Enero, 2008

ENRIQUE LIHN.


lihn


"PORQUE ESCRIBI"
ENRIQUE LIHN

Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.

Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.


Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.
De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso ha sta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.

Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.

Somatismo por Daniel Rojas P.






Sobre el “Somatismo o movimiento somático” y la necesidad de ser en movimiento.




Soma: totalidad de la materia corporal de un organismo vivo / adjetivo ambiguo utilizado para describir lo indescriptible.





La existencia es una sola, una nada universal compuesta de múltiples nadas, entes vivientes entre los cuales se encuentra la realidad humana esa nada capaz de captarse a si misma y a su entorno, por tanto ella además de ser una nada (necesidad vital, posibilidad infinita) carga con la necesidad de ser, una conciencia (necesidad de conocimiento, de verdad / capaz de captarse a si misma y definirse luego del impulso vital; absurdo y sin sentido). Sin embargo la realidad humana en el predominio de este ultimo componente ha olvidado el origen de dicha capacidad, se ha entronizado por encima de las otras existencias y la razón, su razón. Un simple instrumento o consecuencia de nuestro vitalismo, se ha impuesto más allá de su principio sin márgenes y límites, procurando encerrar en un feudo seguro, el sin sentido inherente.



En esa tarea lógica y racionalista hemos descuidado la propia sujeción, que como nada y ser, tenemos a la nada universal, ese componente vital indefinible, libre de toda esencialidad, caótico, irracional e irreductible cuya única esencia es la existencia misma, o sea la vida con todo lo que esta conlleva.


El somatismo en tal medida, como prolongación del cinismo de Diógenes, el empirismo de Hume, el nihilismo Nietzscheano, el existencialismo francés, la critica postmodernista y el pragmatismo norteamericano, busca recavar en las más potentes y fecundas líneas del pensamiento humano y configurar desestructuras y formas potenciales de creación y actuar, dotadas de miradas periféricas pero presentes en el devenir pese a su escamoteo y elusión.




Omisiones privilegiadas por la realidad ficcional que aceptamos en virtud de la doxa y el control o disciplina como oficial e inamovible. Imposibilidades de tipo artificial que no sólo podemos sino que estamos llamados a remover y sin lugar a duda mutar y encauzar desde el conspicuo yo al solidario nosotros (ínter subjetividad) Al desmitificar los iconos, símbolos y en última medida, los discursos culturales de mesura, moral, cortesía y autoridad, aceptando a la par del orden, el otro orden, la violencia innata, la ambigüedad de los géneros y dogmas, la escatología, el caos de las decisiones, la frustración, la ironía y cinismo, la imposibilidad de la comunicación, el dilema de la alteridad interna y externa y en el caso máximo de la realidad humana, que cómodamente abrazamos o dejamos de mala fe nos aplaste, podemos señalar las posibilidad libre y rizomática que acepta su nada, su sin sentido y absurdo enajenando la conciencia y sus objeciones de cualquier esencialidad o represión, configurándose en tal medida como una poderosa fuente vital que consciente de su angustiosa libertad desamparo y precariedad o finitud, podrá darse un sentido univoco y personal en la única antinomia veraz y no por eso reductible pero si perceptible en un intuitivismo de autocomprensión. La de nada y ser que se libra para si hasta la imposibilidad posible. Correlato de la nada, de la eterna indeterminación que pone fin a cualquier momentáneo y fugaz definir.




La barrera a destronar, será nuestro devenir histórico (progresión del inconsciente colectivo perpetuación de la existencia y vitalismo, en forma de esencialidades, labor realizada por el componente de la realidad humana que requiere ser y que por tanto al someter ideológicamente al universo construye realidades oficiales y verticales, siendo la más determinante de estas, la del hombre, situado claro entre otras categorías, roles y jerarquías)




Dichas jerarquías son producto de ese quehacer con que hemos derribado y erigido estructuras, esquemas de poder orden y control que nos atraviesan y dividen (ocurre esto al sacramentalizar y mitificar necesidades priorizadas por encima del autoconocimiento) de esta manera insistimos en que por miedo al componente ilógico, se han modificado las condiciones que rodean la existencia, dotando a numerosas esencialidades de espíritu, fuerza coercitiva y voz.




Sin embargo hay que recalcar que la existencia pese al descrédito de las sociedades y demás arbitrariedades del hombre, no se ve afectada por esta más que en la constitución de este planeta y en la preservación y lamentable pervivencia que hemos dado a otras nadas o entes vitales como los animales, las plantas y en general el completo ecosistema, empero más allá de cualquier componente ecológico, visión esencial del hombre para retomar parte física del componente vital que compone la vastedad de la nada universal.




Las disposiciones irreductibles de la nada incluyen en su continuo caos y movimiento, la destrucción de este minúsculo planeta que en nada afecta a la nada (el uni-verso). El mayor perjudicado al sostener guerras hambrunas o carreras armamentistas es la propia realidad humana y su entorno mediato. La inmediatez e infinitud mantienen incólume a la potencia universal. Ante lo cual podríamos aseverar incluso que la conciencia autodestructiva o inconciencia del hombre que atenta contra su propia existencia, es sólo parte del caos pleno e irracionalidad que también forma parte de esa existencia plena o nada universal que todo abarca y todo define en su indefinibilidad y movimiento. O sea el soma en su predominio hasta que el tiempo somático apague sin razón tal como comenzó, su voz y luz…




Daniel Rojas Pachas

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Rilke.



CANCIÓN REGIA

Debes con dignidad soportar la vida,
tan sólo lo mezquino lo hace pequeña;
los mendigos te podrán llamar hermano,
y tú puedes sin embargo ser un rey.

Aunque el divino silencio de tu frente
no lo interrumpa dorada diadema,
los niños se inclinarán en tu presencia,
los entusiastas te mirarán atónitos.

A ti los días de rutilante sol
te hilarán rica púrpura y blanco armiño,
y, con pesares y dichas en sus manos,
de rodillas ante ti estarán las noches...



ADVIENTO

Empuja el viento rebaños de copos
por el bosque invernal como un pastor,
y más de un abeto siente que pronto
se hallará nimbado de luz y amor;
y escucha un rumor distante. Resuelto
tiende sus ramas por senderos blancos,
y hace frente al viento y crece soñando
una noche de gloria y majestad.



Y.





En el saco
del boogieman,
ese útero artifi-cioso,
el oficio de
secuestra-dores.
Halla la ra-zón
¿Qué razón?
¿Qué SAZÓN?
Existe una causa,
alguna tonada…
O todas son,
qué son,
sino
PERFORACIONES,
hechas al SOMA-time
sometime
Ebrio/a
la morada
teñida, des-hila-chada…
responderá.


Autor: Daniel Rojas P.


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Lontananza.



En esta marejada eterna,
lugubre y
cobriza.
La gran sepultura de los tiempos,
escucha
cada palpitar y denuedo.
La humana deso-lacíon,
la espera soñada.
Siempre limpia
siempre sola,
cálida en atardecer
humeda y pálida,
frente al vacío
y
pequeños,
en el vértice
occidental
de la emoción,
contemplamos
bajo
su generosa ira y
pasión sororial,
devorados por los cactus.


Autor: Daniel Rojas P.


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Vea: Rescue Dawn de Werner Herzog



rescue




Datos técnicos

Dirección y guión: Werner Herzog.
País:
USA.
Año: 2006.
Duración: 120 min.
Género: Drama, acción.
Interpretación: Christian Bale (Dieter Dengler), Steve Zahn (Duane), Marshall Bell (almirante), Jeremy Davies (Gene), Pat Healy (Norman), Toby Huss (Spook), Evan Jones (Lessard).
Producción: Steve Marlton, Elton Brand y Harry Knapp.
Música: Klaus Badelt.
Fotografía: Peter Zeitlinger.
Montaje: Joe Bini.
Diseño de producción: Arin Pinijvararak.
Vestuario: Annie Dunn.



Sobre el film: La cruzada de Dieter Dengler (Cristian Bale) sobreviviente de un accidente aéreo durante una maniobra de bombardeo en Vietnam (previo al encrudecimiento del conflicto) y su precaria condición, posterior al siniestro: Cautiverio y escape de la agreste selva y no menos eversiva fuerza de resistencia de este país; debemos entenderla no como una historia bélica, pese al contexto que la enmarca.


No estamos ante Pelotón, Apocalipsis Ahora o Full Metal Jacket, la idea de Herzog al situarnos en tan dolorosa atmósfera, un paraíso profanado por la locura y el absurdo; no es plantearnos de manera desnuda y cruenta los efectos de la guerra sobre el espíritu humano, tampoco la muerte del sueño americano y la degradación de los incautos jóvenes que fueron enviados a morir sin sentido.

Claro que nos vemos envueltos en lo que será la frenética matanza y la guerra de guerrillas, pero desde un foco distinto, el de un tipo que por amor a un sueño esta allí.


Lo cual puede llevarnos a límites insospechados y cuestionar desde otra perspectiva un tema que suele no estar exento de propaganda, nacionalismo, morbo y reivindicación. Pero pensar Rescue Dawn, en términos propagandísticos o reivindicatorios de alguna causa, no seria justo y en gran medida improbable, por la visión pulcra y comprometida del director para con el cine.


Herzog es una cineasta de tomo y lomo, capaz de desafiar las locaciones más complejas, los egos actorales más explosivos (ver Kinsky- Mein liebster Feind) y estar allí, al pie del cañón como dicen, viviendo a la par de sus protagonistas los embates crudos del rodaje.

De origen Aleman, Herzog no escogió por azar esta historia, el hecho verídico, era familiar para él, en su línea documental, dedicó una cinta a su compatriota obseso con las alas, llamada: Little Dieter Needs to Fly


Al enterarnos a través de ella, de un poco más de la vida del Dieter verídico y al contrastar al ser de carne y hueso con la gran interpretación de Bale. Se sepultan las últimas sospechas que pueden haber en torno a la militancia de este. Pues una vez libre de las garras caprichosas de la muerte, Dengler renunció a la fuerza aérea para dedicarse a volar de forma privada y dar rienda suelta al verdadero sueño y motivación, que siempre tuvo.


Ya al tanto de la biografía y devenir del protagonista, no podemos como espectadores dudar de la posición de Dengler frente a la guerra y sus consecuencias. Casi al arrancar el film, queda claro que el eje de la narración no apunta a solventar una ideología o causa política, sino más bien un afán privado e intimo: Volar, experimentar y repetir esa mágica experiencia que es surcar el cielo como una vez lo soñara ambiciosamente Icaro en sus alas de cera. Obsesión infantil que nace para el germano piloto nacionalizado norteamericano, durante los bombardeos que presenció en su niñez, en la Europa beligerante.


A esta altura el espectador se preguntará entonces, de qué se trata esto, de un film de mera entretención. Es entretenida ciertamente, aunque va más allá y prefigura una tensión por momentos claustrofóbica y demencial, sin lastimar el humor, la ironía y por que no, la inocencia gracias a las actuaciones desenvueltas de Zahn, Bale y un magnifico Jeremy Davies (Gene) todos atrapados en lo que pudiésemos definir como la frontera entre el cielo y el abismo de la deshumanización.


El director de orquesta, un vigente Herzog de sesenta y seis años, igual de dinámico y prolífico, nos da en pleno siglo XXI una mirada a lo mejor de su cinematografía. Clásicos como Fitzcarraldo, Aguirre la cólera de Dios o Cobra Verde entre otros.

En la cinta lo notamos más mesurado pero no por eso vendido a la comercialidad y exento de sus dotes de gran historiador y artífice de la pantalla grande.


Herzog retoma viejos temas elementales en su filmografía, la supervivencia, la tozudez de sus protagonistas, la fijación ante una idea imposible, empresas colosales y la voluntad de poder, enmarcada por la personalidad fuerte de soñadores desarraigados.

En definitiva, asistimos a 120 minutos bastante líricos, no exentos de locura y con grandes dotes de esperanza y humanidad

Autor: Daniel Rojas P.




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Mis Publicaciones.



Música Histórica: Diciembre del 2006

Música Histórica, es un trabajo poético de honesta catarsis que compila lo que a mi juicio es lo más representativo de mi obra desde la adolescencia hasta el año 2006. En el no hay mayor pretensión, tan sólo cerrar una etapa y recorrer por medio de la lírica, 24 años de experiencias y una visión de la realidad aledaña y universal desde mi relativista y existencial perspectiva.

Descargar el libro.

música histórica

La última bomba.


Hasta que caiga la última bomba, habrán tipos predicando; que el Apocalipsis llega en el 2074.

Pastores evangelistas que se follan a la zorra que recoge las monedas.

Presidentes que recolectan petróleo con goteros,

Padres que abusan de sus hijos e hijos que venden a sus padres a un asilo.

Hasta que caiga la última bomba como Chinaski predijo, habrán putas, borrachos y dinero.

Todos persiguiendo lo mismo, todos muriendo por ello. Todos queriendo comprar la llave de San Pedro

o la Svástica del tercer reich.

Megalómano bastardo, rezas por que nos borre un meteoro, luego vuelves arrepentido, ¡esclavo de tu imperio!

Esperan años al fantasma. Un esperpento sacro y añejo. El infierno esta en nosotros.

En como chocamos y nos hacemos mierda.

El fuego esta en casa, y el cigarro de tu abuela prende la mecha.

Cultura, tradiciones y Roma a la cabeza,

Cantares de gesta, juglares y por ahí un pajero Sigfrido, llorando con el dragón borracho.

El miedo de judíos y musulmanes.

El arrepentimiento de Mesías y hermanos parricidas.

Se odian tanto; que no escuchan su prédica.

Al que habla de vida le llaman fascista y lo crucifican o balean; fuera de un hotel cinco estrellas.

Hasta que caiga la ultima bomba,
Nos seguiremos escupiendo y matando.

Por que así somos, egoístas y humanos.

La última bomba retumbará en el espacio.

Y no será una sola, vendrá acompañada de saqueos y las mil más que lancemos.

Al unísono, sólo para sentirnos más que el vecino.


Diario.

Cada pared que nos constriñe
y mantiene unidos.

Cada membrana sostén a punto de fenecer.

Cada tejido que nos hace organismo, piel, hígado, corazón y cerebro.

Todo conspira para existir, pero no ser.

Cada elección errada,
Cada angustia tras desechar.
En un mundo de inconscientes

atribulados hombres y mujeres.

Son cuerpo pero no mente.

Son movimiento pero no creación.

Cada átomo y molécula, hincadas ante un falso Dios.

Errando en sumisión,
prefiriendo temer.
Repitiendo en coro.
“Prefiero ser un peón”

Descargar el libro.

Música Histórica

Editorial - Blue.

Copyright © 1996- 2006
Todos los derechos reservados Daniel Francisco Rojas Pachas.



Delusión: Diciembre del 2007

Delusión es una obra que inaugura mi poesía intimista y desconcertante, en tal medida apuesta por su propia identidad y compromiso con las vías alternativas de ser en movimiento y generar una voluntad de creación periférica y rizomática proponiendo como realidad la vitalidad del soma y la nada.


Descargar el libro.

Delusión

Y.

En el saco
del boogieman,
ese útero artifi-cioso,
el oficio de
secuestra-dores.
Halla la ra-zón
¿Qué razón?
¿Qué SAZÓN?
Existe una causa,
alguna tonada…
O todas son,
qué son,
sino
PERFORACIONES,
hechas al SOMA-time
sometime
Ebrio/a
la morada
teñida, des-hila-chada…
responderá.


7


Rock and Carrollera. AKA: Vernal.


Vernal, amada prima-vera,

Veraniego conspirando aleatorio, mudo,

girando en el pozo borrascoso.

Al interior del ser, la serenidad de seres serenos, serenan la seriedad del otro yo, encadena-do monstruoso rostro

de belleza rosada quebrada-diza en la cúspide invertida...

La amazónica bestia-tal, tal bestia bestial, cada vez más cadavérica cada vez

serpenteando la roca rockandrollera, ruidosa industrial-dustriosa industria.

Restallante estrella rutilante de cortes en zig zag

zig zag zag zag gaz gaz giz giz gaz gaseosas olas,

sepultan la rutina del pas pum pis pas pum pis

pasabismo abismal donde reposan los eternos gozadores del gozoso placer

cer cer… ser

ser de nuevo,

ser al cruzar genitales lenguas, abrazos abisales...

circuitos de monjes, circulan en circunloquios

como magos ciclópeos y monacales sobajeos de masajeantes recorridos. Pérfidos, perfectos, pútridos pares, elevando el canto púrpura al purpúreo cielo verdoso, desgastado y la sonrisa de la amarilla estupida-dizante niña amada,

niña traicionera, hada traicionada en la esquina cortina, esquinada arrinconada, desnuda ante el uni-verso, sujeto a la vía Láctea...

Morbosa lechosa, flecta sus pechos en señal de regadera y extiende generosa sus garras de efímera diosa...

Acaricia el sexo y nace una raza de espectros-ales esperpentos.

A su derecha santificada y sobre el resto deliciosa-mente amante, un gato de Cheshire, melindroso es gigante para hormigas encerradas, encriptadas, en claustro claustrofóbico.

Sepultados a miles de kilómetros en su insecto-ivoro mami-carni-omni-voro-paro- parado recóndito, recodo, organizado, erecto órgano orgiástico,

que celebra el rito complicado, del colectivo suicidio.

Sucedió así la sucesión de sucesos,

la liberación del dharma y la complicación ancestral del karma metafísico…

Medroso repiqueteo filosófico, trágico camino empujando, arrastrando y construyendo un tablero de manos largas. Enredaderas balanceantes-ando el mundo balanceando... tragando bocanadas de guerra y cuerpos enraizados, raíces del reposante rastrillo, de rastros desnutridos y cerebros amasados…

Amasijo de almas en cerebélicas pugnas, cerbéricas sinapsis, can, canas, cana, cañaverales filas comprando geranios, girasoles y sollozos para el festín de tumores enlatados...

En un costado de tu cuello hay una abertura geo-metral-mente falsa, falaz.

Logo-métrica ensayada y las yemas de los ojos jocosos, arden el denuedo

y la estrepitosa chirriante estropeo-ante de chirridos, vidrios rotos vidriosos, rotosos venales, venas biliales de bilis circular, esférica, feerica circunférica, ante un jarrón céntrico,

núcleo de habitaciones, cárcel de sentimientos, ocultos, agazapados, periféricos al pensamiento pensado perdido... pasado, Constantemente cambiando-ado en la errante ante multiplicidad del vagabundo desgarro…

Garra galante, gargajo gangrena- ante la sien cortada, el corte centímetro a mil y por milimétricos miles de millones, cuelan el filtro humanitario por entre ventanas cubiertas de pelos, peludos pelambres, quietos desganados,

hundiéndose en el sino-hado, maldición condenados, confusos angelicales pitonisos… querubines migratorios, emigrantes de un bosque menos poluto y policial.

Polar polo faz, fáctico polifacético-as desventuras desaforadas, aventuras en que vástagos bastardos cobijan su metálico vuelo ante el astro rey, padre pater, patriarcal naranja amarga cítrica canica, castigadora ardiente, soñadora máquina de cera encerada, cincelada por esperanzas y cinceles oceánicos…

En rojas tardes entre coloradas cabelleras... encendida cuna de algas y veneno, conspiradoras aleaciones de mudos giratorios y pesadillas encumbradas-hadas hadas hadas as ass ass assssssssss…………….


Descargar el libro.


Delusión

Editorial - Blue.

Copyright © 2007
Todos los derechos reservados Daniel Francisco Rojas Pachas.



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Yeah Yeah Yeahs.



Y Control.

Oh so all my lovin´ go´s
under the fog fog fog
and i will leave them all
well i´m just a poor little baby
cause well i will leave them all

oh so while you´re growing old
under the gun gun gun
and i will leave them all
well i´m just one poor baby
cause well i will leave them all

[Pre-chorus]
i wish i could buy back
the woman you stole

[Chorus]
Y-control, Y-control
you walk, walk, walk, walk, walk my winners
out of control, out of control
you walk, walk, walk, walk, walk my winners
out of control, out of control
you walk, walk, walk, walk, walk my winners
out of control, out of control
you walk, walk, walk, walk, walk my winners out

so all my lovin´ go´s
under the fog fog fog
and i will leave them all
well i´m just a poor little baby
cause well i will leave them all






  • Publicado: Jueves, 24 Enero 2008 21:26:04 GMT
  • En: No Categorizado
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  • Comentarios: 3
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Rapsodas Fundacionales.




Me reuní con José Morales Salazar pedagogo en castellano, poeta, escritor y ensayista de reconocida trayectoria local y nacional, un baluarte cultural de nuestra comunidad y actual presidente del colectivo poético de nuestra ciudad “Rapsodas Fundacionales”. En una agradable y amistosa charla, Don José me habló con respecto al grupo y sus socios, hoy suman más de cuarenta y alrededor de veinte en constante producción literaria. Muchos de ellos, con un talento reconocido dentro y fuera de nuestras fronteras, han sido premiados y detentan publicaciones en prosa y lírica en su haber, otros en claro proceso de maduración sostienen una proyección promisoria.

Las vías fértiles del diálogo nos llevaron por diversas sendas y una pregunta se hizo ineludible, ¿Cómo y bajo que modalidad opera el taller y a qué se refiere el nombre Rapsodas Fundacionales?

Además de apuntar aspectos formales y técnicos propios del oficio y siempre valiosos de recalcar, Don José optó por referirse de manera más profunda, a la parte humana y ante todo, a la búsqueda fundamental pero no limitante, que orienta el espíritu del grupo. Ese deseo de cantar y contar al igual que los vates y juglares que dieron sustanciación a nuestra cultura occidental desde Grecia hasta la península ibérica, los fundamentos y raíces de su tiempo, la voz de su región. En este caso, la esencia andina, las tradiciones y costumbres locales, la riqueza de la pampa, el simbolismo místico que nace del contacto con la tierra sin descuidar claro, la tribulación del hombre de ciudad, su anhelo, su lucha y búsqueda existencial. Todos elementos claves para desentrañar nuestra identidad, sus contradicciones y fortalezas.

Esto traducido al trabajo que realizan al interior del taller, se manifiesta como un espacio de diálogo grato y constructivo que procura promover con tolerancia, respeto y solidaridad, la maduración del quehacer literario de los participes. Como testimonio de la labor crítica y especializada tendiente a mejorar su lírica y prosa, no podemos eludir la presencia entre sus filas de numerosas figuras especialistas en lengua y literatura. Don José hizo especial mención, sin ánimo de dejar en el tintero a ninguno de sus compañeros, a la profesora Ana Labbe González, Lili J. Fernández, Juan C Mamani Morales y al destacado director artístico de la agrupación, el profesor y escritor Luís Araya Novoa a quien Don José celebró como un pilar y talento invaluable de nuestro país por su experiencia, sabiduría y compromiso.

En lo personal como escritor joven y profesor de literatura, me queda clara la constancia, conocimiento y amor por las letras de los Rapsodas, sello que a lo largo de estos fructíferos y comprometidos 4 años que podemos comenzar a contar desde noviembre del 2003, ha contribuido a cimentar uno de los proyectos artísticos de mayor consistencia y dedicación de nuestra zona.

En un ambiente muchas veces precario, carente de editoriales y escasos puntos de encuentro y estímulo, Rapsodas es una ventana que se destaca por participar en eventos culturales y recitales. Su deseo de seguir nutriendo las múltiples vertientes de nuestra creatividad local y así poder estrechar lazos de hermandad con los países limítrofes, es encomiable y ante todo, hay que dedicar un apartado especial a sus publicaciones.

Lo cual nos llevo a otro punto importante. La Lira Nortina y las 15 obras de distintos socios, que ya tienen editadas. Con respecto a las obras, estas cubren la gran gama de géneros, desde lo pedagógico, pasando por la novela corta, la antología de cuentos, el mito, la poesía claro esta y la fabula, adaptada al acontecer nacional y mundial que remece a nuestras sociedades modernas.

La Lira Nortina por su parte acompañante indiscutible del grupo Rapsodas, es una foja o boletín que tiene un precio simbólico y que sosteniendo un espíritu popular pretende ser pasada de mano en mano con la intención de promover y difundir las letras y fundamentos del grupo. El tiraje de esta edición oscila hoy en día entre las 2000 copias logrando gracias a la acción de sus miembros y el apoyo de algunas autoridades como la gente del consejo regional de cultura, su difusión a nivel nacional y en los países vecinos. Lo más destacable es que el trabajo de edición es autónomo y el financiamiento en muchos de los casos, cuando no son producto de becas concursables, tiene su origen en los propios fondos del creador.

Tema no menor para el escritor que revela una de las necesidades inmediatas de nuestra región y en el particular del grupo, poder tener un lugar fijo para ubicar el equipo de autoedición que han conseguido en estos años, fotocopiadoras, guillotinas, etc. Una de sus propuestas es la habilitación del inmueble correspondiente a la ex estación Arica-La Paz, como casa definitiva de la cultura. Destinada no sólo a la puesta en escena de actos sino para el constante trabajo dividido por áreas de creación, danza, pintura, letras y música.

Caída la noche, considere esencial no retirarme sin preguntar cuales son los proyectos a corto y mediano plazo de los Rapsodas. Don José me dijo que además de pulir y continuar con el taller, la idea es seguir publicando, editar la Lira y potenciar su distribución fuera de la región, me señaló además que están prontos a lanzar videos de sus reuniones, comentarios de obras, entrevistas grupales e individuales. Lo cual también implica realizar más eventos en esta, nuestra nueva región y volviendo al tema de la poesía destacó un ambicioso proyecto que busca antologar la lírica de la región no sólo perteneciente al grupo sino de los distintos periodos, movimientos y autores de la zona, incluyendo desde luego a los escritores que ya no nos acompañan pero que dejaron un legado valioso en su arte.

Finalmente Don José amable dejo abierta la invitación al grupo. Para todos los interesados hay que recordar que el único requisito es amar las letras y tener voluntad creativa, las reuniones se realizan todos los miércoles a las 17.00 a 20:30 hrs., en la Caja de compensación Los Andes. San Marcos, frente a la plaza Además el blog del grupo es el siguiente: rapsodasfundacionales.blogspot.com Allí el interesado podrá contactarse vía correo electrónico o por medio de posts, con la gente del grupo y enterarse de su agenda y obtener la información necesaria sobre las obras de estos destacados autores de nuestra bullente región.


Autor: Daniel Rojas P.
  • Publicado: Miércoles, 23 Enero 2008 19:46:30 GMT
  • En: No Categorizado
  • Permaenlace: Rapsodas Fundacionales.
  • Comentarios: 3
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77.





Rostros con-vencidos
mu-tilados
perennes en la
guillotina
del verbo-rreado
la roto-sa
pergamino-manoteada
gonorrea
de cariño-sa
palma.
Mani-pu-lada
Vapu-leada,
la costra y el discurseo
de gallo
ajeno.
Qué saludos
Qué bellezas,
un salud
y a morir
a MORIR
de pena...

Autor: Daniel Rojas P.


Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Underdogs IV: Martín Adan.





adan



Rafael de la Fuente Benavides, ( Lima, 27 de octubre de 1908 - 29 de enero de 1985 ), fue un poeta peruano, cuya obra destaca por su hermetismo y hondura metafísica . Es además considerado como uno de las grandes representantes de la literatura vanguardista latinoamericana .

Desde muy joven mostró dotes literarias, las que compartió con sus compañeros de clase: Emilio Adolfo Westphalen y Estuardo Núñez . A medida que pasó el tiempo vivió con creciente estrechez económica y sufriendo un fuerte alcoholismo . Buena parte de sus últimos años los pasó en sanatorios, hasta su muerte en 1985 .

Allen Ginsberg se mostró interesado en su obra y en él mismo. Aprovechando su paso por el Perú, con el objeto de conocer la ayahuasca, logró entrevistarse con Martín Adán.




Esquizofrenia

Manicomio del alba asilante un lucero
friolero, adormilado, tan ave todavía...
-Apenas a la tarde se pone luz, ap-te-ro,
cuerdo, inmóvil, etcétera, a toda celestía.

En la rama cimera de un arbóreo aguacero,
estrellín, estrellón, anoche se dormía,
el pico bajo el ala, a un grado bajo cero,
sin hembra al lado, al lado de un viento que rugía.

Hora aletea torpe con las alas rociadas;
loco de soledad, se ignora estrella y pía
en tema de ave y topa con las brisas cerradas.

-Avestrella, delirio, patetismo mentales...
Los anteojos de Núñez deploran tu manía
en ciegas adherencias de orvallos lacrimales.




Litoral

En el steamer de un Capstan que huma los añiles
del horizonte primo, del gris amoratado,
navego por gaviotas que sucumben a miles
y por islas de vidrio que se apartan a nado.

Las nubes camareras de a bordo, en sus mandiles,
con helias ceras lustran el vapor encerado.
-Día, uña esmaltada, sonrojo de marfiles
en la vergüenza boba de haberse desnudado...

Yo traigo en la maleta mi pipa de cerezo
y en la boca la menta de un exquisito beso,
capricho de tres dólares, caramelo redondo...

-La playa, que bucea, se trae caracolas-:
el cielo, el sol...-, los huesos náufragos de las olas...
Señal de que ha bajado hasta el fondo más hondo.


Grandes Autores Continentales: Miguel Ángel Asturias.




Asturias


Tras un breve pero merecido receso para recuperar fuerzas y continuar con las lecturas, he procurado retomar la empresa difusora y conmemorativa de algunas de las principales figuras de nuestra lengua y literatura en esta ocasión el turno corresponde a un gran escritor de origen Guatemalteco y ganador del premio Nobel en el año 1967, Miguel Ángel Asturias (Guatemala 1899-1974), El segundo latinoamericano en hacerse merecedor de este reconocimiento, la primera fue nuestra compatriota, Doña Gabriela Mistral.

La obra Premiada, su novela de dictadura, la onírica y salvaje, El Señor Presidente en que se retrata magistralmente y con una mordacidad increíble la barbarie tiránica del dictador Estrada Cabrera.

Asturias hombre de letras comprometido con su país y el continente, no hizo la mirada a un lado al momento de denunciar su repulsa y desacuerdo para con el hombre de la mulita como satíricamente apodaba al déspota líder.

En su trabajo reconocemos los inicios de ese fructífero género que es la nueva novela histórica y la diegesis dictatorial. De su puño y letra heredamos las más fértiles páginas que se han escrito para describir de manera espantosa y demencial las torturas infernales de un régimen sin rostro, un laberinto de horror encabezado por un fantasma a momentos mítico y sanguinario y luego, de improviso con suma ambigüedad e irrealismo, el hombre más inseguro y cobarde de la tierra; vejestorio lleno de fetiches y desviaciones que encierra pese a todo y tras la decrepitud de un fausto timorato, un carácter simbólico y abismal a la luz de sus enemigos y vasallos. Un Belcebú que paradójicamente depende de los elogios de Miguel Cara de Ángel, su favorito. Sicario bello y malo como Satán. Arcángel despiadado y protagonista que en un sentido inverso al de redención bíblica pierde el favor de su Dios, en este caso, la mano decadente del dueño de las vidas del pueblo centroamericano, El señor Presidente. Su pecado, el amor desinteresado y descubrimiento de la ínter-subjetividad, encarnada en la figura de Camila Parnales.

El valor de la mirada del otro, resulta esencial al interior del discurso a ratos hermético,luego alegórico y siempre plagado de poesía, cacofonías, jitanjaforas y diálogos que recuerdan cantos rituales sacados del Popol Vuh (el sagrado libro Quiché de los Mayas, que obsesivamente influencio a Asturias en la construcción de sus Leyendas de Guatemala y que lo llevo finalmente a legarnos una traducción a nuestra lengua de esa magna obra precolombina)

La atmósfera de los relatos Asturianos es casi psicodélica y apocalíptica y refuerza la idea que subyace tras la expectativa, la opinión, la denuncia en boca de todos y nadie a la vez, todo con el afán de alimentar a ese gran ojo central que domina sin clemencia la periferia humana. Una pesadilla desfigurada. Constante maniqueísta y barroco envuelto en un halo de claroscuro, redención y caída en que las instituciones que nos gobiernan, clero, milicia y senado son guiados por murmullos, intrigas y una comidilla de malsanas influencias que no evaden una mayor denuncia por parte del escritor, la critica directa y descarnada que hace al poder de Norteamérica y el grado de dirección que sus servicios de inteligencia tienen al interior de los centros políticos de esta región del mundo.

Por tanto la obra de Asturias pese a tener sesenta y dos años cumplidos, esta dotada de vigencia y transparencia para el lector actual, inmerso en las modernas sociedades de control. Lo cual nos lleva a afirmar sin dubitación que junto al prodigio creativo de Alejo Carpentier y Jorge Luís Borges, Asturias, redescubierto por muchos tras el boom, es y será siempre uno de los padres de la narrativa contemporánea latinoamericana.

Perteneciente a la llamada generación surrealista (1927) en la cual además de los previamente mencionados también encontramos a otros de la talla de Roberto Arlt y Eduardo Mallea, Leopoldo Marechal y nuestro compatriota Manuel Rojas. Dicho estrato se caracterizo por fundir al interior de nuestra lengua y con verdadera convicción y honestidad el poder expresivo de la vanguardia particularmente los manifiestos de Breton y compañía basados ampliamente en Freud además de matices del intuitivismo irracional Bergsoniano pero sin un afán europeizante o alienado. Para escritores de la talla de Asturias el compromiso creador va más allá del mero juego y la adulación, es la tarea vital de configurar una cosmovisión Mágica de este hermoso mundo por descubrir (realismo mágico) que es la realidad mestiza de América.

Próxima Entrega: Roberto Bolaño (Chileno / Cosmopolita 1953-2003)


Autor: Daniel Rojas P.








Efraín Huerta


huerta


ALELUYA COCODRILOS SEXUALES ALELUYA

Para ella que me mira morir

El gran río penetró la roca viva
y se adelgazó hasta el miedo y el estruendo
se hizo rayo se hizo ruina se hizo tonto esqueleto
y hoy padece a lo largo de pieles de tigre
a la orilla del cocodrilo que me sueña
y me hunde en el naufragio
de su carne tan blanca
oh carne nacarada en medio
de la arena
como tú
y estas dos medallas de oro que muerdo
dalias de vida y de martirio
y en ellas me retrato y consigo el descenso
al dulce infierno de tu vientre
y de nuevo los dientes
ah malditos
ah maldita tú también
larga bestia ululante despierta lengua
en aquel círculo de asesinos
(Pierde toda esperanza
amor mío)
de almas danzantes albas
cool cool cool cool jazz
¡Bríndamelo por fin
Aleluya Aleluya magnífico Grijalba
muerto de frío de rocas y pañuelos rojos
Piérdete
adelgázate hasta la soledad
de los cocodrilos que agonizan
al pie de mi medio siglo
y de mi alcohol
cohol cohol cohol cohol jazz
marinera manía
de pintar escribir declamar pagar impuestos
luz renta etcétera
y luego abrazarte
bajo el diluvio de sones antillanos y misas lubas
y volver a abrazarte hasta el arte y el hartazgo
y aleluyarte hasta no sé cuando
dormida y abrumada purificada
putificada
¡Aleluya! ¡Aleluya!
poetas elotes tiernos calaveritas apaleadas
poetas inmensos reyes del eliotazgo
baratarios y pancistas
grandísimos quijotes de su tiznadísima chingamusa
perdónenme grandes y pequeños poetas
(Soy acaso el Hijo de Sánchez de la poesía
¿Peralvillo Tepito Incorporated?
Alors los invito a discurrir
pespunte limpio
por el nuevo paseo la Anti-Reforma)




CANCIÓN DE LA DONCELLA DEL ALBA

Para Thelma

Se mete piel adentro
como paloma ciega,
como ciega paloma
cielo adentro.

Mar adentro en la sangre,
adentro de la piel.
Perfumada marea,
veneno y sangre.

Aguja de cristal
en la boca salada.
Marea de piel y sangre,
marea de sal.

Vaso de amarga miel:
sueño dorado,
sueño adentro
de la cegada piel.

Entra a paso despacio,
dormida danza;
entra debajo un ala,
danza despacio.

Domina mi silencio
la voz del alba.
Domíname, doncella,
con tu silencio.

Tómame de la mano,
llévame adentro
de tu callada espuma,
ola en la mano.

Silencio adentro sueño
con lentas pieles,
con labios tan heridos
como mi sueño.

Voy vengo en la ola,
coral y ola,
canto canción de arena
sobre la ola.

Oh doncella de paz,
estatua de mi piel,
llévame de la mano
hacia tu paz.

Búscame piel adentro
anidado en tu axila,
búscame allí,
amor adentro.

Pues entras, fiel paloma,
pisando plumas
como desnuda nube,
nube o paloma.

Debo estar vivo, amor,
para saberte toda,
para beberte toda
en un vaso de amor.

Alerta estoy, doncella
del alba; alerta
al sonoro cristal
de tu origen, doncella.


Alfa 5




Alfa 5


Era un mocoso cuando escuche la voz por primera vez. Tendría algo así como doce años, te cuento esto, porque, mirando en retrospectiva mi experiencia y las escuetas pistas que mi guardián no escamoteo por completo, he concluido que la entrada a la adolescencia, es el punto clave en que la “mayoría”, padres, hijos, aprendices, grandes dignatarios y mano obrera, nos enteramos de nuestra responsabilidad suprema; claro tu dirás - dah!!! Obvio que es así genio, tienes un sentido magnífico para lo evidente, yo también bordeo los doce y oh coincidencia te mandan a ser mi voz… bueno si hubieses puesto suficiente atención te darías cuenta de que dije la “mayoría” y no “todos” y es así, pues tengo serias razones para creer que hay excepciones, escúchame primero, luego sacas tus conclusiones. En lo personal, Doni, el tiempo me ha hecho incapaz de confiar y suponer cosas al interior de este sistema, no hay nada al azar en él, pero todo esta envuelto de forma tan misteriosa que es una maldita ambigüedad tras otra. Por ejemplo, hay un rumor entre tantos que circulan tímidamente, secreto a voces o no, señala que existe gran parte de la población de Alfa 5, especialmente de la periferia y en condición de lumpen-proletariado, que no esta supeditada a nuestro orden moral. Así es, aunque te sorprenda, oh es terrible, ya no exageremos… de la misma manera y de forma más escandalosa, me he enterado que hay algunos, al interior de nuestra sociedad que son restringidos en la apelación. Como oyes, limitados. La causa se basa en monitoreos y estudios que son realizados por el centro logístico, ese fantasma corporativo que tanto nos intriga y que probablemente nunca sabremos si su existencia es verdad o no. Ellos recomiendan la no intervención de los guardianes en estos individuos, debido a posibles fallas en la comprensión y psiquis. En otras palabras son idiotas. ¿Qué como los saben? Ay Donald, si que eres ingenuo, si suponemos como cierta la presencia del centro logístico, no te parece que también tendremos que aceptar que no hay duda, de que ellos lo saben todo, que son como su nombre lo dice, el centro vigilante por antonomasia. El chip es lo más ilustrativo, esta en nuestro cerebro y nos permite este diálogo. De la misma manera ha permitido muchos más, millones, incluido el mío con Godart en su momento. El bendito chip esta a cargo de ellos. Al momento de nacer y sin el consentimiento o conocimiento de nuestros padres nos lo instalan y el saber en torno a esa maravilla tecnológica como todo en esta vida, nos es revelado sólo por la voz. Nada de esto hallaras en la red informativa mundial o en cable-visión… Créeme soy tu voz, tu guardia, y cómo lo sé, bueno mi voz me lo dijo y a ella la suya y así hasta el infinito… dónde empieza el asunto, imagino que en el que esta sentado al centro del centro logístico, bueno qué sé yo, sólo soy tu voz y como te dije, a mí también todo me lo han dado a conocer en una instancia dudosa y ambigua como esta…

… bueno Donald, cómo vas hasta ahora, supongo que bien, que bueno que asientas, pero vamos ánimo, no titubees, esto es sólo una parte de las cosas que debes entender y hacer primordiales, hay mucho más y lo más importante

es… te recomiendo que en este instante te concentres y pongas alerta tus sinapsis chico, porque de esto depende mucho… y es que nada, pero absolutamente nada de lo que te estoy diciendo, se lo debes revelar a alguien, a quien sea… ni a tu madre ok… y si la amas en verdad, claro que la amas…


No te lo recomiendo, porque nadie te escuchará, ni siquiera ella, nadie es tan tonto en alfa 5 como para ponerse en riesgo con las digresiones de un descabellado suicida que quiere hacer público nuestra forma de vida y organización, no somos salvajes muchacho… Así que ya estas advertido,

el único perjudicado si es que te lanzas a hacer bailar la lengua serás tú y claro yo y Godart que me cuida a mí y así en forma escalonada una serie de guardianes, pero no permitiremos que nos arruines, te estamos vigilando para eso. Claro, si estoy aquí cuidándote, que sentido tiene que te lo advierta, bueno yo prefiero confiar en la gente, comunicarme y no amenazar, eso de la coacción no es mi estilo. Es el último recurso, sin embargo, nunca se sabe como es la gente, a veces tienes que apretar un botón y producir una migraña, una diarrea, en casos extremos un desmayo, borrar algo de memoria que se yo… pero tengo confianza en ti, eres mi muchacho ahora, y obviamente no estas en la lista negra del centro, tu cabeza funciona bien por lo que veo, eres despierto hábil, he leído tu historial hasta ahora, buena salud, buenas notas… llegaremos lejos y tranquilo, ya te acostumbraras a mi, yo también pase por esto, tuve mis dudas y es normal, a todos nos pasa. Nos aterroriza que de la noche a la mañana una voz aparezca en tu mente y te empiece a decir que de ahora en adelante no estarás solo en tus decisiones pero si en el cuidado de este secreto precioso que garantiza la armonía de nuestra completa sustanciación como comunidad y estructura social… es un gran peso ¿no?

Increíble. Magníficamente espeluznante. Bienvenido a nuestra utopía Donald, llego la hora de crecer, alfa 5 es lo mejor… el anonimato y la vigilia nos ha permitido desarrollarnos como La crème de la crème de la galaxia, ¿no te parece?… ¿Qué a que me refiero con anonimato? Vaya si que eres lento, pensé que lo captarías en el acto… bueno, mira hijo, te lo voy a explicar con manzanitas. Tú para mí eres transparente, tu cabeza, tu voluntad, tus sentimientos todo eso es, como ya te habrás dado cuenta, algo

sencillo y plenamente legible, piénsalo de esta forma, eres una habitación escrutable, manipulable y organizada por mi supervisión, pero en sentido inverso, yo no soy para ti más que tu voz, algo así como tu consciencia, tu guardián, ese es el término exacto. Ahora yo te pregunto, ¿sabes algo de mí?

Algo que yo no te haya dicho intencionalmente… desde luego que no y acostúmbrate, porque no lo sabrás… yo en cambio gozaré con tu primer beso, disfrutare con la primera chica que te acuestes, con tus fantasías, claro también sufriré tus derrotas, me captas… Godart paso lo mismo conmigo y si te preguntas como se su nombre, pues no lo se… yo lo bauticé así… ahora tu puedes ponerme el nombre que quieras… pues no te diré el mío Donald Marcus Quintus Damerox… lo vez, se todo de ti, pero por el bien del sistema tu no sabrás nunca si soy tu vecino, o tu padre o un extraño en una región a miles de kilómetros de tu casa, quizá estoy en una de nuestras comunidades en el espacio o colonizando uno de nuestros satélites…

Veo que el asunto te frustra un poco… lo siento pero es así chico, yo no hice las reglas, sólo me desperté un día como tú, después de haber vivido apacible una infancia al arbitrio de mis padres y mis instintos infantiles, si la memoria no me falla, esa mañana entré a la ducha, estaba en plena pubertad, comencé a meneármela pensando en una chica del colegio, una rubia de último grado y bam… apareció esta voz y me dio una perorata aburrida… alégrate yo soy más casual que Godart, más tolerante y amistoso… pero en fin eso es harina de otro costal, la cosa es que esta voz, comenzó a dirigirme y bueno como íbamos a pasar tanto tiempo juntos, le puse Godart, he vivido con ella custodiándome el culo trece años, nada más y nada menos y sabes, las sorpresas nunca terminan, llevo un cuarto de siglo vivo y de pronto como el primer día, me entero de que la cosa no termina allí, de repente he alcanzado un nivel superior y bam ahora me toca a mi interrumpir, que estabas haciendo… ah sí cagando… bueno lo mío fue más agradable aunque igual de escatológico… ya llegara tu momento y debes acostumbrarte chico, no hay vuelta atrás…

Te guste o no, en tu familia es igual, tus padres tienen sus guardianes y esos a su vez los suyos y son de una clase distinta o quizás no, a la tuya y mía que si es, definitivamente la misma. Por algo estas a mi cargo, vas entendiendo…

Debemos comprometernos, Nada te prepara para esto, nada sabes previamente y nada puedes decir acerca de ello cuando te ocurre y aun así, todos, al mirarnos, sabemos que sabemos pero no podemos probarle al otro que sabemos.

Mi padre por ejemplo, nunca me contó y nunca me contará sobre su llamado, no puede y yo tampoco puedo compartir la magia, locura o como quieras adjetivizar el evento desde tu perspectiva. La cosa es que… recuerdo y esto es cierto… que en su intuición y sabiduría paternal, me brindo una sonrisa pícara pero ambigua, el día que fui apelado. La idea era demostrar su orgullo, así era mi viejo, chapado a la antigua, yo estaba creciendo y el quiso compartirlo, dejarme ver su aprecio, claro que sin delatarse pues eso implicaría un riesgo al propósito mismo de la armonía en que vivimos…

¿Qué que riesgo?, que bueno que lo preguntes… Mira la situación es la siguiente, esto que nos pasa, se sostiene por el bien del llamado orden social y la seguridad de la cadena vital que todos integramos. Se que esto puede sorprender a mentes inferiores e incivilizadas que han alabado el caos absoluto, el libertinaje o la simple represión, máximas tiranías aplicadas al cuerpo pero no a nosotros Donald, somos gente de Alfa 5 ok… Para nosotros, el proceso de adaptación es básico, la lógica del sistema tiene sus recursos, si por buena fe del apelado o competencia del guardián, no se impide el cuestionamiento y rebeldía ante esta preciosa forma que tenemos de estar delimitados en márgenes seguros a los cuales siempre podremos recurrir… Bueno esos márgenes se estrechan y nos estrangulan… Godart como ya te mencione, no es tan suelto y ameno como yo, él se preocupo de inmediato en poner las cartas sobre la mesa, Me dijo -Mira bastardo onanista, si no cambias esa conducta y te sacas de la cabeza el culo y tetas de esa mamona de último año de preparatoria, te van a empezar a ir mal las cosas en la vida y si te van mal las cosas más de tres veces, te degradan y eso significa que a mi también y con nosotros a una serie de tipos encima, lo cual no es bueno porque una vez que acumulas muchos puntos negros, pedazo de pervertido, pasas a una lista especial de pulverización y aquí son sutiles ok, o te da un ataque cardiaco o te pisa un tren y todos te lloran pero en el fondo y aunque no lo digan, la causa es que la cagaste más de la cuenta y el sistema te hizo un monumental game over y una vez fuera del partido, a mi me sacan y a mi guardián y al de él hasta que llegan a la cabeza de nuestra formación y a él lo bajan de clase y le dan una cadena de perdedores a ver si la salva y así de paso restituye su culo.

- eso fue mas o menos lo que me dijo y así de simple es chiquillo, no puedo decirte que lugar ocupamos en nuestra formación, porque Godart no lo sabe, quizá Godart encabeza la fila, lo dudo, nunca lo sabremos, la única forma de saberlo es que se desarme tu línea por culpa de algún palurdo y en vez de que te pulvericen como al resto solo te degraden, pero dudo que nadie en su sano juicio probaría la cuestión sólo para saber como esta rankeado, me entiendes o ¿no?

Bueno Donald, esos seria prácticamente todo lo que debo decirte, de aquí para adelante así como Godart conmigo, es mi deber encauzar tus actos en función del bien de la comunidad, nuestras existencias están enlazadas, espero que podamos llevarnos bien, en esto no hay posibilidad de cambios, estamos podridamente unidos y en esta ínter-subjetividad muda, todos damos forma a nuestro hogar. Espero que sea uno bueno…

Y recuérdalo, nada de hablar, la pena por hacerlo es la eliminación. Se que parece majadero repetirlo pero es tan serio que nunca esta de más, es parte de la burocracia… y lo acepto porque es mi culo, el de Godart y así, saca tu cuenta, esta incluida la cadena completa y que la cagues no seria una jugada maestra porque pondrías en riesgo tu propia vida, la de los de tu línea y aunque te parezcan extraños inútiles, piensa que puede estar allí tu familia, tu madre, yo que se, y es que a su vez esos extraños están vinculados por sus guardias o apelados a otras líneas y la maraña crece y se pone intrincada y sin querer puedes joderte a todo Alfa 5. No quiero asustarte pero por un simple error, la bola de nieve arrasaría, el mundo como lo conocemos y eso no es buena onda. Pasar a la historia como el que se jodio a Alfa 5, no esta bien hermano…

Y no quiero presumir pero hasta ahora he tenido un actuar modelo, no he recibido amonestaciones espero que las cosas, ya que vamos a trabajar juntos, continúen igual. No quiero que solapadamente por estupideces

me hagan sufrir un descenso dentro de mi clase y que aparezcan molestos traspiés y exceso de barreras circunstanciales a mis empresas, imagino que tu tampoco quieres eso para ti, medítalo con la almohada, continuos equívocos o faltas son causales de accidentes o muerte abrupta por causas naturales, así que pórtate bien, ten buenos pensamientos, cepíllate los dientes, saca buenas notas y resérvate las maldiciones para ti… en otras palabras se como yo, hay mucho que debes actuar… ya veremos eso… ah y otra cosa… deja de mirarle el escote a la señorita Betsy, eres demasiado evidente Donald… Ciao, Cambio y fuera…



Autor: Daniel Rojas P.

W.








Aquí vienen.

Galopando…

Las flores estridentes y

aquellas castas,

resoluciones.

De su rincón, imbécil,

surgen las peores emana-ciones.

Can-ciones.

Condenado Gira-Sol

Van regaló una oreja a

tu memoria…

Yo desnudo mi mágnum 44

Y

Te saludo,

A tu salud…

Una ensalada

Cesar de SESOS.




Autor: Daniel Rojas P.




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Mars Volta




"The WIdow"


He’s got fasting black lungs
Made of clove splintered shards
They’re the kind that will talk
Through a wheezing of coughs
And I hear him every night
In every pore
And every time he just makes me warm
Freeze without an answer
Free from all the shame
Must I hide
'Cause I’ll never never sleep alone
Look at how they flock to him
From an isle of open sores
He knows that the taste is such
Is such to die for
And I hear him every night
On every street
The scales that do slither
Deliver me from....
Freeze without an answer
Free from all the shame
Then I’ll hide cuz i’ll never never sleep alone
Oh lord
Said I’m, Said I’m, Said I’m
Said I’m bloodshot for sure
Pale runs the ghost
Said I'm really swollen on the shore,
Swollen on the shore, everynight
in every pore
The scales that do slither
Deliver me from…
Freeze without an answer
Free from all the shame
Then I’ll hide
'Cause I’ll never never sleep alone
Freeze without an answer
Free from all the shame
Let Me Die
'Cause I’ll never never sleep alone





  • Publicado: Miércoles, 16 Enero 2008 11:55:57 GMT
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Roberto Bolaño "del Gaucho Insufrible"



EL POLICÍA DE LAS RATAS (Cuento completo)



para Robert Amutio
y Chris Andrews







Me llamo José, aunque la gente que me conoce me llama Pepe, y algunos, generalmente los que no me conocen bien o no tienen un trato familiar conmigo, me llaman Pepe el Tira. Pepe es un diminutivo cariñoso, afable, cordial, que no me disminuye ni me agiganta, un apelativo que denota, incluso, cierto respeto afectuoso, si se me permite la expresión, no un respeto distante. Luego viene el otro nombre, el alias, la cola o joroba que arrastro con buen ánimo, sin ofenderme, en cierta medida porque nunca o casi nunca lo utilizan en mi presencia. Pepe el Tira, que es como mezclar arbitrariamente el cariño y el miedo, el deseo y la ofensa en el mismo saco oscuro. ¿De dónde viene la palabra Tira? Viene de tirana, tirano, el que hace cualquier cosa sin tener que responder de sus actos ante nadie, el que goza, en una palabra, de impunidad. ¿Qué es un tira? Un tira es, para mi pueblo, un policía. Y a mí me llaman Pepe el Tira porque soy, precisamente, policía, un oficio como cualquier otro pero que pocos están dispuestos a ejercer. Si cuando entré en la policía hubiera sabido lo que hoy sé, yo tampoco estaría dispuesto a ejercerlo. ¿Qué fue lo que me impulsó a hacerme policía? Muchas veces, sobre todo últimamente, me lo he preguntado, y no hallo una respuesta convincente.

Probablemente fui un joven más estúpido que los demás. Tal vez un desengaño amoroso (pero no consigo recordar haber estado enamorado en aquel tiempo) o tal vez la fatalidad, el saberme distinto de los demás y por lo tanto buscar un oficio solitario, un oficio que me permitiera pasar muchas horas en la soledad más absoluta y que, al mismo tiempo, tuviera cierto sentido práctico y no constituyera una carga para mi pueblo.

Lo cierto es que se necesitaba un policía y yo me presenté y los jefes, tras mirarme, no tardaron ni medio minuto en darme el trabajo. Alguno de ellos, tal vez todos, aunque se cuidaban de andar comentándolo, sabían de antemano que yo era uno de los sobrinos de Josefina la Cantora. Mis hermanos y primos, el resto de los sobrinos, no sobresalían en nada y eran felices. Yo también, a mi manera, era feliz, pero en mí se notaba el parentesco de sangre con Josefina, no en balde llevo su nombre. Tal vez eso influyó en la decisión de los jefes de darme el trabajo. Tal vez no y yo fui el único que se presentó el primer día. Tal vez ellos esperaban que no se presentara nadie más y temieron que, si me daban largas, fuera a cambiar de parecer. La verdad es que no sé qué pensar. Lo único cierto es que me hice policía y a partir del primer día me dediqué a vagar por las alcantarillas, a veces por las principales, por aquellas donde corre el agua, otras veces por las secundarias, donde están los túneles que mi pueblo cava sin cesar, túneles que sirven para acceder a otras fuentes alimenticias o que sirven únicamente para escapar o para comunicar laberintos que, vistos superficialmente, carecen de sentido, pero que sin duda tienen un sentido, forman parte del entramado en el que mi pueblo se mueve y sobrevive.

A veces, en parte porque era mi trabajo y en parte porque me aburría, dejaba las alcantarillas principales y secundarias y me internaba en las alcantarillas muertas, una zona en la que sólo se movían nuestros exploradores o nuestros hombres de empresa, la mayor parte de las veces solos aunque en ocasiones lo hacían acompañados por sus familias, por sus obedientes retoños. Allí, por regla general, no había nada, sólo ruidos atemorizadores, pero a veces, mientras recorría con cautela esos sitios inhóspitos, solía encontrar el cadáver de un explorador o el cadáver de un empresario o los cadáveres de sus hijitos. Al principio, cuando aún no tenía experiencia, estos hallazgos me sobresaltaban, me alteraban hasta un punto en el que yo dejaba de parecerme a mí mismo. Lo que hacía entonces era recoger a la víctima, sacarla de los túneles muertos y llevarla hasta el puesto avanzado de la policía en donde nunca había nadie. Allí procedía a determinar por mis propios medios y tan buenamente como podía la causa de la muerte. Luego iba a buscar al forense y éste, si estaba de humor, se vestía o se cambiaba de ropa, cogía su maletín y me acompañaba hasta el puesto. Ya allí, lo dejaba solo con el cadáver o los cadáveres y volvía a salir. Por norma, después de encontrar un cadáver, los policías de mi pueblo no vuelven al lugar del crimen sino que procuran, vanamente, mezclarse con nuestros semejantes, participar en los trabajos, tomar parte en las conversaciones, pero yo era distinto, a mí no me disgustaba volver a inspeccionar el lugar del crimen, buscar detalles que me hubieran pasado desapercibidos, reproducir los pasos que seguían las pobres víctimas o husmear y profundizar, con mucho cuidado, eso sí, en la dirección de la que huían.

Al cabo de unas horas volvía al puesto avanzado y me encontraba, pegada en la pared, la nota del forense. Las causas del deceso: degollamiento, muerte por desangramiento, desgarros en las patas, cuellos rotos, mis congéneres nunca se entregaban sin luchar, sin debatirse hasta el último aliento. El asesino solía ser algún carnívoro perdido en las alcantarillas, una serpiente, a veces hasta un caimán ciego. Perseguirlos era inútil: probablemente iban a morir de inanición al cabo de poco tiempo.

Cuando me tomaba un descanso buscaba la compañía de otros policías. Conocí a uno, muy viejo y enflaquecido por la edad y por el trabajo, que a su vez había conocido a mi tía y que le gustaba hablar de ella. Nadie entendía a Josefina, decía, pero todos la querían o fingían quererla y ella era feliz así o fingía serlo. Esas palabras, como muchas otras que pronunciaba el viejo policía, me sonaban a chino. Nunca he entendido la música, un arte que nosotros no practicamos o que practicamos muy de vez en cuando. En realidad, no practicamos y por lo tanto no entendemos casi ningún arte. A veces surge una rata que pinta, pongamos por caso, o una rata que escribe poemas y le da por recitarlos. Por regla general no nos burlamos de ellos. Más bien al contrario, los compadecemos, pues sabemos que sus vidas están abocadas a la soledad. ¿Por qué a la soledad? Pues porque en nuestro pueblo el arte y la contemplación de la obra de arte es un ejercicio que no podemos practicar, por lo que las excepciones, los diferentes, escasean, y si, por ejemplo, surge un poeta o un vulgar declamador, lo más probable es que el próximo poeta o declamador no nazca hasta la generación siguiente, por lo que el poeta se ve privado acaso del único que podría apreciar su esfuerzo. Esto no quiere decir que nuestra gente no se detenga en su ajetreo cotidiano y lo escuche e incluso lo aplauda o eleve una moción para que al declamador se le permita vivir sin trabajar. Al contrario, hacemos todo lo que está en nuestras manos, que no es mucho, para procurarle al diferente un simulacro de comprensión y de afecto, pues sabemos que es, básicamente, un ser necesitado de afecto. Aunque a la larga, como un castillo de naipes, todos los simulacros se derrumban. Vivimos en colectividad y la colectividad sólo necesita el trabajo diario, la ocupación constante de cada uno de sus miembros en un fin que escapa a los afanes individuales y que, sin embargo, es lo único que garantiza nuestro existir en tanto que individuos. De todos los artistas que hemos tenido o al menos de aquellos que aún permanecen como esqueléticos signos de interrogación en nuestra memoria, la más grande, sin duda, fue mi tía Josefina. Grande en la medida en que lo que nos exigía era mucho, grande, inconmensurable en la medida en que la gente de mi pueblo accedió o fingió que accedía a sus caprichos.

El policía viejo gustaba hablar de ella, pero sus recuerdos, no tardé en darme cuenta, eran ligeros como papel de fumar. A veces decía que Josefina era gorda y tiránica, una persona cuyo trato requería extrema paciencia o extremo sentido del sacrificio, dos virtudes que confluyen en más de un punto y que no escasean entre nosotros. Otras veces, en cambio, decía que Josefina era una sombra a la que él, entonces un adolescente recién ingresado en la policía, sólo había visto fugazmente. Una sombra temblorosa, seguida de unos chillidos extraños que constituían, por aquella época, todo su repertorio y que conseguían poner no diré fuera de sí, pero sí en un grado de tristeza extrema a ciertos espectadores de primera fila, ratas y ratones de quienes ya no tenemos memoria y que fueron acaso los únicos que entrevieron algo en el arte musical de mi tía. ¿Qué? Probablemente ni ellos lo sabían. Algo, cualquier cosa, un lago de vacío. Algo que tal vez se parecía al deseo de comer o a la necesidad de follar o a las ganas de dormir que a veces nos acometen, pues quien no para de trabajar necesita dormir de vez en cuando, sobre todo en invierno, cuando las temperaturas caen como dicen que caen las hojas de los árboles en el mundo exterior y nuestros cuerpos ateridos nos piden un rincón tibio junto a nuestros congéneres, un agujero recalentado por nuestras pieles, unos movimientos familiares, los ruidos ni viles ni nobles de nuestra cotidianidad nocturna o de aquello que el sentido práctico nos lleva a denominar nocturno.

El sueño y el calor es uno de los principales inconvenientes de ser policía. Los policías solemos dormir solos, en agujeros improvisados, a veces en territorio no conocido. Por supuesto, cada vez que podemos procuramos saltarnos esta costumbre. A veces nos acurrucamos en nuestros propios agujeros, policías sobre policías, todos en silencio, todos con los ojos cerrados y con las orejas y las narices alerta. No suele ocurrir muy a menudo, pero a veces ocurre. En otras ocasiones nos metemos en los dormitorios de aquellos que por una causa o por otra viven en los bordes del perímetro. Ellos, como no podía ser de otra manera, nos aceptan con naturalidad. A veces decimos buenas noches, antes de caer agotados en el tibio sueño reparador. Otras veces sólo gruñimos nuestro nombre, pues la gente sabe quiénes somos y nada teme de nuestra parte. Nos reciben bien. No hacen aspavientos ni dan muestras de alegría, pero no nos echan de sus madrigueras. A veces alguien, con la voz aún congelada en el sueño, dice Pepe el Tira, y yo respondo sí, sí, buenas noches. Al cabo de pocas horas, sin embargo, cuando aún la gente duerme, me levanto y vuelvo a mi trabajo, pues las labores de un policía no terminan jamás y nuestros horarios de sueño se deben amoldar a nuestra actividad incesante. Recorrer las alcantarillas, por lo demás, es un trabajo que requiere el máximo de concentración. Generalmente no vemos a nadie, no nos cruzamos con nadie, podemos seguir las rutas principales y las rutas secundarias e internarnos por los túneles que nuestra propia gente ha construido y que ahora están abandonados y durante todo el trayecto no topamos con ningún ser vivo.

Sombras sí que percibimos, ruidos, objetos que caen al agua, chillidos lejanos. Al principio, cuando uno es joven, estos ruidos mantienen al policía en un sobresalto permanente. Con el paso del tiempo, sin embargo, uno se acostumbra a ellos y aunque procuramos mantenernos alerta, perdemos el miedo o lo incorporamos a la rutina de cada día, que viene a ser lo mismo que perderlo. Hay incluso policías que duermen en las alcantarillas muertas. Yo nunca he conocido a ninguno, pero los viejos suelen contar historias en la que un policía, un policía de otros tiempos, ciertamente, si tenía sueño, se echaba a dormir en una alcantarilla muerta. ¿Cuánto hay de verdad y cuánto de broma en estas historias? Lo ignoro. Hoy por hoy ningún policía se atreve a dormir allí. Las alcantarillas muertas son lugares que por una causa o por otra han sido olvidados. Los que cavan túneles, cuando dan con una alcantarilla muerta, ciegan el túnel. El agua residual, allí, diríase que fluye gota a gota, por lo que la podredumbre es casi insoportable. Se puede afirmar que nuestro pueblo sólo utiliza las alcantarillas muertas para huir de una zona a otra. La manera más rápida de acceder a ellas es nadando, pero nadar en las proximidades de un lugar así entraña más peligros de los que normalmente aceptamos.

Fue en una alcantarilla muerta donde dio comienzo mi investigación Un grupo de los nuestros, una avanzadilla que con el paso del tiempo había procreado y se había establecido un poco más allá del perímetro, fue en mi busca y me informó de que la hija de una de las ratas veteranas había desaparecido. Mientras la mitad del grupo trabajaba, la otra mitad se dedicaba a buscar a esta joven, que se llamaba Elisa y que, según sus familiares y amigos, era hermosísima y fuerte, además de poseer una inteligencia despierta Yo no sabía con exactitud en qué consistía una inteligencia despierta Vagamente la asociaba con la alegría, pero no con la curiosidad Aquel día estaba cansado y tras examinar la zona en compañía de uno de sus parientes, supuse que la pobre Elisa había sido victima de algún depredador que merodeaba en los alrededores de la nueva colonia. Busqué rastros del depredador. Lo único que encontré fueron viejas huellas que indicaban que por allí, antes de que llegara nuestra avanzadilla, habían pasado otros seres.

Finalmente descubrí un rastro de sangre fresca. Le dije al familiar de Elisa que volviera a la madriguera y a partir de entonces seguí solo. El rastro de sangre tenía una peculiaridad que lo hacía curioso: pese a terminar junto a uno de los canales reaparecía unos metros mas allá (en ocasiones muchos metros mas allá), pero no en el otro lado del canal, como hubiera sido lo natural, sino en el mismo lado por el que se había sumergido. ¿Si no pretendía cruzar el canal, por qué se sumergió tantas veces? El rastro, por otra parte, era mínimo, por lo que las medidas de protección del depredador, quienquiera que éste fuese, parecían en primera instancia exageradas. Al cabo de poco rato llegué a una alcantarilla muerta.

Me introduje en el agua y nadé hacia el dique que la basura y la corrupción había formado con el paso del tiempo. Cuando llegué subí por una playa de inmundicias. Más allá, por encima del nivel del agua, vi los grandes barrotes que coronaban la parte superior de la entrada a la alcantarilla. Por un instante temí encontrar al depredador agazapado en algún rincón, dándose un festín con el cuerpo de la desgraciada Elisa. Pero nada se oía y seguí avanzando.

Unos minutos más tarde, descubrí el cuerpo de la joven abandonado en uno de los pocos lugares relativamente secos de la alcantarilla, junto a cartones y latas de comida.

El cuello de Elisa estaba desgarrado. Por lo demás, no pude distinguir ninguna otra herida. En una de las latas descubrí los restos de una rata bebé. Lo examiné, debía de llevar muerto por lo menos un mes. Busqué en los alrededores y no encontré ni el más mínimo rastro del depredador. El esqueleto del bebé estaba completo. La única herida que exhibía la desafortunada Elisa era la que le habían propinado para matarla. Comencé a pensar que tal vez no hubiera sido un depredador. Luego cargué a la joven a mis espaldas y con la boca mantuve al bebé en alto, procurando que mis afilados dientes no dañaran su piel. Dejé atrás la alcantarilla muerta y volví a la madriguera de la avanzadilla. La madre de Elisa era grande y fuerte, uno de esos ejemplares de nuestro pueblo que pueden enfrentarse a un gato, y sin embargo al ver el cuerpo de su hija prorrumpió en largos sollozos que hicieron ruborizar al resto de sus compañeros. Mostré el cuerpo del bebé y les pregunté si sabían algo de él. Nadie sabía nada, ningún niño se había perdido. Dije que debía llevar ambos cuerpos a la comisaría. Pedí ayuda. La madre de Elisa cargó a su hija. Al bebé lo cargué yo. Al marcharnos la avanzadilla volvió al trabajo, hacer túneles, buscar comida.

Esta vez fui a buscar al forense y no lo dejé solo hasta que terminó de examinar los dos cadáveres. Junto a nosotros, dormida, la madre de Elisa se embarcaba de tanto en tanto en sueños que le arrancaban palabras incomprensibles e inconexas. Al cabo de tres horas el forense ya tenía decidido lo que iba a decirme, lo que yo temía sospechar. El bebé había muerto de hambre. Elisa había muerto por la herida en el cuello. Le pregunté si esa herida se la pudo haber causado una serpiente. No lo creo, dijo el forense, a menos que se trate de un ejemplar nuevo. Le pregunté si esa herida se la pudo causar un caimán ciego. Imposible, dijo el forense. Tal vez una comadreja, dijo. Últimamente en las alcantarillas se suelen encontrar comadrejas. Muertas de miedo, dije yo. Es verdad, dijo el forense. La mayoría mueren por inanición. Se pierden, se ahogan, se las comen los caimanes. Olvidémonos de las comadrejas, dijo el forense. Le pregunté entonces si Elisa había luchado contra su asesino. El forense se quedó largo rato mirando el cadáver de la joven. No, dijo. Es lo que yo pensaba, dije. Mientras hablábamos llegó otro policía. Su ronda, al contrario que la mía, había sido plácida. Despertamos a la madre de Elisa. El forense se despidió de nosotros. ¿Todo ha terminado?, dijo la madre. Todo ha terminado, dije yo. La madre nos dio las gracias y se fue. Yo le pedí a mi compañero que me ayudara a deshacerme del cadáver de Elisa.

Entre los dos lo llevamos a un canal donde la corriente era rápida y lo arrojamos allí. ¿Por qué no tiras el cuerpo del bebé?, dijo mi compañero. No lo sé, dije, quiero estudiarlo, tal vez algo se nos ha pasado por alto. Luego él volvió a su zona y yo volví a la mía. A cada rata que me cruzaba le hacía la misma pregunta: ¿Sabes si alguien perdió a su bebé? Las respuestas eran variadas, pero por regla general nuestro pueblo cuida de sus pequeños y lo que la gente decía, en el fondo, lo decía de oídas. Mi ronda me llevó otra vez al perímetro, todos estaban trabajando en un túnel, incluida la madre de Elisa, cuyo cuerpo grueso y seboso apenas cabía por la hendidura, pero cuyos dientes y garras eran, todavía, las mejores para excavar.

Decidí entonces regresar a la alcantarilla muerta y tratar de ver qué era lo que se me había pasado por alto. Busqué huellas y no encontré nada. Señales de violencia. Signos de vida. El bebé, resultaba evidente, no había llegado por sus propios pies a la alcantarilla. Busqué restos de comida, marcas de mierda seca, una madriguera, todo inútil.

De pronto escuché un débil chapaleo. Me escondí. Al cabo de poco vi aparecer en la superficie del agua una serpiente blanca. Era gorda y debía de medir un metro. La vi sumergirse un par de veces y reaparecer. Luego, con mucha prudencia, salió del agua y reptó por la orilla produciendo un siseo semejante al de una cañería de gas. Para nuestro pueblo, ella era gas. Se acercó a donde yo me ocultaba. Desde su posición era imposible un ataque directo, algo que en principio me favorecía, lo que me daba tiempo para escapar (pero una vez en el agua yo sería presa fácil) o para clavar mis dientes en su cuello. Sólo cuando la serpiente se alejó sin haber dado muestras de haberme visto, comprendí que era una serpiente ciega, una descendiente de aquellas serpientes que los seres humanos, cuando se cansan de ellas, arrojan en sus wateres. Por un instante la compadecí. En realidad lo que hacía era celebrar mi buena suerte de forma indirecta. Imaginé a sus padres o a sus tatarabuelos descendiendo por el infinito entramado de cañerías de desagüe, los imaginé atontados en la oscuridad de las alcantarillas, sin saber qué hacer, dispuestos a morir o a sufrir, y también imaginé a unos cuantos que sobrevivieron, los imaginé adaptándose a una dieta infernal, los imaginé ejerciendo su poder, los imaginé durmiendo y muriendo en los inacabables días de invierno.

El miedo, por lo visto, despierta la imaginación. Cuando la serpiente se marchó volví a recorrer de arriba abajo la alcantarilla muerta. No encontré nada que se saliera de lo normal.

Al día siguiente volví a hablar con el forense. Le pedí que le echara otra mirada al cadáver del bebé. Al principio me miró como si me hubiera vuelto loco. ¿No te has deshecho de él?, me preguntó. No, dije, quiero que lo revises una vez más. Finalmente me prometió que lo haría, siempre y cuando aquel día no tuviera demasiado trabajo. Durante mi ronda, y a la espera del informe final del forense, me dediqué a buscar una familia que hubiera perdido a su bebé en el lapso de un mes. Lamentablemente las ocupaciones de nuestro pueblo, sobre todo de aquellos que viven en los límites del perímetro, los obligan a moverse constantemente, y se podía dar el caso de que la madre de aquel bebé muerto ahora estuviera afanada construyendo túneles o buscando comida a varios kilómetros de allí. Como era predecible, de mis pesquisas no pude extraer ninguna pista favorable.

Cuando volví a la comisaría encontré una nota del forense y una de mi inmediato superior. Este me preguntaba por qué no me había deshecho aún del cadáver del bebé. La del forense reafirmaba su primera conclusión: el cadáver no presentaba heridas, la muerte había sido debida al hambre y posiblemente también al frío. Los cachorros resisten mal ciertas inclemencias ambientales. Durante mucho rato estuve meditando. El bebé, como todos los bebés en una situación semejante, había chillado hasta desgañifarse. ¿Cómo fue posible que no atrajeran sus gritos a un depredador? El asesino lo había secuestrado y luego se había internado con él por pasillos poco frecuentados, hasta llegar a la alcantarilla muerta. Ya allí, había dejado al bebé tranquilo y había esperado que muriera, por llamarle de algún modo, de muerte natural. ¿Era factible que la misma persona que secuestró al bebé hubiera, posteriormente, asesinado a Elisa? Sí, era lo más factible.

Entonces se me ocurrió una pregunta que no le había hecho al forense, así que me levanté y fui a buscarlo. Por el camino me crucé con multitud de ratas confiadas, juguetonas, reconcentradas en sus propios problemas, que avanzaban rápidamente en una u otra dirección. Algunas me saludaron afablemente. Alguien dijo: Mira, ahí va Pepe el Tira. Yo sólo sentía el sudor que había comenzado a empaparme todo el pelaje, como si acabara de salir de las aguas estancadas de una alcantarilla muerta.

Encontré al forense durmiendo con cinco o seis ratas más, todos, a juzgar por su cansancio, médicos o estudiantes de medicina. Cuando conseguí despertarlo me miró como si no me reconociera. ¿Cuántos días tardó en morir?, le pregunté. ¿José?, dijo el forense. ¿Qué quieres? ¿Cuántos días tarda un bebé en morir de hambre? Salimos de la madriguera. En mala hora me hice patólogo, dijo el forense. Luego se puso a pensar. Depende de la constitución física del bebé. A veces con dos días es más que suficiente, pero un bebé grueso y bien alimentado puede pasarse cinco días o más. ¿Y sin beber?, dije. Un poco menos, dijo el forense. Y añadió: No sé adonde quieres llegar. ¿Murió de hambre o de sed?, dije yo. De hambre. ¿Estás seguro?, dije yo. Todo lo seguro que se puede estar en un caso como éste, dijo el forense.

Cuando volví a la comisaría me puse a pensar: el bebé había sido secuestrado hacía un mes y probablemente tardó tres o cuatro días en morir. Durante esos días debió de chillar sin parar. No obstante, ningún depredador se había sentido atraído por los ruidos. Regresé una vez más a la alcantarilla muerta. Esta vez sabía lo que estaba buscando y no tardé mucho en encontrarlo: una mordaza. Durante todo el tiempo que duró su agonía el bebé había estado amordazado. Pero en realidad no durante todo el tiempo. De vez en cuando el asesino le quitaba la mordaza y le daba agua o bien, sin quitarle la mordaza, untaba el trapo con agua. Cogí lo que quedaba de la mordaza y salí de la alcantarilla muerta.

En la comisaría me esperaba el forense. ¿Qué has encontrado ahora, Pepe?, dijo al verme. La mordaza, dije mientras le alcanzaba el trapo sucio. Durante unos segundos, sin tocarla, el forense la examinó. ¿El cadáver del bebé sigue aquí?, me preguntó. Asentí. Deshazte de él, dijo, la gente empieza a comentar tu conducta. ¿Comentar o cuestionar?, dije. Es lo mismo, dijo el forense antes de despedirse. Me descubrí sin ánimos de trabajar, pero me rehice y salí. La ronda, aparte de los accidentes usuales que suelen perseguir con fidelidad y saña cualquier movimiento de nuestro pueblo, no se distinguió de otras rondas marcadas por la rutina. Al volver a la comisaría, después de horas de trabajo extenuante, me deshice del cadáver del bebé. Durante días no sucedió nada relevante. Hubo víctimas de los depredadores, accidentes, viejos túneles que se derrumbaban, un veneno que mató a unos cuantos de los nuestros hasta que hallamos la manera de neutralizarlo. Nuestra historia es la multiplicidad de formas con que eludimos las trampas infinitas que se alzan a nuestro paso. Rutina y tesón. Recuperación de cadáveres y registro de incidentes. Días idénticos y tranquilos. Hasta que encontré el cuerpo de dos jóvenes ratas, una hembra y el otro macho.

La información la obtuve mientras recorría los túneles. Sus padres no estaban preocupados, probablemente, pensaban, habían decidido vivir juntos y cambiar de madriguera. Pero cuando ya me iba, sin darle demasiada importancia a la doble desaparición, un amigo de ambos me dijo que ni el joven Eustaquio ni la joven Marisa habían manifestado jamás una intención semejante. Eran amigos, simplemente, buenos amigos, sobre todo si se tenía en cuenta la peculiaridad de Eustaquio. Pregunté qué clase de peculiaridad era ésa. Componía y declamaba versos, dijo el amigo, lo que lo hacía manifiestamente inhábil para el trabajo. ¿Y Marisa qué?, dije. Ella no, dijo el amigo. No qué, dije yo. No tenía ninguna peculiaridad de ese tipo. A otro policía cualquiera esta información le habría parecido carente de interés. A mí me despertó el instinto. Pregunté si en los alrededores de la madriguera había una alcantarilla muerta. Me dijeron que la más próxima estaba a unos dos kilómetros de allí, en un nivel inferior. Encaminé mis pasos en esa dirección. En el trayecto me encontré a un viejo seguido de un grupo de cachorros. El viejo les hablaba sobre los peligros de las comadrejas. Nos saludamos. El viejo era un maestro y estaba de excursión. Los cachorros aún no eran aptos para el trabajo, pero pronto lo serían. Les pregunté si habían visto algo raro durante el paseo. Todo es raro, me gritó el viejo mientras nos alejábamos en distintas direcciones, lo raro es lo normal, la fiebre es la salud, el veneno es la comida. Luego se puso a reír afablemente y su risa me siguió incluso cuando me metí por otro conducto.

Al cabo de un rato llegué a la alcantarilla muerta. Todas las alcantarillas de aguas estancas se parecen, pero yo sé distinguir con poco margen de error si alguna vez he estado allí o si, por el contrario, es la primera vez que me introduzco en una de ellas. Aquélla no la conocía. Durante un rato la examiné, por si encontraba el modo de entrar sin necesidad de mojarme. Luego me eché al agua y me deslicé hacia la alcantarilla. Mientras nadaba creí ver unas ondas que surgían de una isla de desperdicios. Temí, como era lógico, la aparición de una serpiente, y me aproximé a toda velocidad a la isla. El suelo era blando y al caminar uno se enterraba en un limo blancuzco hasta las rodillas. El olor era el de todas las alcantarillas muertas: no a descomposición sino a la esencia, al núcleo de la descomposición. Poco a poco me fui desplazando de isla en isla. A veces tenía la impresión de que algo me jalaba los pies, pero sólo era basura. En la última isla descubrí los cadáveres. El joven Eustaquio exhibía una única herida que le había desgarrado el cuello. La joven Marisa, por el contrario, se notaba que había luchado. Su piel estaba llena de dentelladas. En los dientes y en las garras descubrí sangre, por lo que era fácilmente deducible que el asesino estaba herido. Como pude, saqué los cadáveres, primero uno y luego el otro, fuera de la alcantarilla muerta. Y así intenté llevarlos hasta el primer núcleo de población: primero cargaba a uno y lo dejaba cincuenta metros más allá y luego regresaba, cargaba al otro y lo depositaba junto al primero. En uno de esos relevos, cuando regresaba a buscar el cuerpo de la joven Marisa, vi a una serpiente blanca que había salido del canal y se aproximaba a ella. Me quedé quieto. La serpiente dio un par de vueltas alrededor del cadáver y luego lo trituró. Cuando procedió a engullirlo me di media vuelta y eché a correr hasta donde había dejado el cadáver de Eustaquio. De buena gana me hubiera puesto a gritar. Sin embargo ni un solo gemido salió de mi boca.

A partir de ese día mis rondas se hicieron exhaustivas. Ya no me conformaba con la rutina del policía que vigilaba el perímetro y resolvía asuntos que cualquiera, con un poco de sentido común, podía resolver. Cada día visitaba las madrigueras más alejadas. Hablaba con la gente de las cosas más intrascendentes. Conocí una colonia de ratas-topo que vivían entre nosotros ejerciendo los oficios más humildes. Conocí a un viejo ratón blanco, un ratón blanco que ya ni siquiera recordaba su edad y que en su juventud había sido inoculado con una enfermedad contagiosa, él y muchos como él, ratones blancos prisioneros, que luego fueron introducidos en el alcantarillado con l a esperanza de matarnos a todos. Muchos murieron, decía el ratón blanco, que apenas podía moverse, pero las ratas negras y los ratones blancos nos cruzamos, follamos como locos (como sólo se folla cuando la muerte anda cerca) y finalmente no sólo se inmunizaron las ratas negras sino que surgió una nueva especie, las ratas marrones, resistentes a cualquier contagio, a cualquier virus extraño.

Me gustaba ese viejo ratón blanco que había nacido, según él, en un laboratorio de la superficie. Allí la luz es cegadora, decía, tanto que los moradores del exterior ni siquiera la aprecian. ¿Tú conoces las bocas de las alcantarillas, Pepe? Sí, alguna vez he estado allí, le respondía. ¿Has visto, entonces, el río al que dan todas las alcantarillas, has visto los juncos, la arena casi blanca? Sí, siempre de noche, le respondía. ¿Entonces has visto la luna rielando sobre el río? No me fijé mucho en la luna. ¿Qué fue lo que te llamó la atención, entonces, Pepe? Los ladridos de los perros. Las jaurías que viven en las orillas del río. Y también la luna, reconocí, aunque no pude disfrutar mucho de su visión. La luna es exquisita, decía el ratón blanco, si alguna vez alguien me preguntara dónde me gustaría vivir, contestaría sin dudar que en la luna.

Como un habitante de la luna yo recorría las alcantarillas y conductos subterráneos. Al cabo de un tiempo encontré a otra víctima. Como las anteriores, el asesino había depositado su cuerpo en una alcantarilla muerta. La cargué y me la llevé a la comisaría. Esa noche volví a hablar con el forense. Le hice notar que el desgarro en el cuello era similar al de las otras víctimas. Puede ser una casualidad, dijo. Tampoco se las come, dije. El forense examinó el cadáver. Examina la herida, dije, dime qué clase de dentadura produce ese desgarrón. Cualquiera, cualquiera, dijo el forense. No, cualquiera no, dije yo, examínala con cuidado. ¿Qué quieres que te diga?, me preguntó el forense. La verdad, dije yo. ¿Y cuál es, según tú, la verdad? Yo creo que estas heridas las produjo una rata, dije yo. Pero las ratas no matan a las ratas, dijo el forense mirando otra vez el cadáver. Esta sí, dije yo. Luego me fui a trabajar y cuando volví a la comisaría encontré al forense y al comisario jefe que me esperaban. El comisario no se anduvo por las ramas. Me preguntó de dónde había sacado la peregrina idea de que había sido una rata la autora de los crímenes. Quiso saber si había comentado mis sospechas con alguien más. Me advirtió que no lo hiciera. Deje de fantasear, Pepe, dijo, y dedíquese a cumplir con su trabajo. Ya bastante complicada es la vida real para encima añadir elementos irreales que sólo pueden terminar dislocándola. Yo estaba muerto de sueño y pregunté qué quería decir con la palabra dislocar. Quiero decir, dijo el comisario mirando al forense como si buscara su aprobación, y dándole a sus palabras una entonación profunda y dulce, que la vida, sobre todo si es breve, como desgraciadamente es nuestra vida, debe tender hacia el orden, no hacia el desorden, y menos aún hacia un desorden imaginario. El forense me miró con gravedad y asintió. Yo también asentí.

Pero seguí alerta. Durante unos días el asesino pareció esfumarse. Cada vez que me desplazaba al perímetro y encontraba colonias desconocidas solía preguntar por la primera víctima, el bebé que había muerto de hambre. Finalmente una vieja rata exploradora me habló de una madre que había perdido a su bebé. Pensaron que había caído al canal o que se lo había llevado un depredador, dijo. Por lo demás, se trataba de un grupo en el que los adultos eran pocos y las crías numerosas y no buscaron mucho al bebé. Poco después se fueron a la parte norte de las alcantarillas, cerca de un gran pozo, y la rata exploradora los perdió de vista. Me dediqué, en los ratos libres, a buscar a este grupo. Por supuesto, ahora las crías estarían crecidas y la colonia sería más grande y puede que la desaparición del bebé hubiera caído en el olvido. Pero si tenía suerte y hallaba a la madre del bebé, ésta aún podría explicarme algunas cosas. El asesino, mientras tanto, se movía. Una noche encontré en la morgue un cadáver cuyas heridas, el desgarrón casi limpio en la garganta, eran idénticas a las que solía infligir el asesino. Hablé con el policía que había hallado el cadáver. Le pregunté si creía que había sido un depredador. ¿Quién más podría ser?, me respondió. ¿O acaso tú crees, Pepe, que ha sido un accidente? Un accidente, pensé. Un accidente permanente. Le pregunté dónde encontró el cadáver. En una alcantarilla muerta de la parte sur, respondió. Le recomendé que vigilara bien las alcantarillas muertas de esa zona. ¿Por qué?, quiso saber. Porque uno nunca sabe lo que puede encontrar en ellas. Me miró como si estuviera loco. Estás cansado, me dijo, vámonos a dormir. Nos metimos juntos en la habitación de la comisaría. El aire era tibio. Junto a nosotros roncaba otra rata policía. Buenas noches, me dijo mi compañero. Buenas noches, dije yo, pero no pude dormir. Me puse a pensar en la movilidad del asesino, que unas veces actuaba en la parte norte y otras en la parte sur. Tras dar varias vueltas me levanté.

Con pasos vacilantes me dirigí hacia el norte. En mi camino me crucé con algunas ratas que se desplazaban a trabajar en la penumbra de los túneles, confiadas y decididas. Oí que unos jovenzuelos decían Pepe el Tira, Pepe el Tira y luego se reían, como si mi apodo fuera lo más divertido del mundo. O tal vez sus risas obedecían a otra causa. En cualquier caso yo ni siquiera me detuve.

Los túneles, poco a poco, se fueron quedando vacíos. Ya sólo de vez en cuando me cruzaba con un par de ratas o las oía a lo lejos, afanadas en otros túneles, o vislumbraba sus sombras dando vueltas alrededor de algo que podía ser comida o podía ser veneno. Al cabo de un rato los ruidos cesaron y sólo podía oír el sonido de mi corazón y el interminable goteo que nunca cesa en nuestro mundo. Cuando encontré el gran pozo una vaharada de muerte me hizo extremar aún más mis precauciones. Yacía allí lo que quedaba de dos perros de regular tamaño, tiesos, con las patas levantadas, semicomidos por los gusanos.

Más allá, beneficiarios también de los restos perrunos, encontré a la colonia de ratas que andaba buscando. Vivían en los límites de la alcantarilla, con todos los peligros que esto conlleva, pero también con el beneficio de la comida, la cual nunca escaseaba en los lindes. Los encontré reunidos en una pequeña plaza. Eran grandes y gordos y sus pieles eran lustrosas. Tenían la expresión grave de aquellos que viven en el peligro constante. Cuando les dije que era policía sus miradas se hicieron desconfiadas. Cuando les dije que estaba buscando a una rata que había perdido a su bebé, nadie respondió pero por sus gestos me di cuenta de inmediato de que la búsqueda, al menos en este aspecto, había terminado. Describí entonces al bebé, su edad, la alcantarilla muerta donde lo había encontrado, la forma en que había muerto. Una de las ratas dijo que era su hijo. ¿Qué buscas?, dijeron las otras.

Justicia, dije. Busco al asesino.

La más vieja, con la piel llena de costurones y respirando como un fuelle, me preguntó si creía que el asesino era uno de ellos. Puede serlo, dije. ¿Una rata?, dijo la rata vieja. Puede serlo, dije. La madre dijo que su bebé solía salir solo. Pero no pudo llegar solo a la alcantarilla muerta, le respondí. Tal vez se lo llevó un depredador, dijo una rata joven. Si se lo hubiera llevado un depredador se lo habría comido. Al bebé lo mataron por placer, no por hambre.

Todas las ratas, tal como esperaba, negaron con la cabeza. Eso es impensable, dijeron. No existe nadie en nuestro pueblo que esté tan loco como para hacer eso. Escarmentado aún por las palabras del comisario de la policía, preferí no llevarles la contraria. Empujé a la madre a un sitio apartado y procuré consolarla, aunque la verdad es que el dolor de la pérdida, después de tres meses, que era el tiempo que había pasado, se había atenuado considerablemente. La misma rata me contó que tenía otros hijos, algunos mayores, a quienes le costaba reconocer como tales cuando los veía, y otros menores que aquel que había muerto, los cuales ya trabajaban y se buscaban, no sin éxito, la comida ellos solos. Intenté, sin embargo, que recordara el día que había desaparecido el bebé. Al principio la rata se hizo un lío. Confundía fechas e incluso confundía bebés. Alarmado, le pregunté si había perdido a más de uno y me tranquilizó diciendo que no, que los bebés, normalmente, se pierden, pero sólo por unas horas, y que, luego, o bien regresan solos a la madriguera o bien una rata del mismo grupo los suele encontrar, atraída por sus berridos. Tu hijo también lloró, le dije un poco molesto por su jeta autosatisfecha, pero el asesino lo mantuvo amordazado casi todo el tiempo.

No pareció conmoverse, así que volví al día de su desaparición. No vivíamos aquí, dijo, sino en un conducto del interior. Cerca de nosotros vivía un grupo de exploradores que fueron los primeros en instalarse en la zona y luego llegó otro grupo, más numeroso, y entonces decidimos marcharnos porque aparte de dar vueltas por los túneles poco más es lo que se podía hacer. Los niños, no obstante, estaban bien alimentados, le hice notar. Comida no faltaba, dijo la rata, pero la teníamos que ir a buscar en el exterior. Los exploradores habían abierto túneles que llevaban directamente hacia las zonas superiores, y no había entonces veneno ni trampa que pudiera detenernos. Todos los grupos subíamos al menos dos veces al día a la superficie y había ratas que se pasaban días enteros allí, vagando entre los viejos edificios semirruinosos, desplazándose por el interior hueco de las paredes, y hubo algunas que nunca más volvieron.

Le pregunté si estaban en el exterior el día que desapareció su bebé. Trabajábamos en los túneles, algunos dormían y otros, probablemente, estaban en el exterior, respondió. Le pregunté si no había notado nada raro en alguno de su grupo. ¿Raro? Una forma de comportarse, actitudes que se salen de lo corriente, ausencias prolongadas y sin justificación. Dijo que no, que, como bien yo debía saber, en nuestro pueblo las ratas se comportan de una manera y otras veces de otra, dependiendo de la situación, a la que procuramos adaptarnos con celeridad y a la mayor perfección posible. Poco después de la desaparición del bebé, por otra parte, el grupo se puso en marcha buscando una zona menos peligrosa. Nada más iba a sacarle a aquella rata trabajadora y simple. Me despedí del grupo y abandoné el conducto donde estaba su madriguera.

Pero aquel día no volví a la comisaría. A medio camino, cuando estuve seguro de no ser seguido por nadie, retorné a los alrededores de la madriguera y busqué una alcantarilla muerta. Al cabo de un tiempo la encontré. Era pequeña y la pestilencia aún no sobrepasaba ciertos límites. La examiné de arriba abajo. La persona que yo buscaba no parecía haber actuado allí. Tampoco encontré indicios de depredadores. Pese a que no había ni un solo lugar seco, decidí quedarme. Como pude, con tal de pasar un rato mínimamente cómodo, junté los cartones mojados y los trozos de plástico que pude hallar y me acomodé sobre ellos. Imaginé que el calor de mi pelaje en contacto con la humedad producía pequeñas nubes de vapor. Por momentos el vapor conseguía adormecerme y por momentos se convertía en el domo en el interior del cual yo era invulnerable. Estaba a punto de quedarme dormido cuando oí voces.

Al cabo de un rato los vi aparecer. Eran dos ratas, machos jóvenes, que hablaban animadamente. A uno de ellos lo reconocí de inmediato: ya lo había visto entre el grupo que acababa de visitar. La otra rata me era completamente desconocida, tal vez cuando llegué estaba trabajando, tal vez pertenecía a otro grupo. La discusión que sostenían era acalorada pero sin salirse de los cauces de la cortesía entre iguales. Los argumentos que ambas esgrimían me resultaron incomprensibles, en primer lugar porque aún estaban demasiado lejos de mí (aunque se encaminaban, sus patitas chapoteando en el agua baja, hacia mi refugio) y en segundo lugar porque las palabras que empleaban pertenecían a otra lengua, una lengua impostada y ajena a mí que odié de inmediato, palabras que eran ideas o pictogramas, palabras que reptaban por el envés de la palabra libertad como el fuego repta, o eso dicen, por el otro lado de los túneles, convirtiendo éstos en hornos.

De buena gana me hubiera escabullido en silencio. Mi instinto de policía, sin embargo, me hizo comprender que, si no intervenía, pronto iba a haber otro asesinato. De un salto abandoné los cartones.

Las dos ratas se quedaron paralizadas. Buenas noches, dije. Les pregunté si pertenecían al mismo grupo. Negaron con la cabeza.

Tú, señalé con mi garra a la rata que no conocía, fuera de aquí. La joven rata al parecer era orgullosa y dudó. Fuera de aquí, soy policía, dije, soy Pepe el Tira, grité. Entonces miró a su amigo, dio media vuelta y se alejó. Cuidado con los depredadores, le dije antes de que desapareciera tras un dique de basura, en las alcantarillas muertas nadie ayuda si te ataca un depredador.

La otra rata no se molestó ni siquiera en despedirse de su amigo. Permaneció junto a mí, quieta, aguardando el momento en que nos íbamos a quedar solos, sus ojillos pensativos fijos en mí de la misma manera, supongo, que mis ojillos pensativos la estudiaban a ella. Por fin te he atrapado, le dije cuando estuvimos solos. No me contestó. ¿Cómo te llamas?, le pregunté. Héctor, dijo. Su voz, ahora que me hablaba a mí, no era diferente de miles de voces que yo había oído antes. ¿Por qué mataste al bebé?, murmuré. No contestó. Durante un instante tuve miedo. Héctor era fuerte, probablemente más voluminoso que yo, además de más joven, pero yo era policía, pensé.

Ahora te voy a atar las patas y el hocico y te llevaré a la comisaría, dije. Creo que sonrió, pero no podría asegurarlo. Tienes más miedo que yo, dijo, y mira que yo tengo mucho miedo. No lo creo, dije, tú no tienes miedo, tú estás enfermo, tú eres un bastardo de depredador y escarabajo. Héctor se rió. Claro que tienes miedo, dijo. Mucho más miedo del que tenía tu tía Josefina. ¿Has oído hablar de Josefina?, dije. He oído hablar, dijo. ¿Quién no ha oído hablar de ella? Mi tía no tenía miedo, dije, era una pobre loca, una pobre soñadora, pero no tenía miedo.

Te equivocas: se moría de miedo, dijo mirando distraídamente hacia los lados, como si estuviéramos rodeados de presencias fantasmales y requiriera sin énfasis su aquiescencia. Quienes la escuchaban estaban muertos de miedo, aunque no lo sabían. Pero Josefina estaba más que muerta: cada día moría en el centro del miedo y resucitaba en el miedo. Palabras, dije como si escupiera. Ahora ponte boca abajo y déjame que primero te ate el hocico, dije sacando un cordel que había traído para tal fin. Héctor resopló.

No entiendes nada, dijo. ¿Crees que deteniéndome a mí se acabarán los crímenes? ¿Crees que tus jefes harán justicia conmigo? Probablemente me despedazarán en secreto y arrojarán mis restos allí donde pasen los depredadores. Tú eres un maldito depredador, dije. Yo soy una rata libre, me contestó con insolencia. Puedo habitar el miedo y sé perfectamente hacia dónde se encamina nuestro pueblo. Tanta presunción había en sus palabras que preferí no contestarle. Eres joven, le dije. Tal vez haya una forma de curarte. Nosotros no matamos a nuestros congéneres. ¿Y quién te curará a ti, Pepe?, me preguntó. ¿Qué médicos curarán a tus jefes? Ponte boca abajo, dije. Héctor me miró y yo solté el cordel. Nos trenzamos en una lucha a muerte.

Al cabo de diez minutos que me parecieron eternos su cuerpo yacía a un lado del mío con el cuello destrozado por una mordida. Por mi parte, tenía el lomo lleno de heridas y el hocico desgarrado y no veía nada con el ojo izquierdo. Volví con el cadáver a la comisaría. Las pocas ratas con las que me crucé creyeron, seguramente, que Héctor había sido víctima de un depredador. Deposité su cuerpo en la morgue y fui a buscar al forense. Está todo solucionado, fue lo primero que pude articular. Luego me dejé caer y esperé. El forense examinó mis heridas y cosió mi hocico y mi párpado. Mientras lo hacía quiso saber cómo me lo había hecho. Encontré al asesino, dije. Lo detuve, luchamos. El forense dijo que había que llamar al comisario. Chasqueó la lengua y de la oscuridad surgió un adolescente flaco y adormilado. Supuse que era un estudiante de medicina. El forense le encargó que fuera a casa del comisario y le dijera que lo esperaban, él y Pepe el Tira, en la comisaría. El adolescente asintió y desapareció. Luego el forense y yo nos dirigimos a la morgue.

El cadáver de Héctor seguía allí y el brillo de su pelaje empezaba a atenuarse. Ahora sólo era un cadáver más, entre muchos otros cadáveres. Mientras el forense lo examinaba me puse a dormir en un rincón. Me despertó la voz del comisario y unos sacudones. Levántate, Pepe, dijo el forense. Los seguí. El comisario y el forense caminaban aprisa entre unos túneles que yo no conocía. Detrás de ellos, contemplando sus colas iba yo, medio dormido y sintiendo un gran escozor en el lomo. No tardamos en llegar a una madriguera vacía. En una especie de trono (o tal vez fuera una cuna) hervía una sombra. El comisario y el forense me indicaron que me adelantara.

Cuéntame la historia, dijo una voz que era muchas voces y que provenía de la oscuridad. Al principio sentí pavor y retrocedí, pero no tardé en comprender que se trataba de una rata reina muy vieja, es decir de varias ratas cuyas colas se anudaron en la primera infancia, imposibilitándolas para el trabajo, pero concediéndoles, en cambio, la sabiduría necesaria para aconsejar en situaciones extraordinarias a nuestro pueblo. Así que relaté la historia de principio a fin, y procuré que mis palabras fueran desapasionadas y objetivas, como si estuviera redactando un informe. Cuando terminé la voz que era muchas voces y que salía de la oscuridad me preguntó si yo era el sobrino de Josefina la Cantora. Así es, dije. Nosotras nacimos cuando Josefina aún estaba viva, dijo la rata reina, y se movió con gran esfuerzo. Distinguí una enorme bola oscura llena de ojillos velados por los años. Supuse que la rata reina era gorda y que la suciedad había terminado por solidificar sus patas traseras. Una anomalía, dijo. Tardé en comprender que se refería a Héctor. Un veneno que no nos impedirá seguir estando vivos, dijo. En cierta manera, un loco y un individualista, dijo. Hay algo que no entiendo, dije. El comisario me tocó con su garra el hombro, como para impedirme hablar, pero la rata reina me pidió que le explicara qué era lo que no entendía. ¿Por qué mató al bebé de hambre, por qué no le destrozó la garganta como a las otras víctimas? Durante unos segundos sólo oí suspirar a la sombra que hervía.

Tal vez, dijo al cabo de un rato, quería presenciar el proceso de la muerte desde el principio hasta el final, sin intervenir o interviniendo lo menos posible. Y, al cabo de otro silencio interminable, añadió: Recordemos que estaba loco, que se trataba de una teratología. Las ratas no matan ratas.

Bajé la cabeza y no sé cuánto rato estuve así. Es posible incluso que me durmiera. De pronto sentí otra vez la garra del comisario en mi hombro y su voz que me conminaba a seguirlo. Rehicimos el camino de vuelta en silencio. En la morgue el cadáver de Héctor, tal como temía, había desaparecido. Pregunté dónde estaba. Espero que en la panza de algún depredador, dijo el comisario. Luego tuve que oír lo que ya sabía. Terminantemente prohibido hablar del caso de Héctor con nadie. El caso estaba cerrado y lo mejor que yo podía hacer era olvidarme de él y seguir viviendo y trabajando.

Esa noche no quise dormir en la comisaría y me hice un hueco en una madriguera llena de ratas tenaces y sucias y cuando desperté estaba solo. Aquella noche soñé que un virus desconocido había infectado a nuestro pueblo. Las ratas somos capaces de matar a las ratas. Esa frase resonó en mi bóveda craneal hasta que desperté. Sabía que nada volvería a ser como antes. Sabía que sólo era cuestión de tiempo. Nuestra capacidad de adaptación al medio, nuestra naturaleza laboriosa, nuestra larga marcha colectiva en pos de una felicidad que en el fondo sabíamos inexistente, pero que nos servía de pretexto, de escenografía y telón para nuestras heroicidades cotidianas, estaban condenadas a desaparecer, lo que equivalía a que nosotros, como pueblo, también estábamos condenados a desaparecer.

Volví, porque no podía hacer otra cosa, a las rondas rutinarias: un policía murió despedazado por un depredador, tuvimos, una vez más, un ataque con veneno procedente del exterior que diezmó a unos cuantos, algunos túneles se inundaron. Una noche, sin embargo, cedí a la fiebre que devoraba mi cuerpo y me encaminé a una alcantarilla muerta.

No puedo precisar si era la misma alcantarilla donde había encontrado a alguna de las víctimas o si por el contrario se trataba de una alcantarilla que desconocía. En el fondo, todas las alcantarillas muertas son iguales. Durante mucho rato permanecí allí, agazapado, esperando. No ocurrió nada. Sólo ruidos lejanos, chapoteos cuyo origen fui incapaz de precisar. Al volver a la comisaría, con los ojos enrojecidos por la prolongada vigilia, encontré a unas ratas que juraban haber visto en los túneles vecinos a una pareja de comadrejas. Un policía nuevo estaba junto a ellas. Me miró, esperando alguna señal de mi parte. Las comadrejas habían acorralado a tres ratas y a varios cachorros, atrapados en el fondo del túnel. Si esperamos refuerzos será demasiado tarde, dijo el policía nuevo.

¿Demasiado tarde para qué?, le pregunté con un bostezo. Para los cachorros y para las cuidadoras, respondió. Ya es demasiado tarde para todo, pensé. Y también pensé: ¿En qué momento se hizo demasiado tarde? ¿En la época de mi tía Josefina? ¿Cien años antes? ¿Mil años antes? ¿Tres mil años antes? ¿No estábamos, acaso, condenados desde el principio de nuestra especie? El policía me miró esperando un gesto de mi parte. Era joven y seguramente no llevaba más de una semana en el oficio. A nuestro alrededor algunas ratas cuchicheaban, otras pegaban sus orejas a las paredes del túnel, la mayoría tenía que hacer un gran esfuerzo para no temblar y después huir. ¿Tú qué propones?, pregunté. Lo reglamentario, contestó el policía, internarnos en el túnel y rescatar a las crías.

¿Te has enfrentado alguna vez a una comadreja? ¿Estás dispuesto a ser despedazado por una comadreja?, dije. Sé luchar, Pepe, contestó. Llegado a este punto poco era lo que podía decir, así que me levanté y le ordené que se mantuviera detrás de mí. El túnel era negro y olía a comadreja, pero yo sé moverme por la oscuridad. Dos ratas se ofrecieron como voluntarias y nos siguieron.




Inter-Tanto.


Mientras
siento
"esto"
destrozarme por
dentro
mientras las conversa-ciones
se vuelven alambra-das
dividiendo
mi carne
en pequeños trozos
para la digestión de enanos
miedos,
comunico
a mi ingesta
la vanidad
de las palabras
que giran sin orbita
definida
sin destino
conocido
y trato de llegar
sin mucho éxito
a un mudo acuerdo
con mi ignota
felicidad que
no es a juicio
de mi propia enfermiza
porfía
más que una mentira
sádica
preparada
para romper la estructura
ósea
que recubre la apariencia
cuerda de mi amanecido trasnochar:
El hombre sensible
prescindible
no es más que la cómoda
fachada
de esta desgracia
esperando
su segundo para la comunión
del brillo
y el plasma

Autor: Daniel Rojas P.


Visión


Visión
gastada
del mismo
paraje
enfermo
retratado
pasaje
tantas veces
en tantos momentos
disímiles
dispares
convexos
instantes perdidos
en la negra memoria
en la sanguijuela histórica
siembra tu cólera
tu estoica delicia
histriónica
delincuente
rápida
casi
monótona
allí dormimos todos
complacidos
extasiados
viendo como
mesuras tu pálida
barba
tu gran
estúpido
porte



Autor: Daniel Rojas P.


Poeta+arica, poesía+ariqueña, escritor, Daniel+Rojas+Pachas, carrollera, música+histórica, Daniel+Rojas, escritor+ariqueño, escritor+chileno, poeta+chileno

Elvira.





Elvirita y yo nos conocimos en las condiciones más divertidas, dije divertidas, quise decir sublimes. Fue durante esas reuniones para solteros en que te sientan por unos cuantos minutos frente a otro perdedor como tú. Una vez cumplido el tiempo, suena un implacable timbre. Hay que cambiarse de asiento en busca de otro, a menos que lo que tengas en frente… llene tus expectativas. Participar de algo así, no habla muy bien de nuestras capacidades para conseguir pareja. Prácticamente es un manotazo de ahogado, creo que dentro de todo, somos afortunados, le dije.

Estaba renuente y muda, algo pálida pese a lo blanco de su piel -Es que somos retraídos Elvita, puedo decirte así ¿cierto?… mira niña, esta es mi teoría. Lo mejor es compartir, desinhibirse… pronto te darás cuenta que una vez que la charla tome forma y color, descubriremos mayores semejanzas… creo que somos… temperamentos afines, siameses podría decirse… descubierto eso, no habrá barrerilla prejuiciosa o miedo hacia lo desconocido. No soy excéntrico como podrás darte cuenta. Tengo mis manías eso si, nada de cuidado. No soy un loco –Rápidamente vi en sus ojos achinados, que tras esa calma voraz, había una fiera en potencia, un espíritu libre buscando el momento ideal para desbordarse. Lo sé, yo también he esperado mucho tiempo por ello.

Exagerado en mis actos, algo infantil en la intimidad, logre sonsacarla y saber qué hacia para ganarse la vida. Tanto tiempo en el mismo trabajo y sin ascensos notables, me mostró que al igual que yo, era responsable y trabajadora aunque carente de ambición. Tales cualidades, si es que pueden llamarse así, se aplicaban de lleno a nuestras relaciones privadas. Cumplíamos los requisitos básicos. Buenos para escuchar, atentos con el otro, pendientes de las fechas importantes, así podían retratarse cerca de treinta años de fallidos intentos.

-Al final del día, somos incapaces para un romance novelesco. Es gracioso, nos hacen crecer soñando con ello, deslumbrar a otro con una pasión avasalladora. Hace tiempo que abandone esa opción. ¿Tú no? Furtivamente miraba alrededor, el rabillo de su ojo brillaba, eso empezó a exasperarme, me daba a entender que prefería estar en otro sitio… con otro quizá… no, como si eso fuera posible. -Oye preciosa estoy aquí, aún tenemos tiempo, no lo perdamos te parece. –De improviso su talante muto, comenzó a jugar a hacerse la dura. Imitas a los vegetales Elvi, le dije… había que insistir, romper el hielo… en ello reside el encanto, el desafió último. Hemos perdido las cualidades del cazador prehistórico. Es un arte que se debe recuperar. –Mira hija, nuestra escasa creatividad… esta basada según creo… en una precoz lejanía, de aquellos campos en que se libra sin tregua, el tráfico amatorio, ¿no lo sientes así? En este punto de la conversa, Elvita lucia algo comprometida, peor que al principio tal vez. Dejo todo en mis manos, técnicamente me ignoró, pero no podía irse. El tiempo aún corría a mi favor, debía cumplir las reglas, quedarse, escucharme y mantener la compostura. Parecía sin embargo incomoda, me dio pena su rostro, quería largarse, por qué tanta desesperación. Se notaba cuánto le dolía aguantar… luchaba por encima del deseo de aire, de verse fuera del trance. ¿Qué la retenía?, sería el terror a franquear las reglas quizá o por ahí, esperaba el timbre, la señal.

Entre en una disyuntiva. Debía actuar como caballero y cederle su libertad o ser el macho dominante y retenerla hasta que fuese mía. Tenia que ser justo conmigo, me importaba su comodidad pero tengo necesidades, por algo estoy aquí, jugando mi tiempo y lo mejor de mí. A lo lejos, uno de los que esta a cargo de mantener el orden y hacer sonar la campana, dejaba en suspenso su entretenida charla con una niña que no tenia mayor razón para estar aquí, era su amiga, su novia probablemente, muy linda la mocosa, buen cuerpo, rostro de niña de teleserie…

Ellos no son especimenes raros como nosotros, están adaptados, a él le pagan por dirigirnos como ganado, ella viene a hacerle compañía y de paso reírse con este show ridículo. Pero qué hago sobre analizando las cosas, Elvira esta aquí, al frente mió y se diluye y yo me pongo a cavilar, que iluso, cuánto habré perdido. Elvira se abanica con un volante, una mosca no deja de molestarme, el tipo avanza, cielos lo que temía, corre como el tiempo, mira su reloj, va a sonar la campana. Lo sabía. Tengo que arriesgarme, no he llegado hasta aquí para irme a casa solo de nuevo, no es justo, ya no habrá otra oportunidad. Llevamos más de cuatro horas en esto. Va a terminar por hoy y sólo unos cuantos, más por urgencia de sexo que por otro cosa, se han ido emparejados y sin embargo, cielos, por patético que suene, aún queda gente esperanzada. Ansiando una migaja. Por qué no podemos ponernos de acuerdo. Por qué si somos tan miserables, no podemos compartir nuestra tristeza con otro. Será que estamos negados. -Uno debe reconocerse, esto es muy patético, absurdo diría, hay que saber cuánto vale uno,

No hacerse mayores expectativas ¿no te parece?, le pregunte de la nada, no lo pensé demasiado, sólo lo dije como una prolongación de mi monologo, no imagino cómo lo habrá tomado, quizá sintió rabia, confusión, impotencia al ver que toda la noche no le han tocado más que tipos raros y aburridos, incapaces de deslumbrarla, quizá ella aun no rechaza esa opción de protagonista de Corin Tellado ¿ah que se yo? sólo soy un simple mortal en medio de esta broma.

No hubo forma de reavivar el fuego… se que hubo un fuego en todo caso.

El timbre sonó, ella estaba parándose, recogió su cartera y se largó con un escueto adiós que no pronuncio sino que sus cejas me enviaron.

Oficialmente habían acabado las rondas, un tipo muy encopetado que era algo así como el maestro de ceremonias, dio agradecimientos y despedidas, nos invito a participar de nuevo, olvide decir que hay que pagar para participar. No es gran cosa. Cuando estas solo, la plata es lo de menos.

Una vez fuera, pensé por un segundo, todos nos abalanzábamos por la estrecha salida, algunos seriamente frustrados otros indiferentes. Dejen pasar, por favor señora córrase, ey déjame salir quieres. Quizá podría alcanzar a Elvira me dije. No es que sea tan especial pero de todas con las que me tope esta noche, además de ser la última, fue la más agradable. Iba cerca de la esquina, camino a tomar el bus. Le grite, me hizo una seña de desprecio como lárgate o algo así. Al menos de esa forma lo interprete. No hice caso y le di alcance. Hay que pelear hasta el final. Una vez ante ella, le dije – Lo siento te hice perder la micro, bueno no te he detenido por eso, esto puede que no sea correcto, ya que el juego terminó, pero como ya no somos desconocidos y ambos estamos…

-detén tus caballos campeón, mira esto no es nada personal, sé lo que pretendes y… vine a esto empujada por mi hermana ok, ella compró la inscripción y sin ánimo de ofender… después de haber oído tus teorías y tus miedos, no se si eran eso pero en fin… no estoy tan desesperada hermanito…

-Así como así, tomo un taxi y se marchó, quede un rato en medio de la pista, saboreando la sensación, luego un chofer me puteo obligándome a volver a la acera y empezar el regreso a casa y bueno… hacer de tripas corazón. Siempre habrá otra oportunidad… De cualquier forma, ya empiezo a acostumbrarme al timbrecillo.


Daniel Rojas P.

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