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SILVIO EN EL ROSEDAL

SILVIO EN EL ROSEDAL

El Rosedal era la hacienda más codiciada del valle de Tarma, no por su extensión, pues apenas llegaba a las quinientas hectáreas, sino por su cercanía al pueblo, su feracidad y su hermosura. Los ricos ganaderos tarmeños, que poseían enormes pastizales y sembríos de papas en la alta cordillera, habían soñado siempre con poseer ese pequeño mundo donde, aparte de un lugar de reposo y esparcimiento, podrían hacer un establo modelo, capaz de surtir de leche a todo el vecindario. Pero la fatalidad se encarnizaba en sustraerles estas tierras, pues cuando su propietario, el italiano Carlo Paternoster, decidió venderlas para instalarse en Lima prefirió elegir a un compatriota, don Salvatore Lombardi, quien por añadidura nunca había puesto los pies en la sierra. Lombardi fue además el único postor que pudo pagar en líquido y al contado el precio exigido por Paternoster. Los ganaderos serranos eran mucho más ricos y movían millones al año, pero todo lo tenían invertido en sembríos y animales y metidos como estaban en el mecanismo del crédito bancario, no veían generalmente el fruto de su fortuna más que en la forma abstracta de letras de cambio y derecho de sobregiro. Don Salvatore, en cambio, había trabajado durante cuarenta años en una ferretería limeña, que con el tiempo llegó a ser suya y juntado billete sobre billete un capital apreciable. Su ilusión era regresar algún día a Tirole, en los Alpes italianos, comprarse una granja, demostrar a sus paisanos que había hecho plata en América y morir en su tierra natal respetado por los lugareños y sobre todo envidiado por su primo Luigi Cellini, que de niño le había roto la nariz de una trompada y quitado una novia, pero nunca salió del paisaje alpino ni tuvo más de diez vacas. Por desgracia los tiempos no estaban como para regresar a Europa, donde acababa de estallar la segunda guerra mundial. Aparte de ello don Salvatore contrajo una afección pulmonar. Su médico le aconsejó entonces que vendiera la ferretería y buscara un lugar apacible y de buen clima donde pasar el resto de sus días. Por amigos comunes se enteró que Paternoster vendía El Rosedal y renunciando al retorno a Tirole se instaló en el fundo tarmeño, dejando a su hijo en Lima encargado de liquidar sus negocios. La verdad es que por El Rosedal pasó como una nube veraniega pues, a los tres meses de estar allí, cuando había emprendido la refacción de la casa-hacienda, comprado un centenar de vacas y traído de Lima muebles y hasta una máquina para fabricar tallarines, murió atragantado por una pepa de durazno. Fue así como Silvio, su único heredero, quedó como propietario exclusivo de El Rosedal.

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A Silvio le cayó esta propiedad como un elefante desde un quinto piso. No solo carecía de toda disposición para administrar una hacienda lechera o administrar cualquier cosa, sino que la idea de enterrarse en una provincia le puso la carne de gallina. Todo lo que él había deseado de niño era tocar el violín como un virtuoso y pasearse por el jirón de la Unión con sombrero y chaleco a cuadros, como había visto a algunos elegantes limeños. Pero don Salvatore lo había sacrificado por su maldita idea de regresar a Tirole y vengarse de su primo Luigi Cellini. Tiránico y avaro, lo metió a la tienda antes de que terminara el colegio, justo cuando murió su madre, y lo mantuvo tras el mostrador como cualquier empleado, pero a propinas, despachando todo el día en mandil de tocuyo, tornillos, tenazas, plumeros y latas de pintura. No pudo así hacer amigos, tener una novia, cultivar sus gustos más secretos, ni integrarse a una ciudad para la cual no existía, pues para la rica colonia italiana, metida en la banca y en la industria, era el hijo de un oscuro ferretero y para la sociedad indígena una especie de inmigrante sin abolengo ni poder. Sus únicos momentos de felicidad los había conocido realmente de niño, cuando vivía su madre, una mujer delicadísima que cantaba operas acompañándose al plano y que le pagó con sus ahorros un profesor de violín durante cuatro años. Luego algunas escapadas juveniles y nocturnas por la ciudad, buscando algo que no sabía lo que era y que por ello mismo nunca encontró y que despertaron en él cierto gusto por la soledad, la indagación y el sueño. Pero luego vino la rutina de la tienda, toda su juventud enterrada traficando con objetos opacos y la abolición progresiva de sus esperanzas más íntimas, hasta hacer de él un hombre sin iniciativa ni pasión.

Por ello tener, a los cuarenta años, que responsabilizarse de una propiedad agrícola y por añadidura administrar su vida le pareció excesivo. O una u otra cosa. Lo primero que se le ocurrió fue vender la hacienda y vivir con su producto hasta que se le acabara. Pero un resto de prudencia le aconsejó conservar esas tierras, ponerlas en manos de un buen administrador y gozar de su renta haciendo lo que le viniera en gana, si alguna vez le daba ganas de hacer algo. Para ello, naturalmente, tenía que viajar a Tarma y estudiar sobre el terreno la forma de llevar a cabo su proyecto.

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La hacienda la había visto muy de paso, cuando tuvo que venir precipitadamente de Lima para recoger el cadáver de don Salvatore y conducirlo al cementerio de la capital. Pero ahora que volvió con mayor calma quedó impresionado por la belleza de su propiedad. Era una serie de conjuntos que surgían unos de otros y se iban desplegando en el espacio con el rigor y la elegancia de una composición musical. Para empezar, la casa. La vieja mansión colonial de dos pisos, construida en forma de U en torno a un gran patio de tierra, tenía arcos de piedra en la planta baja y una galena con balcón y soportales de madera en los altos, rematada por un tejado de dos aguas. En medio del ala central se elevaba una especie de torrecilla que culminaba en un mirador cuadrangular cubierto de tejas, construcción extraña, que rompía un poco la unidad del recinto, pero le daba al mismo tiempo un aire espiritual. Cuando uno entraba al patio por el enorme portón que daba a la carretera se sentía de inmediato abrazado por las alas laterales y aspirado hacia una vida que no podía ser más que enigmática, recoleta y deleitosa. Los bajos estaban destinados a la servidumbre e instalaciones y los altos a la residencia patronal. Y esta la componían una sucesión de alcobas espaciosas, donde Silvio identificó tres salones, un comedor, una docena de dormitorios, una vieja capilla, cocina, baño y un saldo de piezas vacías que podrían servir de biblioteca, despensa o lo que fuese. Todas las habitaciones tenían empapelados antiguos, bastante desvaídos, pero tan complicados y distintos –escenas de caza, paisajes campestres, arreglos frutales o personajes de época– que invitaban más que a la contemplación a la lectura. Y felizmente que esos cuartos conservaban su vieja mueblería, que don Salvatore no había tenido tiempo de remplazar por sus artefactos de serie, aún encajonados en un hangar de los bajos.

Tras la casa estaba el rosedal, que daba el nombre a la hacienda. Era un lugar encantado, donde todas las rosas de la creación, desde un tiempo seguramente inmemorial, florecían en el curso del año. Había rosas rojas y blancas y amarillas y verdes y violeta, rosas salvajes y rosas civilizadas, rosas que

parecían un astro, un molusco, una tiara, la boca de una coqueta. No se sabía quién las plantó, ni con qué criterio, ni por qué motivo, pero componían un laberinto polícromo en el cual la vista se extasiaba y se perdía. Contiguo al jardín se encontraba la huerta, pocas higueras y perales, en cambio, cinco hectáreas de durazneros. Los árboles eran bajos, pero sus ramas se vencían bajo el peso de los frutos rosados y carnosos, cubiertos de una adorable pelusilla, que eran una delicia para el tacto antes de ser un regalo para la boca. Ahora comprendía Silvio cómo su padre, movido por una impulsión estética y golosa, se había tragado uno de esos frutos con pepa y todo, pagando ese gesto con su vida. Y cruzando el cerco de la huerta se penetraba en el campo abierto. Al comienzo los alfalfares, que crecían hasta la talla de un mozo a ambas orillas del río Acobamba, y luego las praderas de pastoreo, llanísimas, cubiertas siempre de hierba húmeda, y como límite de la propiedad el bosque de eucaliptos, que empezaba en la planicie y ascendía un trecho por los cerros, dejando el resto librado a retamas, cactus y tunares.

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Silvio se felicitó de no haber obedecido a su primer impulso de vender la hacienda y, como le gustaba tal como era dio orden de inmediato de suspender los bastos trabajos de refacción que había emprendido don Salvatore. Solo admitió que terminaran de enlucir la fachada de rosa claro y que repararan cañerías, goteras, entablados y cerraduras. Renunció además a buscar un administrador y dejó toda la gestión en manos del viejo capataz Eleodoro Pumari quien, gracias a su experiencia y a su treintena de descendientes, estaba mejor que nadie capacitado para sacarle provecho a esa heredad. Estas pequeñas ocupaciones lo obligaban a postergar su retorno a Lima, pero sobre todo la idea de que en la costa estaban en pleno invierno. Nada detestaba más Silvio que los inviernos limeños, cuando empezaba la interminable garúa, jamás se veía una estrella y uno tenía la impresión de vivir en el fondo de un pozo. En la sierra en cambio era verano, lucía el sol todo el día y hacía un frío seco y estimulante. Eso lo determinó a entablar relaciones más íntimas con sus tierras y a ensayar las primeras con su nueva ciudad. Los tarmeños lo acogieron al comienzo con mucha reticencia. No solo no era del lugar, sino que sus padres eran italianos, es decir, doblemente extranjero. Pero al poco tiempo se dieron cuenta de que era un hombre sencillo, sano, serio y por añadidura soltero. Esta última cualidad fue el mejor argumento para que le abrieran las puertas de su clan. Un soltero era vulnerable y por definición soluble en la sociedad regional. El clan lo formaban una decena de familias que poseían todas las tierras de la provincia, con excepción del El Rosedal, que seguía siendo una isla en el mar de su poder. A su cabeza estaba el hacendado más rico y poderoso, don Armando Santa Lucía, alcalde de Tarma y presidente del Club Social. Fue el primero en invitarlo a una de sus reuniones y todo el resto del clan siguió. Silvio aceptó esta primera invitación por cortesía y algo de curiosidad e ingresó así paulatinamente a una ronda de comilonas, paseos y cabalgatas que se fueron encadenando unas con otras según las leyes de la emulación y la retribución. Todo el verano lo pasó de hacienda en hacienda y de convite en convite. Algunas de estas reuniones duraban días, se convertían en verdaderas fiestas ambulantes y conglomerantes, a las que iba adhiriendo de paso nuevas comparsas. Silvio recordaba haber cenado un domingo en casa de Armando Santa Lucía con cinco terratenientes y haber terminado la reunión un jueves, cerca de la provincia de Ayacucho, desayunando con una cuarentena de hacendados. Como no era afecto a la bebida y parco en el comer, rehusó varias de estas invitaciones con el propósito de romper la cadena, pero había empezado la época de las lluvias, las reuniones asumieron un aspecto más familiar y soportable, limitándose a cenas y bailes en las residencias de Tarma. Si el verano era la época de las correrías varoniles, el invierno era el imperio de la mujer. Silvio se dio cuenta que estaba circunscrito por solteronas, primas, hijas, sobrinas o ahijadas de hacendados, feísimas todas, que le hacían descaradamente la corte. Esas familias serranas eran inagotables y en cada una de ellas había siempre un lote de mujeres en reserva, que ponían oportunamente en circulación con propósitos más bien equívocos. Silvio tenía demasiado presente la imagen de su madre y su ideal de belleza femenina era muy refinado para ceder a la tentación y así poco a poco fue abandonando estas frecuentaciones para recluirse estoicamente en su hacienda. Y en esta cada día se sentía mejor, a punto que siguió postergando su retorno a Lima donde, en realidad, no tenía nada que hacer. Le encantaba pasear bajo las arcadas de piedra, comer un durazno al pie del árbol, observar como los Pumari ordeñaban las vacas, hojear viejos periódicos como si hicieran referencia a un mundo inexistente, pero sobre todo caminar por el rosedal. Rara vez arrancaba una flor, pero las aspiraba e iba identificando en cada perfume una especie diferente. Cada vez que abandonaba el jardín tenía el deseo inmediato de regresar a él, como si hubiera olvidado algo. Varias veces lo hizo, pero siempre se retiraba con la impresión de un paseo imperfecto.

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Así pasaron algunos años. Silvio estaba ya plenamente instalado en la vida campestre. Había engordado un poco y tenía la tendencia a quitarse rara vez el saco de pijama. Sus andares por la hacienda se fueron limitando al claustro y el rosedal y finalmente le ocurrió no salir durante días de la galería de los altos e incluso de su dormitorio, donde se hacía servir la comida y convocaba a su capataz. A Tarma hacía expediciones mínimas, por asuntos extremadamente urgentes, al extremo que los hacendados dejaron de invitarlo y corrieron rumores acerca de su equilibrio mental o de su virilidad.

Dos o tres veces viajó a Lima, generalmente para asistir a un concierto o comprar algún útil para la hacienda y siempre retornó cumplida su tarea. Cada vez que volvía reanudaba sus paseos, reconociendo en cada lugar los clisés guardados por su memoria, pero no obtenía ello el antiguo goce. Una mañana que se afeitaba creyó notar el origen de su malestar: estaba envejeciendo en una casa baldía, solitario, sin haber hecho realmente nada, aparte de durar. La vida no podía ser esa cosa que se nos imponía y que uno asumía como un arriendo, sin protestar. Pero ¿qué podía ser? En vano miró a su alrededor, buscando un indicio. Todo seguía en su lugar. Y sin embargo debía haber una contraseña, algo que permitiera quebrar la barrera de la rutina y la indolencia y acceder al fin al conocimiento, a la verdadera realidad. ¡Efímera inquietud! Terminó de afeitarse tranquilamente y encontró su tez fresca, a pesar de los años, si bien en el fondo de sus ojos creyó notar una lucecita inquieta, implorante. * Una tarde que se aburría demasiado cogió sus prismáticos de teatro y resolvió hacer lo único que nunca había hecho: escalar los cerros de la hacienda. Estos quedaban al final de las praderas y estaban cubiertos en la falda baja por el bosque de eucaliptos. Bordeando el río cruzó los alfalfares y pastizales, luego el bosque y emprendió la ascensión bajo el sol abrasador. La pendiente del cerro era más empinada de lo que había previsto y estaba plagada de cactus, magueyes y tunares, plantas hoscas y guerreras, que oponían a su paso una muralla de espinas. La constitución del suelo era más bien rocosa y repelente. A la media hora estaba extenuado, tenía las manos hinchadas y los zapatos rotos y aún no llegaba a la cresta. Haciendo un esfuerzo prosiguió hasta que llegó a la cima. Se trataba naturalmente de una primera cumbre, pues el cerro luego de un corto declive, proseguía ascendiendo hacia el cielo azul. Silvio se moría de sed, maldijo por no haber traído una cantimplora con agua y renunciando a continuar la escalada se sentó en una roca para contemplar el panorama. Estaba lo suficientemente alto como para ver a sus pies la totalidad de la hacienda y detrás, pero muy lejanos, los tejados de Tarma. Al lado opuesto se distinguían los picos de la cordillera oriental que separaban la sierra de la floresta.

Silvio aspiró profundamente el aire impoluto de la altura, comprobó que la hacienda tenía la forma de un triángulo cuyo ángulo más agudo lo formaba la casa y que se iba desplegando como un abanico hacia el interior. Con sus prismáticos observó las praderas, donde espaciadamente pastaban las vacas, la huerta, la casa y finalmente el rosedal. Los prismáticos no eran muy poderosos, pero le permitieron distinguir como una borrosa tapicería coloreada, en la cual ciertas figuras tendían a repetirse. Vio círculos, luego rectángulos, en seguida otros círculos y todo dispuesto con tal precisión que quitándose los binoculares trató de tener del jardín una visión de conjunto. Pero estaba demasiado lejos y a simple vista no veía más que una mancha polícroma. Ajustándose nuevamente los prismáticos prosiguió su observación: las figuras estaban allí, pero las veía parcialmente y por series sucesivas y desde un ángulo que no le permitía reconstituir la totalidad del dibujo. Era realmente extraño, nunca imaginó que en ese abigarrado rosedal existiera en verdad un orden. Cuando se repuso de su fatiga, guardó los prismáticos y emprendió el retorno.

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En los días siguientes hizo un corto viaje a Lima para asistir a una representación de Aída por un conjunto de ópera italiano. Luego intentó divertirse un poco, pero en la costa se estaba en invierno, lloviznaba, la gente andaba con bufanda y tosía, la ciudad parecía haber cerrado sus puertas a los intrusos, se aburrió una vez más, añoró su vida eremítica en la hacienda v bruscamente retornó a El Rosedal. Al entrar al patio de la hacienda se sintió turbado por la presencia de la torrecilla del ala central, tomó claramente conciencia del carácter aberrante de ese minarete, al cual además nunca había subido a causa de sus escalones apolillados. Estaba fuera de lugar, no cumplía ninguna función, al primer temblor se iba a venir abajo, tal vez alguna vez sirvió para otear el horizonte en busca del invisible enemigo. Pero tal vez tenía otro objeto, quien ordenó su construcción debía perseguir un fin preciso. Y claro, cómo no lo había pensado antes, solo podía servir de lugar privilegiado para observar una sola cosa: el rosedal.

De inmediato ordenó a uno de los hijos de Pumari que reparara la escalera y se las ingeniara como fuese para poder llegar al observatorio. Como era ya tarde, Calixto tuvo que trabajar parte de la noche remplazando peldaños, anudando cuerdas, clavando garfios, de modo que a la mañana siguiente la vía estaba expedita y Silvio pudo emprender la ascensión. No tuvo ojos más que para el rosedal, todo el resto no existía para él y pudo así comprobar lo que viera desde el cerro: los macizos de rosas que, vistos del suelo, parecían crecer arbitrariamente, componían una sucesión de figuras. Silvio distinguió claramente un círculo, un rectángulo, dos círculos más, otro rectángulo, dos círculos finales. ¿Qué podía significar eso? ¿Quién había dispuesto que las rosas se plantaran así? Retuvo el dibujo en su mente y al descender los reprodujo sobre un papel. Durante largas horas estudió esta figura simple y asimétrica, sin encontrarle ningún sentido. Hasta que al fin se dio cuenta, no se trataba de un dibujo ornamental sino de una clave, de un signo que remitía a otro signo: el alfabeto Morse. Los círculos eran los puntos y los rectángulos, las rayas. En vano buscó en casa un diccionario o libro que pudiera ilustrarlo. El viejo Paternoster solo había dejado tratados de veterinaria y fruticultura. A la mañana siguiente tomó la carreta que llevaba la leche al pueblo y buscó inútilmente en la única librería de Tarma el texto iluminador. No le quedó más remedio que ir al correo para consultar con el telegrafista. Este se encontraba ocupadísimo, era hora de congestión y prometió enviarle al día siguiente la clave morse con el lechero. Nunca esperó Silvio con tanta ansiedad un mensaje. La carreta del lechero regresaba en general al mediodía, pero Silvio estuvo desde mucho antes en el portón de la hacienda, mirando la carretera. Apenas sintió en la curva el traqueteo de las ruedas se precipitó para coger el papel de manos de Esteban Pumari. Estaba en un sobre y llegando a su dormitorio lo desgarró. Cogiendo el papel y lápiz convirtió los puntos y rayas en letras y se encontró con la palabra RES. Pequeña palabra que lo dejó confuso. ¿Qué cosa era una res? Un animal, sin duda, un vacuno, como los que abundan en la hacienda. Claro, el propietario original de ese fundo, un ganadero fanático, había querido sin duda perpetuar en el jardín el nombre de la especie animal que albergaba sus tierras y de la cual dependía su fortuna: res, fuera vaca, toro o ternera.

Silvio tiró la clave sobre la mesa, decepcionado. Y tuvo verdaderamente ganas de reír. Y se rio, pero sin alegría, descubriendo que en el empapelado de su dormitorio había aparte de naturalezas muertas arreglos florales. RES. Algo más debía expresar esa palabra. Naturalmente, en latín, según recordó, res quería decir cosa, Pero ¿qué era una cosa? Una cosa era todo, Silvio trató de indagar más, de escabullirse hasta el fondo de esta palabra, pero no vio nada y vio todo, desde una medusa hasta las torres de la catedral de Lima. Todo era una cosa, pero de nada le servía saberlo. Por donde la mirara, esta palabra lo remitía a la suma infinita de todo lo que contenía el universo. Aún se interrogó un momento, pero fatigado de fa esterilidad de su pesquisa, decidió olvidarse del asunto. Se había embarcado sin duda por un mal camino. Pero en mitad de la noche se despertó y se dio cuenta de que había estado soñando con su ascensión a la torre, con el rosedal en dibujo. Su mente no había dejado de trabajar. En su visión interior perduraba, escrita en el jardín y en el papel, la palabra RES. ¿Y si le daba la vuelta? Invirtiendo el orden de las letras logró la palabra SER. Silvio encendió una lámpara, corrió a la mesa y escribió con grandes letras SER. Este hallazgo lo llenó de júbilo, pero al poco rato comprobó que SER era una palabra tan vaga y extensa como COSA y muchísimo más que RES. ¿Ser qué, además? SER era todo. ¿Cómo tomar esta palabra, por otra parte, como sustantivo o como verbo infinitivo? Durante un rato se rompió la cabeza. Si era un sustantivo tenía el mismo significado infinito y por lo tanto inútil que COSA. Si era un verbo infinitivo carecía de complemento, pues no indicaba lo que era necesario ser. Esta vez sí se hundió profundamente en un sueño desencantado. En los días siguientes bajó a menudo a Tarma en las tardes sin un motivo preciso, daba una vuelta por la plaza, entraba a una tienda o se metía al cine. Los nativos, sorprendidos por esta reaparición, después de tantos meses de encierro, lo acogieron con simpatía. Lo notaron más sociable y aparentemente con ganas de divertirse. Aceptó incluso asistir a un gran baile que don Armando Santa Lucía daba en su residencia, pues había ganado el premio al mejor productor de papas de la región. Como siempre Silvio encontró en esta reunión a lo mejor de la sociedad tarmeña ya la más escogida gente de paso, así como a las solteronas de los años pasados que, más secas y arrugaditas, habían alcanzado ese grado crepuscular de madurez que presagiaba su pronto hundimiento en la desesperación. Silvio se entretuvo conversando con los hacendados, escuchando sus consejos para renovar su ganado y mejorar su servicio de distribución de leche, pero cuando empezó el baile una idea artera le pasó por la mente, una idea que surgió como un petardo del trasfondo de su ser y lo cegó: no era una palabra lo que se escondía en el jardín, era una sigla. Sin que nadie comprendiera por qué, abandono súbitamente la reunión y tomó la última camioneta que iba a la montaña y que podía dejarlo de paso en la puerta de su hacienda. Apenas llegó se acomodó frente a su mesa y escribió una vez más la palabra RES. Como no se le ocurría nada la invirtió y escribió SER. De inmediato se le apareció la frase Soy Excesivamente Rico. Pero se trataba evidentemente de una formulación falsa. No era un hombre rico, ni mucho menos excesivamente. La hacienda le permitía vivir porque era solo frugal. Volvió a examinar las letras y compuso Serás Enterrado Rápido, lo que no dejó de estremecerlo, a pesar de que le pareció una profecía infundada. Pero otras frases fueron desalojando a la anterior: Sábado Entrante Reparar, ¿reparar qué? Solo Ensayando Regresarás, ¿adónde? Sócrates Envejeciendo Rejuveneció, lo que era una fórmula estúpida y contradictoria. Sirio Engendro Rocío, frase dudosamente poética y además equívoca, pues no sabía si se trataba de la estrella o de un habitante de Siria. Las frases que se podían componer a partir de estas letras eran infinitas. Silvio llenó varias páginas de su cuaderno, llegando a fórmulas tan enigmáticas y disparatadas como Sálvate Enfrentando Río, Sucedióle Encontrar Rupia o Sóbate Encarnizadamente Rodilla, lo que a la postre significaba remplazar una clave por otra. Sin duda se había embarcado en un viaje sin destino. Aún por tenacidad ensayo otras frases. Todas lo remitían a la incongruencia.

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Durante meses se abandonó a ese simulacro de la felicidad que es la rutina. Se levantaba tarde, tomaba varios cafés acompañados de su respectivo cigarro, daba una vuelta por las arcadas, impartía órdenes a los Pumari, bajaba de cuando en cuando a Tarma por asuntos fútiles y cuando realmente se aburría iba a Lima donde se aburría más. Como seguía sin conocer a nadie en la capital, vagaba por las calles céntricas entre miles de transeúntes atareados, compraba tonterías en las tiendas, se pagaba una buena comida, se atrevía a veces a ir a un cabaret y rara vez a fornicar con una pelandusca, de donde salía siempre insatisfecho y desplumado. Y regresaba a Tarma con el vacío en el alma, para deambular por sus tierras, aspirar una rosa, gustar un durazno, hojear viejos periódicos y aguardar ansioso que llegaran las sombras y acarrearan para siempre los escombros del día malgastado. Una mañana que paseaba por el rosedal se encontró, con Felícito Pumari, que se encargaba del jardín, y le preguntó qué modo seguía para mantenerlo floreciente, cómo regaba, dónde plantaba, qué rosales sembraba, cuándo y por qué. El muchacho le dijo simplemente que él se limitaba a reponer y resembrar las plantas que iban muriendo. Y siempre había sido así. Su padre le había enseñado y a su padre su padre. Silvio creyó encontrar en esta respuesta un estímulo: había un orden que se respetaba, el mensaje era trasmitido, nadie se atrevía a una transgresión, la tradición se perpetuaba. Por ello volvió a inclinarse sobre sus claves, comenzando por el comienzo, y se esforzó por encontrarles si no una explicación por lo menos una aplicación. RES era una palabra clarísima y no necesitaba de ningún comentario. E impulsado por la naturaleza de su fundo y los consejos de los hacendados se dedicó a incrementar su ganado, adquirió sementales caros y vacas finas y luego de sapientes cruces mejoró notablemente el rendimiento de sus reses. La producción de leche aumentó en un cien por ciento, tuvo necesidad de nuevas carretas para el reparto y el renombre de su establo ganó toda la región. Al cabo de un tiempo, sin embargo, la hacienda llegó a su rendimiento óptimo y se estancó. Al igual que el ánimo de Silvio, que no encontraba mayor placer en haber logrado una explotación modelo. Su esfuerzo le había dado un poco más de beneficios y de prestigio, pero eso era todo. Él seguía siendo un solterón caduco, que había enterrado temprano una vocación musical y seguía preguntándose para qué demonios había venido al mundo. Abandonó entonces sus cruces bovinos y dejó de supervigilar la marcha del establo. Por pura ociosidad se había dejado crecer una barba rojiza y descuidada. Por la misma razón volvió a interesarse por su clave, que seguía indescifrable sobre su mesa. RES=COSA. COSA. Muy bien. Se trataba tal vez de adquirir muchas cosas. Hizo entonces una lista de laque le faltaba y se dio cuenta que le faltaba todo. Un avión, por ejemplo, un caballo de carrera, un mayordomo hindú, una corbata con puntitos rojos, una lupa y así indefinidamente. Otra vez se encontraba enfrentado al infinito. Decidió entonces que lo que debía hacer era la lista de las cosas que tenía y empezó por su dormitorio: una cama, una mesa de noche, dos sábanas, dos frazadas, tres lámparas, un ropero, pero apenas había llenado algunas hojas de su cuaderno se encontró con problemas insolubles: las figuras del empapelado, por ejemplo, ¿eran una o varias cosas? ¿Tenía que anotar y describir una por una? Y si salía a la huerta, ¿tenía que contar los árboles y más aún los duraznos y peor todavía las hojas? Era una estupidez, pero también por ese lado lo cercaba el infinito. Pensó incluso que si no poseyera sino su cuerpo hubiera pasado años contando cada poro, cada vello y catalogando estas cosas, puesto que le pertenecían. Es así que tirando su inventario al aire examinó nuevamente su fórmula e invirtiéndola se acodó frente a la palabra SER. Y esta vez le resultó luminosa. SER era no solamente un verbo en infinitivo sino una orden. Lo que él debía hacer era justamente SER. Se interrogó entonces sobre lo que debía ser y en todo caso descubrió que lo que nunca debía haber sido era lo que en ese momento estaba siendo: un pobre idiota rodeado de vacas y eucaliptos, que se pasaba días íntegros encerrado en una casa baldía combinando letras en un cuaderno. Algunos proyectos de SER le pasaron por la cabeza. SER uno de esos dandis que se paseaban por el jirón de la Unión diciéndoles piropos a las guapas. SER un excelente lanzador de jabalina y ganar aunque sea por unos centímetros a esa especie de caballo que había en el colegio y que arrojaba cualquier objeto, fuera, redondo, chato o puntiagudo, a mayor distancia que nadie. O ser, ¿por qué no? lo que siempre había querido ser, un violinista como Hasha Heifetz, por ejemplo, cuya foto vio muchas veces de niño en la revista Life, tocando su instrumento con los ojos cerrados, ante una orquesta vestida de impecable smoking y un auditorio arrebatado.

La idea no le pareció mala y desenterrando su instrumento lo sacó de su funda y reinició los ejercicios de su niñez. A esta tarea se aplicó con un rigor que lo sorprendió. En un par de meses, a razón de cinco o seis horas diarias; alcanzó una habilísima digitación y meses después ejecutaba ya solos y sonatas con una rara virtuosidad. Pero como había llegado a un tope tuvo necesidad de un profesor. La posibilidad de tener que viajar para ello a Lima lo desanimó. Felizmente, como a veces ocurre en la provincia, había un violinista oscuro, que tocaba en misas, entierros y matrimonios y que era músico y ejecutante genial, a quien el hecho de medir un metro treinta de estatura y haber vivido siempre en un pueblo serrano lo habían sustraído a la admiración universal. Rómulo Cárdenas se entusiasmó con la idea de darle clases y sobre todo vio en ello la posibilidad de realizar el sueño de toda su vida, incumplido hasta entonces, pues era el único violinista de Tarma: tocar alguna vez el concierto para dos violines de Juan Sebastián Bach. Pero allí estaba Silvio Lombardi. Durante semanas Rómulo vino todos los días a El Rosedal y ambos, encerrados en la antigua capilla, trabajaron encarnizadamente y lograron poner a punto el concierto soñado. Los Pumari no podían entender cómo este par de señores se olvidaban hasta de comer para frotar un arco contra unas cuerdas produciendo un sonido que, para ellos, no los hacía vibrar como un huayno. Silvio pensó que ya era tiempo de pasar de la clandestinidad a la severidad y tomó una determinación: dar un concierto con Cárdenas. E invitar a El Rosedal a los notables de Tarma, para retribuirles así todas sus atenciones. Hizo imprimir las tarjetas con quince días de anticipación y las distribuyó entre hacendados, funcionarios y gente de paso. Paulo Pumari repintó la vieja capilla, colocó bancas y sillas y convirtió la vetusta habitación en un auditorio ideal. Los hacendados tarmeños recibieron la invitación perplejos. ¡Lombardi invitaba a El Rosedal y para escucharlo tocar el violín a dúo con ese enano de Cárdenas! No se decía en la invitación si habría luego comida o baile. Muchos tiraron la tarjeta a la papelera, pensando luego decir que no la habían recibido, pero algunos se constituyeron el sábado en la hacienda de Silvio. Era una ocasión para echar una mirada a esa tierra evasiva y ver como vivía el italiano. Silvio había preparado una cena para cien personas, pero solo vinieron doce. La gran mesa que había hecho armar bajo las arcadas tuvo que ser desmontada y terminaron todos en el comedor de diario, en los altos de la casa. Después del café fueron a la capilla y se dio el concierto. Mientras ejecutaban la partitura Silvio comprobó de reojo que solo había once personas y nunca pudo descubrir quién era el duodécimo que se escapó o que se quedó en el comedor tomándose un trago más o repitiendo el postre. Pero el concierto fue inolvidable. Sin el socorro de una orquesta, Silvio y Rómulo se sobrepasaron, curvado cada cual sobre su instrumento crearon en esos momentos una estructura sonora que el viento se llevó para siempre, perdiéndose en las galaxias infinitas. Los invitados aplaudieron al final sin ningún entusiasmo. Era evidente que les había pasado por las narices un hecho artístico de valor universal sin que se diesen cuenta. Más tarde, con los tragos, felicitaron a los músicos con frases hiperbólicas, pero no habían escuchado nada, Juan Sebastián Bach pasó por allí sin que le vieran el más pequeño de sus rizos. Silvio siguió viendo a Cárdenas y ejecutando con él en la capilla: bajo las arcadas y aun en pleno rosedal, solitarios conciertos, verdaderos incunables del arte musical sin otros testigos que las palomas y las estrellas. Pero poco a poco fue distanciándose de su colega, terminó por no invitarlo más y refundió su violín en el fondo del armario. Lo hizo sin júbilo, pero también sin amargura, sabiendo que durante esos días de inspirada creación había sido algo, tal vez efímeramente, una voz que se perdió en los espacios siderales y que, como la luz, acabó por hundirse en el reino de las sombras. Por entonces se le cayó un incisivo y al poco tiempo otro y por flojera, por desidia, no se los hizo reponer. Una mañana se dio cuenta de que la mitad derecha de su cabeza estaba cubierta de canas. La mayor parte de los vidrios de la galería estaban quebrados. En las arcadas descubrió durante un paseo peroles con leche podrida. ¿Por qué, Dios mío, donde pusiera la mirada, veía instaurarse la descomposición, el apolillamiento y la ruina? Un paquete que recibió de Lima lo sacó un momento de sus cavilaciones. En su época de furioso criptógrafo había encargado una serie de libros y solo ahora le llegaban: diccionarios, gramáticas, manuales de enseñanza de lenguas. Lo revisó someramente hasta que descubrió algo que lo dejó atónito: RES quería decir en catalán nada. Durante varios días vivió secuestrado por esta palabra. Vivía en su interior escrutándola por todos lados, sin encontrar en ella más que lo evidente: la negación del ser, la vacuidad, la ausencia. Triste cosecha para tanto esfuerzo, pues él ya sabía que nada era él, nada el rosedal, nada sus tierras, nada el mundo. A pesar de esta certeza siguió abocado a sus tareas habituales, en las que ponía un empeño heroico, comer, vestirse, dormir, lavarse, ir al pueblo, durar en suma y era como tener que leer todos los días la misma página de un libro pésimamente escrito y desprovisto de toda amenidad.

*
Hasta que un día leyó, literalmente, una página diferente. Era una carta que le llegó de Italia: su prima Rosa le comunicaba la muerte de su padre, don Luigi Cellini, el lejano tío que don Salvatore había detestado tanto. Rosa había quedado en la miseria, con una hija menor, pues su marido, un tal Lucas Settembrini, había fugado del hogar años antes. Le pedía a Silvio que la recibiera en la hacienda, ocuparía el menor espacio posible y se encargaría del trabajo que fuese. Si el viejo Salvatore no estuviese ya muerto hubiera reventado dé rabia al leer esta carta. Así pues se había roto el alma durante cuarenta años para que al final su propiedad albergara y mantuviera a la familia del abusivo Luigi. Pero no fueron estas consideraciones lo que movieron a Silvio a dilatar su respuesta, sino la aprensión que le producía tener parientes metidos en la casa. Adiós sus hábitos de solterón, tendría que afeitarse, quitarse el saco de pijama, comer con buenos modales, etc. Como no sabía qué buen pretexto invocar para denegar el pedido de su prima, decidió mentir y decirle que iba a vender la hacienda para emprender un largo viaje alrededor del mundo que culminaría, según le pareció mí buen remate para su embuste, en un monasterio de oriente, dedicado a la meditación. Cuando resolvió escribir su respuesta cogió la carta de la prima para buscar la dirección y la releyó. Y solo al final de la misiva notó algo que lo dejó vibrando, en una difusa ensoñación: su prima firmaba Rosa Eleonora Settembrini. ¿Qué había en esta firma de particular? No tuvo necesidad de romperse la cabeza. Las iniciales de ese nombre formaban la palabra RES. Silvio quedó indeciso, apabullado, sin saber si debía dar crédito a este descubrimiento y llevar su indagación adelante. ¿Estaría al fin en posesión del verdadero sentido de la clave? ¡Tantas búsquedas había emprendido,seguidas de tantas decepciones! Al fin decidió someterse una vez más a los designios del azar y contestó la carta afirmativamente, enviando además, como pedía su ponía el dinero para los pasajes.

*
Las Settembrini llegaron a Tarma al cabo de tres meses, pues por economía habían viajado en un barco caletero que se detuvo en todos los puertos del mundo. Silvio había hecho arreglar para ellas dos dormitorios en un ala apartada de los altos. Ambas aparecieron en El Rosedal sin previo aviso; en la camioneta del mecánico Lavander, que excepcionalmente hacía de taxi. Silvio aguardaba el atardecer en una perezosa de la galería y se acariciaba la barba rojiza atormentado por uno de los tantos problemas que le ofrecía su vida insípida: ¿debía o no venderle uno de sus sementales a don Armando Santa Lucía? Apenas ellas atravesaron el portón y se detuvieron en el patio de tierra, seguidas por Lavander que cargaba las maletas, Silvio se puso de pie movido por un invencible impulso y tuvo que apoyarse en la baranda de madera para no caer. No era su prima ni por supuesto Lavander lo que lo sacudieron sino la visión de su sobrina que, apartada un poco del resto, observaba admirativa la vieja mansión, con la cabeza inclinada hacia un lado: esa tierra secreta, ese reino decrépito y desgobernado, recibía al fin la visita de su princesa. Esa figura no podía proceder más que de un orden celestial, donde toda copia y toda impostura eran imposibles. Roxana debía tener quince años. Silvio comprobó maravillado que su italiano, que no hablaba desde que murió su madre, funcionaba a la perfección, como si desde entonces hubiera estado en reserva, destinado a convertirse, por las circunstancias, en una lengua sagrada. Su prima Rosa, contra su promesa, ocupó desde el comienzo toda la casa y toda la hacienda. Avinagrada y envejecida por la pobreza y el abandono de su marido, se dio cuenta de que El Rosedal era más grande que el pueblo de Tirole, que alguien podía tener más de cien vacas y se aplicó al gobierno del fundo con una pasión vindicativa. Una de las primeras cosas que ordenó, puesto que Silvio formaba parte de la hacienda, fue que reparara su dentadura, así como hizo reponer todos los vidrios rotos de la galería. Silvio no volvió a ver más camisas sucias tiradas por el suelo, porongos con leche podrida en los pasillos, ni cerros de duraznos comidos por los moscardones al pie de los frutales. El Rosedal comenzó a fabricar quesos y mermeladas y, saliendo de su estacionamiento, entró en una nueva era de prosperidad.

Roxana había cumplido los quince años en el barco que la trajo y parecía que los seguía cumpliendo y que nunca dejaría de cumplirlos. Silvio detestaba la noche y el sueño, porque sabía que era tiempo sustraído a la contemplación de su sobrina. Desde que abría los ojos estaba ya de pie, rogándole a Etelvina Pumari que trajera la leche más blanca, los huevos más frescos, el pan más tibio y la miel más dulce para el desayuno de Roxana. Cuando en las mañanas hacía con ella el habitual paseo por la huerta ingresaba al dominio de lo inefable. Todo lo que ella tocaba resplandecía, su más pequeña palabra devenía memorable, sus viejos vestidos eran las joyas de la corona, por donde pasaba quedaban las huellas de un hecho insólito y el perfume de una visita de la divinidad. El embeleso de Silvio se redobló cuando descubrió que Roxana tenía por segundo nombre Elena y que, apellidándose Settembrini, reaparecía en sus iniciales la palabra RES, pero cargada ahora de cuánto significado. Todo se volvía clarísimo, sus desvelos estaban recompensados, había al fin descifrado el enigma del jardín. De puro gozo ejecutó una noche para Roxana todo el concierto para violín de Beethoven, sin comerse una sola nota, se esmeró en montar bien a caballo, se tiñó de negro la parte derecha de su pelambre y se aprendió de memoria los poemas más largos de Rubén Darío, mientras Rosa se incrustaba cada vez más en la intendencia de la hacienda, secundada por la tribu desconcertada de los Pumari, y dejaba que su primo se deleitara en la educación de su hija. Silvio había concebido planes grandiosos: fundar y financiar una universidad en Tarma, con una pléyade de profesores ricamente pagados, para que Roxana pudiera hacer sus estudios como alumna única; enviar sus medidas a costureros de París para que regularmente le expidieran los modelos más preciosos; contratar un cocinero de renombre ecuménico con la misión de inventar cada día un plato nuevo para su sobrina; invitar al papa en cada efemérides religiosa para que celebrara la misa en la capilla de la hacienda. Pero naturalmente que tuvo que reajustar estos planes a la modestia de sus recursos y se limitó a poner le una profesora de español y otra de canto, hacerle sus trajes con una solterona del lugar y obligar a Basilia Pumari a que se pusiese delantal y toca al servir, lo que arruinó su belleza nativa y la convirtió en un mamarracho colosal. * Este período de beatitud empezó en un momento a enmohecerse. Silvio notó que Roxana disimulaba a veces un bostezo tras su mano cuando él hablaba o que el foco de su mirada estaba situado en un punto que no coincidía con su presencia. Silvio le había narrado ya diez veces su infancia y su juventud, adornándolas con la imaginación de un cuentista persa, y le había ejecutado en interminables veladas toda la música para violín que se había escrito desde el Renacimiento. Roxana, por su parte, conocía ya de memoria toda la hacienda, no había alcoba en la cual no. hubiera introducido su grácil y curiosa naturaleza, era incapaz de extraviarse en el laberinto del jardín, para cada árbol de la huerta tenía una mirada de reconocimiento, todos los meandros del río conservaban la huella de sus pisadas y los eucaliptos del bosque la habían adoptado como su deidad. Pero había algo que Roxana ignoraba: la palabra escondida en el rosedal. Silvio no le había hablado nunca de esto, pues era su más preciado secreto y quien quisiese descubrirlo tenía, como él, que pasar por todas las pruebas de una iniciación. Pero como Roxana tendía cada vez más a distraerse y su espíritu se escapaba a menudo de los límites de la heredad, decidió recobrar su atención poniéndola sobre la pista de este enigma. Le dijo así un día que en la hacienda había algo que ella nunca encontraría. Picada su curiosidad, Roxana reanudó sus andares por la hacienda, en busca de lo oculto. Silvio no le había dado mayores indicios y ella no sabía en consecuencia si se trataba de un tesoro, de un animal sagrado o de un árbol de la Sabiduría. En sus recorridos parecía que iba encendiendo las luces de habitaciones invisibles y Silvio tras ella, sombrío, apagándolas. Como al cabo de un tiempo no descubría nada se irritó, exigió más detalles y como Silvio rehusó dárselos se molestó diciéndole que era malo y que ya no lo quería. Silvio quedó muy afligido, sin saber qué partido tomar. Fue entonces cuando Rosa salió de la sombra y le dio el golpe de gracia.

*
Rosa había puesto ya orden en la hacienda y dado por concluida la primera etapa de su misión. Esa codiciada propiedad, más floreciente que nunca, les pertenecería de pleno derecho cuando Silvio desapareciera. Pero había otras propiedades más grandes en Tarma. En sus frecuentes viajes a la ciudad había tenido ocasión de informarse e incluso de visitar fundas con miles de cabezas de ganado. Para acceder a ellos tenía un instrumento irremplazable: Roxana. Inversamente, los ganaderos tarmeños habían intuido que la presencia de esa niña era tal vez la ocasión soñada para entrar al fin en posesión de El Rosedal. Roxana nunca había puesto los pies en Tarma, cautiva como la había tenido el encanto de la hacienda y los cuidados de Silvio, pero se sabía de ella y de su belleza por los decires de sus profesoras. De este modo, intereses contrarios pero convergentes se pusieron simultáneamente en marcha, con fines mezquinamente nupciales, que implicaban a la postre la sustracción de Roxana al imperio de su tío. Todo coincidió con la feria de Santa Ana y con el aniversario de Roxana, que cumplía dieciséis años. Rosa dijo que ya era tiempo de que esa niña frecuentara un poco de mundo, al mismo tiempo que una delegación de hacendados vino a El Rosedal para rogarle a Silvio que fuera mayordomo de la feria. Esto último era más que un honor una dignidad, perseguida por todos los señores, pero que implicaba en contrapartida la organización de grandes y costosos festejos en los que participaba toda la comunidad. Silvio se dijo por qué no, quizás la solución era que Roxana se distrajera, eso le volvería el resplandor que día a día iba perdiendo y tal vez el júbilo de vivir en El Rosedal. Decidió entonces reunir el aniversario de su sobrina y la feria en una gran fiesta, en cuyo preparativo se abocó durante un mes como si fuese el hecho más importante de su vida. Hizo aplanar y arreglar el patio de la hacienda, repintar nuevamente la fachada, colocar maceteros con flores en las arcadas, adornar con faroles la galería y limpiar los senderos del jardín y la huerta de pétalos y frutos caídos. Aparte de ello contrató artificieros chinos para el castillo de fuego, un elenco de bailarines de Acobamba, otro de músicos de Huancayo y un equipo de maestros de la pachamanca para que cocieran bajo tierra reses, puercos, carneros, gallinas, cuyes y palomas, aparte de todas las legumbres y hortalizas del valle. En cuanto al bar, dio carta blanca al Hotel Bolívar de Tarma para que surtiera la reunión de todas las bebidas regionales y extranjeras. La fiesta pasó a los anales de la provincia. Desde antes del mediodía empezaron a llegar los invitados por los cuatro caminos del mundo. Algunos vinieron en automóvil, pero la mayor parte en caballos ricamente enjaezados, con arneses y estribos de plata repujada. Los hombres llevaban el traje tradicional: botas de becerro, pantalón de montar de pana, chaqueta de cuero o paño, pañuelo anudado al cuello, sombrero de fieltro y poncho terciado al hombro, esos ponchos de vicuña tan finamente tejidos que pasaban íntegros por un aro de matrimonio. Las mujeres se habían dividido entre amazonas y ciudadanas, según fueran esposas de hacendados o de funcionarios. Serían en total unas quinientas personas, pues Silvio había invitado a propietarios de lugares tan lejanos como Jauja, Junín o Chanchamayo. Y de estas quinientas personas casi la mitad, eran hijos de los hacendados. No se sabía de dónde hablan salido tantos. Vestidos al igual que sus padres, pero en colores más vivos, casi todos en briosas cabalgaduras, formaron de inmediato como un bullicioso corral de arrogantes gallitos, cada cual más apuesto y lucido que el otro. Todo se desarrolló de acuerdo con lo previsto, salvo el instante en que Roxana se hizo presente, y abrió una grieta de silencio
y de estupor en la farándula. Rosa había imaginado una puesta en escena teatral: alfombrar la escalera que bajaba de la galería y hacerla descender al son de un vals vienés. Silvio pensó algo mejor: hacerla aparecer desde los aires gracias a un procedimiento mecánico o extraerla de una torta descomunal. Pero finalmente renunció a estos recursos barrocos, confiado en la majestad de su sola presencia y simplemente hubo un momento en que Roxana estuvo allí y todo dejó de existir.

Un círculo enmudecido la rodeó y nadie se atrevía a avanzar ni a hablar. A Silvio mismo le costó trabajo dar el primer paso y tuvo que hacer un esfuerzo para acercarse a la dama más próxima
y presentarle a su sobrina. Los saludos continuaron y el barullo se reinició. Pero otro círculo más restringido se formó, el de los jóvenes, que luego de la presentación ensayaban la galantería. Enamorados fulminantemente y al unísono, hubieran sido capaces dé batirse a trompadas o fuetazos si es que la presencia de sus padres y un resto de decoro no los obligara a cierta continencia. Después de los aperitivos y del almuerzo empezó el baile. Silvio lo inauguró en pareja con Roxana, pero sus obligaciones de anfitrión lo pusieron en brazos de señoras que lo fueron alejando cada vez más del foco de la reunión. Desde la periferia vio como Roxana iba siendo solicitada por una interminable hilera de bailarines, que se esforzaban por cumplir esa tarde la más brillante de sus performances. ¡Y eran tantos además que nunca terminaría de conocerlos! El baile prosiguió interrumpido por brindis, bromas y discursos hasta que Silvio, compartido entre atenciones a señoras y apartes con señores, se dio cuenta de que Roxana hacía rato que no cambiaba de pareja. Y su caballero era nada menos que Jorge Santa Lucía, joven agrónomo reputado por la solidez de su contextura, la grandeza de su hacienda, la amenidad de su carácter y la hermosura de sus pretendientes. En el torbellino los perdió de vista, iba oscureciendo, tuvo que dar órdenes para que iluminaran los faroles de la galería y nuevamente regresó al patio, la mirada indagadora en el ánimo inquieto. Roxana seguía bailando con su galán y nunca vio en su rostro expresión de tan arrobadora alegría. Aún hizo otros brindis, bailó incluso con su prima Rosa que se enroscó en sus hombros como una melosa bufanda, ordenó que fueran previniendo a los artificieros y cuando oscurecía se sintió horriblemente cansado y triste. Era el alcohol tal vez, que casi nunca probaba, o el ajetreo de la fiesta o el exceso de comida, pero lo cierto es que le provocó retirarse a los altos y lo hizo sin que nadie se percatara de ello o intentara retenerlo. Apoyado en el barandal, en la penumbra, contempló la fiesta, su fiesta, que iba cobrando un ritmo frenético a medida que pasaban las horas. La orquesta tocaba a rabiar, las parejas sacaban polvo del suelo con sus zapateos, los bebedores copaban la mesa del bar, bailarines acobambinos disfrazados de diablos ensayaban saltos mortales cerca de las arcadas. Y Roxana, ¿dónde estaba? En vano trató de ubicarla. No era esta, ni esta, ni esta. ¿Dónde la fontana de fuego, la concha de la caverna oscura, la doble manzana de la vida?

Desalentado entró en su dormitorio cogió su violín, ensayó algunos acordes y salió con su instrumento a la galería. La recorrió de un extremo a otro hasta que se detuvo frente a la puerta que llevaba al minarete. Hacía años que no subía. La puerta tenía un viejo cerrojo del cual solo él conocía el secreto. Luego de abrirlo trepó trabajosamente por los peldaños apolillados
y las cuerdas vencidas. Al llegar al reducido observatorio cubierto de tejas observó el rosedal y buscó el dibujo. No se veía nada, quizás porque no había bastante luz. Por algún lado lucía una mata de rosas blancas, por otro una de amarillas. ¿Dónde estaba el mensaje? ¿Qué decía el mensaje? En ese momento empezaron los fuegos de artificio y el cielo resplandeció. Luminarias rojas, azules, naranja ascendían alumbrando como nunca el rosedal. Silvio trató otra vez de distinguir los viejos signos, pero no veía sino confusión y desorden, un caprichoso arabesco de tintes, líneas y corolas. En ese jardín no había enigma ni misiva, ni en su vida tampoco. Aún intentó una nueva fórmula que improvisó en el instante: las letras que alguna vez creyó encontrar correspondían correlativamente a los números y sumando estos daban su edad, cincuenta años, la edad en que tal vez debía morir. Pero esta hipótesis no le pareció ni cierta ni falsa y la acogió con la mayor indiferencia. Y al hacerlo se sintió sereno, soberano. Los fuegos artificiales habían cesado. El baile se reanudó entre vítores, aplausos y canciones. Era una noche espléndida. Levantando su violín lo encajó contra su mandíbula y empezó a tocar para nadie, en medio del estruendo. Para nadie. Y tuvo la certeza de que nunca lo había hecho mejor.

París, 29 de agosto de 1976



El seductor y su miedo por Alan Pauls




El seductor y su miedo
por Alan Pauls Página/12, Radar Libros, 13 de Abril de 2003

En 1955, un año después de decretar la modernidad de El extranjero, raptando la novela de Camus del desván histórico en el que corría el riesgo de desaparecer, Barthes lee La peste y siente cómo su euforia languidece sin remedio. El, que había admirado la vocación de opacidad de Camus, el carácter “blanco” de su prosa, la insolada superficialidad de su manera de percibir el mundo –en una palabra: su concepción literal de la literatura– descubre ahora que su héroe ha sucumbido a la peor de las tentaciones: la alegoría. Los dos momentos -euforia y decepción– están recopilados en Variaciones sobre la literatura. No sabemos qué despertaron en Camus el par de elogios (uno, de una perspicacia notablemente precoz, de 1944; el otro de 1954) que Barthes dedicó a El extranjero. Conocemos, porque la antología la incluye, la réplica que mereció su crítica de La peste, ambas publicadas en la revista Club. “Por muy seductor que pueda parecer”, le escribe un dolido Camus, “me resulta difícil compartir su punto de vista sobre La peste...” Barthes no se amilana y replica a la réplica: “Me pide usted que diga en nombre de qué encuentro insuficiente la moral de La peste. No guardo ningún secreto a ese respecto: en nombre del materialismo histórico”.

La respuesta me impresiona. Ya ha pasado casi medio siglo y la imagen de un Barthes marxista –tan marxista que para definir su lugar de enunciación no invoca el nombre general del marxismo sino una de sus dos divisiones acorazadas, el materialismo histórico– parece hoy bastante borrosa. Pero lo que me impresiona no es eso. Me impresiona ese gesto de afiliación pleno, tan convencido, en un escritor que durante cuarenta años no hizo más que sustraerse de todo –del marxismo, sin duda (aunque Barthes siempre fue marxista de la rama Brecht, y no precisamente de la más marxista), pero también de todos los frentes de saber que le tocó atravesar: semiología, estructuralismo, lacanismo, telquelismo, etc.). Me impresionan la naturalidad con que ese prófugo epistemológico, que siempre estaba yéndose de todas partes, se reconoce en un lugar, y sobre todo la seguridad con que afirma ese autorreconocimiento. Vistas retrospectivamente, a la luz de toda su obra, la afiliación y la afirmación son las dos experiencias más álgidas que puede enfrentar Barthes: su pesadilla, su límite, sus verdaderas bêtes noires. La primera es un modo de existencia; la segunda un acto de habla; pero si ambas son solidarias es porque comparten, para Barthes, un elemento profundamente nefasto –menos por el daño que es capaz de hacer, quizá, que por el tedio que destila su anemia simbólica: el factor dogmático. Más allá de ese momento iniciático en que “resuelve” una decepción literaria con la confesión impúdica (“ningún secreto”) de una pertenencia plena, la obra de Barthes no es sino el merodeo, el estudio, la puesta en foco encarnizada de una sola y única Fobia: la adherencia. Entrópico, el ser de las instituciones, los saberes, los lenguajes, los paradigmas, incluso de los estilos, es establecerse, precipitar, cristalizar; es “prender”. Y lo único que desvela verdaderamente a Barthes –pero cuánto le debemos a ese insomnio– es quedar pegado. De ahí, a la vez, esos “objetos malos” que rondan su obra (el poder, los sistemas, los lenguajes-ventosa, los códigos, el estereotipo, la bêtise, la imagen) y las estrategias que urde para conjurarlos, que van del chisporroteo erótico al zen: el flirteo, la deriva transversal, la abstinencia.
“La lengua es fascista”, proclamó Barthes en 1977. Argumento central del discurso con que inauguró su cátedra de semiología literaria en el Collège de France, la frase no es sólo un slogan eficaz para nombrar el síndrome barthesiano; también suena como una de esas paradojas diabólicas con que se solazaban los griegos (“Miento”, etc.) y que nosotros seguimos usando para tantear el vértigo del lenguaje. Como todo sistema de rección, lalengua es opresiva: “Se define menos por lo que permite decir que por lo que obliga a decir”. Pero la lengua, entre otras cosas, también sirve para afirmar que la lengua es opresiva, lo que tal vez no alcance para desactivar su fascismo pero sí al menos para matizarlo, problematizarlo y –en el mejor de los casos– burlarlo. Y Barthes siempre tuvo algo de burlador. El zigzagueo, los atajos, el conocimiento minucioso de las trastiendas, la ubicuidad, la cintura para enfrentar y eludir, el arte de tener la cabeza siempre en otro lado: juntas, ordenadas, todas sus operaciones podrían componer un manual sistemático de donjuanismo teórico. Cada vez que Barthes se cruza con un saber, el drama es el mismo: flechazo y deslumbramiento en el primer acto, decepción y tedio en el segundo, huida en el tercero. El spleen barthesiano es como el de Don Juan: está hecho de promesas incumplidas, de traiciones, de insatisfacción: empieza en el hechizo, termina en el hastío y sólo reconoce una fuerza motriz: el miedo. “En el origen de todo, el Miedo”, dice Barthes en “La imagen”, el texto que lee en el coloquio que le dedica el Centro Cultural de Cerisy-La-Salle en 1977, y la frase hace juego en el acto con el epígrafe de Thomas Hobbes que presidía El placer del texto (1973): “La única pasión de mi vida ha sido el miedo”. Pero del miedo, en Barthes, nace un método: se llama seducción, y también –si limpiamos la palabra de todo el desdén que la aflige– histeria. Porque el Barthes que huía de la adherencia del mundo bien hubiera podido decir “quiero estar solo”, como pedía Greta Garbo, a la que Barthes, por otra parte, consagra una de sus mejores mitologías. Barthes quería estar solo y seducir. ¿Es un crimen? No, es mucho más y mucho menos: es una utopía. La utopía de la escritura por excelencia.


PRÓLOGO DE LIHN A DIEZ CUENTOS DE BANDIDOS

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Graziella Link por Juan Rodolfo Wilcock

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Graziella Link
Juan Rodolfo Wilcock


Al lado de Graziella Link una cerda parecería flaca, un elefantito esbelto, una pelota no lo suficientemente redonda; pero ella se maquilla con tanto estilo que logra parecer lo que en el fondo, muy en el fondo, bajo quintales de grasa, es: una mujer. Y ¿por qué no? también en la superficie, y ¿por qué no?, una mujer hermosa. Sea como fuere está siempre alegre; las canciones más estúpidas afloran continuamente a sus labios, sus ojitos destellan, su risa musical repiquetea ante las situaciones más fúnebres, más luctuosas. Actúa, más por placer que por dinero, en el teatro de variedades. Como no puede caminar, sólo mantenerse en equilibrio sobre dos piecitos desproporcionadamente pequeños, cuatro jóvenes la llevan en vilo hasta el escenario; ella saluda dándose tres golpecitos con un abanico sobre el pecho circular, y canta. Risueña gorjea, contenida desvaría, radiante se exalta:

¡Cu-cú, cu-cú
mi amor eres tú,
pícaro Barbazul,
cu-cú, cu-cú!

Desde que se quedó completamente calva usa una peluca refulgente; vista desde la platea, su cabeza asoma sobre su cuerpo como un sol que se pone tras una montaña, o más bien como una aurora. De ella emana tanto calor que las lamparitas del escenario se derriten. Al final el público siempre le pide un strip-tease, y ella lo hace: con premeditación, lleva un vestido adecuado, le basta dar un tironcito a un bretel y todo cae. Los aullidos aclaman la redondez emergente, el calor de ese cuerpo anaranjado como un sol de verano provoca desmayos en los espectadores de las primeras filas, los custodios del pudor no tienen nada de qué quejarse, porque nada puede haber de impúdico en una esfera, en una naranja, por más desnuda que esté. Ella, mientras tanto, sin dejar de sonreír y de tirar besos, con brevísimos movimientos de los pies, comienza a girar y trina:

De la comunión de los santos
sólo a San Pedro venero:
ya me vieron por delante
ahora véanme el trasero.

El hecho es que de espaldas emite aun más calor que de frente, a tal punto que los jóvenes que la asisten en escena deben acudir con una sábana mojada y envolverla rápidamente, por temor cuanto menos a un incendio. Graziella Link se deja envolver y trasladar fuera del escenario, y a lo lejos todavía resuenan sus gorjeos dementes, sus escalas idiotas, sus coplas imbéciles. En ella vence la redondez, triunfa la gordura; sin embargo dicen que prefiere los cortejantes minúsculos.



Huacho y Pochocha por Enrique Lihn

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Huacho y Pochocha

Enrique Lihn



De la historia de amor de Huacho y Pochocha subsisten las huellas conmovedoras que me fuerzan, periódicamente, a aventurarme en una empresa imposible: reconstituirla. La imaginación no es un buen guía para internarse en realidades que la sobrepasan. Ellas la obligan a volar en el vacío, lo que es igual que cortarle las alas y encerrarla en la jaula del loro. Entregada a sí misma, no hará otra cosa que repetirnos su viejo repertorio hasta el cansancio. ¿Con qué datos ayudarla a salir del paso en que se la pone en una noche de insomnio, condenada a un trabajo forzado del que nos creemos libres, erróneamente, al día siguiente.

Si Huacho y Pochocha fueran simplemente dos nombre pintados por un ocioso en un muro y si la misma mano que los trazó hubiese escrito y garrapateado en torno a ellos los dibujos y las palabras obscenos que allí pueden verse y leerse, todo se reducía a pensar en un ferroviario obsediado por una lúbrica decepción amorosa. Tipos de esta especie se encuentran a diario e imaginar que uno de ellos encontró en la grafomanía a todo color y en gran escala la fórmula para tranquilizar a su monstruo por el furtivo espacio de unas horas
nocturnas, me sería demasiado fácil. Excluida del mundo, esa pareja de nombres ridículos (y la pareja misma) pierde a la vez que el encanto, su condición absurda.


La relación del sueño del idiota con el idiota que lo sueña arroja una luz tranquilizadora sobre ambos. Si el primer término de esta relación nos saliera al paso, dotada de existencia propia, convertida por obra y gracia del genio del durmiente para sumirnos en el asombro. Es incorrecto pensar que un miserable, poseído por la fiebre, ejecute penosamente el trabajo de exponer su miseria (y ocultarla) con el amor, o, por lo menos, con la paciencia de un relojero. Todo está de parte del absurdo. Todo indica a las claras que Huacho y Pochocha existen; no como en el sueño viscoso de un impotente ni menos como la emanación real de ese sueño, sino con la naturalidad propia de dos seres de carne y hueso.


De los dos fue el hombre por cierto quien tuvo la peregrina idea, vieja como el diluvio, de grabar su nombre y el de su amada, imborrablemente, en una superficie sólida. Es un impulso primitivo que, por regla general, se satisface con un cuchillo y un árbol. Son los medios comunes y corrientes para un fin común y corriente en la prosecución del cual hasta un hombre de talento se pone al nivel de sus semejantes. Posiblemente Huacho sea un nombre excepcionalmente común, lo que explicaría su genialidad, la única que le conocemos. El hecho es que no pudo elegir un lugar más visible para su púdico exceso de exaltado exhibicionismo que una muralla divisoria paralela a la línea férrea, situada a corta distancia de la ciudad misma, ni materiales más desusados en esos casos que una brocha delgada y varios tarros de piroxilina. Un pintor de letras no tendría dificultades para procurárselos a cualquier hora del día o de la noche. Su oficio lo obliga a cargar con ellos sin ninguna grandeza. Los caracteres que imprimió Huacho -no obstante lo hiciese al amparo de una doble ceguera impuesta por la pasión y por las sombras- revelan que un pintor de letras pudo ser a sus ojos un hombre superiormente dotado, dueño de una situación envidiable, de una cultura artística fascinante.


Es posible que volviera a invadirlo ese sentimiento de admiración por un maestro de arte en que se debatió llevado por un entusiasmo pródigo en dificultades, pero superior a su capacidad de resistirlo; más aún, que pensase concretamente en el individuo a quien debió sustraerle la brocha y los tarros, aprovechando el descuido que acompaña fielmente a la borrachera.


Los hombres superiormente dotados a quienes la vida ahoga en un ambiente indigno de ellos, son propensos a un alcoholismo que se traduce en la exaltación de su humor negro. Olvidan en todas sus partes sus útiles de trabajo y terminan sus días, apacible y melodramáticamente, en el hospicio o en la cárcel. Pero ésta no es la historia de un pintor de letras. Sólo he aludido a él para anotar que Huacho -honrado de capirote- no habría puesto sus miras en lo ajeno, de no mediar una de esas ideas luminosas que desafían a nuestras previsiones respecto del carácter menos imposible.


También a él lo suponemos aficionado a la bebida, aunque por un motivo muy diferente. Falto de luces, ¿quién no prefiere la obscuridad completa, vivificante, a la penumbra en que se debate su cerebro, como una lombriz fuera del barro, en sus momentos de mayor lucidez?


Siempre ha de ser más feliz un perro de la calle, entregado de lleno a su naturaleza, que un perro de circo condenado, en dos patas, a impugnarla.

Si Huacho bebía como lo hubiese hecho un animal en su caso, era que necesitaba sentir ese hormigueo en todo el cuerpo, gracias al cual los seres oscuros se ponen en contacto consigo mismos y les es dada la certidumbre de propia existencia.


La jornada había sido por lo demás gloriosa, a juzgar por los sentimientos que me inspiran los resultados. A la vista de esa reiterada inscripción multicolor de dos nombres de otro mundo, uno puede dar rienda suelta a su propia inocencia semejante a la alegría impersonal que se respira en un día de primavera.


Entristece pensar que el tiempo se ha encargado también de esa obra destruyéndola miserablemente, negándole con minucioso cuidado la oportunidad de renovarse. Desde la ventanilla de un tren se la puede apreciar aun, en un abrir y cerrar de ojos; pero el día en que desaparezca, junto con la muralla, la línea férrea, el tren y la ubicación misma del lugar en que se levanta, lo tengo más asociado a ella que a cualquier otro producto de la mano del hombre.


Así, es natural que su autor se haya embriagado como nunca no bien le puso término para su asombro y el mío, para la obscenidad de un enajenado mental y la curiosidad divertida de algún viajero abierto al mundo.


A un costado de la estación, enfilados en una misma calle aparentemente deshabitada, como en ruinas, se extiende una decena de bares clandestinos. El barrio es, podría decirse, una “vergüenza nacional” y hay en él manzanas enteras cuyas casas, comunicadas entre sí, forman laberintos en los que se extravía, periódicamente y para siempre, algún representante de la justicia obstinado en imponerla a cualquier precio. Como de todo hay en la viña del Señor, también allí vive buena gente que asilaría a los despavoridos guardias, si no corriese, al hacerlo, peligro de muerte.


La miseria reúne a los ángeles y a las bestias y, si no llega a confundirlos, cuando menos los amolda para hacer posible su convivencia. Cuando un vecino sediento y deseoso de compañía se encamina a un bar, por ejemplo, sabe perfectamente a cuál de todos dirigirse. Hay ignorancias y descuidos fatales. Si es un asesino, entrará al de los asesinos; si un ladrón, al de los ladrones; si un vendedor ambulante, al que le corresponde; si no es nada, se lo espera en el más sórdido de todos, donde se acepta la gente sin profesión y se fía a los indigentes a cambio de pequeños servicios que les pueden significar algunos días de cárcel. En la abstinencia cualquiera transmite un mensaje por un jarro de vino, recibe un paquete de un desconocido y se lo entrega a otro, asiste activamente al entierro de un suicida involuntario que se obstina en reflotar a favor de la corriente.


Oí hablar de un tipo que envejeció sin poder demostrar la inocencia de su participación en una aventura de esa especie. No era mudo, pero las palabras se le oponían como obstáculos con los que se cansaba de luchar, tras largo y penoso plazo. La facilidad de expresión no le habría sido muy útil, por otra parte, pues no era conocido ni siquiera en su casa, como cuadra a un vagabundo, y sus amigos ocasionales carecían de las influencias necesarias para atreverse a declararlo inocente ante las autoridades.


Son historias que alguien de buena voluntad le cuenta a usted en sordina, por cierto que en otros términos y no sin riesgo de su persona, en el escenario mismo donde se las esconde como a un tumor contagioso. El narrador puede haber sido Huacho, a quien seguramente vi por primera y última vez en esa taberna de los extramuros que visité hace veinte o más años, en un juvenil acto de curiosidad temeraria.


Frente a mi mesa, constreñido a la suya en la actitud de un mono que imita como puede una costumbre humana, el novio feliz sonreía y bebía interminablemente, con los pies en el aire. Un suceso inesperado me reveló en breves instantes los pocos rasgos que bastan para trazar el carácter de un hombre sin pretensiones de ninguna especie. Al entarimado, que se levantaba sobre el piso de tierra en un extremo de la taberna, había subido la dificultad, el peso y la voz de una mujer inolvidable. Para no entrar en detalles, la describo como la parte posterior de un caballo, humanizada por una cabeza de melón y un rostro de torta cruda. La edad y el oficio que en otros tiempos habría desempeñado legalmente, sin mucho éxito, se le traslucían a través de toda una humanidad consagrada a ocultar los años y presentar su profesión bajo el más atractivo y decoroso de los aspectos. Fascinado por esa personificación de la carne que se niega a reconocer su derrota y renunciar al último residuo de voluptuosidad, por esa decencia que el asco de sí mismos impone a los más impúdicos, la cantante me llegó a inspirar una simpatía morbosa. Los sentimientos complicados dan lugar a la reflexión y el pensamiento paraliza. A mí, claro está, no se me había ocurrido, paralizado o no, establecer el menor contacto con la “artista”. Mi vecino de mesa, en cambio, subió al estrado, una copa de vino en la mano, admirablemente dispuesto a rendirle homenaje.


Yo no advertí en la expresión del hombrecillo ni la sombra de una intención deshonesta. Pienso que la mujer pudo incluso recordarle a su madre o que vio simplemente en ella el símbolo de la humanidad entera, abierta de brazos. Pero su gesto fue tan torpemente ejecutado como interpretado. Incapaz de sostenerse con firmeza sobre los pies, buscó apoyo en su interlocutora y, en una de ésas, la volcó la ofrenda que ella se llevaba a los labios, en el escote. Fue entonces cuando se hizo notar, bajo un aspecto imprevisible, el acompañante de la vieja, que hasta ese momento había tocado el piano sumido en una dorada medianía, con la ligereza de una mariposa y sin ningún virtuosismo. El aspecto (¿Cuál era?) del adversario debió animarlo a destapar el odio que envenena a los tipos equívocos cuando se enfrentan con hombres de una pieza. Los insultos y los empujones le fueron devueltos con rapidez y precisión inesperadas. En el espacio de un segundo el suelo le recordó que, si se es un cobarde, conviene tenerlo presente sin excepción en todas las circunstancias. Al final de la escena se admiran en el héroe la
facilidad innata para captarse el corazón femenino y su magnanimidad para con los enemigos caídos. Recuerdo que la mujer insultó injustamente en cierto modo a su acompañante, quien hizo aún cierto esfuerzo para reivindicar su virilidad; que el vencedor, iluminado en todo momento por la idea de la reconciliación y el olvido absolutos, terminó brindando con la pareja a la salud de quién sabe qué almas en pena. Cuando la cantante y el pianista desaparecieron para siempre -pensé. por donde habían venido, hundiéndose en la tembladera de su inexplicable convivencia, no tuve inconveniente en reemplazarlos. Era indudable que estaba en
presencia de un personaje curioso. Sabría sacarle algún partido literario. Además, es posible que en esa remota noche sintiese yo la angustiosa necesidad de distraerme en que me dejaban mis constantes rupturas con todo el mundo.


No estoy seguro de recordar el sentido de una conversación
mantenida con un vagabundo,, hace quién sabe cuánto tiempo. Es posible que, salvo en algunos puntos, la confunda con otras equivalentes, entabladas en lugares semejantes. Ya el aspecto físico de mi interlocutor se presta en mi memoria a una serie de confusiones. He dicho vagabundo. Aludí quizá a la pobreza que en el bajo pueblo no es un rasgo que distinga a nadie. He de suponer que el hombre no era un espécimen de los más individualizados. Nuestra raza tiene la pasión de la monotonía. Cuando se impone, repite sin cansancio un rostro aplastado en rasgos dispersos, un cuerpo pequeño que tiende a ser robusto, unas manos, unos pie rebeldes al guante y al zapato.


Pero de ese efímero amigo obtuve una información completa sobre la índole del lugar en que me hallaba. No se calló las historias que me habrían sido de gran utilidad si las peores circunstancias me hubieran llevado allí condenado a instalarme en ese barrio maldito.


Cuando de tarde paso por esos lados ellas se me vienen a la memoria como impresas en el estilo y en los caracteres de la prensa amarilla sensacionales, inmundas, demasiado explícitas para atribuírselas a un narrador borracho nacido y desarrollado, en una edad mental anterior, tanto al lenguaje escrito -sabía dibujar algunas palabras, su nombre y el de su pareja, por ejemplo, sin entenderlas- como a las sutilezas del lenguaje oral que escapan al gruñido y a la desordenada, titubeante acumulación de términos abstrusos.


Con todo, persiste en mí la sensación de haber entendido
prácticamente -en un aquí y en un ahora justos y cabales- aquello a que se alude cuando se habla de un alma de Dios, pese a todo mi ateísmo. Veo a un a vaga figura agitándose en un entusiasmo innumerable, como caído del cielo, provocado por sus propias confidencias bastas, burdas y castas; por la conciencia de ser comprendido a fondos, sin reservas. Mi propia experiencia me indicaba y me indica que la idea del amor de un será otro se volatiliza día a día en la complejidad del corazón y de la conciencia humanos, revelándose como una palabra inflada por un contenido ilusorio. Un hombre, sin embargo, me habló de su mujer en tal forma, que esta observación puede no ser sino una hipótesis consagrada a justificar la mezquindad de mis sentimientos.


Al amanecer, ingurgité el último trago de la noche y me despedí - para siempre- de mi nuevo amigo. Seguramente quise saber su nombre. Él me lo articularía con voz estropajosa. Acaso dijo Huacho; pero la verdad, no estoy seguro de recordar cómo se llamaba.


II


A Pochocha, en cambio, suelo estar seguro de contarla en la lista de mis conocidos: Si se la compara con su amigo, puede parecer vulgar, lo que facilita por una parte y dificulta por la otra un encuentro personal con ella en el pasado, en el presente y en el futuro. De no haberse muerto -obedeciendo al plan de esta historia- me sería posible encontrarla en el asilo de ancianos, por ejemplo, o entre las viejas vendedoras de baratijas que se arrinconan y encienden su brasero en los mercados. Ella no fue la de la Idea, aunque el hecho de inspirarla la salva del anonimato y la pone, más bien formalmente, por encima de sus colegas, amigas y vecinas. Creo que me resultaría fácil reconocerla -a pesar de que los años no le habrán evitado ni el menor estrago- y saber si ella y María son, en verdad, una sola y misma persona.


María fue la última doméstica a quien intenté, infructuosamente, hacerle el amor en casa de mis padres. El nombre no tiene por qué despistarnos. Es sabido que las mujeres de “baja extracción”, como se dice en un feo lenguaje, acostumbran a ocultar el suyo propio, favorecidas por el desorden y la emergencia que reinan en sus papeles de antecedentes, bajo otro, simulado, el primero que encuentran en su cabeza en el momento oportuno, quizás el de su peor enemiga. Puede verse en esto -según el criterio- un innato amor infantil por la simulación y la mentira o un pudor, también
innato y demencial, que les prohíbe entregarse en una fórmula. Las palabras desnudan y fijan. La vida, en especial la vida femenina, se esconde en un secreto movimiento permanentemente ondulatorio. Pochocha era, sin duda, una perfecta expresión de una femineidad contemporánea a la aparición del hombre sobre la tierra, precedido y enajenado por el encanto de una inmensa mujer yacente, al sol, sobre las piedras.


Pido, antes de entrar en materia, que no se me juzgue a la ligera. Aunque es bien sabido que innumerables generaciones de hijos de familia han aprendido a saborear el gusto de la carne en los pabellones del servicio, una moralista ocasional no verá en todo ello sino una forma más de la explotación de una clase por otra. Lo que es mucho y poco decir en materia tan delicada. Conviene tomar en cuanta la amoralidad que reina en todas partes bajo la inmoralidad y el moralismo. Luego, piénsese que en lo que se refiere al conocimiento sexual, todos somos más o menos autodidactos. Nadie nos ha enseñado a relacionarnos con las mujeres en la única forma en que la convivencia con ellas se llena de un sentido natural y
verdadero. Hablo en general. En lo que a mí respecta, abandono las justificaciones por los hechos. Bien pensado, puede que yo no pueda aspirar al “perdón de mis pecados”. Este pensamiento suele alegrarme.


María se presentó en casa un sofocante día de verano, con un
paquetito apretado contra la cúpula del corazón. Este gesto
patético no cuadraba en modo alguno con la expresión general de su persona, de una apagada serenidad un poco triste, rayana, por momentos, en la estulticia. Traía allí los tesoros de su vida privada, los trofeos que cualquiera conquista, por el simple hecho de existir, en una alegre y penosa batalla perdida de antemano. El retrato de sus padres irreconocibles en su vaguedad color sepia, los rasgos retocados, las cabezas como metidas en los agujeros de un telón en el que se veía una pareja de cuerpos ideales en una posición ideal,
pintado por un sastre pobre aficionado al arte. Entre el retrato y el vidrio doradamente enmarcado, persistía el color de unas violetas secas; una estatuilla de yeso: la virgen del Carmen, obtenida en una rifa parroquial, y su respectiva palmatoria; una cajita primorosamente incrustada de conchas por un preso y, dentro de ella, las joyas: una golondrina de vidrios abrillantados, unos pendientes en forma de margaritas gigantes, un collar de perlas falsas completo. Los anteojos intrigaban. María, ¿sabía? Una vez la vi con ellos puestos. Les faltaba un vidrio. Además, lo que podría ser de gran importancia, sus fotografías numerosas. En la gran mayoría
de ellas aparecía sola, respaldada por irrecuperables días domingos. Ni más vieja ni más joven de lo que era. Simplemente en distintas épocas de su vida. Sentada con artificio en una roca, junto al mar, esa mujer demasiado grande atraía la atención sobre un cuerpo de ningún modo perfecto, pero sólido y agradablemente desproporcionado. Luego otras visitas la mostraba en vacuas actitudes cariñosas junto a alguien. De nuevo, demasiado grande. El rostro de su compañero había sido expurgado, aquí y allá, con auxilio del dedo, el alfiler y las uñas. Los demás hombres, visibles como en segundo plano, eran figuras secundarias.


La primera tarde de servicio. María no salió de su pieza,
aparentemente ocupada en arreglar sus cosas. Yo la observé desde el jardín sin ser visto, apenas curioso. La mujer lloraba en medio del desorden, en actitud hierática, como para sus adentros. María era alegre, de una alegría más profunda, se hubiera, que su interioridad misma, ya que le faltaba siempre algo para hacerse visible. De esa alegría impersonal que se respira en los días de primavera, de la que uno participa como un espectador, sin compromiso: Las pocas veces que se enojaba, lo había bromeando, pero con autoridad, segura de su derecho. Sus costumbres eran espartanas. Se levantaba con el sol y uno podía figurársela envidiosa de las gallinas que vuelven a su retiro a primera hora de la tarde.


Amaba a los animales y a los niños, pero unos y otros se divertían a costa suya, llegando muy pronto al aburrimiento. Siempre pensé que había vivido en condiciones más precarias y trabajosas que toda otra mujer de su oficio, pues lo desempeñaba con una facilidad extraordinaria. También imaginé que la resistencia a salir de paseo en sus horas libres obedecía al temor de encontrarse con alguien que esperaba recuperarla, arrastrándola, otra vez, a una inopia completa. Le era fiel a esa persona, como se verá, pero tenía a veces la reflexiva expresión antipática de los traidores. En general no me preocupé gran cosa de ella hasta que se me reveló y la vi en parte con los ojos de Huacho, en parte con los de un desesperado que busca amparo en cualquier mujer dispuesta o no a la correspondencia.. Y también, claro, está, cínicamente.


Como formando parte de un plan largamente preconcebido, mis continuas protestas contra la buena mujer habrían mantenido en el anonimato, a recaudo de toda sospecha al menos por un tiempo, una relación íntima entre ella y yo. Mi madre creía poder estar tranquila en el sentido de que esta vez nada anómalo iba a suceder en casa.


Se felicitaba por la audacia con que, desoyendo la voz de la
experiencia, había admitido en ella a una mujer en la flor de su
edad. A las sucesoras de Juana, hasta María, se les exigió para aceptarlas en el servicio, como primera condición una madurez a toda prueba, y un interminable desfile de ancianas atravesó el hogar dejando el lamentable recuerdo de su virtuosa inutilidad.


Para mi madre, María era a todas luces una joya; para mí, con la aprobación matriarcal, un ser neutro que dejaba caer
desaprensivamente sus pelos en la sopa. Era yo quien parecía
condenado a encontrar esos delgados hilos de una amarillez
grisácea, sin vida, irritantes. Yo quien sostuve, viniera o no al caso, la necesidad de que María fue tan higiénica con su persona como con todo lo que estaba bajo sus manos. El más ligero olor a transpiración me enferma, puedo sentirlo allí donde simplemente sospecho que existe, y el ajuar de ese ángel no era de los más ricos. Si es posible que se cambiara un vestido blanco azulado por otro azul marino desteñido, me consta que usaba siempre un mismo delantal que la cubría con la generosidad de una bata de baño, humedeciéndose ligeramente en las axilas, prestándole la amplitud del embarazo. El color de esa prenda informe sugería el vómito de un niño “empachado” con frambuesas en leche. María, además, arrastraba al andar sus grandes pies calzados con zapatillas de goma, e insistió durante semanas en llevarme el desayuno a mi pieza a primera hora de la mañana. Terminadas sus labores domésticas, después de almuerzo, solía entregarse, en la cocina, a la práctica del canto, lo cual me imposibilitaba para concentrarme en mi trabajo: todos esos largos y absurdos poemas escritos en una máquina a la que le faltaban varias teclas, destinados a extraviarse con el correr del tiempo. Cierto es que cantaba a media voz, pero sin la menor entonación, oído ni propósito alguno, como lo hace un ciego en una esquina ante el público que no se detendrá a escucharlo cinco segundos. Ni aun como un ciego, por el desinteresado placer de encontrar en sí misma una manifestación de su propia existencia.


Mi interés por ella se me impuso de pronto un día en que -es preciso confesarlo todo en total vulgaridad- volví a casa temprano medio ebrio, tras dos días de ausencia, y no encontré en ésta a nadie salvo a María que estaba encerrada en su dormitorio. Fui allí en procura de alguna información y se me recibió como se me había recibido esa tarde en el limbo, sin extrañeza. Mi familia en masa andaba fuera de la ciudad, en algún lugar de la costa. Volvería al anochecer de ese domingo. Tomé asiento frente a la mujer, decidido a cambiar
con ella cualquier género de impresiones. En otra parte no me
esperaba nadie. La poesía se me aparecía como el más ridículo y vacuo de los ejercicios. Mil veces menos preferible a la prosa de una conversación sin pies ni cabeza. ¿Quién era yo? La imagen aparentemente viva del fracaso: un hombre joven, sin porvenir, ocupado en buscar trabajo con la esperanza y la desesperación de no encontrarlo. María opuso una débil resistencia a mi vista:

-No vaya a ser que lo vean aquí...

-No me verán-

Una respuesta concluyente.


Entablamos un diálogo impreciso, yo quería informarme sobre su pasado; sus respuestas luchaban por arrastrar la conversación al plano impersonal en que una mujer simple puede extenderse en menudencias salpicadas de reflexiones inesperadas. A propósito de no se qué qué banalidad relacionada con un melodrama de cine -yo lo había visto casualmente para matar el tiempo-, observó que, en el fondo, nadie necesita de nadie y que las gentes consiguen interesarse unas en otras para escapar a la soledad. Este paréntesis me hizo sentirme próximo a ella como de un filósofo
existencialista. La sensación de que sus pensamientos eran simples aproximaciones a sus sentimientos, organizados, quizás, para traicionarlos; de que no se interesaba en nada parecido a un melodrama de cine, me invadió de una ternura intolerable. Creí estar enamorado por primera vez en mi vida, de una manera absurda, tan poco convencional como era de desear. María era, en realidad, de una belleza superior a todas las fealdades que pudieran reprochársele, anterior a todos los tipos establecidos por las depravadas costumbres del hombre. Pertenecía a la tierra y al cielo, que es un anhelante fluido terrenal, por iguales partes. Toda nacionalidad e individualidad estaban excluidas de esa gran forma femenina apta para el desconsuelo de la maternidad y la melancolía
del amor. Caía una cálida tarde otoñal con la finura de una hoja
seca. Intenté, reiteradamente, algún alcance y fui rechazado con una firmeza sin violencia. Ni quise entender que, además de leal, María era fiel.


Adquirí la vergonzante costumbre de permanecer en casa la mayor parte del día, acechando la oportunidad de encontrarme con ella a solas. Luego me descuidé completamente, y si no me sorprendieron fue que actuaba con la precisión con que un borracho evita, en último instante, el peligro de ser arrollado por un vehículo. Mientras almorzaba o comía mi familia yo iba a la cocina sin ningún pretexto y era recibido alí por el enemigo pronto a defenderse inexpresivamente y sin ruido. Este estado de cosas se prolongó más de la cuenta. Cuando ya renunciaba al combate, el vencedor me incitaba con su magnanimidad a reanudarlo.


Trató de recordar alguna de esas historias que me refería María como a un niño de corta edad, cuando estábamos pacíficamente solos: No lo consigo sino en parte y pienso que deben haber sido de lo más caóticas. Trataban del diablo y venían de un mundo iluminado por la superstición como una pintura primitiva por los colores del espectro. En una de ellas ese personaje aparecía ante unos niños bajo la forma de un burro y los invitaba a dar una vuelta sobre su lomo. Como ellos no se hicieron de rogar debió manifestarse en escena alguien interesado en que no llegaran al infierno. Y el burro empezaba a hincharse en sentido horizontal como esos globos con aspecto de grandes salchichas. Reventaba por último y en lugar de él una cola se hundía rápidamente en la tierra, despidiendo olor a azufre. Luego, el diablo disfrazado de campesino era engañado por un campesino disfrazado de diablo -o algo por el estilo- en una apuesta en la que el mismísimo demonio perdía su alma. Todo quedaba en nada, y el campesino volvía al infierno restregándose las manos. Pero la extensión de este relato me impide extenderme sobre otros.


Una humillación de primera magnitud puso término mis relaciones con María. La ventana del comedor daba al jardín y de éste no se podía pasar a la cocina sin ser visto desde el interior de la casa; a menos que se lo alcanzase por la puerta de entrada, se lo recorriera por el fondo y se llegara a aquélla deslizándose en cuatro pies por debajo de la ventana.


Ejecute esta difícil operación cierto día en que mi abuela -mujer puntillosa e intolerable. almorzaba con nosotros. Levantarse de la mesa para ir a las dependencias era un comportamiento que le habría arrancado algún comentario. Deprimido al máximum, yo sentía que era blanco ya de una sospecha por demás justificable. Incurrí, pues, en la temeridad más absoluta. Un movimiento en falso, el menor ruido y sería sorprendido en una miserable actitud canina. María, los brazos en jarra, apoyada en el umbral de la puerta de su reino, observaba mis evoluciones, sin expresión ninguna, fascinada, seguramente, por una obstinación superior a la suya.


Cuando llegué a ella y quise besarla, me mantuvo a distancia con una fuerza extraordinaria. Convertido en un pelele, lleno de odio, abandoné la partida y regresé a la casa por donde había venido, como quien desciende al infierno.


Poco tiempo después, sorda a los consejos bien intencionados e interesados de mi madre, María dejó el servicio con destino desconocido. No dijo que iba a casarse ni justificó su deserción en modo alguno. Había tomado, eso sí, la costumbre de pasar us horas libres fuera de la casa, despertando la trivial sospecha de un noviazgo que creímos confirmada el día de su partida. Se despidió correctamente de todo el mundo, hermética, apretando contra su seno izquierdo un paquetito informe. Afuera la esperaba lo precario de su libertad, bajo la forma de una carretela en la que apenas cabían, quejumbrosamente, el viejo catre de bronce, el velador y dos sillas.


Si María era Pochocha, esa tarde debió reunirse con Huacho para siempre curada de toda ambición personal.


III


Inmiscuirse en la niñez de Huacho y Pochoca es otro de los
problemas que debo resolver si quiero dar remate a estas páginas.
Nada más trunco que una historia de amor en la que los personajes, obligatoriamente un poco infantiles, no se muestras siquiera, a la distancia, en su infantilismo, auténtico y cronológico. Si nos han inspirado simpatía los querremos ver cómo eran antes de conocerlos. Por otra parte, su unión nos conmoverá mucho más si reparamos en la infinidad de obstáculos que pudieron impedirla. El primero de todos ellos es el tiempo. Dos niños, separados por una carretera, tienen toda la vida por delante para desencontrarse.
Aunque en el plano de las probabilidades constituyan una pareja de gran interés novelesco. Nos place, en una historia, el hecho de que haya podido ocurrir, en la realidad o en la ficción, a pesar de todo.


Pero éstos son todavía argumentos de los más refutables. Para hablar con sencillez, digamos que entre la infancia y la pasión amorosa hay demasiados lazos para que olvidemos a aquélla en el relato de ésta.


En nuestra jerga, Huacho es sinónimo de huérfano. Una palabra que se ajusta muy bien al menosprecio que, por lo general, la arroja en el tapete. La orfandad de Huacho me parece más que plausible, necesaria. Le viene a su retrato como anillo al dedo, proyecta sobre él una luz que lo individualiza hasta donde es posible. Este ejemplo de unción por la mujer ofrecido al mundo en el escrito de un analfabeto, revela que su autor debió ver reunidos en ella los encantos de una esposa y de una madre. Nos sugiere también una existencia oscurecida por una especie de autopaternidad, ajena a todo aquello que no haya sido estrictamente necesario a la supervivencia; a un niño llevado por sí mismo de la mano lo más lejos posible de cualquier plantel de enseñanza, con el hambre y el sueño a cada lado. Contra eta prehistoria patética se destaca, abiertamente, el carácter feérico de la historia misma.


Huacho pudo nacer de un encuentro fortuito, en un pueblo perdido, de un vendedor viajero y la única camarera del único hotel de la localidad más o menos habitable. Esto ayuda a comprender que haya tenido que pasar a manos extrañas, nada de firmes, a cambio de una módica suma mensual enviada con irregularidad desde incontrolables puntos geográficos. La muerte de la madre lo aclara y lo falsea todo si se la precipita caprichosamente. La ausencia permanente y, por último, la desaparición del padre, en cambio, no tiene nada de imprevisible si se piensa en lo innecesario que puede sentirse un hombre incluso en un hogar de los más sólidos, junto a una mujer que insiste en prolongar un amor arruinado por la rutina.


Pero hasta las más ligeras circunstancias parecen confabularse contra una mujer que se ha cansado de esperar que el momento de la maternidad le llegue por la vía del matrimonio y, en su exasperación, se siente capaz de cargar para siempre con las consecuencias de una aventura.


Este hermoso gesto no es comprendido por sus vecinos, quienes terminan por comunicarle algo de su propio asombro, conmiseración o censura. Si no es muy saludable, termina enferma en toda la forma. Y vienen los malos días en que es preciso tomar una actitud desesperada. Perseguir al esposo furtivo, volver a alguna parte para arreglar algún olvidado asunto de dinero, lanzarse en una nueva vida, incompatible con el ejercicio permanente de la maternidad o algo por el estilo.


Ana, por ejemplo, tenía por única amiga a Claudia; aunque eran minuciosamente diferentes, salvo en su común ceguera para todo lo que no fuese la vida bajo su aspecto más simple, trivial y concreto.


Claudina aceptó hacerse cargo del niño por un impreciso período que pudo, luego, prolongarse indefinidamente.
En ese entonces su paso por la calle principal no arrastraba aún la estela de comentarios que luego dejaría siempre; pero habría podido suponerse que una mujer emprendedora, resuelta y ambiciosa no se iba a contentar con ascender de camarera a dueña de un expendio de licores en una calle que merecía, de sobra, la mala fama. Claudina no demoró en arrendar piezas por hora al precio que quiso en un lugar donde se le hacía sólo la más discreta de las competencias. Después instaló, ya al descampado, un hotel parejero en toda la regla y empezaron sus dificultades con la gente de orden. El local primitivo se convirtió en una casa tan honorable como cualquier otra en la que vivía con su sobrino. Éste no fue aceptado en la escuela pública.


A los diez años, el muchacho huyó, por primera vez, de una casa donde no había sido maltratado en lo más mínimo, para volver a ella sin los dientes delanteros, contra su voluntad, en un silencio que ya no volvió a romper sino en ocasiones excepcionales. Lo encontraron en un pueblo cercano -remoto a sus ojos- donde quiso iniciar una nueva vida con pésimos resultados.


Allí, malquistándose con su protector, el cura, y horrorizando a los vecinos importantes, reunidos en la parroquia un domingo a las doce, se presentó a ayudar misa inimaginablemente borracho. A mitad de la ceremonia había hecho todo lo necesario para que nadie pusiese en duda el estado en que se encontraba y fue arrojado a la calle en medio de la vergüenza, el silencio erizado de toses y el disimulo insostenible de los espectadores.


Tuvo aún tiempo para robar una gallina, mendigar y trabarse en una pelea a piedra con los hijos de una buena mujer que lo hospedó, por unos días, con el propósito frustrado de arrancarle el secreto y entregarlo, personalmente, a su familia. De ello se hizo cargo uno de los amantes de Claudina que debió esperar horas al pie de un árbol donde se había emboscado el fugitivo con la boca ensangrentada. Más tarde se supo que, aproximadamente durante esas horas. Ana se descontaba del mundo de los vivos en un esfuerzo por permanecer en él que no debió extenuarla. Claudina acogió a su protegido sin el menor reproche, resignada a perderlo, la próxima vez, definitivamente.


La biografía de este hombrecillo ofrece nuevos capítulos para el aburrimiento en el que uno termina por caer cuando, para evitarlo, se hace confidente de las vidas ajenas. Pablo no sólo me ha relatado, con gran economía de palabras, por qué y cómo perdió los dientes. Desde la vez en que se le cayó la dentadura postiza, mientras me lustraba los zapatos, hasta ahora, se ha mostrado en nuestros encuentros sistemáticamente locuaz. Sus sórdidas historias contrastan con su carácter, en apariencia, jovial. Mientras observo desde lo alto de ese trono que le pertenece, pero al pie del cual pasa sus días condenado a una suerte de activa reverencia, pienso que en algún punto de su vida ésta debió girar en ciento ochenta grados, impelida por la buena suerte. En la mano izquierda de este anciano, pulcro para su edad y para su oficio, brilla, hasta cierto punto, un anillo de matrimonio. Durante un tiempo imaginé una novela rosa protagonizada por dos viejos al borde de la tumba y creí dar a alguien como Huacho una buena propina. Luego supe, por el propio impostor, que su mujer falleció hace años, librándolo de un peso intolerable. Alguien me ha dicho que mi amigo es conocido en su barrio como un viejo avaro y de mal carácter.

IV


Desde la ventana de mi cuarto que da a un sitio eriazo se denomina, a ratos, un cuadro que se mueve, de sol a sol, con apacible regularidad. Es la vida de una pareja de cuidadores cuyos innumerables hijos la mantienen decentemente unida. El padre es un carpintero competente; la madre, una espléndida lavandera de aspecto saludable. Esa buena gente no dispone de tiempo para preguntarse por el sentido de su empresa ni engolfarse en discusiones bizantinas. Una vez al mes, en los días de pago, el hombre, también obrero de construcción, vuelve a su cubículo ligeramente abrió y le asesta un puñetazo a su mujer, quien lo ha golpeado, a su vez, en la mañana, para arrancarle el sueldo íntegro, cuidándose muy bien de hacerlo en el bajo vientre. Como esta escena se desarrolla entre bastidores, puede suponerse que ella grita únicamente para no herirlo en su orgullo viril. Las gallinas, que durante el día circulan en todas direcciones por la calle, se despiertan y comentan el incidente en su endemoniada lengua bárbara; pero los niños, que asisten a él, seguros de un desenlace feliz que alterará su distribución en las dos camas, aprovechan la ocasión para juguetear en camisa, a la luz de la luna. Es entonces cuando me parece ver en su dimensión real y verdadera a esos pequeños fantasmas pobres y bien alimentados que vuelven a la tierra, como fuegos fatuos, para ensuciarse la cara con barro y pajarear a ras de suelo en alegres idas y venidas. Buena parte de la vida debe ser tan simple como ellos, pero habría que nacer de nuevo, en su pellejo, para que esta observación no fuera sólo cosa de palabras. Tienen el privilegio de una ignorancia que les impide perderlo y en esto hay algo parecido a la sabiduría. Si sus gritos me encuentran despierto y de buen humor, los escucho con una larga sonrisa.

Ciertas relaciones se han establecido entre mi casa y la de los honrados vecinos. Las une un alambre eléctrico, gracias al cual entre ellos han caído en desuso la vela y la lamparilla a parafina. El campesino nos ofrece su prolijidad para poner en regla cualquier objeto inanimado en cuatro patas por módicas sumas formales. Su hija mayor le sirve de emisaria y ella ha tomado personalmente la iniciativa de indicarnos, con toquecitos en la puerta, el momento de recoger el tarro de la basura. Tiene siete años y se prepara para hacer, en diciembre, su primera comunión. Todo el misterio de este sacramento se reduce aquí a una cuestión de vestuario femenino.


Esta virgencilla estará siempre a salvo de toda obsesión que no le venga de una vida apegada a la miseria y a la dicha que se encuentran al alcance de la mano. Su femineidad ha elegido por ella el único mundo posible, en un gesto inmemorial de consagración a lo concreto, anterior al de señalar el cielo con el índice o llevárselo a la frente.


Suelo divisarla entregada, con vocación a sus tareas. Ayuda a su madre en todo y observa, de cuando en cuando, al hombre de la casa, como para alentarlo con una presencia admirativa. Sus hermanos tienen en ella a una madre en miniatura que los acompaña activamente en el juego, con la reserva de la vigilancia. Puede lavarlos, vestirlos y darles de comer, e incluso cargarse el más pequeño a la espalda. A veces hasta los premia o los castiga. En las raras ocasiones en que está ociosa, se sienta púdicamente en un montón de tierra, las manos entrelazadas en la falda., los ojos fijos en un punto muerto. Ningún pensamiento debe turbar esa tranquilidad por la que pasará a vuelo lento algo semejante a la blancura de un traje cosido a mano. Todo el tiempo que va a durar esa existencia debe sentirse en ella como un presente extendido a su alrededor esa existencia debe sentirse en ella como un presente extendido a su alrededor hasta perderse de vista. Ningún secreto, sólo cosas que no se ven a causa de la distancia. Esa niña va a convertirse en mujer en cumplimiento de una vocación profunda, preparada desde siempre para la melancolía del amor y el desconsuelo de la maternidad. He aquí, aproximadamente, la infancia de Pochocha.


V


Nuestros padres se conocían, victoriosamente, en austeros y
altísimos salones de baile ahondados de espejos, en el hoyo de la ópera, en una pista de patinar a la hora del crepúsculo, en una partida de campo, a la salida de la Catedral. Nosotros hemos heredado, por lo menos, el hábito de los encuentros previsibles.


Tenemos los cafés para habituarnos a ver a las mujeres antes de dirigirles la palabra y conocemos sus costumbres antes de acostumbrarnos a ellas. Nos interesan las amistades de nuestras amistades y disponemos de informaciones precisas a su respecto. Las relaciones naturalmente se transforman; pero si no se las traba al azar se las priva de un cierto encanto que es necesario poner en una historia como ésta. Estoy convencido de que Huacho y Pochocha se conocieron por una casualidad, digamos, absoluta. Supe de un ladrón galante que cayó a la cárcel por no huir a tiempo, de la casa en que estaba operando, junto con sus socios. Se había prendado de la sirvienta y perdió un tiempo precioso haciéndole la corte. Un hombre así debe valer, a juicio femenino, su peso en oro; pero tiene algo de bandido romántico que lo pone aquí fuera de foco. Es muy difícil que ese mismo tipo sea capaz de elevarse por encima de una frivolidad de buen tono para escribir en una muralla, a todo color, su nombre y el de su querida.


-Preferible es pensar que Huacho atropelló a Pochocha antes de conocerla íntimamente y tuvo que renunciar por ello a un trabajo para el que no tenía aptitudes: repartir pan en bicicleta. El dueño del negocio lo habría sorprendido, recogiendo por centésima vez la mercancía del suelo, junto a un vehículo que era ya una calamidad con ruedas, para acompañar hasta su casa a una víctima menos furiosa a cada paso. Es una escena de tarjeta postal a la que se le puede poner música de pájaros. El malvado no baja, ni lejanamente, a la palestra, sólo se espera que surja alguna dificultad para que todo siga adelante.


Y allí está, desde luego, la pobreza de los personajes que, ya se sabe, socava a corto plazo los sentimientos más delicados. Sólo puede hacerle frente una imposible vocación de dicha y la absoluta falta de imaginación necesaria para pensar que aquella sólo existe cuando se la comparte con alguien. Como si la dicha no fuera un sueño que hay que soñar despierto, absolutamente privado y mucho más generoso que el oscuro amasijo de dos personas en una y su desaparición en un agujero.


Pochocha diría, por fin, su nombre pila y Huacho cortaría, arañándose los dedos, una flor de plaza pública, como quien saca algo del fondo de sí mismo -pan y cebollas- para ofrecerlo a manos llenas.

Pochocha debió tomarse una nueva fotografía, superior a todas las suyas, con un oscuro designio, en una hierática pose de abandono, y Huacho pudo comprarse con sus ahorros un terno azul con listas blancas y una camisa a cuadros, sabiendo que tendría que empeñar todo ese lujo a corto plazo.


Pochocha seguramente espació sus relaciones con hombres que había conocido en la encrucijada del gran mundo (bailes populares, el zoológico, galerías de cine pobre) para dar vida al cálido fantasma irritante de la fidelidad, y Huacho dominaría sus instintos alguna vez, en homenaje a ella, apretando los dientes.
Etc., etc...


Son cosas por las que todos hemos pasado. Pero, a diferencia nuestra, Huacho encontró insuficientes el cuchillo y el árbol. El suyo es un caso excepcional que transforma todas las reglas. Su anonimato me parece injusto.


VI


Un endemoniado es un hombre que rompe la armonía reinante en el medio en que se mueve, imponiendo un punto de vista nuevo a sus vecinos, abriéndoles los ojos desagradablemente. Entre gente común, un tipo excepcional tendrá siempre algo de alevoso; entre gente excepcional, un buen nombre de los más corrientes podrá oficiar de Mefistófeles sin proponérselo, por el solo hecho de actuar con la naturalidad que le cuadra. Huacho y Pochocha tienen algo de genial. Así, a quien ocasionalmente pudo intervenir en su vida a la manera de un accidente peligroso, con sus grandes bigotes en punta y el rabillo del ojo penetrante, le bastó ser un individuo vulgar al que le concederemos, de paso, unas cuantas líneas.


Imaginar una trama complicada para permitirle alzar su capa al viento, deslizarse en una alcoba femenina amparado por las sombras y desatar los lazos del idilio, es rendirle una justicia que, seguramente, no merece. Basta y sobra con un don Juan de barrio dado al tango, ligeramente envilecido, por el tráfico de drogas, con un vendedor de tarjetas pornográficas aficionado al box, algo relajado en sus costumbres eróticas. Todavía esto es mucho decir.


Piénsese más bien, en uno de esos hombres a quienes la experiencia les ha enseñado que todas las mujeres son iguales, en otras palabras, unas grandísimas putas por las que pueden llegar a sentir una simpatía compadrera y, desde luego, toda clase de estremecimientos voluptuosos. Se obtendrá así una imagen del tercero en discordia en la que todos, menos Huacho, podremos reconocernos y en la que infinidad de mujeres, a excepción de Pochocha y sus congéneres, sabrán encontrar cualquier especie de atractivo.

VII


He visto a una familia levantar su casa alrededor de un gran catre de bronce, en un potrero inundado. He aquí un ejemplo de lo que pudo ser la arquitectura en épocas prehistóricas. La humedad del medio en que se movían los constructores de modo aparentemente perezoso, como peces en un acuario, presagiaba el diluvio. Los instrumentos de trabajo y los materiales de construcción eran obsequio del azar. La vida misma allí parecía haber brotado por generación espontánea, del fluido terrestre, bajo una piedra. Algo les sobraba y algo les faltaba al hombre y a la mujer para constituir una pareja estrictamente humana; por de pronto no eran bien parecidos. Ningún ideal de belleza masculina y femenina habría podido amoldar esa materia de gran grueso, demasiado seca. Aunque vestían con extrema pobreza y sin el menor atildamiento, daban la sensación de andar en cueros, en una desnudez invicta, contra la que simplemente chocaban, impotentes para cubrirlas, sus ropas zurcidísimas.


Pensé que Adán y Eva no empezarían de otro modo su nueva vida, a infranqueable distancia del Paraíso. Todo estaba contra ellos. Sin embargo, pudo tratarse de una pareja de enamorados que, envueltos metafóricamente por una nube color de rosa se entregaban a la tarea de construir su nido, confiados y alegres. Nada me impide pensar -aunque mi despecho por María no llegó a desearle el porvenir más negro y mi simpatía por Huacho y Pochocha aumente por momentos- que no hayan formado éstos la laboriosa pareja del terreno baldío. Un hombre capaz de exponer su seguridad personal por un desconocido e incapaz de manejar una bicicleta, cae, tarde o temprano, en el último círculo del infierno para instalar allí un paraíso a su medida. Si a ese mismo hombre lo acompaña una mujer en todo sin exigirle nada, puede dárselo por perdido: su ambición será igual a cero; no tardará en vivir como los lirios del campo en la medida en que ese género de existencia le está permitido a una criatura de carne y hueso. Mejor sería decir como un cerdo en el barro... Pero antes de permitírselo, un resto de lucidez mental lo obligará a probar suerte en cualquier oficio para el que no se necesite nada más que ponerse a la altura de un burro de carga.


En los alrededores de la estación a que he hecho referencia se reúne, entre otros, un grupo humano de los más típicos. A sus miembros, desnudos de la cintura para arriba, se les puede ver la mayor parte del día tendidos en la vereda, con la espalda apoyada en un paredón, frente a sus respectivos carretones de mano, en una ociosidad que los condena a rascarse los muslos y a desplegar los dedos de los pies.


Es una sociedad que acepta en su seno a cualquier tipo capaz de arrastrarse en dos ruedas de su propiedad el primer peso que se le presente, arriesgándose, en ciertos casos, a una muerte miserable.


Los accidentes tienen lugar en los mejores momentos; cuando nuestro hombre viene de bajada, ligero y liviano como un canguro, olvidando, en los brazos de la velocidad, que no puede frenar su carromato ni librarse de éste llegado el peligro. A la cabeza del vehículo, preso entre las varas y el asidero, debe correr su misma suerte como un centauro la de su parte de caballo. Este tipo de cargadores gusta de trabajar colectivamente, en ciegas y sudorosas filas indias para insultar al unísono a los automovilistas. La solidaridad gremial es entre ellos conmovedoramente incorruptible y entristece pensar que desaparecen uno tras otro, día a día, como los especímenes de una especie perseguida por el hombre. Raramente solicitados ya, se lo pasan la mayor parte del día rascándose los muslos y desplegando, en abanico, los dedos de los pies. Huacho debió abandonar esta alegre compañía en procura de un nuevo medio de existencia que condijera con sus años.

Envejecía junto a él envejecía Pochocha de modo más ostensible. La mujer vive menos que el hombre, es lo normal; muere poco después de haber ganado su batalla para no tener que recordarla hasta el olvido. Quiere llevarse con ella lo mejor de sí misma. Valga esta regla general tan llena de excepciones. Conviene que Pochocha se remonte al otro mundo abandonando en éste a un esposo desconsolado. Es improbable que su nombre, tan ordinario como desusado, se lea en una lápida de emergencia. Tardaría allí menos en borrase que en esa inscripción -obra de Huacho- donde aún lo
retienen los colores de un arco iris descascarado y turbio. Por lo demás, ella se habrá sentido en vida predestinada a la fosa común, compensándola de la natural aceptación de este destino la certeza de burlarlo merced a la memoria irreductible de un viejo. Pero vuelvo al relato.


Imagino así la muerte de Pochocha, Año de vacas flacas. La pareja es incapaz ya de tolerar los rigores de la intemperie y, en un esfuerzo superior a sus economías, ha debido trasladarse a una pieza de conventillo, donde se consumen como dos velas frente a un ánima. No hay en esto ningún melodrama, sino un proceso natural que se cumple en medio de una tranquilidad quebrada por la tos.


Estamos en una jaula en que dos viejas catas de amor se despluman sin advertirlo, entretenidas en picotearse la cabeza. Pochocha ya no sale de casa. Está enferma desde hace años a consecuencia de sus trabajos innumerables. Espera, durante el día, a Huacho, sentada hieráticamente en su desdorado lecho de pirinola, las manos entrelazados en el regazo, los ojos fijos en la distancia.


Suelen visitarla algunas vecinas que le inspiran el deseo de reencontrarse a solas con su marido. Sus hijos, si los tiene, y una visitadora social de ocasión.


Hoy sabe que se va a morir y su impaciencia la llega a agitar débilmente. Si el viejo sigue demorándose no tendrá tiempo para pensar sino en él antes de irse. Y eso sería su último cargo de conciencia: desatender a todos esos fantasmas qaue se apersonan, por un instante, reunidos por fin, aglutinados bajo un mismo techo, para reconciliarse a pedido de los moribundos. Ella, como todos, tuvo alguna vez padre, madre, hermanos. Un hombre no tiene el derecho a usurpar el lugar de todos ellos. La aqueja una suerte de celos por ese espacio vacío -¿cómo era la ciudad?- que atraviesa un vendedor de flores en dirección a ella. ¡Pobre Huacho! Va a seguir viviendo; la traicionará hasta ese punto por el placer de arrastrar los pies; tomar el sol en la ventana y visitar a las amistades que le quedan, tantas como los dedos de una mano. Y, lo peor, no estará ella allí para...


¿Qué?
Piensa si le dirá o no que de esa noche no pasa. Se siente mejor. Le duele todo el cuerpo, pero en lugar de padecer el dolor, lo recuerda.


Puede que mañana, en realidad, sigue viva, y sería tonto romper el encanto de esta última entrevista. Hablarán de todo, de nada. Va a regañarlo por su atraso. Se dormirán a un tiempo mancornados castamente en un abrazo frágil y seco. Y se despierta, despierta.


Pero le va a pedir algo. Cualquier cosa. Quiere de pronto que se le haga una atención definitiva. Tiene hambre. Un hambre entusiasta, fruto de todas las veces que la ha padecido. Cree tener un hambre de días y no puede morirse sin saciarla. Caprichos de vieja, saldos de estoicos embarazos. En un rincón de la pieza se aherrumbra una cocinilla para los casos extremos: suelen cortarles la vianda. Huacho tiene una mano de monja. Habría podido hacer carrera en cualquier bodegón. Todos los elementos indispensables brillan, es claro, por su ausencia. Pero, si mal no recuerda, por ahí cerca hay un almacén y se niega a creer que pueda estar cerrado, ahora para ellos. En cuanto a los pesos, confía en su marido. Suele traer algunos entre el desecho de las flores del fondo de la canasta; y hoy sí que la haría de oro entre el desecho en caso de haberle ido, como siempre, mal en el negocio. Comerán cazuela.


¡Cazuela!
Lentamente entra el viejo a su cubículo precedido por los pasos que le adivina el oído finísimo de Pochocha. El frotamiento de sus grandes pies en los adoquines. Tare su mercancía intacta como una ofrenda funeraria. Pero la mujer ve, cree ver en esto algo parecido al gesto galante de un
novio que acude a una cita amorosa con un gran ramo de flores bajo el brazo. Ha olvidado que en los malos días Huacho se demora en la trastienda de un bodeguero que lo emborracha por piedad, gratuitamente. Ahora, la vida le sonríe a la débil anciana con una sonrisa definitiva, de calavera. Y es posible que abra los brazos extendiéndoselos a su compañero como en los buenos tiempos inmemoriales.


Idílico es también para ella el gesto con que Huacho arroja la canasta al suelo y se precipita como para abrazarla, a trastabillones. En realidad el viejo no atina a nada. Lo agita -lo paraliza- ese miedo infantil por lo desconocido. El agobio del adulto ante lo inevitable: el anonadamiento de la ancianidad llegado el cumplimiento de todos sus plazos.


Pero Pochocha ha retomado por fin el hilo de un romance que se reanuda febrilmente en un rescoldo de palabras entrecortadas. Habla sin ton ni son, en ese lenguaje afiligranado lleno de sub y malentendidos que burbujea, hierve y se volatiliza al calor de íntimas reconciliaciones, como un cocimiento de pompas de jabón.


Luego, embarazada por un silencio que no encuentra va por dónde romperse, vuelve a su idea luminosa. A su capricho.
En medio de la pieza Huacho es un viejo moscardón aturdido que gira en redondo desplomándose, sin saber cómo salir de cualquier parte para entrar a cualquier otra. Se aferra a la primera ocurrencia que se le ofrece y todo su problema se concentra, por un momento, en la preparación efectiva de

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POR LAS AZOTEAS de Julio Ramón Ribeyro


POR LAS AZOTEAS
Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecuci6n capital de los maniquís. Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campanas, que no iban sin peligros –pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales– regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes. En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión. A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio solo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados.. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos. Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera. Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel. En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, con templando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras. Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero. –Pasa –dijo haciéndome una sena con la mano–. Ya se que estas allí. Vamos a conversar. Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo –¿era un signo de paz?– se enjugó la frente. –Hace rato que estas allí –dijo–. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor! –¿Quién eres tú? –le pregunté.

–Yo soy el rey de la azotea– me respondió. –¡No puede, ser! –protesté– El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio. –No importa –dijo–. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche. –No –respondí–. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos, –Está bien –me dijo–. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos. Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes. –Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío. –Acordado –me dijo–. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabia algo. Por esta razón lo colocaron en un pulpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y so10 entonces lo dejaron en paz». Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio. –No te ha gustado mi cuento –dijo–. Te voy a contar otro, otro mucho mas fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante anos repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario». Esta vez el hombre no rio sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores. –¿Quién eres tú? –le volví a preguntar– ¡No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago? –¡Demasiadas preguntas! –me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí– Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. EI ojo del infierno. Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja. Al día siguiente regresé. –Te estaba esperando –me dijo el hombre–. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer. En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías. –Ah, ya sé –dijo el hombre–. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea –añadió con amargura– no sirve para nada. –No vengo por los trastos –le respondí–. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo. –Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol? –Una sombrilla –le dije–, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad. –Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos. –¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? –me pregunto de pronto– Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando solo se habían mudado de traje. –¿La construiremos de tela o de papel? –le pregunté. El hombre quedo mirándome sin entenderme. –¡Ah, la sombrilla! –exclamó– La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza. Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado –que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate– cuando el hombre se contuvo. –Es bueno reír –dijo–, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos. A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía solo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas. A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras: –Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias. O decía: –Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto. Otro día me dijo: –Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron. A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa. Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo. –¡El sol, el sol! –repetía–. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho! Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada. –Hoy es mi santo –dijo–. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño –que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa? Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina. Cuando me retiraba, el hombre me dijo: –Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas. El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacia arder la torta de los techos. –¡Todavía dura! –decía señalando el cielo– ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo. Al día siguiente me entregó un libro: –Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo... de este largo verano. Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura. –¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea. Esa noche mi papa me dijo: –Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea. Mi mama comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor –una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito– u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído solo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos. Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo. Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón. Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado. Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos. Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

(Escrito en Berlín en 1958)
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Los zapatos vacíos Reinaldo Arenas

Los zapatos vacíos

Reinaldo Arenas


¡Caramba! ¿Cuándo sucedió?, quien sabe... Antes; sin fecha exacta; todo era tan parecido que realmente costaba trabajo distinguir un mes de otro, ¡ah! pero enero era diferente. Sabe usted, enero es el mes de los úpitos y de las campanillas, pero hay algo más, es el mes de los Reyes Magos.


Ya la yerba estaba amontonada junto a la ventana y los zapatos, un poco apenados por los huecos de las punteras, esperaban boquiabiertos, humedecidos por el sereno.


Pronto sería medianoche.

«Vienen cuando estés dormido.» —Me había dicho mi primo en voz confidencial.

— «Y depositan los regalos sobre los zapatos». Cuando esté dormido,¡pero no podía dormirme!, afuera sentía el silbido de los grillos y me pareció escuchar pasos, pero no, no eran ellos.


Dormir. Debía dormir, pero ¿cómo lograrlo?, los zapatos estaban allí, sobre el borde de la ventana, aguardando.

Debía pensar en otra cosa para poder dormir. Sí, pensar en otra cosa: «...Mañana hay que cortar los piñones y llenar el tanque de agua, luego iré hasta el arroyo y traeré una maceta de mamoncillos...» «No debí haber roto el nido, tenía dos pichones sin plumas que me miraban con miedo y con el pico abierto...»


Desperté. Era tan temprano que apenas si entraba la claridad por la ventana, casi a tientas caminé hasta ella. ¡Cuántas sorpresas, pensé, me estaría augardando...! pero no. Toqué el cuero húmedo de mis zapatos, estaban vacíos... completamente vacíos.


Entonces llegó mi madre y me besó callada, pasó sus manos cansadas de fregar, por mis ojos húmedos y empujándome suavemente me sentó en el borde de la cama y me puso los zapatos, «Ven», me dijo luego en voz baja, «ya está hecho el café». Luego salí empapándome en el rocio, debía cortar los piñones.


Afuera todo era tan bello. Tantas campanillas, tantas, que se podía caminar sobre ellas sin pisar la tierra; tantas flores de upitos en el suelo, tantas,

que tapaban los huecos de mis zapatos...








El lugar sin límites de José Donoso (fragmento)

CAPÍTULO I

La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido. Por tomar tanto chacolí para apurar a los hombres y cerrar temprano. Dio un respingo —¡claro!—, abrió los ojos y se sentó en la cama: Pancho Vega andaba en el pueblo. Se cubrió los hombros con el chal rosado revuelto a los pies del lado donde dormía su hija. Sí. Anoche le vinieron con ese cuento. Que tuviera cuidado porque sacaron la ropa y poniéndole su famoso vestido de española a la fuerza se lo rajaron entero. Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.
Se arrodilló para sacar sus zapatos de debajo del catre y se sentó en la orilla para ponérselos. Había dormido mal. No sólo el chacolí, que hinchaba tanto. Es que quién sabe por qué los perros de don Alejo se pasaron la noche aullando en la viña... Iba a pasarse el día bostezando y sin fuerza para nada, con dolores en las piernas y en la espalda. Se amarró los cordones lentamente, con rosas dobles... al arrodillarse, allá en el fondo, debajo del catre, estaba su maleta. De cartón, con la pintura pelada y blanquizca en los bordes, amarrada con un cordel: contenía todas sus cosas. Y su vestido. Es decir, lo que esos brutos dejaron de su vestido tan lindo. Hoy, junto con despegar los ojos, no, mentira, anoche, quién sabe por qué y en cuanto le dijeron que Pancho Vega andaba en el pueblo, le entró la tentación de sacar su vestido otra vez. Hacía un año que no lo tocaba. ¡Qué insomnio, ni chacolí agriado, ni perros, ni dolor en las costillas! Sin hacer ruido para que su hija no se enojara, se inclinó de nuevo, sacó la maleta y la abrió. Un estropajo. Mejor ni tocarlo. Pero lo tocó. Alzó el corpiño... no, parece que no está tan estropeado, el escote, el sobaco... componerlo. Pasar la tarde de hoy domingo cosiendo al lado de la cocina para no entumirme. Jugar con los faldones y la cola, probármelo para que las chiquillas me digan de dónde tengo que entrarlo porque el año pasado enflaquecí tres kilos. Pero no tengo hilo. Arrancando un jironcito del extremo de la cola se lo metió en el bolsillo. En cuanto le sirviera el desayuno a su hija iba a alcanzar donde la Ludovinia para ver si entre sus cachivaches encontraba un poco de hilo colorado, del mismo tono. O parecido. En un pueblo como la Estación El Olivo no se podía ser exigente. Volvió a guardar la maleta debajo del catre. Sí, donde la Ludo, pero antes de salir debía cerciorarse de que Pancho se había ido, si es que era verdad que anoche estuvo. Porque bien podía ser que hubiera oído esos bocinazos en sueños como a veces durante el año le sucedía oír su vozarrón o sentir sus manos abusadoras, o que sólo hubiera imaginado los bocinazos de anoche recordando los del año pasado. Quién sabe. Tiritando se puso la camisa. Se arrebozó en el chal rosado, se acomodó sus dientes postizos y salió al patio con el vestido colgado al brazo. Alzando su pequeña cara arrugada como una pasa, sus fosas nasales negras y pelosas de yegua vieja se dilataron al sentir en el aire de la mañana nublada el aroma que deja la vendimia recién concluida.
Semidesnuda, llevando una hoja de periódico en la mano, la Lucy salió como una sonámbula de su pieza.
— ¡Lucy!
Va apurada: tan traicioneros los vinos nuevos. Se encerró en el retrete que cabalga a la acequia del fondo del patio, junto al gallinero. Pero no, no voy a mandar a la Lucy. A la Clotilde si.
— ¡Oye, Cloty!
...con su cara de imbécil y sus brazos flacuchentos hundidos en el jaboncillo de la artesa entre el reflejo de las hojas del parrón.
—Mira, Cloty...
—Buenos días.
— ¿Dónde anda la Nelly?
—En la calle, jugando con los chiquillos de aquí del lado. Tan buena con ella que es la señora, sabiendo lo que una es y todo...
Puta triste, puta de mal agüero. Se lo dijo a la Japonesita cuando asiló a la Clotilde hacía poco más de un mes. Y tan vieja. Quién iba a querer pasar para adentro con ella. Aunque en la noche, embrutecidos por el vino y con la piel hambrienta de otra piel, de cualquier piel con tal que fuera caliente y que se pudiera morder y apretar y lamer, los hombres no se daban cuenta ni con qué se acostaban, perro, vieja, cualquier cosa. La Clotilde trabajaba como una mula, sin protestar ni siquiera cuando la mandaban a arrastrar las javas de Cocacola de un lado para otro. Anoche le fue mal. Tenía entusiasmo el huaso gordo, pero cuando la Japonesita anunció que iba a cerrar, en vez de irse a la pieza con la Cloty dijo que iba a salir a la calle a vomitar y no volvió. Por suerte que ya había pagado el consumo.
—Quiero mandarla. ¿No ves que si Pancho anda por ahí no voy a poder ir a misa? Dile a la Nelly que se asome en toditas las calles y que me venga a avisar si ve el camión. Ella sabe, ese colorado. ¿Cómo me voy a quedar sin misa?
La Clotilde se secó las manos en su delantal.
—Ya voy.
— ¿Hiciste fuego en la cocina?
—Todavía no.
—Entonces convídame unas brasitas para hacerle el desayuno a la niña.
Al agacharse sobre el brasero de la Clotilde preparándole el desayuno al alba después de trabajar toda la noche, con las ventoleras que entraban al salón por las ranuras de la calamina mal atornillada, donde las tejas se corrieron con el terremoto. A la Clotilde le iba tan mal en el salón que podía dejarla para sirviente. Y a la Nelly para los recados, y cuando creciera... Sí, que la Clotilde les llevara el desayuno a la cama. Qué otro trabajo quería a su edad. Además, no era floja como las demás putas. La Lucy regresó a su pieza. Allí se echaría en su cama con las patas embarradas como una perra y se pasaría toda la tarde entre las sábanas inmundas, comiendo pan, durmiendo, engordando. Claro que por eso tenía tan buena clientela. Por lo gorda. A veces un caballero de lo más caballero hacía el viaje desde Duao para pasar la noche con ella. Decía que le gustaba oír el susurro de los muslos de la Lucy frotándose, blancos y blandos al bailar. Que a eso venía. No como la Japonesita que aunque quisiera ser puta la pobre, no le resultaría por lo flaca. Pero como patrona era de lo mejor. Eso no podía negarse. Tan ordenada y ahorrativa. Y todos los lunes en la mañana se iba a Talca en el tren a depositar las ganancias en el banco. Quién sabe cuánto tenía guardado. Nunca quiso decirle, aunque esa plata era tan suya como de la Japonesita. Y quién sabe qué iba a hacer con ella porque de gozar no la gozaba. Jamás se compraba un vestido. ¡Qué! ¡Vestido! Ni siquiera quería comprar otra cama para dormir cada una en la suya. Anoche por ejemplo. No durmió nada. Tal vez por los perros de don Alejandro ladrando en la viña. ¿O soñaría? Y los bocinazos. En todo caso, a su edad, dormir con una mujer de dieciocho años en la misma cama no era agradable.
Puso el platillo del pan encima de la taza humeante, y salió. La Clotilde, lava que te lava, le gritó que la Nelly ya había ido a ver. La Manuela no le respondió ni le dio las gracias, sino que acercándose para ver si estaba lavando ropa de las otras putas, alzó sus cejas delgadas como hilos, y mirándola con los ojos fruncidos de fingida pasión, entonó:

Veredaaaaaaaa
tropicaaaaaaaaaaa - aal.


MI LUMÍA: Poema de Oliverio Girondo (Audio)

MI LUMÍA

Oliverio Girondo

Mi Lu
mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y
gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía.

J.C. Onetti: MATÍAS EL TELEGRAFISTA

Guillermo Fernandez - Retrato de Onetti en 1957.jpg


J.C. Onetti

MATÍAS EL TELEGRAFISTA



Cuando en casa de María Rosa, Jorge Michel contó una vez más, ante varios testigos, la historia o sucedido a Atilio Matías y María Pupo, sospeché que el narrador había llegado a un punto de perfección admirable, amenazado sin dudas por la declinación y la podredumbre en previsibles, futuras reiteraciones.
Por eso, sin propósito mayor, intento transcribir ahora mismo la versión referida para preservarla del tiempo; de sobremesas futuras.
El sucedido, que no es relato ni roza la literatura, es, más o menos, éste:
Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto y detrás hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca. Si algún historiador atendiera el viaje del telegrafista quedaría satisfecho consignando que durante el Gobierno de Iriarte Borda, el paquebote “Anchorena” partió del puerto de Santa María con un cargamento de trigo y lana destinado a países del este de Europa.
No mentiría; pero la mejor verdad está en lo que cuento aunque, tantas veces, mi relato haya sido desdeñado por anacronismos supuestos.
El viaje habrá durado unos noventa días y tal vez pueda, con algún trabajo, recitar el rol de la tripulación; el nombre de él, del telegrafista, se me olvidó en el principio, arrastrado por un odio supersticioso. Lo bautizo Aguilera en esta página para contar cómodo. Del nombre de ella, aunque no llegué a verla, no me olvidaré nunca: María Pupo, de Pujato, departamento de Salto.
—Qué querés. Se llama apenas María Pupo —como decía el telegrafista. Aguilera.
“A la luz de las estrellas es forzoso navegar”, empezó a cantar alguno una mañana, mientras blanqueaba una puerta y de inmediato se corrió la infección, todos canturreando lo mismo, usando la frase como saludo, respuesta, broma y consuelo. A la luz de las estrellas es forzoso navegar. Misteriosamente, la tonada lograba ser más estúpida que la letra.
Usted, uno, cuando le llega la hora de siempre es de amanecer, trepa la planchada con un rollo obligadamente azul golpeando desafiante en el lomo, insomne, hambriento pero con náuseas, todavía un poco borracho y vigilando los movimientos de la cerveza tibia en el estómago, atento también al lento desvanecer del recuerdo, cara, pelo, piernas, mano contraída y maternal de la puta que le tocó en suerte bajo un techo de lata ondulante. Son los ritos, no más, una tímida, inflada prepotencia, tradición marinera.


Y usted, uno, ya pesado de pronósticos sobre la suerte del carguero y las peripecias húmedas, muestra documentos y saludos humildes mientras examina, casi sin mover los ojos, las caras novedosas y va tanteando lo que ellas pueden ofrecerle como ayuda, molestia o desgracia.
Reunidos, hipócritas y propensos a la paciencia, escuchamos al capitán que habló de patria, sacrificios y confianza. Hombre discreto y aburrido levantó un brazo, nos deseó un buen viaje y nos pidió, sonriendo, que procuráramos darle un buen viaje también a él.
Estábamos tan agradecidos porque no había bobeado más de tres minutos, que hicimos, firmes, la venia militar en un barco mercante y balamos un hurra.
Corrí para asegurarme al gringo Vast como compañero de cabina. Pero era tarde, los lugares habían sido distribuidos un día antes y en la puerta de mi vomitario encontré una tarjeta con dos nombres: Jorge Michel-Atilio Matías.
Bañados y frescos, era inevitable que estuviéramos a las siete y treinta frente a frente, cada uno sentado en su cucheta, cada uno con la inutilidad pesada de las quietas manos de hombre entre las rodillas. De manera que Matías, el telegrafista —“tengo que irme en seguida al puesto”— tosió sin flemas, y dijo:
(Era, y para siempre, diez años más viejo que yo; tenía la nariz larga, los ojos sin sosiego, una boca fina y torcida de ladrón, de tramposo, de adicto a la mentira, un cutis protegido del sol desde la pubertad, una blancura conservada en la sombra del chambergo. Pero encima de todo esto, como un abrigo permanente, hacía flotar la tristeza, la desgracia, la mala suerte encarnizada. Era pequeño, frágil, con bigotes caídos y suaves.)
—Tengo que tomar turno —repitió.
Pero faltaba media hora para su idiotez de recibir telegramas sin sentido y teníamos una botella de ron puertorriqueño entre uno y otro.
Mi primer embarque no tuvo otro origen que la necesidad de moverse. Este tercer embarque era distinto: era la huida por tres meses de La Banda, del patronazgo inverosímil del Multi, de las genuflexiones exactas de gente que yo había respetado y, en algunos casos, querido.
Bajo la luz débil teníamos el ron, los vasos, los cigarrillos, mi ancla azul tatuada en el antebrazo.
Dentro de media hora. De modo que Aguilera, Matías el telegrafista, dijo el principio de la verdad que él creía indudable, sin necesidad de presiones. Cautelosamente protegido por una fantástica desdicha empeñada en su ruina, algo habló, hizo confesión.
Faltaban veinte minutos para empezar su guardia cuando balbució el olor del ron mientras hablaba. No era, lo supo él mismo, algo que pudiera clasificarse como manía de persecución, poner de lado y pasar a otra cosa. Porque, escuchen, Matías dijo, aproximadamente, o yo le estuve mirando en la cara triste —con su firme mueca de indignación infantil— las palabras que se le atoraban sin ser pronunciadas. Por ejemplo:
—Usted conoce Pujato —entre seguridad y pregunta—. Usted que conoce Pujato, se tiene que dar cuenta de la diferencia y la estafa, entre el gris y el verde, por lo menos. Fue la Dirección de Telecomunicaciones y aquí le puedo mostrar los documentos, uno por uno, con el orden de las fechas, que por algo se me ocurrió guardar. Dirección Nacional o General de Telecomunicaciones. Llamado primero: llámase a concurso para proveer vacantes, creaciones, de radiotelegrafistas en el orden nacional. No le niego que yo tenía un amigo que manejaba el morse, receptaba y transmitía con tanta facilidad y sin siquiera darse cuenta, como usted respira o camina o cuenta cosas. También de Pujato el amigo y por siglos de años telegrafista de la estación de ferrocarril. Con felicitaciones de los ingleses en cada inspección. Pujato, no se olvide, casi sin superior como la misma Santa María. Y el amigo quería jubilarse y dejarme el puesto como herencia de amistad. Así que en cuanto supo del aviso primero, aquí lo tienes, me dijo, el puesto es tuyo, se puso a practicarme y mucho antes del plazo reglamentario yo oía en morse y movía los dedos en morse. No era piano, no importaba que los hubiera estropeado, los dedos, en el trabajo de la chacra.
Lo que había era un empleo de telegrafista en la estación de ferrocarril de Pujato. Lo que había era Pujato en paz hasta el fin de la vida. Pujato y mi casamiento con María, que no le hablo porque son cosas sagradas para un hombre.
Pero de Pujato sí, una palabra que ya se lo dice todo. Ponga el dedo donde quiera: una mañana, una tarde. Alguna vez, quién sabe, en la misma madrugada. Pujato verde y amarillo, los chacareros mandando trigo y maíz con los camiones que algunos vuelcan a granel, hasta los silos cerca de la estación, pidiendo día, turno y vagones. Yo ahí, que les resuelvo los problemas con el morse, mitad fastidiado, mitad divertido, nunca fastidiado de veras. Yo, y míreme como me vi, telegrafista y dueño, casado con María, que puede residir en la misma estación o estarme esperando en un chalet junto a la carretera.
Usted lo ve, puede vernos, Pujato, mi señora y yo. Ahora vea el otro documento, que es el tercero, y el cuarto, donde está la trampa. Por el tercero, entre más de doscientos aspirantes yo quedo clasificado y dueño. Y en el cuarto documento, diez meses después, me mandan a radiotelegrafiar un barco, éste, tan lejos de todo lo que le dije. Alemania, Finlandia, Rusia, tantos nombres que tuve que aprender creyendo siempre que nada tenían que ver conmigo, ni en la escuela ni después.
—Qué quiere que haga —desafió Matías el telegrafista—. ¿Que esté contento?
Lo dejé ir, siguió con el ron, me dormí sospechando enfermedades. A las seis de la mañana me despertaron con las adocenadas palabras groseras y muertas; foguista o fogonero bajé hasta mi infierno sin ver a Matías y casi olvidado.
Alguien dispuso para los días siguientes que ocupáramos el camarote en horas distintas y apenas nos viéramos separados por la mesa larga del almuerzo. De modo que el destino vigiló atento la existencia de Matías y me obligó a postergar mi réplica optimista y cristiana, mi alborada del gracioso hasta pocas horas antes de Hamburgo, calor, pequeñas faltas de disciplinas, odios imprecisos, salivazos por palabras.
Ya dije o pensé que era una historia de embarcados y sólo ellos podrán entenderla de verdad. Agrego, sin disculpa, que muchas veces, en puertos o verdadera tierra firme quise explicar y convencer que todos, ciudadanos, montañeses y labriegos de llanura somos embarcados. Muchas veces y fracasando siempre.
Esto se dice para que ustedes se acerquen a comprender por qué desde que el barco salió del puerto de Santa María empecé a sentir la indiferencia, el desvío, el mal cubierto desprecio de los tripulantes, de mis amigos de otros viajes.
Tal vez exagere porque las palabras son siempre así, nunca exactas, un poco más o un poco menos. Pero sí, estoy seguro, saludos más cortos, silencios soportados con paciencia, sonrisas sin ojos, conversaciones desviadas.
Porque yo, sin otra culpa que la de vivir en el camarote que me habían impuesto, era para ellos el amigo de Matías el telegrafista, el socio del fracaso, la sombra de la mala suerte.
Y de nada me servía burlarme de Matías frente a ellos y el mismo Matías. La enfermedad, el destino enemigo del hombre de Pujato se me habían contagiado —ellos lo creían o sospechaban— y era prudente imponerme el cordón sanitario, la cuarentena. De modo que injustamente tuve que sentirme emparentado con Atilio Matías y navegar a su lado en un mar de hostilidad y persecuciones. El, Matías el telegrafista, desde su principio hasta su fin; yo, durante un viaje de tres meses.
—Y fíjese adonde nos mandan —me dijo en algún encuentro inevitable—. Nos mandan al frío, un frío de muerte tan distinto al que tenemos, un suponer, en un invierno de Pujato. Piense en la piecita del radiotelegrafista en la estación del ferrocarril, con mate hirviendo y el brasero y algún amigo con temas de verdad para conversar, que a lo mejor trajo una botella de grapa, aunque yo no soy tomador.
Y era inútil exagerar el número de veces que yo había hecho el mismo rumbo, los mismos puertos, en idéntico raes del año.
—Mire que ahora en Finlandia mismo, en Hamburgo, en Bakú, la gente anda en mangas de camisa y las mujeres en los balnearios esperan la luz de la luna para bañarse desnudas.
No me creía, simplemente; le estaba prohibido aceptar la bondad del verano y alzaba los hombros para sacudirse toda posibilidad de optimismo. Ni siquiera contestaba; yo le sabía pensar: María Pupo, Pujato, o al revés.
Por allá arriba del incendio de las calderas alguien llevaba con escrúpulo al día, a la hora, el diario de bitácora. El mío era distinto, como siempre sucede en Hamburgo.
Cuando en la rada, una mañana casi mediodía de verano, caminé enérgico para buscar la parada de tranvías, oigo los pasos persecutorios, la voz resuelta:
—Oiga, Michel. ¿Usted para dónde va?
—Para el otro lado. Estoy enfermo de ganas de Sanpauli. Mujeres y algo más fuerte que cerveza para olvidarme que soy un embarcado, y que otra vez mañana de noche las calderas. Pero usted, Matías, va al hotel Kaiser, le oí decir. Tiene que cruzar la calle, va para el otro lado, toma otro tranvía.
Estuvo bamboleando la sonrisa que se opone, aceptando, sin embargo, a la mala suerte. Debe ser fácil si uno se acostumbra. Después dijo y no llegaba ningún tranvía:
—Hágame un favor.
—No —le dije—, me voy a Sanpauli, tengo hambre de Sanpauli y si quiere venga.
Fue inútil, porque él no me oyó, porque él, Matías, llevaba años en el ejercicio de la desesperación impura.
—Usted puede hacerme un favor y después va y se emborracha. No se lo dije en toda la navegación, pero hoy es el cumpleaños de María. Si me ayuda le mando un telegrama.
—Perdone. ¿Por qué no manda un radio desde el barco? ¿Por qué no se vuelve y lo manda?

Ni siquiera me miró. Hizo una sonrisa mientras caminaba y me habló paciente, de padre a hijo:
—Catorce. El artículo catorce prohíbe toda comunicación de carácter personal, salvo situaciones de gravedad manifiesta que deben contar con el visto bueno por escrito del capitán o el jefe de estación.
—Claro, perdone —traduje.
Desde donde estábamos no se podía ver la ciudad; apenas unas torres cuadradas metidas en el sol. Pero yo la estaba oliendo, le sentía el gusto en la boca seca y puedo jurar o prometer que Sanpauli me llamaba. Pero no; su desdicha, la de Matías el telegrafista, fue más poderosa que mi hambre de humo y venga lo que venga junto a una enorme mesa redonda. Vencieron Pujato y María Pupo.
—¿Telégrafos? —empecé, para ceder y cubrir la vergüenza—. Sí, aquí cerca, dos cuadras, tenemos uno.
—Entonces, si me acompaña. Es un momento. Fíjese que no hablo el idioma y usted sí se defiende.
De manera que caminamos hacia Correos y Telégrafos, a cada paso más lejos de Sanpauli.
Consideremos, entonces, que la fraulein del mostrador de Telégrafos había nacido allí, cuarenta o cincuenta años atrás, y que los anteojos, las arrugas, la boca en media luna blanca y amarga, la mismísima voz de macho pederasta eran, como su alma, un producto de suelo miserable, de amor absurdo por el trabajo y la eficiencia, de una fe indestructible acrecida por el misterio que prometían y vedaban las letras T.T.
Así, y con rapidez satisfactoria, desde el dialecto pujatense, atravesando mi inglés de marinero, hasta el alemán perfecto de la fraulein, el mensaje decía, traducido, algo como María Pupo. Pujato. Santa María. Felicidades te desea Matías.
Ella lo escribió con tres carbónicos, cobró tres marcos o cuatro y nos dio copia y recibo.
Estábamos otra vez en la calle y era el tiempo del hambre del almuerzo, y todos los tranvías se pusieron a correr hacia Sanpauli y sus promesas. Ahora la voz no estaba saliendo de Matías el telegrafista, sino de mi hambre, mi debilidad, mi apaciguada nostalgia. La voz decía:
—Oiga, Michel. ¿Usted entiende de grafología?
—En un tiempo jugué a que sabía. Pero nunca supe de verdad.
—Pero, claro, usted sabe o por lo menos se da cuenta. Piense en la cara de la mujer.
—No.
—Sí, también a mí me repugna. Tres marcos cuarenta y un marco es más que un dólar. Y ni siquiera pasó el telegrama a máquina, lo escribió con birome y aquí tenemos la copia. Mire un poco, aunque siga porfiando que no entiende.
En un cruce de calles, en el temor de que la tarde empiece con los estómagos vacíos. Quise pegarle y no pude, dije palabras sucias y lo llevé de un brazo.
Todo, cualquier cosa; pero siempre en Hamburgo, en la más increíble esquina, habrá un delicatessen esperando. Cerveza y platitos escandinavos. Ahí, sobre la mesa, sostenida abierta por los pulgares de Matías estaba la copia del telegrama a María Pupo, Pujato.
—Fíjese con calma —dijo Matías—. Primero, la mujer, la cara de mal bicho atravesado que usted comparte conmigo.
Tomé cerveza, me llené la boca con mariscos de nombre ignorado y me rendí a una súbita, irresistible admiración por la inteligencia sutil de Matías, revelada a cambio de cuarenta y seis días de quemarme las manos en las tripas del barco, consciente de que en la misma cáscara, sobre la misma ola, separado apenas por chapas delgadas de acero y madera, viajaba la tristeza inconsolable del hombre de la radio.
—La cara para empezar —siguió Matías— y ahora tenemos la grafología, y aunque usted me porfíe que no entiende, las dos cosas se juntan y son indiscutibles. Resultado, y disculpe, que la gringa esa me quiere joder. Más claro: que ya me jodió y se quedó con el dinero, que no me importa porque tengo mucho, y no mandó ningún telegrama. Por la cara, por la grafología, y porque yo soy radiotelegrafista diplomado y algo entiendo de esas cosas.
El inglés de los embarcados es un idioma universal; y siempre sospeché que algo semejante ocurre con el whisky en toda latitud y altura, se trate de alegría, desdicha, cansancio, aburrimiento. Matías estaba loco y yo no tenía a nadie próximo para unirlo al asombro y regocijo del descubrimiento. De modo que asentí moviendo la cabeza, aparté la jarra de cerveza y pedí whisky. Lo servían así: una botella, un balde con pedazos de hielo, un sifón.
Y yo no tenía un amigo para susurrarle la locura deslumbrante de Matías que había decidido callarse por un tiempo, tragar frutos del mar y cerveza.
Seguía siendo casi el mismo: diez años más viejo que yo, la nariz larga, los ojos inquietos, una boca fina y torcida de ladrón, de tramposo, de adicto a la mentira, pequeño, frágil, con bigotes caídos y suaves. Pero ahora había enloquecido o ahora mostraba sin pudor una locura antigua y encubierta.
Era ya de tarde cuando decidí interrumpirle las reiteraciones respecto a caras, intuiciones, tildes sobre las letras.
—A la luz de las estrellas es forzoso navegar —le dije—. Y como usted tiene tanto dinero, lo mejor, lo único que puede hacer, si aprecia respetuosamente el cumpleaños de su novia, lo único que puede hacer es caminar de vuelta al monstruo T.T. y pedir comunicación telefónica con Pujato.
—Desde Hamburgo —preguntó amargo, con la ironía sin gracia de los perseguidos.
—Desde Hamburgo y por T.T. Lo hice mil veces. Se oye mejor que si usted hablara desde la misma Santa María.
Su lucha era entre la esperanza y la incredulidad atávica. Burlándose, se golpeó el rollo de billetes en el bolsillo del pantalón y me dijo: “Bueno, vamos”, como si desafiara a un niño.
Fuimos, yo apenas borracho y él con la resolución de que fuera demostrada, de una vez y para siempre y para él mismo, que toda máscara de la felicidad le había sido negada desde el principio de los días y que nada podría atenuar aquella su maldición particular de que sacaba orgullo y distinción bastantes para continuar viviendo.
Las oficinas telefónicas funcionaban en el mismo edificio de los telégrafos, de la solterona que había estafado a Matías en algo así como tres marcos cuarenta guardándose por revancha y avaricia las palabras de feliz cumpleaños para María Pupo, Pujato.
Pero los teléfonos estaban en otra ala, a la izquierda; uno remolcó al otro hasta llegar al mostrador, a la rubia delgada, joven y sonriente con ganas. Era una T.T.
Dije, traduje, expliqué y ella me miraba lentamente y sin fe verdadera. Dije otra vez, silabeando, demostrándole sinceridad y una paciencia adecuada al paso del tiempo hasta el fin del mundo.
Dudaba, ella, y terminó aceptando, blanqueándose la cara con la sonrisa exagerada y tal vez dolorosa. Es cierto que, todavía, vaciló un momento antes de la creencia y nos pidió:
—Un momento, por favor —antes de saludar con la cabeza y abandonarnos el mostrador para desaparecer, también ella, tan joven, detrás de puertas y cortinas, más allá de la gran T.T.
Luego apareció un T. T. mayor con anteojos rodeados de oro delgado y nos preguntó si era verdad lo que encontraba imposible:
—Esta coincidencia, señores...
Yo supe. No puedo saber qué pasaba dentro de Matías, de qué modo iba acomodando las postergaciones a su destino personal preferido. Yo estaba, dije, un poco borracho y brillante. Soportando otros interrogatorios, otros T.T. progresivamente mayores. Y yo repetí con candor, sin dudas, las respuestas correctas, porque al fin tuvimos, también nosotros, el privilegio de empujar cortinas y atravesar puertas hasta enfrentar al T.T. mayor, el verdadero y definitivo.
Estaba, ya de pie, detrás de un escritorio enano, de madera negra, en forma de media herradura. Ayudado por el calor, el whisky de dos años, la locura recién llegada de Matías, pude creer un momento que el hombre nos estaba esperando desde que salimos de Santa María. Era alto y grueso, el hombre que fue campeón en las canchas de la Universidad de Greifswald y abandonó el deporte dos años atrás.
Rubio, rojo, pecoso, amable y repugnante.
—Señores —dijo. Yo simulé creer—. Me han dicho que quieren una ligazón telefónica con América del Sur.
—Ya —dije, y nos pidió que usáramos las sillas.
—Con América del Sur —repitió sonriéndole al techo.
—Pujato, señor, en Santa María —le dije volviéndome para mirar a Matías y pedirle apoyo.
Pero no había nada por ese lado. La locura del telegrafista había preferido, con astucia o rebelión definitiva, una expresión de ausencia, unos ojos vacíos, unos bigotes de seda, mustios y ajenos, estremecidos por el viento de la refrigeración. El, Matías, no participaba, sólo era un testigo atento, zumbón, seguro de la derrota, indiferente, lejano.
El hombre corpulento recitaba rodeado por la semiherradura de su mesa. Era mayor que nosotros, y muy pronto la alegría fraternal de su discurso se fue transformando en decencia y hastío.
Ya estaba rodeado de funcionarios con expresiones dichosas y todos tomábamos café mientras él explicaba que la T.T. Telefunken, de la cual era un simple engranaje, acababa de poner a punto una nueva línea de comunicaciones entre Europa y Southamérica; y que esta ocasión, la estremecida nostalgia de Matías, debía ser celebrada porque el llamado de amor que pretendíamos era el primero que iba a cumplirse, en realidad, aparte, claro, de las innumerables pruebas de los técnicos.
Cuando se echó hacia atrás levantando un brazo vimos que toda la pared a sus espaldas era un enorme planisferio en el cual los rigores de la geometría decorativa no respetaban los caprichos de las costas. Y volvió a sonreír para decirnos que la celebración agregaba, a las tazas de café su carácter de gratuito, no más de tres minutos.
Asentí con entusiasmo, dije palabras de gracias y felicitación, mientras pensaba que todo aquello era normal, que las inauguraciones siempre habían sido gratuitas para mí, mientras miraba la cara furtiva del telegrafista, su expectación acusadora.
Hubo una pausa y el hombre grande empujó uno de los teléfonos hasta Matías. Era blanco, era negro y era rojo.
Matías continuó inmóvil; y, si una burla puede ser seria, había burla en su perfil escurrido y en su voz.
—María no tiene teléfono —dijo—. Llame usted, Michel. Llama al almacén y les pide que la busquen aunque no sé qué horas serán. Pregúnteles porque en una de esas es muy tarde y está durmiendo.
Quería decir Pujato duerme. Hablé con el gerente, consultamos con Greenwich y supimos que apenas empezaba a ponerse el sol en Santa María. Mugidos de terneros por el lado de Pujato, las barreras de la estación cayendo con pereza y chirridos para esperar el tren de las 18.15 rumbo adentro, capital.
Entonces, lento por premoniciones que actuaban como artritis, pensando en la libertad y Sanpauli, alargué el brazo y traje el teléfono hasta casi tocarme el pecho. Rígido, sin mirar nada que estuviera en la habitación, Matías habló con mis manos.
—Es el 314 de Pujato. El almacén. Usted pide que la llamen.
Luego de concretar instrucciones con el alemán principal hablé con la operadora. Con paciencia y reiteración el problema no fue difícil.
No sé cada cuántos segundos y durante cuántos minutos la mujer me estuvo diciendo: “No se retire; llamando”, o palabras equivalentes. Y entonces hasta el mismo Matías tuvo que alzar los ojos y apreciar el milagro que se iba extendiendo en la pared que era un planisferio. Vimos encenderse, allí mismo, en Hamburgo, la diminuta lámpara enrojecida; vimos otra que iluminaba Colonia; vimos sucesivamente, a veces con parpadeos, otras nuevas con una segura velocidad inverosímil; París, Burdeos, Alicante, Argel, Canarias, Dakar, Pernambuco, Bahía, Río, Buenos Aires, Santa María. Un tropiezo, un vaivén, la voz de otra señorita; “No se retire, llamando a Pujato, tres uno cuatro”.
Y por fin: Villanueva hermanos, Pujato. Era una voz tranquila y gruesa, de indiferencia y primer vermut. Pedí por María Pupo y el hombre prometió llamarla. Esperé sudoroso, resuelto a ignorar a Matías hasta el fin de la ceremonia, mirando el mundo iluminado con puntos de incendio detrás de la cara ancha, la sonrisa feliz del gerente rodeada, derecha, izquierda, por las sonrisas respetuosamente menores de los robots de la T.T. Telefunken.
Hasta que hubo María Pupo en el teléfono y dijo: “Habla María Pupo, quién es”.
Soy inocente. Hablé amistoso pero nada atrevido, expliqué que su novio, Atilio Matías, deseaba saludarla desde Hamburgo, Alemania. Pausa y la voz de contralto de María Pupo, atravesando el mundo y los ruidos temblorosos de sus océanos:
—Por qué no te vas a joder a tu madrina, guacho de mierda.
Colgó el teléfono rabiosa y las lamparitas rojas se fueron apagando velozmente, en orden inverso al anterior, hasta que la pared planisferio volvió a incrustarse en las sombras y tres continentes confirmaron en silencio que Atilio Matías tenía razón.


Pierre Menard, autor del Quijote, cuento.

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Pierre Menard, autor del Quijote


A Silvina Ocampo


La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.


Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.


He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:


a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).


b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).


c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).


d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).


e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.


f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).


g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).


h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.


i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).


j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).


k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.


l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).


m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.


n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo­ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.


o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).


p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)


q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.


r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).


s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]


Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]


Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.


No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.


“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.


El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ­por -consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:


Where a malignant and a turbaned Turk...


¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:


Ah, bear in mind this garden was enchanted!


o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”


A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.


No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell- reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)


Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):


... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.


Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:


... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.


La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.


También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.


No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.


Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.


He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -Tenues pero no indescifrables- de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...


“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”


Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?


Nîmes, 1939


[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.


[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?


[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.



Roberto Bolaño: El Mar (Amberes)

Fotos de la playa de Castelldefels... Fotos del camping... El mar contaminado... Mediterráneo, octubre en Cataluña... Solo... El ojo de la Zenith...

Se alternaban. La línea recta me producía calma.


La ondulada me inquietaba, presentía el peligro pero me gustaba la suavidad: subir y bajar. La última línea era la crispación. Me dolía el pene, el vientre, etc.


Sin Lihn de Gonzalo Rojas

GONZALO-ROJAS-01.jpg

Lihn sangra demasiado todavía para hablar
de Lihn ido Lihn, «defunctus
adhuc loquitur», preferible
el cuerpo que no hay de su figura, no
importa lo del sepelio ni la parábola
de la corrupción del sepelio: algo
que no más él y yo,
cada uno
en su U-Bahnc bajo otro Spree
irreal,
cada féretro
en su corteza,
cada nadie
en su nadie, desaceitado
como voy en el chillido
de las gaviotas de Berlín sin
más allá ni
más acá salvo en el sur
hacia el oeste Adriana
la tristísima, Andrea
bajo la llovizna, lo que
lo confirma
todo:
—Ahora Lihn
tiene la palabra;
muro
y muro.


Publicado en Poeta Enrique Lihn



MEMORIAS DEL SUBSUELO (fragmento)


MEMORIAS DEL SUBSUELO (fragmento)

Fedor Dostoyesvski

I

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía.
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud.
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba, simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente. Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece, señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante, les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada, ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un canalla, ni un héroe..., ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de existencia.
Sí, tengo cuarenta años... Cuarenta años son toda una vida; son... una verdadera vejez. Vivir más de cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta, hasta los setenta, hasta los ochenta años!... ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el aliento!
Ustedes se imaginan seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto, como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada. Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además, huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!



LOS NEOCHILENOS


LOS NEOCHILENOS
(Roberto Bolaño) a Rodrigo Lira

El viaje comenzó un feliz día de noviembre
Pero de alguna manera el viaje ya había terminado
Cuando lo empezamos.
Todos los tiempos conviven, dijo Pancho Ferri,
El vocalista. O confluyen,
Vaya uno a saber.
Los prolegómenos, no obstante,
Fueron sencillos:
Abordamos con gesto resignado
La camioneta
Que nuestro mánager en un rapto
De locura
Nos había obsequiado
Y enfilamos hacia el norte,
El norte que imanta los sueños
Y las canciones sin sentido
Aparente
De los Neochilenos,
Un norte, ¿cómo te diría?,
Presentido en el pañuelo blanco
Que a veces cubría
Como un sudario
Mi rostro.
Un pañuelo blanco impoluto
O no
En donde se proyectaban
Mis pesadillas nómadas
Y mis pesadillas sedentarias.
Y Pancho Ferri
Preguntó
Si sabíamos la historia
Del Caraculo
Y el Jetachancho
Asiendo con ambas manos
El volante
Y haciendo vibrar la camioneta
Mientras buscábamos la salida
De Santiago,
Haciéndola vibrar como si fuera
El pecho
Del Caraculo
Que soportaba un peso terrible
Para cualquier humano.
Y recordé entonces que el día
Anterior a nuestra partida
Habíamos estado
En el Parque Forestal
De visita en el monumento
A Rubén Darío.
Adiós, Rubén, dijimos borrachos
Y drogados.
Ahora los hechos banales
Se confunden
Con los gritos anunciadores
De sueños verdaderos.
Pero así éramos los Neochilenos,
Pura inspiración
Y nada de método.
Y al día siguiente rodamos
Hasta Pilpilco y Llay Llay
Y pasamos sin detenernos
Por La Ligua y Los Vilos
Y cruzamos el río Petorca
Y el río
Quilimari
Y el Choapa hasta llegar
A La Serena
Y el río Elqui
Y finalmente Copiapó
Y el río Copiapó
En donde nos detuvimos
Para comer empanadas
Frías.
Y Pancho Ferri
Volvió con las aventuras
Intercontinentales
Del Caraculo y del Jetachancho,
Dos músicos de Valparaíso
Perdidos
En el barrio chino de Barcelona.
Y el pobre Caraculo, dijo
El vocalista,
Estaba casado y tenía que
Conseguir plata
Para su mujer y sus hijos
De la estirpe Caraculo,
De tal forma que se puso a traficar
Con heroína
Y un poco de cocaína
Y los viernes algo de éxtasis
Para los súbditos de Venus.
Y poco a poco, obstinadamente,
Empezó a progresar.
Y mientras el Jetachancho
Acompañaba a Aldo Di Pietro,
¿Lo recuerdan?,
En el Café Puerto Rico,
El Caraculo veía crecer
Su cuenta corriente
Y su autoestima.
¿Y qué lección podíamos
Sacar los Neochilenos
De la vida criminal
De aquellos dos sudamericanos
Peregrinos?
Ninguna, salvo que los límites
Son tenues, los límites
Son relativos: gráfilas
De una realidad acuñada
En el vacío.
El horror de Pascal
Mismamente.
Ese horror geométrico
Y oscuro
Y frío
Dijo Pancho Ferri
Al volante de nuestro bólido,
Siempre hacia el
Norte, hasta
Toco
En donde descargamos
La megafonía
Y dos horas después
Estábamos listos para actuar:
Pancho Relámpago
Y los Neochilenos.
Un fracaso pequeño
Como una nuez,
Aunque algunos adolescentes
Nos ayudaron
A volver a meter en la camioneta
Los instrumentos: niños
De Toco
Transparentes como
Las figuras geométricas
De Blaise Pascal.
Y después de Toco, Quillagua,
Hilaricos, Soledad, Ramaditas,
Pintados y Humberstone,
Actuando en salas de fiesta vacías
Y burdeles reconvertidos
En hospitales de Liliput,
Algo muy raro, muy raro que tuvieran
Electricidad, muy
Raro que las paredes
Fueran semisólidas, en fin,
Locales que nos daban
Un poco de miedo
Y en donde los clientes
Estaban encaprichados con
El fist-fucking y el
Feet-fucking,
Y los gritos que salían
De las ventanas y
Recorrían el patio encementado
Y las letrinas al aire libre,
Entre almacenes llenos
De herramientas oxidadas
Y galpones que parecían
Recoger toda la luz lunar,
Nos ponían los pelos
De punta.
¿Cómo puede existir
Tanta maldad
En un país tan nuevo,
Tan poquita cosa?
¿Acaso es éste
El Infierno de las Putas?
Se preguntaba en voz alta
Pancho Ferri.
Y los Neochilenos no sabíamos
Qué responder.
Yo más bien reflexionaba
Cómo podían progresar
Esas variantes neoyorkinas del sexo
En aquellos andurriales
Provincianos.
Y con los bolsillos pelados
Seguimos subiendo:
Mapocho, Negreiros, Santa
Catalina, Tana,
Cuya y
Arica,
En donde tuvimos
Algo de reposo—e indignidades.
Y tres noches de trabajo
En el Camafeo de
Don Luis Sánchez Morales, oficial
Retirado.
Un lugar lleno de mesitas redondas
Y lamparitas barrigonas
Pintadas a mano
Por la mamá de don Luis,
Supongo.
Y la única cosa
Verdaderamente divertida
Que vimos en Arica
Fue el sol de Arica:
Un sol como una estela de
Polvo.
Un sol como arena
O como cal
Arrojada ladinamente
Al aire inmóvil.
El resto: rutina.
Asesinos y conversos
Mezclados en la misma discusión
De sordos y de mudos,
De imbéciles sueltos
Por el Purgatorio.
Y el abogado Vivanco,
Un amigo de don Luis Sánchez,
Preguntó qué mierdas queríamos decir
Con esa huevada de los Neochilenos.
Nuevos patriotas, dijo Pancho,
Mientras se levantaba
De la reunión
Y se encerraba en el baño.
Y el abogado Vivanco
Volvió a enfundar la pistola
En una sobaquera
De cuero italiano,
Un fino detalle de los chicos
De Ordine Nuovo,
Repujada con primor y pericia.
Blanco como la luna
Esa noche tuvimos que meter
Entre todos
A Pancho Ferri en la cama.
Con cuarenta de fiebre
Empezó a delirar:
Ya no quería que nuestro grupo
Se llamara Pancho Relámpago
Y los Neochilenos,
Sino Pancho Misterio
Y los Neochilenos:
El terror de Pascal.
El terror de los vocalistas,
El terror de los viajeros,
Pero jamás el terror
De los niños.
Y un amanecer,
Como una banda de ladrones,
Salimos de Arica
Y cruzamos la frontera
De la República.
Por nuestros semblantes
Hubiérase dicho que cruzábamos
La frontera de la Razón.
Y el Perú legendario
Se abrió ante nuestra camioneta
Cubierta de polvo
E inmundicias,
Como una fruta sin cáscara,
Como una fruta quimérica
Expuesta a las inclemencias
Y a las afrentas.
Una fruta sin piel
Como una adolescente desollada.
Y Pancho Ferri, desde
Entonces llamado Pancho
Misterio, no salía
De la fiebre,
Musitando como un cura
En la parte de atrás
De la camioneta
Los avatares—palabra india—
Del Caraculo y del Jetachancho.
Una vida delgada y dura
Como soga y sopa de ahorcado,
La del Jetachancho y su
Afortunado hermano siamés:
Una vida o un estudio
De los caprichos del viento.
Y los Neochilenos
Actuaron en Tacna,
En Mollendo y Arequipa,
Bajo el patrocinio de la Sociedad
Para el Fomento del Arte
Y la Juventud.
Sin vocalista, tarareando
Nosotros mismos las canciones
O haciendo mmm, mmm, mmmmh,
Mientras Pancho se fundía
En el fondo de la camioneta,
Devorado por las quimeras
Y por las adolescentes desolladas.
Nadir y cenit de un anhelo
Que el Caraculo supo intuir
A través de las lunas
De los narcotraficantes
De Barcelona: un fulgor
Engañoso,
Un espacio diminuto y vacío
Que nada significa,
Que nada vale, y que
Sin embargo se te ofrece
Gratis.
¿Y si no estuviéramos
En el Perú?, nos
Preguntamos una noche
Los Neochilenos.
¿Y si este espacio
Inmenso
Que nos instruye
Y limita
Fuera una nave intergaláctica,
Un objeto volador
No identificado?
¿Y si la fiebre
De Pancho Misterio
Fuera nuestro combustible
O nuestro aparato de navegación?
Y después de trabajar
Salíamos a caminar por
Las calles del Perú:
Entre patrullas militares, vendedores
Ambulantes y desocupados,
Oteando
En las colinas
Las hogueras de Sendero Luminoso,
Pero nada vimos.
La oscuridad que rodeaba los
Núcleos urbanos
Era total.
Esto es como una estela
Escapada de la Segunda
Guerra Mundial
Dijo Pancho acostado
En el fondo de la camioneta.
Dijo: filamentos
De generales nazis como
Reichenau o Model
Evadidos en espíritu
Y de forma involuntaria
Hacia las Tierras Vírgenes
De Latinoamérica:
Un hinterland de espectros
Y fantasmas.
Nuestra casa
Instalada en la geometría
De los crímenes imposibles.
Y por las noches solíamos
Recorrer algunos cabaretuchos:
Las putas quinceañeras
Descendientes de aquellos bravos
De la Guerra del Pacífico
Gustaban escucharnos hablar
Como ametralladoras.
Pero sobre todo
Les gustaba ver a Pancho
Envuelto en varias y coloridas mantas
Y con un gorro de lana
Del altiplano
Encasquetado hasta las cejas
Aparecer y desaparecer
Como el caballero
Que siempre fue,
Un tipo con suerte,
El gran amante enfermo del sur de Chile,
El padre de los Neochilenos
Y la madre del Caraculo y el Jetachancho,
Dos pobres músicos de Valparaíso,
Como todo el mundo sabe.
Y el amanecer solía encontrarnos
En una mesa del fondo
Hablando del kilo y medio de materia gris
Del cerebro de una persona
Adulta.
Mensajes químicos, decía
Pancho Misterio ardiendo de fiebre,
Neuronas que se activan
Y neuronas que se inhiben
En las vastedades de un anhelo.
Y las putitas decían
Que un kilo y medio de materia
Gris
Era bastante, era suficiente, para qué
Pedir más.
Y a Pancho se le caían
Las lágrimas cuando las escuchaba.
Y luego llegó el diluvio
Y la lluvia trajo el silencio
Sobre las calles de Moliendo,
Y sobre las colinas,
Y sobre las calles del barrio
De las putas,
Y la lluvia era el único
Interlocutor.
Extraño fenómeno: los Neochilenos
Dejamos de hablarnos
Y cada uno por su lado
Visitamos los basurales de
La filosofía, las arcas, los
Colores americanos, el estilo inconfundible
De nacer y renacer.
Y una noche nuestra camioneta
Enfiló hacia Lima, con Pancho
Ferri al volante, como en
Los viejos tiempos,
Salvo que ahora una puta
Lo acompañaba.
Una puta delgada y joven,
De nombre Margarita,
Una adolescente sin par,
Habitante de la tormenta
Permanente.
También hubiérase podido
Llamar Sombra
Ágil,
La ramada oscura
Donde curar sus heridas
Pancho pudiera.
Y en Lima leímos a los poetas
Peruanos:
Vallejo, Martín Adán y Jorge Pimentel.
Y Pancho Misterio salió
Al escenario y fue convincente
Y versátil.
Y luego, aún temblorosos
Y sudorosos
Nos contó la historia
De una novela
De un viejo escritor chileno.
Un tragado por el olvido.
Un nec spes nec metus
Dijimos los Neochilenos.
Y Margarita dijo:
Un novelista.
Y el fantasma,
El hoyo doliente
En que todo esfuerzo
Se convierte,
Escribió—parece ser—
Una novela llamada Kundalini,
Y Pancho apenas la recordaba,
Hacía esfuerzos, sus palabras
Hurgaban en una infancia atroz
Llena de amnesia, de pruebas
Gimnásticas y mentiras,
Y así nos la fue contando,
Fragmentada,
El grito Kundalini,
El nombre de una yegua turfista
Y la muerte colectiva en el hipódromo.
Un hipódromo que ya no existe.
Un hueco anclado
En un Chile inexistente
Y feliz.
Y aquella historia tuvo
La virtud de iluminar
Como un paisajista inglés
Nuestro miedo y nuestros sueños
Que marchaban de Este a Oeste
Y de Oeste a Este,
Mientras nosotros, los Neochilenos
Reales
Viajábamos de Sur
A Norte.
Y tan lentos
Que parecía que no nos movíamos.
Y Lima fue un instante
De felicidad,
Breve pero eficaz.
¿Y cuál es la relación, dijo Pancho,
Entre Morfeo, dios
Del sueño
Y morfar, vulgo
Comer?
Sí, eso dijo,
Abrazado por la cintura
De la bella Margarita,
Flaca y casi desnuda
En un bar de Lince, una noche
Leída y partida y
Poseída
Por los relámpagos
De la quimera.
Nuestra necesidad.
Nuestra boca abierta
Por la que entra
La papa
Y por la que salen
Los sueños: estelas
Fósiles
Coloreadas con la paleta
Del apocalipsis.
Sobrevivientes, dijo Pancho
Ferri.
Latinoamericanos con suerte.
Eso es todo.
Y una noche antes de partir
Vimos a Pancho
Y a Margarita
De pie en medio de un lodazal
Infinito.
Y entonces supimos
Que los Neochilenos
Estarían para siempre
Gobernados
Por el azar.
La moneda
Saltó como un insecto
Metálico
De entre sus dedos:
Cara, al sur,
Cruz, al norte,
Y luego nos subimos todos
A la camioneta
Y la ciudad
De las leyendas
Y del miedo
Quedó atrás.
Un feliz día de enero
Cruzamos
Como hijos del Frío,
Del Frío Inestable
O del Ecce Homo,
La frontera con Ecuador.
Por entonces Pancho tenía
28 ó 29 años
Y pronto moriría.
Y 17 Margarita.
Y ninguno de los Neochilenos
Pasaba de los 22.



BLANES, 1993

Julio Ramón Ribeyro: Mar afuera

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Mar afuera

Julio Ramón Ribeyro


Desde que zarpara la barca, Janampa había pronunciado sólo dos o tres palabras, siempre oscuras, cargadas de reserva, como si se hubiera obstinado en crear un clima de misterio. Sentado frente a Dionisio, hacía una hora que remaba infatigablemente. Ya las fogatas de la orilla habían desaparecido y las barcas de los otros pescadores apenas se divisaban en lontananza, pálidamente iluminadas por sus faroles de aceite. Dionisio trataba en vano de estudiar las facciones de su compañero. Ocupado en desaguar el bote con la pequeña lata, observaba a hurtadillas su rostro que, recibiendo en plena nuca la luz cruda del farol, sólo mostraba una silueta negra e impenetrable. A veces, al ladear ligeramente el semblante, la luz se le escurría por los pómulos sudorosos o por el cuello desnudo y se podía adivinar una faz hosca, decidida, cruelmente poseída de una extraña resolución.

—¿Faltará mucho para amanecer?
Janampa lanzó sólo un gruñido, como si dicho acontecimiento le
importara poco y siguió clavando con frenesí los remos en la mar
negra.
Dionisio cruzó los brazos y se puso a tiritar. Ya una vez le habia pedido los remos pero el otro rehusó con una blasfemia. Aún no acertaba a explicarse, además, por qué lo había escogido a él,
precisamente a él, para que lo acompañara esa madrugada. Es cierto que el Mocho estaba borracho pero había otros pescadores disponibles con quienes Janampa tenía más amistad. Su tono, por otra parte, había sido imperioso. Cogiéndolo del brazo le había dicho: —Nos hacemos a la mar juntos esta madrugada.
—Y fue imposible negarse. Apenas pudo apretar la cintura de la
Prieta y darle un beso entre los dos pechos.
—¡No tardes mucho! —había gritado ella, en la puerta de la barraca, agitando la sartén del pescado.
Fueron los últimos en zarpar. Sin embargo, la ventaja fue pronto recuperada y al cuarto de hora habían sobrepasado a sus compañeros.
—Eres buen remador —dijo Dionisio.
—Cuando me lo propongo —replicó Janampa, disparando una risa sorda.
Más tarde habló otra vez:
—Por acá tengo un banco de arenques. —Tiró al mar un salivazo—.
Pero ahora no me interesa. —Y siguió remando mar afuera.
Fue entonces cuando Dionisio empezó a recelar. El mar, además, estaba un poco picado. Las olas venían encrespadas y cada vez que embestían el bote, la proa se elevaba al cielo y Dionisio veía a
Janampa y el farol suspendidos contra la Cruz del Sur.
—Yo creo que está bien acá —se había atrevido a sugerir.
—¡Tú no sabes! —replicó Janampa, casi colérico.
Desde entonces, ya tampoco él abrió la boca. Se limitó a desaguar cada vez que era necesario pero observando siempre con recelo al pescador. A veces escrutaba el cielo, con el vivo deseo de verlo desteñirse o lanzaba furtivas miradas hacia atrás, esperando ver el reflejo de alguna barca vecina.
—Bajo esa tabla hay una botella de pisco —dijo de pronto Janampa—.
Échate un trago y pásamela.
Dionisio buscó la botella. Estaba a medio consumir y casi con alivio vació gruesos borbotones en su garganta salada.
Janampa soltó por primera vez los remos, con un sonoro suspiro, y se apoderó de la botella. Luego de consumirla la tiró al mar.
Dionisio esperó que al fin fuera a desarrollarse una conversación pero Janampa se limitó a cruzar los brazos y quedó silencioso. La barca con sus remos abandonados, quedó a merced de las olas. Viró ligeramente hacia la costa, luego con la resaca se incrustó mar afuera. Hubo un momento en que recibió de flanco una ola espumosa que la inclinó casi hasta el naufragio, pero Janampa no hizo un ademán ni dijo una palabra. Nerviosamente buscó Dionisio en su pantalón un cigarrillo y en el momento de encenderlo aprovechó para mirar a Janampa. Un segundo de luz sobre su cara le mostró unas facciones cerradas, amarradas sobre la boca y dos cavernas oblicuas incendiadas de fiebre en su interior.
Cogió nuevamente la lata y siguió desaguando, pero ahora el pulso le temblaba. Mientras tenía la cabeza hundida entre los brazos, le pareció que Janampa reía con sorna. Luego escuchó el paleteo de los remos y la barca siguió virando hacia alta mar.
Dionisio tuvo entonces la certeza de que las intenciones de Janampa no eran precisamente pescar. Trató de reconstruir la historia de su amistad con él. Se conocieron hacía dos años en una construcción de la cual fueron albañiles. Janampa era un tipo alegre, que trabajaba con gusto pues su fortaleza física hacía divertido lo que para sus compañeros era penoso. Pasaba el día
cantando, haciendo bromas o aventándose de los andamios para enamorar a las sirvientas, para quienes era una especie de tarzán o de bestia o de demonio o de semental. Los sábados después de cobrar sus jornales, se subían al techo de la construcción y se jugaban a los dados todo lo que habían ganado.
—Ahora recuerdo —pensó Dionisio. Una tarde le gané al póquer todo su salario.
El cigarrillo se le cayó de las manos, de puro estremecimiento.
¿Se acordaría? Sin embargo, eso no tenía mucha importancia. Él también perdió algunas veces. El tiempo, además, había corrido.
Para cerciorarse, aventuró una pregunta.
—¿Sigues jugando a los dados?
Janampa escupió al mar, como cada vez que tenía que dar una respuesta.
—No —dijo y volvió a hundirse en su mutismo. Pero después añadió—:
Siempre me ganaban.
Dionisio aspiró fuertemente el aire marino. La respuesta de su compañero lo tranquilizó en parte a pesar de que abría una nueva veta de temores. Además, sobre la línea de la costa, se veía un
reflejo rosado. Amanecía, indudablemente.
—¡Bueno! —exclamó Janampa, de repente—. ¡Aquí estamos bien! —Y clavó los remos en la barca. Luego apagó el farol y se movió en su asiento como si buscara algo. Por último se recostó en la proa y comenzó a silbar.
—Echaré la red —sugirió Dionisio, tratando de incorporarse.
—No —replicó Janampa—. No voy a pescar. Ahora quiero descansar.
Quiero silbar también... —Y sus silbidos viajaban hacia la costa, detrás de los patillos que comenzaban a desfilar graznando—. ¿Te acuerdas de esto? —preguntó, interrumpiéndose.
Dionisio tarareó mentalmente la melodía que su compañero insinuaba. Trató de asociarla con algo. Janampa, como si quisiera ayudarlo, prosiguió sus silbos, comunicándole vibraciones
inauditas, sacudido todo él de música, como la cuerda de una guitarra. Vio, entonces, un corralón inundado de botellas y de valses. Era un cambio de aros. No podía olvidarlo pues en aquella
ocasión conoció a la Prieta. La fiesta duró hasta la madrugada.
Después de tomar el caldo se retiró hacia el acantilado, abrazando a la Prieta por la cintura. Hacía más de un año. Esa melodía, como el sabor de la sidra, le recordaba siempre aquella noche.
—¿Tú fuiste? —preguntó, como si hubiera estado pensando en viva voz.
—Estuve toda la noche —replicó Janampa.
Dionisio trató de ubicarlo. ¡Había tanta gente! Además, ¿qué importancia tendría recordarlo?
—Luego caminé hasta el acantilado —añadió Janampa y rió, rió para adentro, como si se hubiera tragado algunas palabras picantes y se gozara en su secreto.
Dionisio miró hacia ambos lados. No, no se avecinaba ninguna barca. Un repentino desasosiego lo invadió. Recién lo asaltaba la sospecha. Aquella noche de la fiesta Janampa también conoció a la
Prieta. Vio claramente al pescador cuando le oprimía la mano bajo el cordón de sábanas flotantes.
—Me llamo Janampa —dijo (estaba un poco mareado)—. Pero en todo el barrio me conocen por «el buenmozo zambo Janampa». Trabajo de pescador y soy soltero.
Él, minutos antes, le había dicho también a la Prieta: —Me gustas. ¿Es la primera vez que vienes aquí? No te había visto antes.
La Prieta era una mujer corrida, maliciosa y con buen ojo para los rufianes. Vio detrás de todo el aparato de Janampa a un donjuán de barriada vanidoso y violento.
—¿Soltero? —le replicó—. ¡Por allí andan diciendo que tiene usted tres mujeres! —Y tirando del brazo de Dionisio, se lanzaron a cabalgar una polca.
—Te has acordado, ¿verdad? —exclamó Janampa—. ¡Aquella noche me emborraché! ¡Me emborraché como un caballo! No pude tomar el caldo... Pero al amanecer caminé hasta el acantilado.
Dionisio se limpió con el antebrazo un sudor frío. Hubiera querido aclarar las cosas. Decirle para qué lo había seguido aquella vez y qué cosa era lo que ahora pretendía. Pero tenía en la cabeza un
nudo. Recordó atropelladamente otras cosas. Recordó, por ejemplo, que cuando se instaló en la playa para trabajar en la barca de Pascual, se encontró con Janampa, que hacía algunos meses que se dedicaba a la pesca.
—¡Nos volveremos a encontrar! —había dicho el pescador y, mirando a la Prieta con los ojos oblicuos, añadió—: Tal vez juguemos de nuevo como en la construcción. Puedo recuperar lo perdido.
Él, entonces, no comprendió. Creyó que hablaba del póquer. Recién ahora parecía coger todo el sentido de la frase que, viniendo desde atrás, lo golpeó como una pedrada.
—¿Qué cosa me querías decir con eso del póquer? —preguntó animándose de un súbito coraje—. ¿Acaso te referías a ella?
—No sé lo que dices —replicó Janampa y, al ver que Dionisio se agitaba de impaciencia, preguntó—: ¿Estás nervioso?
Dionisio sintió una opresión en la garganta. Tal vez era el frío o el hambre. La mañana se había abierto como un abanico. La Prieta le había preguntado una noche, después que se cobijaron en la
orilla: —¿Conoces tú a Janampa? Vigílalo bien. A veces me da miedo. Me mira de una manera rara.
—¿Estás nervioso? —repitió Janampa—. ¿Por qué? Yo sólo he querido dar un paseo. He querido hacer un poco de ejercicio. De vez en cuando cae bien. Se toma el fresco...
La costa estaba aún muy lejos y era imposible llegar a nado.
Dionisio pensó que no valía la pena echarse al agua. Además, ¿para qué? Janampa —ya caían gotas de mañana en su cara— estaba quieto, con las manos aferradas a los remos inmóviles.
—¿Lo has visto? —volvió a preguntar la Prieta una noche—. Siempre ronda por acá cuando nos acostamos.
—¡Son ideas tuyas! —Entonces estaba ciego—. Lo conozco hace tiempo. Es charlatán pero tranquilo.
—Ustedes se acostaban temprano... —empezó Janampa— y no apagaban el farol hasta la medianoche.
—Cuando se duerme con una mujer como la Prieta... —replicó Dionisio y se dio cuenta que estaban hollando el terreno temido y que ya sería inútil andar con subterfugios.
—A veces las apariencias engañan —continuó Janampa— y las monedas son falsas.
—Pues te juro que la mía es de buena ley.
—¡De buena ley! —exclamó Janampa y lanzó una risotada.
Luego cogió la red por un extremo y de reojo observó a Dionisio, que miraba hacia atrás.
—No busques a los otros botes —dijo—. Han quedado muy lejos.
¡Janampa los ha dejado botados! —Y sacando un cuchillo, comenzó a cortar unas cuerdas que colgaban de la red.
—¿Y sigue rondando? —preguntó tiempo después a la Prieta.
—No —dijo ella—. Ahora anda tras la sobrina de Pascual.
A él, sin embargo, no le pareció esto más que una treta para disimular. De noche sentía rodar piedras cerca de la barraca y al aguaitar a través de la cortina, vio a Janampa varias veces
caminando por la orilla.
—¿Acaso buscabas erizos por la noche? —preguntó Dionisio.
Janampa cortó el último nudo y miró hacia la costa.
—¡Amanece! —dijo señalando el cielo. Luego de una pausa, añadió—: No; no buscaba nada. Tenía malos pensamientos, eso es todo. Pasé muchas noches sin dormir, pensando... Ya, sin embargo, todo se ha arreglado...
Dionisio lo miró a los ojos. Al fin podía verlos, cavados simétricamente sobre los pómulos duros. Parecían ojos de pescado o de lobo. «Janampa tiene ojos de máscara», había dicho una vez la Prieta. Esa mañana, antes de embarcarse, también los había visto.
Cuando forcejeaba con la Prieta a la orilla de la barraca, algo lo había molestado. Mirando a su alrededor, sin soltar las adorables trenzas, divisó a Janampa apoyado en su barca, con los brazos
cruzados sobre el pecho y la peluca rebelde salpicada de espuma.
La fogata vecina le esparcía brochazos de luz amarilla y los ojos oblicuos lo miraban desde lejos con una mirada fastidiosa que era casi como una mano tercamente apoyada en él.
—Janampa nos mira —dijo entonces a la Prieta.
—¡Qué importa! —replicó ella, golpeándole los lomos—. ¡Que mire todo lo que quiera! —Y prendiéndose de su cuello, lo hizo rodar sobre las piedras. En medio de la amorosa lucha, vio aún los ojos de Janampa y los vio aproximarse decididamente.
Cuando lo tomó del brazo y le dijo: «Nos hacemos a la mar esta madrugada», él no pudo rehusar. Apenas tuvo tiempo de besar a la Prieta entre los dos pechos.
—¡No tardes mucho! —había gritado ella, agitando la sartén del pescado.
¿Había temblado su voz? Recién ahora parecía notarlo. Su grito fue como una advertencia. ¿Por qué no se acogió a ella? Sin embargo, tal vez se podía hacer algo. Podría ponerse de rodillas, por ejemplo. Podría pactar una tregua. Podría, en todo caso, luchar...

Elevando la cara, donde el miedo y la fatiga habían clavado ya sus zarpas, se encontró con el rostro curtido, inmutable, luminoso de Janampa. El sol naciente le ponía en la melena como una aureola de luz. Dionisio vio en ese detalle una coronación anticipada, una señal de triunfo. Bajando la cabeza, pensó que el azar lo había traicionado, que ya todo estaba perdido. Cuando sobre la
construcción, a la hora del juego, le tocaba una mala mano, se retiraba sin protestar, diciendo: «Paso, no hay nada que hacer»...
—Ya me tienes aquí... —murmuró y quiso añadir algo más, hacer alguna broma cruel que le permitiera vivir esos momentos con alguna dignidad. Pero sólo balbuceó—: No hay nada que hacer...
Janampa se incorporó. Sucio de sudor y de sal, parecía un monstruo marino.
—Ahora echarás la red desde la popa —dijo y se la alcanzó.
Dionisio la tomó y, dándole la espalda a su rival, se echó sobre
la popa. La red se fue extendiendo pesadamente en el mar. El trabajo era lento y penoso. Dionisio, recostado sobre el borde, pensaba en la costa que se hallaba muy lejos, en las barracas, en las fogatas, en las mujeres que se desperezaban, en la Prieta que rehacía sus trenzas... Todo aquello se hallaba lejos, muy lejos; era imposible llegar a nado...
—¿Ya está bien? —preguntó sin volverse, extendiendo más la red.
—Todavía no —replicó Janampa a sus espaldas.
Dionisio hundió los brazos en el mar hasta los codos y sin apartar la mirada de la costa brumosa, dominado por una tristeza anónima que diríase no le pertenecía, quedó esperando resignadamente la hora de la puñalada.


(París, 1954)

ARMANDO URIBE: EL DIABLO EXISTE



ARMANDO URIBE EL DIABLO EXISTE



Hay un trio en Chile por cuya boca cosas horribles están siendo dichas.

El cura Hasbún, Don Hermógenes Pérez y Juan de Dios Vial Larraín. El último escribió contra un remoto desterrado que no podía responderle en Chile porque en Chile ya no existía, sin voz y sin nacionalidad a causa del tirano y los suyos. Dice además (recién, ahora): los desterrados profitaban, vivían de eso (El Mercurio de 13 de diciembre de 1998, año malo). Y más aún, sobre torturas: "yo no tengo claro que eso haya sido así... Hasta diría: ¡No creo que haya gente que haga eso! No lo creo(...) parece muy artificioso". Había escrito: El nombre fino de la venganza es derechos humanos.

Horror.

¿Aristotélico?

Dejémoslo.

Hasbún... ¿Cómo decir? Para éste no hay palabras. Califica a los hombres de parásitos. Compara con San Juan Bautista a Pinochet.

¡ Lo compara con Cristo!

Sacrilegio. Dejémoslo porque es más peligroso, con su ropa talar. El nefando Hermógenes –que inventaba el suicidio de la mujer del desterrado en su diario "Segunda"- no ha sido más que el segundón, el arrenquín del Otro.

Y la antevíspera del Día de las Pascuas ( año noventaiocho, año nefasto, en entrevista en ese mismo diario) recuerda satisfecho las palabras siguientes del tirano opuesto, según él, a las torturas: "Una vez más y se acabó". ¡Una vez más torturas! Que torturen una vez más. ¿Y se acabó? Tremendo acabo, acabamiento y acabose del mundo.

¿Qué hacer con ellos? Mellos, ¿serán ellos?

Uno se dice para sí (y ahora para ustedes) y se lo dice al trío: tal vez no sean responsables; quizás son inconscientes; seguramente, con certeza, absoluta certidumbre de creyente católico: el Diablo existe.

Posesión demoníaca.

No son culpables sino de aceptar ser receptáculos involuntarios de Lucifer el Padre de las mentiras maliciosas, necias, en apariencia veras, goteando sangre negra de corderos pascuales ( mientras el Diablo se relame, sarcástico, los labios). Ustedes (no los que leen, sino el trío) son los vehículos sin ruedas en que El (no Dios ni Cristo) recorre este país dejando huellas como de arado de tijeras con el fin de aplastarnos y de cortarnos en pedazos y eternamente torturarnos el Alma.

La poesía nace de los hechos
Sea que sean atroces o felices
(nunca de los indiferentes)
cuando los hechos surgen de denodados pechos
que se hinchan de furor o de gozos –entonces
el máximo sentido se encarna en las palabras.
Entonces es que tú con hacha labras
Piedras enormes dulces tiernas florcillas o la miel de los bronces
Musitas para ti con grandes gritos dices
Vengan a mí –o váyanse de aquí- terribles gentes.



Rocinante, febrero 1999



Cena con Kissinger y Crisis de Claudio Giaconi




Cena con Kissinger

Ceno con el Dr. Kissinger.
Los vinos húngaros son excelentes, le digo
Sangre de Toro, por ejemplo
pero no me atrevo a hablarle de Neruda.

El Dr. Kissinger es un hombre amable
el Dr. Mengele es un hombre amable.

Es un hombre amante de la buena mesa
cliente de La Cocina de Lorenzo y María.

No tengo cabeza, dicen, y por eso salgo
decapitado en la foto Polaroid.
Al lado, el Dr. Kissinger se lleva
a la boca un espárrago a la vinagreta;
Lorenzo y María no caben de orgullo.

Me pregunto por mi mismo y me dicen
que estoy al lado.
Hago muñecos pero no sé armarlos.

Una bella mujer llora desconsolada.
Dice que quiere al marido que le arrebataron.
Nos muestra una foto en que aparece decapitada.
Comprendemos que somos hermanos del alma.

El Dr. Kissinger no es más que un sueño.
El y Mengele se evaporan por la Tercera Avenida
tomados del brazo.

Crisis

El diccionario
ya no da
para promesas.

La crisis es
una crisis
del vocabulario.

Que respondan
los lingüistas
ipso facto.

Qué se hicieron
los Infantes
de Aragón?

Qué expliquen
qué fue de tanta
hermosura


POPOCATÉPETL RODANTE



POPOCATÉPETL RODANTE


Te habías vuelto 1 eminencia en asuntos de relámpagos
Llamabas a la vida: auto de alquiler descontinuado
Fuente de la que la especie ha perdido la llave & el drenaje
Llorabas pero sin salpicar más allá
del acullá
A la hora del desmadre & el eructo
((Cuando besa el dolor con taladro & cámara antigases
cuando coge el dolor & coge & coge & no se sale))
Te ponías a leer en voz bien alta
Los días terrenales &
El apando
La risa te brotaba como 1 pedo
¿Qué le pide 1 mezquita a mi agujero?
Rosita Alvírez hubiera sacado a bailar a Malcolm Lowry
Qué le pide Niagara Falls a mis gargajos
¿Te imaginas a Simón Blanco encuerándose en Woodstock?
¿O 1 invasión nuestra / pero nuestra en Pancrasio Nacional
escoltados no por tanques zacapoaxtlas u ovnis de la sierra

de Guerrero
sino por 1 carro de Bacardí & de 1 cocas?
¿Te imaginas a ti mismo / tú tú tú no te hagas güey
derribando con la pura sonrisa 1 manicomio
brincoteando como sapo cantarranas sobre el cráneo-cenicero
de enfermeras y loqueros?
El orín de la felicidad desviaría el calmadísimo corazón
del Sena hasta Siberia
La revancha de Biafra / el rugido arterial de Bangladesh
Otra vez las cabalgatas
El viento meco que sacó de su raíz a Anenecuilco
Janis Joplin surfeando sobre un palanquín de ácido
desde las coladeras lagañosas de ultratumba
Qué beduinas / qué odaliscas
Qué colmillo de marfil se nos pondrían la baja piel /
nuestras viditas
La muerte domada & sin paperas
Los micrófonos quemados por la música
La adrenalínica canción del suave hartazgo
ovacionando clitorianamente las maromas
la chaplinesca devoción de sus cantantes
La raza tocha zafadísima -por fin- de tirantes
& andaderas
Abracadabras rumiando sus
boutades a toda hora
Charleville visitado por hordas de estrellitas venidas
de otro costal & otras harinas
El puritito crucigrama desnudísimo / sin la claustrofóbica
presión de las casillas
El licor creciendo cual laguna de volcán
por la mutante caprichosa voluntad de árboles
que se llamarán momentáneamente
Vamos ai metamorfosis
Vamos ai metamorfosis / era el grito con el que fuere
como fuere saludabas a la luz
& mandabas a volar a doña enana oscuridad de un zapatazo
Vamos ai metamorfosis / ya estás muerto
Tiroloco Mc Grow ya sin sombrero
Te agrietaron las redes
te enlodaron / te movieron pingos bestias
tu placer & tu dominio
tu yerbita lubricada / las plantitas curativas de tu cancha
Como agitado por convulsiones entrabas & salías
violabas tus karmas digestivos
el maquillado candado aplastabesos con el que terminaron
enfangando tu aire
reduciendo a astillas el delirante hidroavión de tu cirrosis

Quita tus garfios de encima Catatonia
escribías / ya con el dedo con el gesto: con el reto
((La rutina: stanca
la pasión subleva
el vivir es prieto))

Pero aún tus pasos suenan
tu saliva empuja
Travesuro Oxígenis
Calamar del Dharma
Fedayín del hígado
Marrakesh ataca
Jesúsluis no huiste
tu fandango aún zumba
tu calor larvea
tus mordidas ruedan
Monseñor Jalisco :: tequilero sincho
Fumigaste artritis
maraqueaste oídos
te esculpiste hondo
Sin pelear peleando
sin cantar cantando
Optimista nunca
La basura es cruda
el orín es blando
el amor nos huye
las palizas pintan
los hoyancos llueven
la ciudad placenta / nuevos mapas urgen
Hasta el San trago truena
desesperar revuelca
tus amigazos tiemblan
abrir brechas cuesta
Traigo el corazón de punta / me avisaste 1 día
Me he resistido al washing: al refrigerador de púas
Nadaría lo juro / como tiburón malgache
si se me encendiera el cómo
Gasolinas: siento
Masticaciones: púrpuras
Colibríes: en coro

Nevermore me indigna
A Allan Poe: lo sigo
Aunque se me enzopilote el miedo.



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