sol primaveral en el último patio. Propuse a Fernando, mi hermano menor:



-¿Vamos a "China"?



Sus ojos brillaron. Creyó que íbamos a jugar, como tantas veces, a hacer viajes en la escalera de tijeras tendida bajo el naranjo, o quizás a disfrazarnos de orientales.



-Como salieron -dijo-, podemos robarnos cosas del cajón de mamá.



-No, tonto -susurré-, esta vez vamos a IR a "China".



Fernando vestía mameluco azulino y sandalias blancas. Lo tomé cuidadosamente de la mano y nos dirigimos a la calle con que yo soñaba. Caminamos al sol. Íbamos a "China", había que mostrarle el mundo, pero sobre todo era necesario cuidar de los niños pequeños. A medida que nos acercamos, mi corazón latió más aprisa. Reflexionaba que afortunadamente era domingo por la tarde. Había poco tránsito, y no se corría peligro al cruzar de una acera a otra.



Por fin alcanzamos la primera cuadra de mi calle.



-Aquí es -dije, y sentí que mi hermano se apretaba a mi cuerpo.



Lo primero que me extrañó fue no ver letreros luminosos, ni azules, ni rojos, ni verdes. Había imaginado que en esta calle mágica era siempre de noche. Al continuar, observé que todas las tiendas habían cerrado. Ni tranvías amarillos corrían. Una terrible desolación me fue invadiendo. El sol era tibio, tiñendo casas y calle de un suave color de miel. Todo era claro. Circulaba muy poca gente, éstas a paso lento y con las manos vacías, igual que nosotros.



Fernando preguntó:



-¿Y por qué es "China" aquí?



Me sentí perdido. De pronto, no supe cómo contentarlo. Vi decaer mi prestigio ante él, y sin una inmediata ocurrencia genial, mi hermano jamás volvería a creer en mí.



-Vamos al "Zurcidor Japonés" -dije-. Ahí sí que es "China".



Tenía pocas esperanzas de que esto lo convenciera. Pero Fernando, quien comenzaba a leer, sin duda lograría deletrear el gran cartel desteñido que colgaba sobre la tienda. Quizás esto aumentara su fe. Desde la acera de enfrente, deletreó con perfección. Dije entonces:



-Ves, tonto, tú no creías.



-Pero es feo -respondió con un mohín.



Las lágrimas estaban a punto de llenar mis ojos, si no sucedía algo importante, rápida, inmediatamente. ¿Pero qué podía suceder? En la calle casi desierta, hasta las tiendas habían tendido párpados sobre sus vitrinas. Hacia un calor lento y agradable.



-No seas tonto. Atravesemos para que veas -lo animé, más por ganar tiempo que por otra razón. En esos instantes odiaba a mi hermano, pues el fracaso total era cosa de segundos.



Permanecimos detenidos ante la cortina metálica del "Zurcidor Japonés". Como la melena de Lucrecia, la nueva empleada del comedor, la cortina era una dura perfección de ondas. Había una portezuela en ella, y pensé que quizás ésta interesara a mi hermano. Sólo atiné a decirle:



-Mira... -y hacer que la tocara.



Se sintió un ruido en el interior. Atemorizados, nos quitamos de enfrente, observando cómo la portezuela se abría. Salió un hombre pequeño y enjuto, amarillo, de ojos tirantes, que luego echó cerrojo a la puerta. Nos quedamos apretujados junto a un farol, mirándole fijamente el rostro. Pasó a lo largo y nos sonrió. Lo seguimos con la vista hasta que dobló por la calle próxima.



Enmudecimos. Sólo cuando pasó un vendedor de algodón de dulces salimos de nuestro ensueño. Yo, que tenía un peso, y además estaba sintiendo gran afecto hacia mi hermano por haber logrado lucirme ante él, compré dos porciones y le ofrecí la maravillosa sustancia rosada. Ensimismado, me agradeció con la cabeza y volvimos a casa lentamente. Nadie había notado nuestra ausencia. Al llegar Fernando tomó el volumen de "Pinocho en la China" y se puso a deletrear cuidadosamente.



Los años pasaron. "China" fue durante largo tiempo como el forro de color brillante en un abrigo oscuro. Solía volver con la imaginación. Pero poco a poco comencé a olvidar, a sentir temor sin razones, temor de fracasar allí en alguna forma. Más tarde, cuando el mundo de Pinocho dejó de interesarme, nuestro profesor de box nos llevaba a un teatro en el interior de la calle: debíamos aprender a golpearnos no sólo con dureza, sino con técnica. Era la edad de los pantalones largos recién estrenados y de los primeros cigarrillos. Pero esta parte de la calle no era "China". Además, "China" estaba casi olvidada. Ahora era mucho más importante consultar en el "Diccionario Enciclopédico" de papá las palabras que en el colegio los grandes murmuraban entre risas.



Más tarde ingresé a la Universidad. Compré gafas de marco oscuro.



En esta época, cuando comprendí que no cuidarse mayormente del largo del cabello era signo de categoría, solía volver a esa calle. Pero ya no era mi calle. Ya no era "China", aunque nada en ella había cambiado. Iba a las tiendas de libros viejos, en busca de volúmenes que prestigiaran mi biblioteca y mi intelecto. No veía caer la tarde sobre los montones de fruta en los kioscos, y las vitrinas, con sus emperifollados maniquíes de cera, bien podían no haber existido. Me interesaban sólo los polvorientos estantes llenos de libros. O la silueta famosa de algún hombre de letras que hurgaba entre ellos, silencioso y privado. "China" había desaparecido. No recuerdo haber mirado, ni una sola vez en toda esta época, el letrero del "Zurcidor Japonés".



Más tarde salí del país por varios años. Un día, a mi vuelta, pregunté a mi hermano, quien era a la sazón estudiante en la Universidad, dónde se podía adquirir un libro que me interesaba muy particularmente, y que no hallaba en parte alguna. Sonriendo, Fernando me respondió:



-En "China"...

Y yo no comprendí.


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La agonía del Rasu-Ñiti

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José María Arguedas
( 1911 - 1969 )
La agonía del Rasu-Ñiti


Estaba tendido en el suelo, sobre una cama de pellejos. Un cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la única ventana que tenía la habitación, cerca del mojinete, entraba la luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caía a un lado de la cama del bailarín. La otra sombra, la del resto de la habitación, era uniforme. No podía afirmarse que fuera oscuridad; era posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana; los cuyes, cuando salían algo espantados de sus huecos y exploraban en el silencio. La habitación era ancha para ser vivienda de un indio.

Tenía una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio de la pieza, sino un ángulo. Una escalera de palo de lambras servía para subir a la troje. La luz del sol alumbraba fuerte. Podía verse cómo varias hormigas negras subían sobre la corteza del lambras que aún exhalaba perfume.

—El corazón está listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cascada de Saño. ¡Estoy listo! Dijo el dansak’ “Rasu-Ñiti”1 .

Se levantó y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guardaba su traje de dansak’ y sus tijeras de acero. Se puso el guante en la mano derecha y empezó a tocar las tijeras.

Los pájaros que se espulgaban tranquilos sobre el árbol de molle, en el pequeño corral de la casa, se sobresaltaron.

La mujer del bailarín y sus dos hijas que desgranaban maíz en el corredor, dudaron.

— Madre ¿has oído? ¿Es mi padre, o sale ese canto de dentro de la montaña? —preguntó la mayor.
—¡Es tu padre! —dijo la mujer.

Porque las tijeras sonaron más vivamente, en golpes menudos.

Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitación.

“Rasu-Ñiti” se estaba vistiendo. Sí. Se estaba poniendo la chaqueta ornada de espejos.

— ¡Esposo! ¿Te despides? — preguntó la mujer, respetuosamente, desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
—El corazón avisa, mujer. Llamen al “Lurucha” y a don Pascual. ¡Qué vayan ellas!

Corrieron las dos muchachas.

La mujer se acercó al marido.

—Bueno. ¡Wamani2 está hablando! —dijo él— Tú no puedes oír. Me habla directo al pecho. Agárrame el cuerpo. Voy a ponerme el pantalón. ¿Adónde está el sol? Ya habrá pasado mucho el centro del cielo.
—Ha pasado. Está entrando aquí. ¡Ahí está!
Sobre el fuego del sol, en el piso de la habitación, caminaban unas moscas negras.
—Tardará aún la chiririnka3 que viene un poco antes de la muerte. Cuando llegue aquí no vamos a oírla aunque zumbe con toda su fuerza, porque voy a estar bailando.

Se puso el pantalón de terciopelo, apoyándose en la escalera y en los hombros de su mujer. Se calzó las zapatillas. Se puso el tapabala y la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de oro. Sobre las inmensas faldas de la montera, entre cintas labradas, brillaban espejos en forma de estrella. Hacia atrás, sobre la espalda del bailarín, caía desde el sombrero una rama de cintas de varios colores.

La mujer se inclinó ante el dansak’. Le abrazó los pies. ¡Estaba ya vestido con todas sus insignias! Un pañuelo blanco le cubría parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela roja del pantalón, ardían bajo el angosto rayo de sol que fulguraba en la sombra del tugurio que era la casa del indio Pedro Huancayre, el gran dansak’ “Rasu-Ñiti”, cuya presencia se esperaba, casi se temía, y era luz de las fiestas de centenares de pueblos.

—¿Estás viendo al Wamani sobre mi cabeza? —preguntó el bailarín a su mujer.

Ella levantó la cabeza.

—Está —dijo—. Está tranquilo.
—¿De qué color es?
—Gris. La mancha blanca de su espalda está ardiendo.
—Así es. Voy a despedirme. ¡Anda tú a bajar los tipis de maíz del corredor! ¡Anda!

La mujer obedeció. En el corredor de los maderos del techo, colgaban racimos de maíz de colores. Ni la nieve, ni la tierra blanca de los caminos, ni la arena del río, ni el vuelo feliz de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el corazón de un becerro que juega, tenían la apariencia, la lozanía, la gloria de esos racimos. La mujer los fue bajando, rápida pero ceremonialmente.

Se oía ya, no tan lejos, el tumulto de la gente que venía a la casa del bailarín.

Llegaron las dos muchachas. Una de ellas había tropezado en el campo y le salía sangre de un dedo del pie. Despejaron el corredor. Fueron a ver después al padre.

Ya tenía el pañuelo rojo en la mano izquierda. Su rostro enmarcado por el pañuelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba, porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban, se diluían para alumbrarlo; su rostro cetrino, no pálido, cetrino duro, casi no tenía expresión. Sólo sus ojos aparecían hundidos como en un mundo, entre los colores del traje y la rigidez de los músculos.

—¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? —preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.

Las tres lo contemplaron, quietas.

—No —dijo la mayor.
—No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oir todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
—¿Oye el galope del caballo del patrón?
—Sí oye —contestó el bailarín, a pesar de que la muchacha había pronunciado las palabras en voz bajísima—. ¡Sí oye! También lo que las patas de ese caballo han matado. La porquería que ha salpicado sobre ti. Oye también el crecimiento de nuestro dios que va a tragar los ojos de ese caballo. Del patrón no. ¡Sin el caballo él es sólo excremento de borrego!

Empezó a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la habitación la fina voz del acero era profunda.

—El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! —dijo.
—¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre sólo está obedeciendo.

Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak’ por los ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarín puede producir en sus manos con ese instrumento una música leve, como de agua pequeña, hasta fuego: depende del ritmo, de la orquesta y del “espíritu” que protege al dansak’.

Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de quién está asentado en su cabeza y su corazón, mientras él baila o levanta y lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con leznas o camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima de un árbol a la torre del pueblo.

Yo vi al gran padre “Untu”, trajeado de negro y rojo, cubierto de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando sus tijeras. El canto del acero se oía más fuerte que la voz del violín y del arpa que tocaban a mi lado, junto a mí. Fue en la madrugada. El padre “Untu” aparecía negro bajo la luz incierta y tierna; su figura se mecía contra la sombra de la gran montaña. La voz de sus tijeras nos rendía, iba del cielo al mundo, a los ojos y al latido de los millares de indios y mestizos que lo veíamos avanzar desde el inmenso eucalipto de la torre. Su viaje duró acaso un siglo. Llegó a la ventana de la torre cuando el sol encendía la cal y el sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danzó un instante junto a las campanas. Bajó luego. Desde dentro de la torre se oía el canto de sus tijeras; el bailarín iría buscando a tientas las gradas en el lóbrego túnel. Ya no volverá a cantar el mundo en esa forma, todo constreñido, fulgurando en dos hojas de acero. Las palomas y otros pájaros que dormían en el gran eucalipto, recuerdo que cantaron mientras el padre “Untu” se balanceaba en el aire. Cantaron pequeñitos, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y a la figura del dansak’ sus gorjeos eran como una filigrana apenas perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo solamente, parece, lo orna, le da el jugo vivo a su señor.

El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el “espíritu” de una montaña (Wamani); de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y “condenados” en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás sólo un pájaro, o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros “malditos” o “extraños”, el hakakllo, el chusek, o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.

“Rasu-Ñiti” era hijo de un Wamani grande, de una montaña con nieve eterna. Él, a esa hora, le había enviado ya su “espíritu”: un cóndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.

Llegó “Lurucha”, el arpista del dansak’, tocando; le seguía don Pascual, el violinista. Pero el “Lurucha” comandaba siempre el dúo. Con su uña de acero hacía estallar las cuerdas de alambre y las de tripa, o las hacía gemir sangre en los pasos tristes que tienen también las danzas.

Tras de los músicos marchaba un joven: “Atok’ sayku”4, el discípulo de “Rasu-Ñiti”. También se había vestido. Pero no tocaba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha. ¿Un dansak’ que llora? Sí, pero lloraba para adentro. Todos lo notaban.

“Rasu-Ñiti” vivía en un caserío de no más de veinte familias. Los pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los músicos venía un pequeño grupo de gente.

—¿Ves “Lurucha” al Wamani?— preguntó el dansak’ desde la habitación.
—Sí, lo veo. Es cierto. Es tu hora.
—¡“Atok’ sayku”! ¿Lo ves?

El muchacho se paró en el umbral y contempló la cabeza del dansak’.

—Aletea no más. No lo veo bien, padre.
—¿Aletea?
—Sí, maestro.
—Está bien. “Atok’ sayku” joven.
— Ya siento el cuchillo en el corazón. ¡Toca! —le dijo al arpista.

“Lurucha” tocó el jaykuy (entrada) y cambió enseguida al sisi nina (fuego hormiga), otro paso de la danza.

“Rasu-Ñiti” bailó, tambaleándose un poco. El pequeño público entró en la habitación. Los músicos y el discípulo se cuadraron contra el rayo de sol. “Rasu-Ñiti” ocupó el suelo donde la franja de sol era más baja. Le quemaban las piernas. Bailó sin hervor, casi tranquilo, el jaykuy; en el “sisi nina” sus pies se avivaron.

—¡El Wamani está aleteando grande; está aleteando! —dijo “Atok’ sayku”, mirando la cabeza del bailarín.

Danzaba ya con brío. La sombra del cuarto empezó a hen-chirse como de una cargazón de viento; el dansak’ renacía. Pero su cara, enmarcada por el pañuelo blanco, estaba más rígida, dura; sin embargo, con la mano izquierda agitaba el pañuelo rojo, como si fuera un trozo de carne que luchara. Su montera se mecía con todos sus espejos; en nada se percibía mejor el ritmo de la danza. “Lurucha” había pegado el rostro al arco del arpa. ¿De dónde bajaba o brotaba esa música? No era sólo de las cuerdas y de la madera.

—¡Ya! ¡Estoy llegando! ¡Estoy por llegar! —dijo con voz fuerte el bailarín, pero la última sílaba salió como traposa, como de la boca de un loro.

Se le paralizó una pierna

—¡Está el Wamani! ¡Tranquilo! —exclamó la mujer del dansak’ porque sintió que su hija menor temblaba.

El arpista cambió la danza al tono de Waqtay (la lucha). “Rasu-Ñiti” hizo sonar más alto las tijeras. Las elevó en dirección del rayo de sol que se iba alzando. Quedó clavado en el sitio; pero con el rostro aún más rígido y los ojos más hundidos, pudo dar una vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indiferentes; porque antes miraba como en abstracto, sin precisar a nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con júbilo.

—El dios está creciendo. ¡Matará al caballo! —dijo.

Le faltaba ya saliva. Su lengua se movía como revolcándose en polvo.

—¡“Lurucha”! ¡Patrón! ¡Hijo! El Wamani me dice que eres de maíz blanco. De mi pecho sale tu tonada. De mi cabeza.

Y cayó al suelo. Sentado. No dejó de tocar las tijeras. La otra pierna se le había paralizado.

Con la mano izquierda sacudía el pañuelo rojo, como un pendón de chichería en los meses de viento.

“Lurucha”, que no parecía mirar al bailarín, empezó el yawar mayu (río de sangre), paso final que en todas las danzas de indios existe.

El pequeño público permaneció quieto. No se oían ruidos en el corral ni en los campos más lejanos. ¿Las gallinas y los cuyes sabían lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?

La hija mayor del bailarín salió al corredor, despacio. Trajo en sus brazos uno de los grandes racimos de mazorcas de maíz de colores. Lo depositó en el suelo. Un cuy se atrevió también a salir de su hueco. Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojísimos revisó un instante a los hombres y saltó a otro hueco. Silbó antes de entrar.

“Rasu-Ñiti” vio a la pequeña bestia. ¿Por qué tomó más impulso para seguir el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran río turbio, del yawar mayu éste que tocaban “Lurucha” y don Pascual? “Lurucha” aquietó el endiablado ritmo de este paso de la danza. Era el yawar mayu, pero lento, hondísimo; sí, con la figura de esos ríos inmensos, cargados con las primeras lluvias; ríos, de las proximidades de la selva que marchan también lentos, bajo el sol pesado en que resaltan todos los polvos y lodos, los animales muertos y árboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ríos van entre montañas bajas, oscuras de árboles. No como los ríos de la sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningún bosque los mancha y las rocas de los abismos les dan silencio.

“Rasu-Ñiti” seguía con la cabeza y las tijeras este ritmo denso. Pero el brazo con que batía el pañuelo empezó a doblarse; murió. Cayó sin control, hasta tocar la tierra.

Entonces “Rasu-Ñiti” se echó de espaldas.

—¡El Wamani aletea sobre su frente! —dijo “Atok’ sayku”.
—Ya nadie más que él lo mira —dijo entre sí la esposa—. Yo ya no lo veo.

“Lurucha” avivó el ritmo del yawar mayu. Parecía que tocaban campanas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su uña de metal las cuerdas de alambre; tocaba las más extensas y gruesas. Las cuerdas de tripa. Pudo oírse entonces el canto del violín más claramente.

A la hija menor le atacó el ansia de cantar algo. Estaba agitada, pero como los demás, en actitud solemne. Quiso cantar porque vio que los dedos de su padre que aún tocaban las tijeras iban agotándose, que iban también a helarse. Y el rayo de sol se había retirado casi hasta el techo. El padre tocaba las tijeras revolcándolas un poco en la sombra fuerte que había en el suelo.

“Atok’ sayku” se separó un pequeñísimo espacio, de los músicos. La esposa del bailarín se adelantó un medio paso de la fila que formaba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecieron más rígidos. ¿Qué iba a suceder luego? No les habían ordenado que salieran afuera.

—¡El Wamani está ya sobre el corazón! —exclamó “Atok’ sayku”, mirando.

“Rasu-Ñiti” dejó caer las tijeras. Pero siguió moviendo la cabeza y los ojos.

El arpista cambió de ritmo, tocó el illapa vivon (el borde del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El violín no lo pudo seguir. Don Pascual adoptó la misma actitud rígida del pequeño público, con el arco y el violín colgándole de las manos.

“Rasu-Ñiti” movió los ojos; la córnea, la parte blanca, parecía ser la más viva, la más lúcida. No causaba espanto. La hija menor seguía atacada por el ansia de cantar, como solía hacerlo junto al río grande, entre el olor de flores de retama que crecen a ambas orillas. Pero ahora el ansia que sentía por cantar, aunque igual en violencia, era de otro sentido. ¡Pero igual en violencia!

Duró largo, mucho tiempo, el “illapa vivon”. “Lurucha” cambiaba la melodía a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora sí miraba al maestro. La danzante llama que brotaba de las cuerdas de alambre de su arpa, seguía como sombra el movimiento cada vez más extraviado de los ojos del dansak’; pero lo seguía. Es que “Lurucha” estaba hecho de maíz blanco, según el mensaje del Wamani. El ojo del bailarín moribundo, el arpa y las manos del músico funcionaban juntos; esa música hizo detenerse a las hormigas negras que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido sólo alguien percibe. Esta vez era por el arpa del maestro que había acompañado al gran dansak’ toda la vida, en cien pueblos, bajo miles de piedras y de toldos.
“Rasu-Ñiti” cerró los ojos. Grande se veía su cuerpo. La montera le alumbraba con sus espejos.

“Atok’ sayku” salió junto al cadáver. Se elevó ahí mismo, danzando; tocó las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos estaban mirando. “Lurucha” tocó el lucero kanchi (alumbrar de la estrella), del wallpa wak’ay (canto del gallo) con que empezaban las competencias de los dansak’, a la media noche.

—¡El Wamani aquí! ¡En mi cabeza! ¡En mi pecho, aleteando! —dijo el nuevo dansak’.

Nadie se movió.

Era él, el padre “Rasu-Ñiti”, renacido, con tendones de bestia tierna y el fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.

“Lurucha” inventó los ritmos más intrincados, los más solemnes y vivos. “Atok’ sayku” los seguía, se elevaban sus piernas, sus brazos, su pañuelo, sus espejos, su montera, todo en su sitio. Y nadie volaba como ese joven dansak’; dansak’ nacido.

—¡Está bien! —dijo “Lurucha”—. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del medio día en el nevado, brillando.
—¡No lo veo! —dijo la esposa del bailarín.
—Enterraremos mañana al oscurecer al padre “Rasu-Ñiti”.
—No muerto. ¡Ajajayllas! —exclamó la hija menor—. No muerto. ¡Él mismo! ¡Bailando!

“Lurucha” miró profundamente a la muchacha. Se le acercó, casi tambaleándose, como si hubiera tomado una gran cantidad de cañazo.

—¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere! — le dijo.
—Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.

(1961)


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Estrenamos nuestro tercer número de Cinosargo


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HEMOS CUMPLIDO NUESTRO TERCER MES DE EXISTENCIA, POR TANTO, ENTREGAMOS EN FORMATO PDF NUESTRO TERCER NÚMERO DE CINOSARGO, EDICIÓN JULIO 2008.


CINOSARGO EDICIÓN DE JUNIO 2008 NÚMERO II. LEER O DESCARGAR


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Edición de Julio 285 notas

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Semblanzas Profundas: Edición Especial número 25

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Han pasado seis meses desde que empezara la sección Semblanzas Profundas, en ese lapso, de forma ininterrumpida he revisado la trayectoria de más de dos docenas de autores nacionales, de preferencia del norte grande, analizado el rol difusor de revistas y antologías y cubierto actividades como la fiesta del libro del presente año. A la par, hemos inaugurado con el comité editorial del Morrocotudo, otras secciones como Anverso Literario dedicada al ámbito universal y de forma independiente, hemos dado origen a la revista Cinosargo. Revista Virtual cuya motivación surge desde nuestra región con redactores y colaboradores en todo Chile y el mundo. En menos de tres meses, esta ha logrado un exitoso recibimiento en la red.

Arduo y gratificante trabajo que se complementa con la cobertura de lanzamientos de libros y actividades culturales en torno a las letras, foros, jornadas de fomento a la lectura y recitales de poesía. Lo cual demuestra el valor que tiene el periodismo ciudadano, al dedicar un espacio real, extenso y merecido al quehacer creativo

Autor: Daniel Rojas.

Publicado en Cinosargo

Esta semana en lugar de una nota número 25, vamos a dejarlos con una lista que vincula los 24 artículos realizados hasta la fecha, en Semblanzas Profundas. Ello, a fin de retomar con más fuerza la sección, en una tercera temporada.


Primera Temporada.

Semblanzas Profundas: Roberto Flores Salgado.

Flores Salgado, narrador erudito con una importante biblioteca a cuestas, es capaz de conjugar la tradición y vanguardia e inscribirse con éxito en un Neo-realismo que demuestra ricos elementos estructurales y narratológicos. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Carlos Morales Fredes.

Carlos Morales Fredes es un escritor afincado en la región. Desde hace unos años viene cultivando con talento, fuerza y perseverancia la prosa, principalmente el relato breve que domina con ingenio e ironía. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Nana Gutiérrez.

Este nana-artículo busca rescatar de los anaqueles la imagen y genio de una destacada mujer, valiente poeta, irreverente e irónica, locuaz y profunda. Rupturista, orgullo de Arica y las letras nacionales. Por Daniel Rojas


Semblanzas Profundas: Rodrigo Rojas Terán.

Su obra es una alternativa renovadora de la tradición, asentada en la edad de oro de la poesía chilena, pero desde una perspectiva moderna. La del joven hombre que conjuga lo lírico y lárico en busca de la emoción Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Tebaida y Extramuros.

Extendiendo el atiborrado canon, más allá del feudo Santiaguino, estas revistas de Arica son un referente de culto, tanto por su calidad textual y estética como por permitir el diálogo y dar aire nuevo a la poesía de Chile. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: La Voz de la Pampa.

En esta ocasión, buscamos destacar a Reinaldo Riveros Pizarro, periodista, fotógrafo, editor y gestor de La Voz de la Pampa, revista que da fiel testimonio de la tantas veces cruda vivencia del hombre, en la pampa salitrera. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Óscar Hahn.

Óscar Hahn ha realizado una labor literaria que se proyecta de forma ininterrumpida por más de 40 años y su figura brilla como una de las voces más originales y comprometidas, de la poesía hispanoamericana contemporánea. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Vertizonte.

La voz de los poetas que integran Vertizonte, demuestra una sensibilidad alterna, apropiación particular de la realidad, manejo del lenguaje en otras lindes, y propuesta estética rupturista. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: La Fiesta del Libro.

Ha sido una de las semanas del libro más productivas e importantes del último tiempo, se avizora un panorama en que consagrados y novísimos junto a las autoridades empiezan a dar marcha a una prominente vorágine cultural. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Nelson Gómez León

Nelson Gómez de fuerte carácter, visión amplia y verdad manifiesta, vislumbra al escritor, sin límites espaciales, raíces que coarten el espíritu creativo o musas que hagan la labor de ese solitario ante el papel. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Patricio Barrios Alday.

Patricio Barrios es en definitiva, un gran amante y cultor de las artes, se ha desarrollado en una gran gama de géneros, de cara al diseño y creación de obras y desde luego en la gestión y difusión cultural. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Grupo M.A.L.

M.A.L., surge como una inusual instancia para la creación y conversación, gestando renovación en el plano estético además de crítico. Autores jóvenes con formación y vivencias disímiles, el punto en común; la literatura. Por Daniel Rojas


Segunda Temporada.

Semblanzas Profundas: Gastón Herrera Cortés.

Gastón Herrera es un digno cultor y representante de nuestra región, un escritor con mucha experiencia que tiene definido su panorama creativo y una intención en lo estético y creativo, que él mismo reconoce como un desafío vital. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Raquel Pino.

Esta periodista, escritora, preocupada por la fe, la tradición, el turismo y los grandes hitos históricos, ha legado hitos a la cultura regional, razón de sobra para redescubrir y difundir su inconmensurable labor. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Rodrigo Ramos Bañados.

La propuesta del escritor y periodista Rodrigo Ramos Bañados, oriundo de Antofagasta es innovadora en lo creativo y un gran aporte en cuanto a divulgación de otros autores del Norte Grande. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: José Morales Salazar.

La figura de José Morales dentro del mapa literario del norte grande y por ende del país, se torna ineludible a la hora de revisar toda la vertiente fundacional, su rol de educador y promotor incansable de sus pares. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Marcelo Lillo

Lillo brilla por su escritura y franqueza. La inspiración se llama "una buena idea" y lo demás es trabajo. El panorama narrativo chileno le aburre por poco ambicioso y tiene una Colt 45 como destino ante el fracaso. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Poetas en Dictadura de Mayo Muñoz.

Gestada en su totalidad por el poeta y narrador nacional Mayo Muñoz, Poetas en dictadura año 1973 a 1990, es un modelo de antología. Mapa poético que comprende un conjunto visceral y emotivas voces con discursos que se presumían silenciados. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Iris Fernández Ángel.

Iris Fernández se caracteriza por un alto profesionalismo en el área de la educación, rico prontuario artístico y sagaz oficio como lectora de su tiempo y escritora de posibilidades concretas y proyectos múltiples. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Marietta Morales.

Esta escritora, tiene una enorme madurez, se haya en constante renovación y no teme experimentar, llevando su arte a niveles que coquetean con distintos discursos, lo cual le otorga una gran riqueza estilística. Por D. Rojas

Semblanzas Profundas: Mario Bahamonde

Prosista y poeta, gran cultor de la crítica y el ensayo, Mario Bahamonde Silva es un hijo abnegado del norte Chileno, con una una heterogénea producción histórico, lingüística y literaria. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Rodolfo Herrera Tapia.

El escritor Rodolfo Herrera, es un universo poético a descubrir, su obra, es tributaria de un sentir trascendental el cual se sustenta en un corpus armónico, sucesión de palabras, juego delicado y rítmico. Por Daniel Rojas P.

Semblanzas Profundas: María Monvel.

Monvel resalta como una de las máximas exponentes continentales de la poesía femenina de principios del siglo XX y como ocurre con otros: Boris Calderón, y Omar Cáceres, hay una deuda ante la negligencia con que ha sido difundida su obra. Por Daniel Rojas

Semblanzas Profundas: Mahfúd Massís.

Mahfúd Massís gran escritor nacional que nunca debemos olvidar por la maravilla de sus metáforas y la lucidez crítica de su afilado verbo. Por Daniel Rojas


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Jorge Luís Borges


Jorge Luis Borges


Laberinto




No habrá nunca una puerta. Estás adentro
Y el alcázar abarca el universo
Y no tiene ni anverso ni reverso
Ni externo muro ni secreto centro.
No esperes que el rigor de tu camino
Que tercamente se bifurca en otro,
Que tercamente se bifurca en otro,
Tendrá fin. Es de hierro tu destino
Como tu juez. No aguardes la embestida
Del toro que es un hombre y cuya extraña
Forma plural da horror a la maraña
De interminable piedra entretejida.
No existe. Nada esperes. Ni siquiera
En el negro crepúsculo la fiera.

(De «Elogio de la sombra»)


El laberinto




Zeus no podría desatar las redes
de piedra que me cercan. He olvidado
los hombres que antes fui; sigo el odiado
camino de monótonas paredes
que es mi destino. Rectas galerías
que se curvan en círculos secretos
al cabo de los años. Parapetos
que ha agrietado la usura de los días.
En el pálido polvo he descifrado
rastros que temo. El aire me ha traído
en las cóncavas tardes un bramido
o el eco de un bramido desolado.
Sé que en la sombra hay Otro, cuya suerte
es fatigar las largas soledades
que tejen y destejen este Hades
y ansiar mi sangre y devorar mi muerte.
Nos buscamos los dos. Ojalá fuera
éste el último día de la espera.


El guardián de los libros




Ahí están los jardines, los templos y la justificación de los templos,
La recta música y las rectas palabras,
Los sesenta y cuatro hexagramas,
Los ritos que son la única sabiduría
Que otorga el Firmamento a los hombres,
El decoro de aquel emperador
Cuya serenidad fue reflejada por el mundo, su espejo,
De suerte que los campos daban sus frutos
Y los torrentes respetaban sus márgenes,
El unicornio herido que regresa para marcar el fin,
Las secretas leyes eternas,
El concierto del orbe;
Esas cosas o su memoria están en los libros
Que custodio en la torre.

Los tártaros vinieron del Norte
En crinados potros pequeños;
Aniquilaron los ejércitos
Que el Hijo del Cielo mandó para castigar su impiedad,
Erigieron pirámides de fuego y cortaron gargantas,
Mataron al perverso y al justo,
Mataron al esclavo encadenado que vigila la puerta,
Usaron y olvidaron a las mujeres
Y siguieron al Sur,
Inocentes como animales de presa,
Crueles como cuchillos.
En el alba dudosa
El padre de mi padre salvó los libros.
Aquí están en la torre donde yazgo,
Recordando los días que fueron de otros,
Los ajenos y antiguos.

En mis ojos no hay días. Los anaqueles
Están muy altos y no los alcanzan mis años.
Leguas de polvo y sueño cercan la torre.
¿A qué engañarme?
La verdad es que nunca he sabido leer,
Pero me consuelo pensando
Que lo imaginado y lo pasado ya son lo mismo
Para un hombre que ha sido
Y que contempla lo que fue la ciudad
Y ahora vuelve a ser el desierto.
¿Qué me impide soñar que alguna vez
Descifré la sabiduría
Y dibujé con aplicada mano los símbolos?
Mi nombre es Hsiang. Soy el que custodia los libros,
Que acaso son los últimos,
Porque nada sabemos del Imperio
Y del Hijo del Cielo.
Ahí están en los altos anaqueles,
Cercanos y lejanos a un tiempo,
Secretos y visibles como los astros.
Ahí están los jardines, los templos.


Elogio de la sombra




La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha muerto o casi ha muerto.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los muertos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.



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Alfred Jarry

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El Cerebro del Agente de Policía

Por Alfred Jarry

Sin duda se recordará este reciente y lamentable asunto: al ser practicada la autopsia, se halló la caja craneana de un agente de policía vacía de todo rastro de cerebro y rellena, en cambio, de diarios viejos. La opinión pública se conmovió y asombró por lo que fue calificado de macabra mistificación. Estamos también dolorosamente conmovidos, pero de ninguna manera asombrados.
No vemos por qué se esperaba descubrir otra cosa que la que se ha descubierto efectivamente en el cráneo del agente de policía. La difusión de las noticias impresas es una de las glorias de este siglo de progreso; en todo caso, no queda duda de que esta mercadería es menos rara que la sustancia cerebral. ¿A quién de nosotros no le ha ocurrido infinitamente más a menudo tener en las manos un diario, viejo o del día, antes que una parcela, aunque fuera pequeña, de cerebro de agente de policía? Con mayor razón, sería ocioso exigir de esas oscuras y mal remuneradas víctimas del deber que, ante el primer requerimiento, puedan presentar un cerebro entero. Y, por otra parte, el hecho está allí: eran diarios.
El resultado de esta autopsia no dejará de provocar un saludable terror en el ánimo de los malhechores. De aquí en más, ¿cuál será el atracador o el bandido que vaya a arriesgarse a hacerse saltar la tapa de su propio cerebro por un adversario que, por su parte, se expone a un daño tan anodino como el que puede producir una aguja de ropavejero en un tacho de basuras? Quizás, a algunos demasiado escrupulosos pueda parecerles en cierta manera desleal recurrir a semejantes subterfugios para defender a la sociedad. Pero deberán reflexionar que tan noble función no conoce subterfugios.
Sería un deplorable abuso acusar a la Prefectura de Policía. No negamos a esta administración el derecho de munir de papel a sus agentes. Sabemos que nuestros padres marcharon contra el enemigo calzados con borceguíes también de papel y no ha de ser eso lo que nos impida clamar indomable y eternamente, si es necesario, por la Revancha. Pretendemos solamente examinar cuáles eran los diarios de que estaba confeccionado el cerebro del agente de policía.
Aquí se entristecen el moralista y hombre culto. ¡Ah!, eran La Gaudriole, el último número de Fin de Siécle y una cantidad de publicaciones algo más que frívolas algunas de ellas traídas dé Bélgica de contrabando.
He ahí algo que aclara ciertos actos de la policía, hasta hoy inexplicables, especialmente los que causaron la muerte de héroe de este asunto. Nuestro hombre quiso, si recordamos bien, detener por exceso de velocidad al conductor de un coche que se hallaba estacionado, y el cochero, queriendo corregir su infracción, sólo atinó, lógicamente, a hacer retroceder su coche. De allí la peligrosa caída del agente, que se hallaba detrás. No obstante, recobró sus fuerzas, luego de unos días de reposo, pero, al ser intimado a recobrar al mismo tiempo su puesto de servicio, murió repentinamente.


La responsabilidad de tales hechos atañe indudablemente a la incuria de la administración policial, que en adelante controle mejor la composición de los lóbulos cerebrales de sus agentes, que la verifique, si es menester, por trepanación, previa a todo nombramiento definitivo; que la pericia médico-legal sólo encuentre en sus cráneos... No digamos una colección de La Revue Blanche y de Le Cri de Paris, lo cual sería prematuro en una primera reforma; tampoco nuestras obras completas: a ello se opone nuestra natural modestia, tanto más que esos agentes, encargados de velar por el reposo de los ciudadanos, constituirían más bien un peligro público con la cabeza así rellenada. He aquí algunas de las obras recomendables en nuestra opinión para el uso; 1) El Código Penal, 2) Un plano de las calles de París, con la nomenclatura de los distritos, el cual coronaría el conjunto y representaría agradablemente, con su división geográfica, un simulacro de circunvoluciones cerebrales: se lo consultaría sin peligro para su portador por medio de una lupa, fijada luego de la trepanación; 3) un reducido número de tomos del gran diccionario de Policía, si nos arriesgamos a prejuzgar por su nombre: La Rousse y sobre todo, una rigurosa selección de opúsculos de los miembros más notorios de la Liga contra el abuso de tabaco.



  • Publicado: Sábado, 2 Agosto 2008 15:58:37 GMT
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José María Arguedas

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Hijo Solo (Texto completo)


Llegaban por bandadas las torcazas a la hacienda y el ruido de sus alas azotaba el techo de calamina. En cambio las calandrias llegaban solas, exhibiendo sus alas; se posaban lentamente sobre los lúcumos, en las más altas ramas, y cantaban.



A esa hora descansaba un rato, Singu, el pequeño sirviente de la hacienda. Subía a la piedra amarilla que había frente a la puerta falsa de la casa; y miraba la quebrada, el espectáculo del río al anochecer. Veía pasar las aves que venían del sur hacia la huerta de árboles frutales.



La velocidad de las palomas le oprimía el corazón; en cambio, el vuelo de las calandrias se retrataba en su alma, vivamente, lo regocijaba. Los otros pájaros comunes no le atraían. Las calandrias cantaban cerca, en los árboles próximos. A ratos, desde el fondo del bosque, llegaba la luz tibia de las palomas. Creía Singu que de ese canto invisible brotaba la noche porque el canto de la calandria ilumina como la luz, vibra como ella, como el rayo de un espejo. Singu se sentaba sobre la piedra. Le extrañaba que precisamente al anochecer se destacara tanto la flor de los duraznos. Le parecía que el sonido del río movía los árboles y mostraba las pequeñas flores blancas y rosadas, aun los resplandores internos, de tonos oscuros, de las flores rosadas.



Estaba mirando el camino de la huerta, cuando vio entrar en el callejón empedrado del caserío, un perro escuálido, de color amarillo. Andaba husmeando, con el rabo metido entre las piernas. Tenía "anteojos"; unas manchas redondas de color claro, arriba de los ojos.



Se detuvo frente a la puerta falsa. Empezó a lamer el suelo donde la cocinera había echado el agua con que lavó las ollas. Inclinó el cuerpo hacia atrás; alcanzaba el agua sucia estirando el cuello. Se agazapó un poco. Estaba atento, para saltar y echarse a correr si alguien abría la puerta. Se hundieron aún más los costados de su vientre; resaltaban los huesos de las piernas; sus orejas se recogieron hacia atrás; eran oscuras, por las puntas.



Singu buscaba un nombre. Recordaba febrilmente nombres de perros.
—¡"Hijo Solo"!—le dijo cariñosamente—. ¡"Hijoo Solo"! ¡Papacito! ¡Amarillo! ¡Niñito! ¡Ninito!

Como no huyó, sino que lo miró sorprendido, alzando la cabeza, dudando, Singuncha siguió hablándole en quechua, con tono cada vez más familiar.

—¿Has venido por fin a tu dueño? ¿Dónde has estado, en qué pueblo, con quién?

Se bajó de la piedra, sonriendo. El perro no se espantó, siguió mirándolo. Sus ojos también eran de color amarillo, el iris se contraía sin decidirse.

—Yo, pues, soy Singuncha. Tu dueño de la otra vida. Juntos hemos estado. Tú me has lamido, yo te daba queso fresco, leche también; harto. ¿Por qué te fuiste?



Abrió la puerta. De la leche que había para los señores echó apresuradamente bastante, en un plato hondo; y corrió. Estaba aún ahí el perro, sorprendido, dudando. Puso el plato en el suelo. "Hijo Solo" se acercó casi temblando. Y bebió la leche. Mientras lamía haciendo ruido con las fauces, sus orejitas se recogieron nuevamente hacia arriba; cerró un poco los ojos. Su hocico, como las puntas de las orejas, era negro. Singuncha puso los dedos de sus dos manos sobre la cabeza del perro, conteniendo la respiración, tratando de no parecer siquiera un ser vivo. No huyó el perro, cesó un instante de lamer el plato. También él paralizó su aliento; pero se decidió a seguir. Entonces Singuncha pudo acariciarle las orejas.



Jamás había visto un animal más desvalido; casi sin vientre y sin músculos. "¿No habrá vuelto de acompañar a su dueño, desde la otra vida?", pensó. Pero viéndole la barriga, y la forma de las patas, comprendió que era aún muy joven. Sólo los perros maduros pueden guiar a sus dueños, cuando mueren en pecado y necesitan los ojos del perro para caminar en la oscuridad de la otra vida.



Se abrazó al cuello de "Hijo Solo". Todavía pasaban bandadas de palomas por el aire; y algunas calandrias, brillando.

Hacia tiempo que Singu no sentía el tierno olor de un perro, la suavidad del cuello y de su hocico. Si el señor no lo admitía en la casa, él se iría, fugaría a cualquier pueblo o estancia de la altura, donde podían necesitar pastores. No lo iban a separar del compañero que Dios le había mandado hasta esa profunda quebrada escondida. Debía ser cierto que "Hijo Solo" fue su perro en el mundo incierto de donde vienen los niños. Le había dicho eso al perro, sólo para engañarlo; pero si él había oído, si le había entendido, era porque así tenía que suceder; porque debían encontrarse allí, en "Lucas Huayk'o", la hacienda temida y odiada en cien pueblos. ¿Cómo, por qué mandato "Hijo Solo" había llegado hasta ese infierno odioso? ¿Por qué no se había ido, de frente, por el puente, y había escapado de Lucas Huayk'o"?



—Gringo! ¡Aquí sufriremos! Pero no será de hambre —le dijo—. Comida hay, harto. Los patrones pelean, matan sus animales; por eso dicen que "Lucas Huayk'o" es infierno. Pero tú eres de Singuncha, "endio" sirviente. ¡Jajay! ¡Todo tranquilo para mí! ¡Vuela torcacita! ¡Canta tuyay, tuyacha! ¡Todo tranquilo!

Abrazó al perro, más estrechamente; lo levantó un poco en peso. Hizo que la cabeza triste de "Hijo Solo" se apoyara en su pecho. Luego lo miró a los ojos. Estaba aún desconcertado. Sonriendo, Singucha alzó con una mano el hocico del perro, para mirarlo más detenidamente, e infundirle confianza.



Vio que el iris de los ojos del perro clareaba. Él conocía como era eso. El agua de los remansos renace así, cuando la tierra de los aluviones va asentándose. Aparecen los colores de las piedras del fondo y de los costados, las yerbas acuáticas ondean sus ramas en la luz del agua que va clareando; los peces cruzan sus rayos. "Hijo Solo" movió el rabo, despacio, casi como un gato; abrió la boca, no mucho; chasqueó la lengua, también despacio. Y sus ojos se hicieron transparentes. No deseaba ver más el Singuncha; no esperaba más del mundo.



Le siguió el perro. Quedó tranquilo, echado sobre los pellejos en que el cholito dormía, junto a la despensa, en una habitación fría y húmeda, debajo del muro de la huerta. Cuando llovía o regaban, rezumaba agua por ese muro.

Quizá los perros conocen mejor al hombre que nosotros a ellos. "Hijo Solo" comprendió cuál era la condición de sus dueños. No salió durante días y semanas del cuarto. ¿Sabía también que los dueños de la hacienda, los que vivían en esta y en la otra banda se odiaban a muerte? ¿Había oído las historias y rumores que corrían en los pueblos sobre los señores de "Lucas Huayk'o"?



—¿Viven aún los dos?—se preguntaban en las aldeas—. ¿Qué han derrumbado esta semana? ¿Los cercos, las tomas de agua, los andenes?

—Dicen que don Adalberto ha desbarrancado en la noche doce vacas lecheras de su hermano. Con veinte peones las robó y las espantó al abismo. Ni la carne han aprovechado. Cayeron hasta el río. Los pumas y los cóndores están despedazando a los animales finos.

—¡Anticristos!
—¡Y su padre vive!
—¡Se emborracha! ¡Predica como diablo contra sus hijos! Se aloca.
—¿De dónde, de quién vendrá la maldición?
No criaban ya animales caseros ninguno de los dos señores. No criaban perros. Podían ser objetos de venganza, fáciles.

—"Lucas Huayk'o" arde. Dicen que el sol es allí peor. ¡Se enciende! ¿Cómo vivirá la gente? Los viajeros pasan corriendo el puente.



Sin embargo "Hijo Solo" conquistó su derecho a vivir en la hacienda. Él y su dueño procedieron con sabiduría. Un perro allí era necesario más que en otros sitios y hogares. Pero los habían matado a balazos, con veneno o ahorcándolos en los árboles, a todos los que ambos señores criaron, en esta y en la otra banda.



Los primeros ladridos de "Hijo Solo" fueron escuchados en toda la quebrada. Desde lo alto del corredor. "Hijo Solo" ladró al descubrir una piara de mulas que se acercaban al puente. Se alarmó el patrón. Salió a verlo. Singu corrió a defenderlo.

—¿Es tuyo? ¿Desde cuando?
—Desde la otra vida, señor—contestó apresuradamente el sirviente.
—¿Qué?

—Juntos, pues, habremos nacido, señor. Aquí nos hemos encontrado. Ha venido solito. En el callejón se ha quedado, oliendo. Nos hemos conocido. Don Adalberto no le va ha hacer caso. De "endio" es, no es de werak'ocha. Tranquilo va cuidar la hacienda.

—¿Contra quién? ¿Contra el criminal de mi hermano? ¿No sabes que Don Adalberto come sangre?
—Perro de mí es, pues, señor. Tranquilo va a ladrar. No contra Don Alberto.

"Hijo Solo" los escuchaba inquieto. Miraba al dueño de la hacienda, con esa cristalina luz que tenía en los ojos, desde la tarde en que fue alimentado y saciado por Singuncha, junto a la puerta falsa de la casa grande.



—Es simpático; chusco. Lo matarán sin duda—dijo Don Angel—. Se desprecia a los perros. Se les mata fácil. No hay condena por eso. Que se quede, pues, Singuncha. No te separes de él. Que ladre poco. Te cuidará cuando riegues de noche la alfalfa. Enséñale que no ladre fuerte. Le beberá la sangre siempre, ese Caín, ¿Cómo se llama? Su ladrar ha traído recuerdos a la quebrada.

—"Hijo Solo", patrón.

Movió el rabo. Miró al dueño, con alegría. Sus ojos amarillos tenían la placidez de la luz, no del crepúsculo sino del sol declinante, que se posaba sobre las cumbres ya sin ardor, dulcemente, mientras las calandrias cantaban desde los grandes árboles de la huerta.



"Más fácil es ver aquí un perro muerto. Ya no tengo costumbre de verlos vivos. Allá él. Quizá mi hermano los despache a los dos juntos. Volverán al otro mundo, rápido".

El dueño de la hacienda bajó al patio, hablando en voz baja. No se dieron cuenta durante mucho tiempo. El perro exploró toda la hacienda por la banda izquierda que pertenecía a Don Angel. No escandalizaba. Jugaba en el campo con el pequeño sirviente. Se perdía en la alfalfa floreada; corría a saltos, levantando la cabeza, para mirar a su dueño. Su cuerpo amarillo, lustroso ya, por el buen trato, resaltaba entre el verde feliz de la alfalfa y las flores moradas. Singuncha reía.

—¡Hijos de Dios en medio de la maldición! —decía de ellos la cocinera.


El perro pretendía atrapar a los chihuillos que vivían en los hosques de retama de los pequeños abismos. El cllihuillo tiene vuelo lento y bajo; da la impresión de que va a caer, que está cansado. El perro se lanzaba, anhelante, tras de los chihuillos, cuando cruzaban los campos de alfalfa buscando los árboles que orillaban las acequias. El Singuncha reía a carcajadas. La misma absurda pretensión hacía saltar al perro, la orilla del río, cuando veía pasar a los patos, que eran rar