Abril, 2009

Anverso Literario: Los dichos de Ribeyro sobre los hombres y las botellas

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El cuento los hombres y las botellas de Julio Ramón Ribeyro, pertenece al primer periodo de este narrador latinoamericano, el texto aparece publicado en el libro homónimo del 64 (Editorial Mejia Baca) que reúne cuentos de gran factura y temáticas múltiples como: Los moribundos, La piel de un indio no cuesta cara, Por las azoteas, Dirección equivocada, El jefe, Profesor suplente además del cuento en análisis. El hilo conductor de los relatos, más allá de los tópicos y el tratamiento retaguardista del autor, recae diegéticamente en el estoicismo de los actantes y en una oscura y poética melancolía ante el sentido profundo de fracaso que el devenir y la inutilidad de la praxis humana, revela.

Al respecto, el narrador y ensayista Miguel Gutiérrez Correa en su ensayo sobre la cuentística de Ribeyro señala: Ribeyro ha optado por un pesimismo terapéutico y por la gravedad de la moral estoica, determinada acaso oscuramente por su refinada sensibilidad aristocrática, pero solidaria con el dolor de los desamparados de la tierra

Para llegar a estas afirmaciones, el estudioso, además de ilustrarnos con respecto a las posibles imbricaciones de la obra del limeño, somete el neorrealismo de los escritos a los tres cuestionamientos básicos de Kant ¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo saber? y ¿Qué puedo esperar? El estudio, aplicado de facto a uno de los más celebrados cuentos de Ribeyro, “Silvio en el rosedal” arroja el siguiente orden de respuestas.

En torno a la problemática del “qué pudo hacer”, Ribeyro a juicio de Gutiérrez, demuestra una moral laica, secular, que pese a su mirada agnóstica y descreída, no retrocede ante la futilidad de lo indeterminable e ahí el origen del estoicismo, del balbuceo mudo ante la imposibilidad de la palabra; un proceder activo que se verifica aún cuando, la adversidad guíe a los actores y artífices del día a día, al derrotero como destino unívoco e infranqueable. En tal grado, el azar y la fisura que las circunstancias externas e inesperadas imponen a los proyectos, incluidos los más nobles y estructurados, se descubre en palabras del mismo Ribeyro, como una fuerte condicionante de la existencia, descubriendo en su ininteligibilidad, una energía gravitante; indispensable al pensar las pocas posibilidades que tenemos como realidad, a la hora de enfrentar las otras dos pregunta ¿qué saber? y ¿qué esperar?

En definitiva, ¿qué se puede saber? si la razón y los sentidos son limitantes, y no permitirán jamás acceder a las preguntas trascendentes y metafísicas. Cabe indagar si realmente estos cuestionamientos existen ante un absurdo y nada, que irrefrenable se dibuja en la maquinaria de eterno retorno que promueve una incomunicación violenta con toda verdad. El hombre en tal caso, sólo puede como correlato, esperar en función del orbe histórico. Su realización temporal lo devuelve al cauce inicial de la duda ontológica; un desvalido ¿qué puedo hacer? que se plasma como una lucha, una agónica, silenciosa y desamparada vida.

Tomando como base estos planteamientos que definen una cosmovisión y ética que se presenta de modo más o menos recurrente en la narrativa y estética del autor, revisaremos la historia “Los hombres y las botellas” y el mensaje que Ribeyro comunica con este breve relato perteneciente al periodo más beligerante de su obra en cuanto a la protesta y denuncia que hace en torno a la poquedad y abuso que pesa sobre los grupos más pauperizados.

Sin embargo es importante agregar, antes de proceder a revisar el cuento, que el creador limeño tal como en su momento lo hiciesen sus pares, López Albujar, Arguedas y Alegría, representa en palabras de Alberto Escobar, “un prisma de la realidad del Perú” y en tal medida un vuelco significativo hacia una percepción global y aguda de la vida que se desarrolla en la urbe.

Abocados estrictamente al cuento “Los hombres y las botellas” podemos señalar que el apocamiento y desgaste moral, lo apreciamos emocionalmente en los actantes protagonistas, Luciano y su padre vagabundo y más aún, en el medio que los rodea, espacio clasista que promueve el arribismo y la desesperación de las clases baja y media por ascender socialmente a como de lugar

Nadie sabía mejor que él, igualmente, que esa prosperidad que parecía leerse en su vestimenta, en sus relaciones de club –donde servía de pareja a los socios viejos y se emborrachaba con sus hijos – era una prosperidad provisional, amenazada, mantenida gracias a negocios oscuros. (…) si el club lo toleraba no era ciertamente por razones sociales (…) era algo así como el agente secreto de sus vicios el órgano de enlace entre el hampa y el salón.

El pasaje transcrito muestra una praxis criminal y desentendida por parte de Luciano que en concomitancia ilícita con los ubicados en las más altas esferas procura sostener el débil equilibrio y estabilidad de su posición social, granjeando favores que complacen los vicios de sus jefes y prole a la par que comunica esferas aparentemente antagónicas, el lumpen, mundo de los descastados, con la llamada clase ABC1

De este modo, vamos perfilando el ¿qué puedo hacer? Kantiano, pues la actitud de los protagonistas prefigura una frágil esperanza que transita por el violento delirio y anhelo, acompasado al ritmo de aquellos solitarios, individuos inmersos en la melancolía de una dignidad perdida.

(…)Su padre en cambio, medía sus tiros y efectuaba los lanzamientos con un estilo impecable. Luciano no se cansaba de observarlo, creía descubrir en él una elegancia escondida que una vida miserable había recubierto de gestos vulgares sin llegar por completo a destruir.

A través del discurso, entramos en contacto con hombres empujados al más descarnado hermetismo y abandono, dentro del caos y bullicio de la masa inconsciente

Se hablaba de mujeres, Luciano se sintió de súbito triste. (…) Alguien hablaba de ir a las calles alegres de La Victoria. Siempre era así: en las reuniones de hombres, por más numerosas que fueran, siempre llegaba un momento en que todos se sentían profundamente solos.

El ¿qué puedo saber?, se presenta como una alternativa de evasión, todo se libra en torno a mentiras y apariencias físicas, verificables en lo concreto. No hay espacio para la contemplación, menos para reflexionar, son hombres activos, hedonistas con impulsos carnales y somáticos, lo cual reduce su campo de acción tanto en lo que se refiere a captar el entorno como en su proyección frente a la otredad. Para ellos, no parece haber percepción y realidad más allá de lo sensible.

Obedeciendo a un impulso de vanidad se había puesto su mejor terno, sus mejores zapatos, un prendedor de oro en la corbata como si se propusiera demostrarle a su padre con esos detalles que su ausencia del hogar no había tenido ninguna importancia, que había sido –por el contrario- una de las razones de su prosperidad.

Las marcas físicas, explanadas con gran detalle en el relato son un guiño para el lector y un modo de comprender profundamente el sentir de los personajes, sus personalidades, el estilo de vida que llevan, su rango de acción y posicionamiento en la escala de poder.

El viejo lo miro irritado –¡No me vas a vestir ahora a mí, a mí que te he comprado tus primeros chuzos!

Las categorías que la sociedad y el resto realizan en la tarea de calificar a las personas por su puro aspecto, se verifican en una mirada que cosifica y condiciona los roles.

El empleado de la cantina no quitaba la vista de ese extraño visitante con la camisa sebosa y la barba mal afeitada. Hombres de esa catadura sólo entraban al club por la puerta falsa, cuando había un caño que desatorar. (…) Los empleados lo observaban con perplejidad. El prendedor de su corbata, pero sobre todo el rubí de su anular, parecía dejarlos cavilosos. No veían verdaderamente relación entre ese viejo seboso y charlatán y esa especie de mestizo con aires de dandy.

Esto se extiende al punto que vínculos emocionales, recuerdos y expresiones genuinas de afecto, encuentren su cauce bajo la entrega de dadivas y retribuciones materiales. Es la muestra clara de una sociedad reificante y metalizada.

Ese hombre de gran quijada, que él había durante tantos años odiado y olvidado, adquiría ahora tan opulenta realidad (…) ¿cómo podría recompensarlo? Regalarle dinero, retenerlo en lima, todo le parecía poco. (…)Pensó cómo sería su padre con un buen chaleco y se dijo que bien valía la pena obsequiarle el más lujoso que se encontrara.

(…)Mientras se acordaba de su madre, a quien visitaba de cuando en cuando en el callejón, llevándole frutas o pañuelos.


De esta manera, los actantes no pueden excluirse de lo tangible ni en sus más profundas abstracciones; el fracaso y las categorías superficiales van demarcando sus vidas. El remedio para esta situación, se presenta en formulas artificiales, el alcohol en este caso es el paliativo que provee el acceso inmediato a un mundo de ficción, quizá la única proximidad a algo medianamente efímero y etéreo, con matices de trascendencia, que estos hombres, estoicos en esencia, se permiten antes de confirmar su desamparo, la orfandad social que sufren de manera integral

Comenzaba a olvidarse de su ropa, de sus rencores al penetrar en ese mundo ficticio que crean los hombres cuando se sientan alrededor de una botella abierta (…) “Es verdad” el rumor de su voz, además irrigaba zonas muertas de su memoria

El bastardaje como prolongación de un sentir periférico, orienta por completo la construcción de esta gesta de lo cotidiano que Ribeyro aprovecha para introducir una crítica tanto personal como global a las sociedades carnívoras del continente.

Todos sus recuerdos de infancia le venían descalzos desde la puerta de un callejón

La visita del padre tras una larga y sentida ausencia, es una excusa para devolver a Luciano, pícaro arribista que funge como producto arquetípico del abandono tanto de la comunidad como del padre, a una serie de recuerdos infantiles y retazos que descubren “el infierno tan temido” la condición de prostituta de la madre, único sostén del hogar. Esto confirma la última pregunta Kantiana, ¿qué se puede esperar? Nada, si todo esta trazado de antemano por las circunstancias que impone la precariedad. Luciano a pesar de su interés por recobrar una apariencia de padre, una imagen carnal que justifique su existencia ante los demás y al mismo tiempo le permita vengar la ausencia y acorralar al culpable con preguntas que justifiquen su dolor, se empuja hacía la confirmación de sus miedos y a la verdad ineludible pero en lo preferible ignorable.

-Además… -continuo el viejo, sonriendo con sorna –yo, yo… ella, con el perdón de Luciano, pero la verdad es que ella, ustedes comprenden, ella… -¡Calla! Gritó Luciano, poniéndose de pie. -¡ella se acostaba con todo el mundo!

El ciclo compuesto por esta trinidad de preguntas formuladas por Kant, se completa al remitirnos de regreso al inicial ¿qué puedo hacer? Que en el caso de Luciano, reaccionario, termina en un épico enfrentamiento con la figura paterna, a fin de solucionar su crisis de identidad y lograr una genuina catarsis.

Luciano vio que su padre tenía la guardia abierta y que su gran vientre se le ofrecía como un blanco infalible. A pesar de ello retrocedió unos pasos. El viejo se aproximó. Luciano volvió a retroceder. El viejo continúo avanzando.

Sin embargo la historia, fiel a la posición de Ribeyro de abrazar la incertidumbre y el carácter irresoluto de la existencia, propio de un estoicismo agnóstico, hace que el protagonista, tras vencer a su progenitor / oponente, lejos de sentirse victorioso, se compadezca de la orfandad superior que ambos comparten ante el mundo. Por ende, lo que queda claro a través de la obra y las relaciones que se establecen, es un sentido de identificación pues todos formamos parte del mismo absurdo, la condición paupérrima de los personajes en este caso, lo único que consigue es agravar el vacío y hacer menos factible y más onerosa la evasión. Crimen, violencia, alcohol y drogas son los caminos que reducen el mundo a piel, hígado, puños y estomago, bajo las directrices de las argucias y mañas que garantizan su complacencia.

Por tanto, si nos remitimos a la forma en que estos seres resuelven sus emociones, ingresamos otra vez a la materialidad intrínseca de sus vínculos por medio de un anillo de oro con un rubí incrustado. Preciado botín de la pesca social de Luciano que desde el principio del cuento, se destaca como una divisa en su escalada social de joven dandy. El adorno y pieza fundamental de los rasgos que prefiguran su aparente éxito, es colocado con piedad en la mano abierta del derrotado progenitor, sirviendo como tregua consecuente al modo de vivir que han elegido y desarrollado hasta las últimas consecuencias.

Arrancando su anillo del anular, lo colocó en el meñique del vencido, con el rubí hacia la palma

En conclusión, los hombres y las botellas, cuento de Julio Ramón Ribeyro, uno de los narradores más potentes del Perú y de Latinoamérica, nos abre una compuerta directa a la inutilidad de las acciones y evasiones que emprendemos sin vacilación, pues la búsqueda de Luciano no acaba con el tan preciado ascenso, los fantasmas del pasado, continúan al acecho y la muerte del padre, la superación de esa cicatriz que implica un temprano sentimiento de traición y abandono, no permite un cambio veraz, no hay final, por ello, el absurdo corona la diégesis con un protagonista abatido, de vuelta a los bares tras dejar al padre dormitando la borrachera y golpiza en una desconocida y fría calle. Pragmático y concreto, la paz relativa de Luciano y tantos patibularios como él, reposa en la fantasmagoría del alcohol.

Encendió un cigarrillo y se retiró pensativo hacia los bares de la victoria.

En torno al trago y los hombres sometidos a su imperio, Ribeyro edifica una épica del día a día, en la cual se conjugan, orfandad, arribismo, descastación, bastardaje, memoria, viaje, misoginia, incluso el autor logra introducir el componente mítico en una revisión de Edipo, que prueba como la moral, el conocimiento y la esperanza, están condicionados por una praxis social sin salida.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Los dichos de Ribeyro.

Artículo de Daniel Rojas Pachas sobre Enrique Lihn en Revista PingPong









POR LAS AZOTEAS de Julio Ramón Ribeyro


POR LAS AZOTEAS
Julio Ramón Ribeyro

A los diez años yo era el monarca de las azoteas y gobernaba pacíficamente mi reino de objetos destruidos. Las azoteas eran los recintos aéreos donde las personas mayores enviaban las cosas que no servían para nada: se encontraban allí sillas cojas, colchones despanzurrados, maceteros rajados, cocinas de carbón, muchos otros objetos que llevaban una vida purgativa, a medio camino entre el uso póstumo y el olvido. Entre todos estos trastos yo erraba omnipotente, ejerciendo la potestad que me fue negada en los bajos. Podía ahora pintar bigotes en el retrato del abuelo, calzar las viejas botas paternales o blandir como una jabalina la escoba que perdió su paja. Nada me estaba vedado: podía construir y destruir y con la misma libertad con que insuflaba vida a las pelotas de jebe reventadas, presidía la ejecuci6n capital de los maniquís. Mi reino, al principio, se limitaba al techo de mi casa, pero poco a poco, gracias a valerosas conquistas, fui extendiendo sus fronteras por las azoteas vecinas. De estas largas campanas, que no iban sin peligros –pues había que salvar vallas o saltar corredores abismales– regresaba siempre enriquecido con algún objeto que se añadía a mi tesoro o con algún rasguño que acrecentaba mi heroísmo. La presencia esporádica de alguna sirvienta que tendía ropa o de algún obrero que reparaba una chimenea, no me causaba ninguna inquietud pues yo estaba afincado soberanamente en una tierra en la cual ellos eran solo nómades o poblaciones trashumantes. En los linderos de mi gobierno, sin embargo, había una zona inexplorada que siempre despertó mi codicia. Varias veces había llegado hasta sus inmediaciones pero una alta empalizada de tablas puntiagudas me impedía seguir adelante. Yo no podía resignarme a que este accidente natural pusiera un límite a mis planes de expansión. A comienzos del verano decidí lanzarme al asalto de la tierra desconocida. Arrastrando de techo en techo un velador desquiciado y un perchero vetusto, llegué al borde de la empalizada y construí una alta torre. Encaramándome en ella, logre pasar la cabeza. Al principio solo distinguí una azotea cuadrangular, partida al medio por una larga farola. Pero cuando me disponía a saltar en esa tierra nueva, divisé a un hombre sentado en una perezosa. El hombre parecía dormir. Su cabeza caía sobre su hombro y sus ojos, sombreados por un amplio sombrero de paja, estaban cerrados.. Su rostro mostraba una barba descuidada, crecida casi por distracción, como la barba de los náufragos. Probablemente hice algún ruido pues el hombre enderezó la cabeza y quedo mirándome perplejo. El gesto que hizo con la mano lo interpreté como un signo de desalojo, y dando un salto me alejé a la carrera. Durante los días siguientes pasé el tiempo en mi azotea fortificando sus defensas, poniendo a buen recaudo mis tesoros, preparándome para lo que yo imaginaba que sería una guerra sangrienta. Me veía ya invadido por el hombre barbudo; saqueado, expulsado al atroz mundo de los bajos, donde todo era obediencia, manteles blancos, tías escrutadoras y despiadadas cortinas. Pero en los techos reinaba la calma más grande y en vano pasé horas atrincherado, vigilando la lenta ronda de los gatos o, de vez en cuando, el derrumbe de alguna cometa de papel. En vista de ello decidí efectuar una salida para cerciorarme con qué clase de enemigo tenía que vérmelas, si se trataba realmente de un usurpador o de algún fugitivo que pedía tan solo derecho de asilo. Armado hasta los dientes, me aventuré fuera de mi fortín y poco a poco fui avanzando hacia la empalizada. En lugar de escalar la torre, contorneé la valla de maderas, buscando un agujero. Por entre la juntura de dos tablas apliqué el ojo y observé: el hombre seguía en la perezosa, con templando sus largas manos trasparentes o lanzando de cuando en cuando una mirada hacia el cielo, para seguir el paso de las nubes viajeras. Yo hubiera pasado toda la mañana allí, entregado con delicia al espionaje, si es que el hombre, después de girar la cabeza no quedara mirando fijamente el agujero. –Pasa –dijo haciéndome una sena con la mano–. Ya se que estas allí. Vamos a conversar. Esta invitación, si no equivalía a una rendición incondicional, revelaba al menos el deseo de parlamentar. Asegurando bien mis armamentos, trepé por el perchero y salté al otro lado de la empalizada. El hombre me miraba sonriente. Sacando un pañuelo blanco del bolsillo –¿era un signo de paz?– se enjugó la frente. –Hace rato que estas allí –dijo–. Tengo un oído muy fino. Nada se me escapa... ¡Este calor! –¿Quién eres tú? –le pregunté.

–Yo soy el rey de la azotea– me respondió. –¡No puede, ser! –protesté– El rey de la azotea soy yo. Todos los techos son míos. Desde que empezaron las vacaciones paso todo el tiempo en ellos. Si no vine antes por aquí fue porque estaba muy ocupado por otro sitio. –No importa –dijo–. Tú serás el rey durante el día y yo durante la noche. –No –respondí–. Yo también reinaré durante la noche. Tengo una linterna. Cuando todos estén dormidos, caminaré por los techos, –Está bien –me dijo–. ¡Reinarás también por la noche! Te regalo las azoteas pero déjame al menos ser el rey de los gatos. Su propuesta me pareció aceptable. Mentalmente lo convertía ya en una especie de pastor o domador de mis rebaños salvajes. –Bueno, te dejo los gatos. Y las gallinas de la casa de al lado, si quieres. Pero todo lo demás es mío. –Acordado –me dijo–. Acércate ahora. Te voy a contar un cuento. Tú tienes cara de persona que le gustan los cuentos. ¿No es verdad? Escucha, pues: «Había una vez un hombre que sabia algo. Por esta razón lo colocaron en un pulpito. Después lo metieron en una cárcel. Después lo internaron en un manicomio. Después lo encerraron en un hospital. Después lo pusieron en un altar. Después quisieron colgarlo de una horca. Cansado, el hombre dijo que no sabía nada. Y so10 entonces lo dejaron en paz». Al decir esto, se echó a reír con una risa tan fuerte que terminó por ahogarse. Al ver que yo lo miraba sin inmutarme, se puso serio. –No te ha gustado mi cuento –dijo–. Te voy a contar otro, otro mucho mas fácil: «Había una vez un famoso imitador de circo que se llamaba Max. Con unas alas falsas y un pico de cartón, salía al ruedo y comenzaba a dar de saltos y a piar. ¡El avestruz! decía la gente, señalándolo, y se moría de risa. Su imitación del avestruz lo hizo famoso en todo el mundo. Durante anos repitió su número, haciendo gozar a los niños y a los ancianos. Pero a medida que pasaba el tiempo, Max se iba volviendo más triste y en el momento de morir llamó a sus amigos a su cabecera y les dijo: Voy a revelarles un secreto. Nunca he querido imitar al avestruz, siempre he querido imitar al canario». Esta vez el hombre no rio sino que quedó pensativo, mirándome con sus ojos indagadores. –¿Quién eres tú? –le volví a preguntar– ¡No me habrás engañado? ¿Por qué estás todo el día sentado aquí? ¿Por qué llevas barba? ¿Tú no trabajas? ¿Eres un vago? –¡Demasiadas preguntas! –me respondió, alargando un brazo, con la palma vuelta hacia mí– Otro día te responderé. Ahora vete, vete por favor. ¿Por qué no regresas mañana? Mira el sol, es como un ojo… ¿lo ves? Como un ojo irritado. EI ojo del infierno. Yo miré hacia lo alto y vi solo un disco furioso que me encegueció. Caminé, vacilando, hasta la empalizada y cuando la salvaba, distinguí al hombre que se inclinaba sobre sus rodillas y se cubría la cara con su sombrero de paja. Al día siguiente regresé. –Te estaba esperando –me dijo el hombre–. Me aburro, he leído ya todos mis libros y no tengo nada qué hacer. En lugar de acercarme a él, que extendía una mano amigable, lancé una mirada codiciosa hacia un amontonamiento de objetos que se distinguía al otro lado de la farola. Vi una cama desarmada, una pila de botellas vacías. –Ah, ya sé –dijo el hombre–. Tú vienes solamente por los trastos. Puedes llevarte lo que quieras. Lo que hay en la azotea –añadió con amargura– no sirve para nada. –No vengo por los trastos –le respondí–. Tengo bastantes, tengo más que todo el mundo. –Entonces escucha lo que te voy a decir: el verano es un dios que no me quiere. A mí me gustan las ciudades frías, las que tienen allá arriba una compuerta y dejan caer sus aguas. Pero en Lima nunca llueve o cae tan pequeño rocío que apenas mata el polvo. ¿Por qué no inventamos algo para protegernos del sol? –Una sombrilla –le dije–, una sombrilla enorme que tape toda la ciudad. –Eso es, una sombrilla que tenga un gran mástil, como el de la carpa de un circo y que pueda desplegarse desde el suelo, con una soga, como se iza una bandera. Así estaríamos todos para siempre en la sombra. Y no sufriríamos.

Cuando dijo esto me di cuenta que estaba todo mojado, que la transpiración corría por sus barbas y humedecía sus manos. –¿Sabes por qué estaban tan contentos los portapliegos de la oficina? –me pregunto de pronto– Porque les habían dado un uniforme nuevo, con galones. Ellos creían haber cambiado de destino, cuando solo se habían mudado de traje. –¿La construiremos de tela o de papel? –le pregunté. El hombre quedo mirándome sin entenderme. –¡Ah, la sombrilla! –exclamó– La haremos mejor de piel, ¿qué te parece? De piel humana. Cada cual dará una oreja o un dedo. Y al que no quiera dárnoslo, se lo arrancaremos con una tenaza. Yo me eche a reír. El hombre me imitó. Yo me reía de su risa y no tanto de lo que había imaginado –que le arrancaba a mi profesora la oreja con un alicate– cuando el hombre se contuvo. –Es bueno reír –dijo–, pero siempre sin olvidar algunas cosas: por ejemplo, que hasta las bocas de los niños se llenarían de larvas y que la casa del maestro será convertida en cabaret por sus discípulos. A partir de entonces iba a visitar todas las mañanas al hombre de la perezosa. Abandonando mi reserva, comencé a abrumarlo con toda clase de mentiras e invenciones. Él me escuchaba con atención, me interrumpía solo para darme crédito y alentaba con pasión todas mis fantasías. La sombrilla había dejado de preocuparnos y ahora ideábamos unos zapatos para andar sobre el mar, unos patines para aligerar la fatiga de las tortugas. A pesar de nuestras largas conversaciones, sin embargo, yo sabía poco o nada de él. Cada vez que lo interrogaba sobre su persona, me daba respuestas disparatadas u oscuras: –Ya te lo he dicho: yo soy el rey de los gatos. ¿Nunca has subido de noche? Si vienes alguna vez verás cómo me crece un rabo, cómo se afilan mis uñas, cómo se encienden mis ojos y cómo todos los gatos de los alrededores vienen en procesión para hacerme reverencias. O decía: –Yo soy eso, sencillamente, eso y nada más, nunca lo olvides: un trasto. Otro día me dijo: –Yo soy como ese hombre que después de diez años de muerto resucitó y regresó a su casa envuelto en su mortaja. Al principio, sus familiares se asustaron y huyeron de él. Luego se hicieron los que no lo reconocían. Luego lo admitieron pero haciéndole ver que ya no tenía sitio en la mesa ni lecho donde dormir. Luego lo expulsaron al jardín, después al camino, después al otro lado de la ciudad. Pero como el hombre siempre tendía a regresar, todos se pusieron de acuerdo y lo asesinaron. A mediados del verano, el calor se hizo insoportable. El sol derretía el asfalto de las pistas, donde los saltamontes quedaban atrapados. Por todo sitio se respiraba brutalidad y pereza. Yo iba por las mañanas a la playa en los tranvías atestados, llegaba a casa arenoso y famélico y después de almorzar subía a la azotea para visitar al hombre de la perezosa. Este había instalado un parasol al lado de su sillona y se abanicaba con una hoja de periódico. Sus mejillas se habían ahuecado y, sin su locuacidad de antes, permanecía silencioso, agrio, lanzando miradas coléricas al cielo. –¡El sol, el sol! –repetía–. Pasará él o pasaré yo. ¡Si pudiéramos derribarlo con una escopeta de corcho! Una de esas tardes me recibió muy inquieto. A un lado de su sillona tenía una caja de cartón. Apenas me vio, extrajo de ella una bolsa con fruta y una botella de limonada. –Hoy es mi santo –dijo–. Vamos a festejarlo. ¿Sabes lo que es tener treinta y tres años? Conocer de las cosas el nombre, de los países el mapa. Y todo por algo infinitamente pequeño, tan pequeño –que la uña de mi dedo meñique sería un mundo a su lado. Pero ¿no decía un escritor famoso que las cosas más pequeñas son las que más nos atormentan, como, por ejemplo, los botones de la camisa? Ese día me estuvo hablando hasta tarde, hasta que el sol de brujas encendió los cristales de las farolas y crecieron largas sombras detrás de cada ventana teatina. Cuando me retiraba, el hombre me dijo: –Pronto terminarán las vacaciones. Entonces, ya no vendrás a verme. Pero no importa, porque ya habrán llegado las primeras lloviznas.

En efecto, las vacaciones terminaban. Los muchachos vivíamos ávidamente esos últimos días calurosos, sintiendo ya en lontananza un olor a tinta, a maestro, a cuadernos nuevos. Yo andaba oprimido por las azoteas, inspeccionando tanto espacio conquistado en vano, sabiendo que se iba a pique mi verano, mi nave de oro cargada de riquezas. El hombre de la perezosa parecía consumirse. Bajo su parasol, lo veía cobrizo, mudo, observando con ansiedad el último asalto del calor, que hacia arder la torta de los techos. –¡Todavía dura! –decía señalando el cielo– ¿No te parece una maldad? Ah, las ciudades frías, las ventosas. Canícula, palabra fea, palabra que recuerda a un arma, a un cuchillo. Al día siguiente me entregó un libro: –Lo leerás cuando no puedas subir. Así te acordarás de tu amigo... de este largo verano. Era un libro con grabados azules, donde había un personaje que se llamaba Rogelio. Mi madre lo descubrió en el velador. Yo le dije que me lo había regalado «el hombre de la perezosa». Ella indagó, averiguó y cogiendo el libro con un papel, fue corriendo a arrojarlo a la basura. –¿Por qué no me habías dicho que hablabas con ese hombre? ¡Ya verás esta noche cuando venga tu papá! Nunca más subirás a la azotea. Esa noche mi papa me dijo: –Ese hombre está marcado. Te prohíbo que vuelvas a verlo. Nunca más subirás a la azotea. Mi mama comenzó a vigilar la escalera que llevaba a los techos. Yo andaba asustado por los corredores de mi casa, por las atroces alcobas, me dejaba caer en las sillas, miraba hasta la extenuación el empapelado del comedor –una manzana, un plátano, repetidos hasta el infinito– u hojeaba los álbumes llenos de parientes muertos. Pero mi oído solo estaba atento a los rumores del techo, donde los últimos días dorados me aguardaban. Y mi amigo en ellos, solitario entre los trastos. Se abrieron las clases en días aun ardientes. Las ocupaciones del colegio me distrajeron. Pasaba mañanas interminables en mi pupitre, aprendiendo los nombres de los catorce incas y dibujando el mapa del Perú con mis lápices de cera. Me parecían lejanas las vacaciones, ajenas a mí, como leídas en un almanaque viejo. Una tarde, el patio de recreo se ensombreció, una brisa fría barrió el aire caldeado y pronto la garúa comenzó a resonar sobre las palmeras. Era la primera lluvia de otoño. De inmediato me acordé de mi amigo, lo vi, lo vi jubiloso recibiendo con las manos abiertas esa agua caída del cielo que lavaría su piel, su corazón. Al llegar a casa estaba resuelto a hacerle una visita. Burlando la vigilancia materna, subí a los techos. A esa hora, bajo ese tiempo gris, todo parecía distinto. En los cordeles, la ropa olvidada se mecía y respiraba en la penumbra, y contra las farolas los maniquís parecían cuerpos mutilados. Yo atravesé, angustiado, mis dominios y a través de barandas y tragaluces llegué a la empalizada. Encaramándome en el perchero, me asomé al otro lado. Solo vi un cuadrilátero de tierra humedecida. La sillona, desarmada, reposaba contra el somier oxidado de un catre. Caminé un rato por ese reducto frío, tratando de encontrar una pista, un indicio de su antigua palpitación. Cerca de la sillona había una escupidera de loza. Por la larga farola, en cambio, subía la luz, el rumor de la vida. Asomándome a sus cristales vi el interior de la casa de mi amigo, un corredor de losetas por donde hombres vestidos de luto circulaban pensativos. Entonces comprendí que la lluvia había llegado demasiado tarde.

(Escrito en Berlín en 1958)
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Los dichos de Ribeyro

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Los zapatos vacíos Reinaldo Arenas

Los zapatos vacíos

Reinaldo Arenas


¡Caramba! ¿Cuándo sucedió?, quien sabe... Antes; sin fecha exacta; todo era tan parecido que realmente costaba trabajo distinguir un mes de otro, ¡ah! pero enero era diferente. Sabe usted, enero es el mes de los úpitos y de las campanillas, pero hay algo más, es el mes de los Reyes Magos.


Ya la yerba estaba amontonada junto a la ventana y los zapatos, un poco apenados por los huecos de las punteras, esperaban boquiabiertos, humedecidos por el sereno.


Pronto sería medianoche.

«Vienen cuando estés dormido.» —Me había dicho mi primo en voz confidencial.

— «Y depositan los regalos sobre los zapatos». Cuando esté dormido,¡pero no podía dormirme!, afuera sentía el silbido de los grillos y me pareció escuchar pasos, pero no, no eran ellos.


Dormir. Debía dormir, pero ¿cómo lograrlo?, los zapatos estaban allí, sobre el borde de la ventana, aguardando.

Debía pensar en otra cosa para poder dormir. Sí, pensar en otra cosa: «...Mañana hay que cortar los piñones y llenar el tanque de agua, luego iré hasta el arroyo y traeré una maceta de mamoncillos...» «No debí haber roto el nido, tenía dos pichones sin plumas que me miraban con miedo y con el pico abierto...»


Desperté. Era tan temprano que apenas si entraba la claridad por la ventana, casi a tientas caminé hasta ella. ¡Cuántas sorpresas, pensé, me estaría augardando...! pero no. Toqué el cuero húmedo de mis zapatos, estaban vacíos... completamente vacíos.


Entonces llegó mi madre y me besó callada, pasó sus manos cansadas de fregar, por mis ojos húmedos y empujándome suavemente me sentó en el borde de la cama y me puso los zapatos, «Ven», me dijo luego en voz baja, «ya está hecho el café». Luego salí empapándome en el rocio, debía cortar los piñones.


Afuera todo era tan bello. Tantas campanillas, tantas, que se podía caminar sobre ellas sin pisar la tierra; tantas flores de upitos en el suelo, tantas,

que tapaban los huecos de mis zapatos...








Artículo de Daniel Rojas Pachas en Crítica.cl


Artículo de Daniel Rojas Pachas en torno a Egon Wolff en Crítica.cl

Datos sobre la publicación



Estrenamos nuestra edición X de Revista Cinosargo

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Cinosargo X - Marzo 2009

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LXIX de Trilce de César Vallejo


LXIX


Qué nos buscas, oh mar, con tus volúmenes
docentes! Qué inconsolable, qué atroz
estás en la febril solana.

Con tus azadones saltas,
con tus hojas saltas,
hachando, hachando en loco sésamo,
mientras tornan llorando las olas, después
de descalcar los cuatro vientos
y todos los recuerdos, en labiados plateles
de tungsteno, contractos de colmillos
y estáticas eles quelonias.

Filosofía de alas negras que vibran
al medroso temblor de los hombros del día.

El mar, y una edición en pie,
en su única hoja el anverso
de cara al reverso.


Hacia una interpretación Lihngüística del país de los sueños

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En el prólogo de “Al bello aparecer de este lucero”, Pedro Lastra señala con respecto a la poesía de Lihn: alcanza una mirada oblicua, distanciada y ajena, para la cual la percepción de un lugar produce la memoria del mismo. Esto el crítico lo señala en relación al carácter de viajero que asume el autor; poeta de paso que con su obra realiza el procedimiento de verbalizar como en una bitácora o diario de viaje –con su usual descreimiento en la palabra y en la comunicación humana- respuestas fragmentarias a los estímulos de lo desconocido; en su obra, Lihn principalmente alude a aquellos parajes nuevos que confronta en su devenir. Francia, Nueva York, Lima, Cuba y desde luego, el horroroso Chile del que nunca salió.

En cada uno de esos espacios-tiempo que su escritura revisa, no debemos ignorar las voces, sujetos, e infinitos textos que cruzan las vivencias desplegadas; Lastra agrega como argumento ineludible para el reconocimiento que el lector puede hacer en torno a este talante y disposición por parte del creador, los títulos que E.L da a sus obras: Escrito en Cuba, 1969. París, situación irregular, 1977, A partir de Manhattan, 1979, Estación de los desamparados, 1982, El Paseo Ahumada, 1983.

En esos nombres, evidenciamos el constante cuestionamiento del autor en torno al movimiento, la fugacidad, el tránsito, todos conjugados en el afán de re-escribir la realidad; poesía en situación que descubre como material la percepción de lo vivido; por ende, a medida que se realiza el presente (ese paso por diversos parajes) se define la identidad extra e intertextual del ser humano, creador, voz y desde luego su memoria. Todo de modo fugaz, pretendiendo asir lo inasible, lo indeterminado de la manera más completa y genuina, gracias a la poesía como lenguaje estético, abierto a una mayor sensibilidad.

Paradojalmente, la posibilidad de concretar esta tarea con éxito, se acompaña de una consciencia fija, saber pleno del fracaso e inutilidad que el hombre enfrenta, al procurar conocer el mundo que cohabita en su real composición y relaciones.

No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito / Me dejo atar, fascinado por ella / a los recuerdos del presente: / cosas que no tuvieron, por definición, un futuro pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas de que son, talvez, las últimas elaboraciones del deseo (Pena de extrañamiento)

Además palpamos un precario sentido de pertenencia, calidad de animal orillero principalmente determinado por nuestra lógica lingüística

Somos las víctimas de una falsa ciencia / los practicantes de una superstición: / la palabra: este río a cuya orilla / como el famoso camarón nos dormimos / virtualmente ahogados en la nada torrencial / Incapaces, incluso, de saber qué corriente / y hacia dónde nos lleva / si todavía cabe pensar en un sujeto (La realidad no es verbal)

El sistema simbólico opera funcionalmente desde la temprana edad y tiende de modo normativo a la reificación de los sujetos y a la construcción de identidades esperables.

Al respecto, John Zerzan señala en su artículo “Things we do” Hace unos 250 años el romántico alemán Novalis se lamentaba porque “el sentido de la vida se ha perdido” El cuestionamiento generalizado del sentido de la vida sólo puede aparecer en torno a este momento -justo cuando el industrialismo realiza su más temprana irrupción. Desde entonces, la erosión del sentido se ha acelerado rápidamente, recordándonos que la función sustitutiva de la simbolización es también una prótesis. El reemplazamiento de la vida por lo artificial, como la tecnología, implica una cosi-ficación. La reificación es también, al menos en parte, un imperativo técnico. La tecnología es “la habilidad para organizar hasta tal punto el mundo, que no necesitamos experimentarlo”.

Lastra por su parte refiere lo siguiente “El poeta de paso no conocerá nunca los lugares del que habla, se limitará a recorrerlos”

De modo que las andanzas que realiza el poeta; se cualifican como particulares de su poética, una divisa de su escritura que posee como efecto peculiar, el exponer “un desarraigo consciente de la existencia”, Tan así, que el tiempo al que hemos sido arrojados, es visto a través de la poesía de Lihn por encima de ese lenguaje simbólico, propio de un mundo normado por la sintaxis, pero al tanto de las dificultades y el spleen que produce el no poder como especie, sustraernos del poder de la palabra.

Podemos contrastar esto en función de las apreciaciones de Deleuze y su idea de agenciamiento y como el escritor se plantea ante el fenómeno: La unidad real mínima no es la palabra, ni la idea o el concepto, ni tampoco el significante. La unidad real mínima es el agenciamiento. Siempre es un agenciamiento el que produce los enunciados. Luego el pensador francés añade, el agenciamiento siempre es colectivo y pone en juego, en nosotros y fuera de nosotros, poblaciones, multiplicidades, territorios, devenires, afectos, acontecimientos. Por tanto el nombre propio no designa un sujeto, designa algo que ocurre cuando menos entre dos términos, que no son sujetos, sino agentes, elementos. Y concluye: Los nombres propios no son nombres de personas, son nombres de pueblos y de tribus, de faunas y de floras, de operaciones militares o de tifones, de colectivos, de sociedades anónimas y de oficinas de producción. El autor es un sujeto de enunciación, pero el escritor no, el escritor no es un autor. El escritor inventa agenciamientos a partir de agenciamientos que le han inventado, hace que una multiplicidad pase a formar parte de otra.

Las andanzas de Lihn como escritor, son en definitiva viajes, devenir, un paso precario, en que la memoria contribuye fugazmente a reconstruir momentos y voces, en términos de E.L, “el viaje es un cambio de escenario que corrobora la persistencia del sujeto que viaja” Surge así el anhelo de capturar siquiera un fragmento del universo. Esta obsesión conscientemente fatalista, hace de Lihn un escritor que apela a la desfundamentación metafísica, a reconocerse fatalmente imbuido en un modernismo simbólico y sinestésico insuficiente en su lógica y mecanismos. Lenguaje, viaje, precariedad, memoria, signo y situación, constituyen una realidad Lihngüísticamente transitoria que se opone desde su derrotero al agenciamiento y a la normalización.

El poema analizado tras este prólogo, Del país de los sueños; publicado en el libro Al bello aparecer de este lucero, evidencia claramente el sentir del poeta, y las apreciaciones que al respecto nos ha entregado Lastra.


Cientos, cientos de veces te encontraré a la vuelta
de la memoria abundante en esquinas
en la enrarecida atmósfera del país de los sueños
en que no hay cosa que no esté hecha de nada
Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de
los dos yo seré el único
en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.
Además allí, en la nada, encuentros y desencuentros
¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro
hecho de las palabras recordadas. La que esté allí
es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o
quince años
Sin haber envejecido porque en ese país
no se vive ni se muere, con tu vestido pasado de moda
remedo de algunas escenas que habríamos podido
vivir juntos si todavía fuéramos reales
Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera
el amor
el recuerdo vacío de estas lágrimas.


Escrito por Enrique Lihn

En el poema, E.L nos plantea una realidad confusa, fragmentada y nebulosa, plagada de giros y vueltas; el espacio es anfractuoso y sumamente inconexo, anverso de una estructura lineal, en la que todo lo que se puede considerar real, es parte de un nihilismo absoluto. Una negación de lo que se entiende como cierto y materialmente perceptible: en la enrarecida atmósfera del país de los sueños / en que no hay cosa que no esté hecha de nada.

Este verso, más allá de lo onírico e inconsciente, podemos entenderlo fuera del desamor implícito y en su calidad desfundante, si lo vinculamos a la noción que Lihn sostiene con respecto a la palabra y su efecto reduccionista. Atrapados en el juego de la comunicación el hombre ha sido mediatizado por los significantes con miras funcionales que han establecido un consenso de denotaciones, signos y preguntas con respuestas establecidas de antemano. Estas tienden ante todo, a la dominación o sustento de un discurso de poder. El escritor, en su pieza la realidad no es verbal nos revela esta mirada:

el verbo ir y como complemento / un lugar que no hay — aunque se diga — / en el adverbio donde y el hacia qué denota / en el hablar de nada (siempre se habla de nada) / — lo dice la gramática — la dirección del movimiento / reducido, también, a un simulacro. (La realidad no es verbal)

Por tanto el país de los sueños, es una metáfora de nuestro mundo –otra mentira del lenguaje, la bella presencia de una ausencia – simulacro al que damos forma cada vez que desplegamos nuestros métodos para captar la existencia, esencialmente por medio de la palabra y el pensamiento enraizado en el lenguaje.

No es causal que el poeta en ambos textos repita el término simulacro, como la manera veraz de calificar la realidad. Somos habitantes de una ficción o mera representación, de una falsa superstición que todos practicamos pero que nos resistimos a calificar como falso, para ello existen otros vocablos, también ficciones que nos permiten mantener viva la fachada de lo verdadero, fantasía, irrealidad, irracionalidad, caos, locura, son todas categorías, rostros que sirven como mecanismos de defensa del lenguaje a fin de salvaguardar su identidad arbitraria y artificial.

Además allí, en la nada, encuentros y desencuentros / ¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro / hecho de las palabras recordadas. La que esté allí es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o quince años

Como dice Baudrillard El simulacro no es lo que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad. El simulacro es verdadero. Lihn esta consciente de eso, de ahí nace su irrefrenable desesperación y voz desasida, se reconoce como víctima y actor de esa comedia inútil, de esta virtualidad que defendemos por ser la médula de nuestra sociedad, de nuestra organización, por ella matamos y nos herimos. Como un Sísifo arrastrando su roca. Lihn está al tanto del juego que hemos construido y olvidado, pasivamente negamos con pavor y se asume con reverencialidad el lenguaje y su petrificación. Repetir la palabra como un orden sagrado y perfecto es la consigna que una voz crítica y paranoica, Kafkiana en su devenir, rechaza o más bien, niega. Pues lo único que evidencia lo precario y monocorde del sistema, es su gratuidad y absurdo al tiempo que revela la imposibilidad demencial de sustraerse de él.

Los siguientes versos son ilustrativos:

Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de / los dos yo seré el único en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.

El hablante, que por momentos podemos identificar con el poeta, fuera de la relación que la pieza nos presenta como lectura impresionista y directa, haciendo opaca la otra lectura, esa que nos habla sin tapujos del descreimiento de lo real; es quien está al tanto de su condición de criatura lingüísticamente sometida, pieza del simulacro, habitante del país de los sueños. El resto en cambio, su pareja, la ropa, los taxis, los gestos, los encuentros y desencuentros, no asumen tal condición, son naturalezas, determinables, agenciadas maquinalmente en el recuerdo y la palabra, todas sin posibilidad de fuga. En otros términos, son sólo figuras oníricas, fantasmáticas, recuerdos que él escribe, que él en su calidad de artífice de la palabra puede desvirtuar. La lengua en acción, esa piedra angular del sistema es un juguete que el poeta muta, en conjunto con el sentido y los medios que usualmente tenemos para buscarlo.

En cuanto a la última parte del poema, aún cuando este expone con mayor fuerza la temática del desamor (también característica del poeta y ya mentada al principio de esta lectura), hay que recalcar que no es menor lo que sus enunciados dejan entrever en cuanto al tartamudeo y punto de fuga. Idea de proseguir en la creación entre medio y no a la saga de una dicotomía.

Sin haber envejecido porque en ese país no se vive ni se muere,

Como dice Deleuze, siempre es posible deshacer los dualismos desde dentro trazando las líneas de fuga que pasan entre los dos términos, estrecho arroyo que no pertenece ni a uno ni a otro sino que arrastra a los dos en una evolución no paralela, en un devenir heterocrono. El filósofo se refiere a la involución que no es necesariamente una derrota sino un estado perpetuo de cambio, un devenir, El devenir añade el francés, consiste en involucionar pues: El devenir no tiene historia. Involucionar es estar entre, en el medio. Por ejemplo: los personajes de Beckett están en perpetua involución. Si hay que ocultarse, si siempre hay que ponerse una máscara, no es en función de un gusto sino porque el camino no tiene ni principio ni final y hay que ocultarlos.

En consideración a esto, el escritor se eterniza en el proceso y no en resultados, menos aún en afirmaciones. En el caso de Lihn, el poeta/hablante es invadido por el recuerdo, por la escritura, por la edificación de la memoria y su inutilidad, su carencia de significación sustentada en un concepto, en un par oponible; más no en una percepción, por ello se mantiene en la tarea de escribirse, de recordarse, de un hacer en el país de los sueños.

(…)Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera el amor el recuerdo vacío de estas lágrimas.

Deleuze en este mismo aspecto señala, el medio no tiene nada que ver con la media. No se trata de una velocidad media. Los nómades están en el medio. No tienen historia solo tienen geografía. Epicuro, Spinoza y Nietzsche como pensadores nómades.

Los filósofos que cita, son creadores, Rorty los llamará edificadores, lo que queda claro es su calidad de negadores, de descreídos. Lihn por su parte, se adscribe en esa percepción del mundo, es un nómade comprometido con su propio territorio, el de la escritura incesante. La escritura, como proceso como devenir, como una línea que no esta al principio o al fin, sino en medio. Esta escritura no es una afirmación entre dos dicotomías sino un tartamudeo. Deja de ser lo uno y lo otro, al punto que tampoco es algo que deviene de ellos, es la multiplicidad indeterminada; un hoyo negro que no se deja resumir o dicotomizar. Dentro del par A Y B. Lihn es la Y.

La Y como extra-ser inter-ser, de modo que su proceso, esta entre ambos polos, no es la desesperación absoluta de la incomunicación ni la afirmación tajante y taxativa del lenguaje como sistema funcional y normado. Es un escritor flexible, una salida a las dicotomías. Escritor Lihngüísticamente desterritorializado que produce una fisura al canon gramatical y literario, al canon poético y simbólico de la sociedad y las identidades; ajeno a la centralizada arborescencia occidental de Porfirio y los mapas mentales coercitivos de un simulacro social que pretende con sus meta-códigos hacernos creer, no somos parte del simulacro. Lihn en este punto, llega a cuestionar su propia realidad personal, los rostros y categorías caen y se quiebran en este proceso de despersonalización. El país de los sueños, es su geografía, su punto de fuga a través del cual crea población en un desierto y no especies y género en un bosque.

escenas que habríamos podido vivir juntos si todavía fuéramos reales

Escrito por Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo.

El lugar sin límites de José Donoso (fragmento)

CAPÍTULO I

La Manuela despegó con dificultad sus ojos lagañosos, se estiró apenas y volcándose hacia el lado opuesto de donde dormía la Japonesita, alargó la mano para tomar el reloj. Cinco para las diez. Misa de once. Las lagañas latigudas volvieron a sellar sus párpados en cuanto puso el reloj sobre el cajón junto a la cama. Por lo menos media hora antes que su hija le pidiera el desayuno. Frotó la lengua contra su encía despoblada: como aserrín caliente y la respiración de huevo podrido. Por tomar tanto chacolí para apurar a los hombres y cerrar temprano. Dio un respingo —¡claro!—, abrió los ojos y se sentó en la cama: Pancho Vega andaba en el pueblo. Se cubrió los hombros con el chal rosado revuelto a los pies del lado donde dormía su hija. Sí. Anoche le vinieron con ese cuento. Que tuviera cuidado porque sacaron la ropa y poniéndole su famoso vestido de española a la fuerza se lo rajaron entero. Habían comenzado a molestar a la Japonesita cuando llegó don Alejo, como por milagro, como si lo hubieran invocado. Tan bueno él. Si hasta cara de Tatita Dios tenía, con sus ojos como de loza azulina y sus bigotes y cejas de nieve.
Se arrodilló para sacar sus zapatos de debajo del catre y se sentó en la orilla para ponérselos. Había dormido mal. No sólo el chacolí, que hinchaba tanto. Es que quién sabe por qué los perros de don Alejo se pasaron la noche aullando en la viña... Iba a pasarse el día bostezando y sin fuerza para nada, con dolores en las piernas y en la espalda. Se amarró los cordones lentamente, con rosas dobles... al arrodillarse, allá en el fondo, debajo del catre, estaba su maleta. De cartón, con la pintura pelada y blanquizca en los bordes, amarrada con un cordel: contenía todas sus cosas. Y su vestido. Es decir, lo que esos brutos dejaron de su vestido tan lindo. Hoy, junto con despegar los ojos, no, mentira, anoche, quién sabe por qué y en cuanto le dijeron que Pancho Vega andaba en el pueblo, le entró la tentación de sacar su vestido otra vez. Hacía un año que no lo tocaba. ¡Qué insomnio, ni chacolí agriado, ni perros, ni dolor en las costillas! Sin hacer ruido para que su hija no se enojara, se inclinó de nuevo, sacó la maleta y la abrió. Un estropajo. Mejor ni tocarlo. Pero lo tocó. Alzó el corpiño... no, parece que no está tan estropeado, el escote, el sobaco... componerlo. Pasar la tarde de hoy domingo cosiendo al lado de la cocina para no entumirme. Jugar con los faldones y la cola, probármelo para que las chiquillas me digan de dónde tengo que entrarlo porque el año pasado enflaquecí tres kilos. Pero no tengo hilo. Arrancando un jironcito del extremo de la cola se lo metió en el bolsillo. En cuanto le sirviera el desayuno a su hija iba a alcanzar donde la Ludovinia para ver si entre sus cachivaches encontraba un poco de hilo colorado, del mismo tono. O parecido. En un pueblo como la Estación El Olivo no se podía ser exigente. Volvió a guardar la maleta debajo del catre. Sí, donde la Ludo, pero antes de salir debía cerciorarse de que Pancho se había ido, si es que era verdad que anoche estuvo. Porque bien podía ser que hubiera oído esos bocinazos en sueños como a veces durante el año le sucedía oír su vozarrón o sentir sus manos abusadoras, o que sólo hubiera imaginado los bocinazos de anoche recordando los del año pasado. Quién sabe. Tiritando se puso la camisa. Se arrebozó en el chal rosado, se acomodó sus dientes postizos y salió al patio con el vestido colgado al brazo. Alzando su pequeña cara arrugada como una pasa, sus fosas nasales negras y pelosas de yegua vieja se dilataron al sentir en el aire de la mañana nublada el aroma que deja la vendimia recién concluida.
Semidesnuda, llevando una hoja de periódico en la mano, la Lucy salió como una sonámbula de su pieza.
— ¡Lucy!
Va apurada: tan traicioneros los vinos nuevos. Se encerró en el retrete que cabalga a la acequia del fondo del patio, junto al gallinero. Pero no, no voy a mandar a la Lucy. A la Clotilde si.
— ¡Oye, Cloty!
...con su cara de imbécil y sus brazos flacuchentos hundidos en el jaboncillo de la artesa entre el reflejo de las hojas del parrón.
—Mira, Cloty...
—Buenos días.
— ¿Dónde anda la Nelly?
—En la calle, jugando con los chiquillos de aquí del lado. Tan buena con ella que es la señora, sabiendo lo que una es y todo...
Puta triste, puta de mal agüero. Se lo dijo a la Japonesita cuando asiló a la Clotilde hacía poco más de un mes. Y tan vieja. Quién iba a querer pasar para adentro con ella. Aunque en la noche, embrutecidos por el vino y con la piel hambrienta de otra piel, de cualquier piel con tal que fuera caliente y que se pudiera morder y apretar y lamer, los hombres no se daban cuenta ni con qué se acostaban, perro, vieja, cualquier cosa. La Clotilde trabajaba como una mula, sin protestar ni siquiera cuando la mandaban a arrastrar las javas de Cocacola de un lado para otro. Anoche le fue mal. Tenía entusiasmo el huaso gordo, pero cuando la Japonesita anunció que iba a cerrar, en vez de irse a la pieza con la Cloty dijo que iba a salir a la calle a vomitar y no volvió. Por suerte que ya había pagado el consumo.
—Quiero mandarla. ¿No ves que si Pancho anda por ahí no voy a poder ir a misa? Dile a la Nelly que se asome en toditas las calles y que me venga a avisar si ve el camión. Ella sabe, ese colorado. ¿Cómo me voy a quedar sin misa?
La Clotilde se secó las manos en su delantal.
—Ya voy.
— ¿Hiciste fuego en la cocina?
—Todavía no.
—Entonces convídame unas brasitas para hacerle el desayuno a la niña.
Al agacharse sobre el brasero de la Clotilde preparándole el desayuno al alba después de trabajar toda la noche, con las ventoleras que entraban al salón por las ranuras de la calamina mal atornillada, donde las tejas se corrieron con el terremoto. A la Clotilde le iba tan mal en el salón que podía dejarla para sirviente. Y a la Nelly para los recados, y cuando creciera... Sí, que la Clotilde les llevara el desayuno a la cama. Qué otro trabajo quería a su edad. Además, no era floja como las demás putas. La Lucy regresó a su pieza. Allí se echaría en su cama con las patas embarradas como una perra y se pasaría toda la tarde entre las sábanas inmundas, comiendo pan, durmiendo, engordando. Claro que por eso tenía tan buena clientela. Por lo gorda. A veces un caballero de lo más caballero hacía el viaje desde Duao para pasar la noche con ella. Decía que le gustaba oír el susurro de los muslos de la Lucy frotándose, blancos y blandos al bailar. Que a eso venía. No como la Japonesita que aunque quisiera ser puta la pobre, no le resultaría por lo flaca. Pero como patrona era de lo mejor. Eso no podía negarse. Tan ordenada y ahorrativa. Y todos los lunes en la mañana se iba a Talca en el tren a depositar las ganancias en el banco. Quién sabe cuánto tenía guardado. Nunca quiso decirle, aunque esa plata era tan suya como de la Japonesita. Y quién sabe qué iba a hacer con ella porque de gozar no la gozaba. Jamás se compraba un vestido. ¡Qué! ¡Vestido! Ni siquiera quería comprar otra cama para dormir cada una en la suya. Anoche por ejemplo. No durmió nada. Tal vez por los perros de don Alejandro ladrando en la viña. ¿O soñaría? Y los bocinazos. En todo caso, a su edad, dormir con una mujer de dieciocho años en la misma cama no era agradable.
Puso el platillo del pan encima de la taza humeante, y salió. La Clotilde, lava que te lava, le gritó que la Nelly ya había ido a ver. La Manuela no le respondió ni le dio las gracias, sino que acercándose para ver si estaba lavando ropa de las otras putas, alzó sus cejas delgadas como hilos, y mirándola con los ojos fruncidos de fingida pasión, entonó:

Veredaaaaaaaa
tropicaaaaaaaaaaa - aal.


Semblanzas Profundas: Guillermo Cabrera Infante

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La obra de Guillermo Cabrera Infante (Gibara-Cuba-1929 – Londres-2005) es una de las que con mayor pulsión ha tensado los límites del lenguaje español, la crítica especializada concuerda en que el autor, inaugura un camino fértil que comunica la prosa latinoamericana con las vertientes más experimentales de la literatura anglosajona, Finnegans Wake de James Joyce, Orlando de Virginia Woolf y Tristram Shandy de Laurence Stern; otros nombres como Pound y Carroll no deben ignorarse, pues en calidad de referentes intertextuales, saltan de inmediato a la palestra.

No por capricho, su novela Tres tristes tigres inicia con el siguiente epígrafe del autor de Alicia en el País de las maravillas. “Y trato de imaginar como se vería la luz de una vela cuando está apagada”

Desde antes de dar inicio a la narración, el creador anticipa su noción con respecto a la literatura y el afán imaginista que persigue, al querer fundar una realidad autónoma capaz de desafiar y re-escribir al mundo por medio de la palabra.

Creador de primera o transcreador de primera como corregiría Haroldo de Campo, G.C.I es un traductor innegable de los sonidos populares y elitescos de América, un acérrimo desmitificador de géneros y un consecuente fragmentador de conceptos tan sacros para occidente como la unidad y sentido que se le ha brindado a la novela.

Una literatura como la de G.C.I, se abre paso entre golpes rítmicos y retrueques translingüísticos que abusan conscientemente de figuras literarias fónicas que alteran el sentido tales como la paronomasia, el calambur, las cacofonías y jitanjáforas.

"Habló la esfingerente", "Me miró, miró el block en blanco (¿o miró el blanco del block?) (…) "¿Quién era Bustrófedon? ¿Quién fue quién será quién es Bustrófedon? ¿B? Pensar en él es como pensar en la gallina de los huevos de oro, en la adivinanza sin respuesta, en la espiral. El era Bustrófedon para todos y todo para Bustrófedon era él. No sé de dónde carajo sacó la palabrita -o la palabrota. Lo único que sé es que yo me llamaba muchas veces Bustrofotón o Bustrófotomaton o Busnéforoniepce, depende, dependiendo y Silvestre era Bustrófenix o Bustrófeliz o Bustrófitzgerald..." .

La escritura del autor propone una extensa gama de potencialidades lingüísticas, en la medida que hace real una práctica que de modo significativo, altera el orden de la lengua. La premisa de G.C.I nos moviliza del sistema al proceso. Baixeras Borrell respecto a la apropiación que hace el autor del lenguaje señala lo siguiente: En términos de Chomsky, pasamos de la competencia hacia la actuación, de la verticalidad a la horizontalidad, de la isotopía a la pluriisotopía.

Por ello, Cabrera Infante, en sus páginas, se las ingenia para proponer ante lo tradicionalmente prosaico una serie de cuerpos textuales que lo abren a lo heterogéneo y a la interdiscursividad. Su prosa fragmentada, nos pone en contacto con una novelística que esta al servicio de las dislocaciones del significado y cronotopo, privilegiando ante lo enunciable y todo tipo de representatividad, el significante como mecanismo primordial para revisar la realidad y su decurso, siendo una de sus obsesiones primordiales la oralidad.

A fin de entender la preeminencia que el autor da a lo oral por encima de lo escrito, podemos remitirnos a la advertencia con que inicia TTT: El libro está en cubano. Es decir, escrito en los diferentes dialectos del español que se hablan en Cuba y la escritura no es más que un intento de atrapar la voz humana al vuelo, como aquel que dice. Las distintas formas del cubano se funden o creo que se funden en un solo lenguaje literario. Sin embargo, predomina como un acento el habla de los habaneros y en particular la jerga nocturna que, como en todas las grandes ciudades, tiende a ser un idioma secreto. La reconstrucción no fue fácil y algunas páginas se deben oír mejor que se leen, y no sería mala idea leerlas en voz alta. (Cabrera Infante 1999: 13)

Esta introducción, informa al destinatario y posible intérprete de ciertas condiciones necesarias de tomar en cuenta para la actualización del texto o al menos, para saber a que debe uno atenerse. Primero nos identifica con una lengua, el español, pero no a cualquier variante dialectológica del mismo, se refiere al Cubano, para en el acto penetrar en otro de los grandes pares binarios que establece la lingüística a fin de juzgar los registros del habla. El autor señala que en su trabajo, tanto el culto como el inculto con sus distintos grados de formalidad se incorporan tal cual, la realidad lo ha dispuesto; en su desorden e imprecisión sin mezquindades impuestas por la pulcritud artificial que el naturalismo documental de antaño privilegiara al remarcar con un maniqueísmo renacentista, tipos y formulas.

En tal grado G.C.I ubicado de modo consciente en el nivel de la experimentación y la apertura de su narrativa, tiende insistente a la desmitificación por ello añade en su advertencia, su resolución de no circunscribirse sólo a la escritura a la cual define como la pretensión de atrapar o asir la riqueza expresiva que constituye la enunciación oral. Llega en su obsesión por la oralidad a incitar al lector a leer en lo posible, la obra en voz alta, a fin de reinterpretar la jerga nocturna, la bohemia guajira, que vemos expresada en el siguiente fragmento: La dejé hablal así na ma que pa dale coldel y cuando se cansó de metel su descalga yo le dije no que va vieja, tu etás muy equivocada de la vida (así mimo), pero muy equivocada: yo rialmente lo que quiero e divestime y dígole, no me voy a pasal la vida como una momia aquí metía en una tumba désas en que cerraban lo farallone y esa gente. (Cabrera Infante 1999: 40)

Si a esto añadimos, como incorpora la poesía y su juego visual, lo cual le permite descomponer la página y contribuir a la polisemia; asimismo, la dramaturgia; otra forma verbal que Cabrera adopta a fin de apropiarse de recursos lingüísticos y comunicativos inesperados que contribuyen a la heteroglosia. Finalmente el autor no escatima esfuerzos en la tentativa de amalgamar dentro de su técnica narrativa, la riqueza sensorial y comunicativa de otras disciplinas como la música, el comic y el cine. (Un oficio del siglo XX de 1963 y Cine o sardina de 1997)

Considerando lo expuesto, no sorprende el comentario de Carlos Fuentes, el autor de La muerte de Artemio Cruz y Aura que señaló en su momento sobre la obra de Cabrera Infante que estamos ante: “una novela que nos permite efectuar el tránsito verbal del pasado al futuro". La lista de elogios similares al anterior, premios y estudios en torno a la voz de G.C.I es enorme, más es su calidad la que ubica a sus textos junto a otros de su generación; La Casa Verde, La Región más Transparente, Rayuela y Cien Años de Soledad; como un referente obligado dentro de las letras latinoamericanas surgidas a partir de la segunda mitad del siglo XX.

Los autores del llamado boom, llevaron la novela a ese terreno y G.C.I particularmente exploró los límites más abstrusos y rupturistas que nuestros preconceptos y ansía de seguridad pudieran soportar en el papel, aún cuando la realidad se mostrase insosteniblemente igual o más compleja, que la coherencia de la novela forjada en su seno.

Cabrera realmente constituye un transito hacia el futuro del lenguaje en nuestra novelística Americana y una apertura a lo que las generaciones del llamado postboom o babyboom, consolidarían. La certidumbre mecánica característica de la narrativa tradicional se fisura en esta construcción plurivalente que G.C.I, nos presenta estéticamente. Camino serpenteante, locuaz, rizomático que deja en claro la riqueza de la literatura reside en el detalle y en la realización del viaje, vivir la aventura del lenguaje más que del significado.

Autor: Daniel Rojas Pachas

Publicado en: Cinosargo.

Pronto Gramma - Poemario de Daniel Rojas editado por Cinosargo (En papel y digital)

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MI LUMÍA: Poema de Oliverio Girondo (Audio)

MI LUMÍA

Oliverio Girondo

Mi Lu
mi lubidulia
mi golocidalove
mi lu tan luz tan tu que me enlucielabisma
y descentratelura
y venusafrodea
y me nirvana el suyo la crucis los desalmes
con sus melimeleos
sus eropsiquisedas sus decúbitos lianas y dermiferios limbos y
gormullos
mi lu
mi luar
mi mito
demonoave dea rosa
mi pez hada
mi luvisita nimia
mi lubísnea
mi lu más lar
más lampo
mi pulpa lu de vértigo de galaxias de semen de misterio
mi lubella lusola
mi total lu plevida
mi toda lu
lumía.

J.C. Onetti: MATÍAS EL TELEGRAFISTA

Guillermo Fernandez - Retrato de Onetti en 1957.jpg


J.C. Onetti

MATÍAS EL TELEGRAFISTA



Cuando en casa de María Rosa, Jorge Michel contó una vez más, ante varios testigos, la historia o sucedido a Atilio Matías y María Pupo, sospeché que el narrador había llegado a un punto de perfección admirable, amenazado sin dudas por la declinación y la podredumbre en previsibles, futuras reiteraciones.
Por eso, sin propósito mayor, intento transcribir ahora mismo la versión referida para preservarla del tiempo; de sobremesas futuras.
El sucedido, que no es relato ni roza la literatura, es, más o menos, éste:
Para mí, ya lo saben, los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o lo que cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto y detrás hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca. Si algún historiador atendiera el viaje del telegrafista quedaría satisfecho consignando que durante el Gobierno de Iriarte Borda, el paquebote “Anchorena” partió del puerto de Santa María con un cargamento de trigo y lana destinado a países del este de Europa.
No mentiría; pero la mejor verdad está en lo que cuento aunque, tantas veces, mi relato haya sido desdeñado por anacronismos supuestos.
El viaje habrá durado unos noventa días y tal vez pueda, con algún trabajo, recitar el rol de la tripulación; el nombre de él, del telegrafista, se me olvidó en el principio, arrastrado por un odio supersticioso. Lo bautizo Aguilera en esta página para contar cómodo. Del nombre de ella, aunque no llegué a verla, no me olvidaré nunca: María Pupo, de Pujato, departamento de Salto.
—Qué querés. Se llama apenas María Pupo —como decía el telegrafista. Aguilera.
“A la luz de las estrellas es forzoso navegar”, empezó a cantar alguno una mañana, mientras blanqueaba una puerta y de inmediato se corrió la infección, todos canturreando lo mismo, usando la frase como saludo, respuesta, broma y consuelo. A la luz de las estrellas es forzoso navegar. Misteriosamente, la tonada lograba ser más estúpida que la letra.
Usted, uno, cuando le llega la hora de siempre es de amanecer, trepa la planchada con un rollo obligadamente azul golpeando desafiante en el lomo, insomne, hambriento pero con náuseas, todavía un poco borracho y vigilando los movimientos de la cerveza tibia en el estómago, atento también al lento desvanecer del recuerdo, cara, pelo, piernas, mano contraída y maternal de la puta que le tocó en suerte bajo un techo de lata ondulante. Son los ritos, no más, una tímida, inflada prepotencia, tradición marinera.


Y usted, uno, ya pesado de pronósticos sobre la suerte del carguero y las peripecias húmedas, muestra documentos y saludos humildes mientras examina, casi sin mover los ojos, las caras novedosas y va tanteando lo que ellas pueden ofrecerle como ayuda, molestia o desgracia.
Reunidos, hipócritas y propensos a la paciencia, escuchamos al capitán que habló de patria, sacrificios y confianza. Hombre discreto y aburrido levantó un brazo, nos deseó un buen viaje y nos pidió, sonriendo, que procuráramos darle un buen viaje también a él.
Estábamos tan agradecidos porque no había bobeado más de tres minutos, que hicimos, firmes, la venia militar en un barco mercante y balamos un hurra.
Corrí para asegurarme al gringo Vast como compañero de cabina. Pero era tarde, los lugares habían sido distribuidos un día antes y en la puerta de mi vomitario encontré una tarjeta con dos nombres: Jorge Michel-Atilio Matías.
Bañados y frescos, era inevitable que estuviéramos a las siete y treinta frente a frente, cada uno sentado en su cucheta, cada uno con la inutilidad pesada de las quietas manos de hombre entre las rodillas. De manera que Matías, el telegrafista —“tengo que irme en seguida al puesto”— tosió sin flemas, y dijo:
(Era, y para siempre, diez años más viejo que yo; tenía la nariz larga, los ojos sin sosiego, una boca fina y torcida de ladrón, de tramposo, de adicto a la mentira, un cutis protegido del sol desde la pubertad, una blancura conservada en la sombra del chambergo. Pero encima de todo esto, como un abrigo permanente, hacía flotar la tristeza, la desgracia, la mala suerte encarnizada. Era pequeño, frágil, con bigotes caídos y suaves.)
—Tengo que tomar turno —repitió.
Pero faltaba media hora para su idiotez de recibir telegramas sin sentido y teníamos una botella de ron puertorriqueño entre uno y otro.
Mi primer embarque no tuvo otro origen que la necesidad de moverse. Este tercer embarque era distinto: era la huida por tres meses de La Banda, del patronazgo inverosímil del Multi, de las genuflexiones exactas de gente que yo había respetado y, en algunos casos, querido.
Bajo la luz débil teníamos el ron, los vasos, los cigarrillos, mi ancla azul tatuada en el antebrazo.
Dentro de media hora. De modo que Aguilera, Matías el telegrafista, dijo el principio de la verdad que él creía indudable, sin necesidad de presiones. Cautelosamente protegido por una fantástica desdicha empeñada en su ruina, algo habló, hizo confesión.
Faltaban veinte minutos para empezar su guardia cuando balbució el olor del ron mientras hablaba. No era, lo supo él mismo, algo que pudiera clasificarse como manía de persecución, poner de lado y pasar a otra cosa. Porque, escuchen, Matías dijo, aproximadamente, o yo le estuve mirando en la cara triste —con su firme mueca de indignación infantil— las palabras que se le atoraban sin ser pronunciadas. Por ejemplo:
—Usted conoce Pujato —entre seguridad y pregunta—. Usted que conoce Pujato, se tiene que dar cuenta de la diferencia y la estafa, entre el gris y el verde, por lo menos. Fue la Dirección de Telecomunicaciones y aquí le puedo mostrar los documentos, uno por uno, con el orden de las fechas, que por algo se me ocurrió guardar. Dirección Nacional o General de Telecomunicaciones. Llamado primero: llámase a concurso para proveer vacantes, creaciones, de radiotelegrafistas en el orden nacional. No le niego que yo tenía un amigo que manejaba el morse, receptaba y transmitía con tanta facilidad y sin siquiera darse cuenta, como usted respira o camina o cuenta cosas. También de Pujato el amigo y por siglos de años telegrafista de la estación de ferrocarril. Con felicitaciones de los ingleses en cada inspección. Pujato, no se olvide, casi sin superior como la misma Santa María. Y el amigo quería jubilarse y dejarme el puesto como herencia de amistad. Así que en cuanto supo del aviso primero, aquí lo tienes, me dijo, el puesto es tuyo, se puso a practicarme y mucho antes del plazo reglamentario yo oía en morse y movía los dedos en morse. No era piano, no importaba que los hubiera estropeado, los dedos, en el trabajo de la chacra.
Lo que había era un empleo de telegrafista en la estación de ferrocarril de Pujato. Lo que había era Pujato en paz hasta el fin de la vida. Pujato y mi casamiento con María, que no le hablo porque son cosas sagradas para un hombre.
Pero de Pujato sí, una palabra que ya se lo dice todo. Ponga el dedo donde quiera: una mañana, una tarde. Alguna vez, quién sabe, en la misma madrugada. Pujato verde y amarillo, los chacareros mandando trigo y maíz con los camiones que algunos vuelcan a granel, hasta los silos cerca de la estación, pidiendo día, turno y vagones. Yo ahí, que les resuelvo los problemas con el morse, mitad fastidiado, mitad divertido, nunca fastidiado de veras. Yo, y míreme como me vi, telegrafista y dueño, casado con María, que puede residir en la misma estación o estarme esperando en un chalet junto a la carretera.
Usted lo ve, puede vernos, Pujato, mi señora y yo. Ahora vea el otro documento, que es el tercero, y el cuarto, donde está la trampa. Por el tercero, entre más de doscientos aspirantes yo quedo clasificado y dueño. Y en el cuarto documento, diez meses después, me mandan a radiotelegrafiar un barco, éste, tan lejos de todo lo que le dije. Alemania, Finlandia, Rusia, tantos nombres que tuve que aprender creyendo siempre que nada tenían que ver conmigo, ni en la escuela ni después.
—Qué quiere que haga —desafió Matías el telegrafista—. ¿Que esté contento?
Lo dejé ir, siguió con el ron, me dormí sospechando enfermedades. A las seis de la mañana me despertaron con las adocenadas palabras groseras y muertas; foguista o fogonero bajé hasta mi infierno sin ver a Matías y casi olvidado.
Alguien dispuso para los días siguientes que ocupáramos el camarote en horas distintas y apenas nos viéramos separados por la mesa larga del almuerzo. De modo que el destino vigiló atento la existencia de Matías y me obligó a postergar mi réplica optimista y cristiana, mi alborada del gracioso hasta pocas horas antes de Hamburgo, calor, pequeñas faltas de disciplinas, odios imprecisos, salivazos por palabras.
Ya dije o pensé que era una historia de embarcados y sólo ellos podrán entenderla de verdad. Agrego, sin disculpa, que muchas veces, en puertos o verdadera tierra firme quise explicar y convencer que todos, ciudadanos, montañeses y labriegos de llanura somos embarcados. Muchas veces y fracasando siempre.
Esto se dice para que ustedes se acerquen a comprender por qué desde que el barco salió del puerto de Santa María empecé a sentir la indiferencia, el desvío, el mal cubierto desprecio de los tripulantes, de mis amigos de otros viajes.
Tal vez exagere porque las palabras son siempre así, nunca exactas, un poco más o un poco menos. Pero sí, estoy seguro, saludos más cortos, silencios soportados con paciencia, sonrisas sin ojos, conversaciones desviadas.
Porque yo, sin otra culpa que la de vivir en el camarote que me habían impuesto, era para ellos el amigo de Matías el telegrafista, el socio del fracaso, la sombra de la mala suerte.
Y de nada me servía burlarme de Matías frente a ellos y el mismo Matías. La enfermedad, el destino enemigo del hombre de Pujato se me habían contagiado —ellos lo creían o sospechaban— y era prudente imponerme el cordón sanitario, la cuarentena. De modo que injustamente tuve que sentirme emparentado con Atilio Matías y navegar a su lado en un mar de hostilidad y persecuciones. El, Matías el telegrafista, desde su principio hasta su fin; yo, durante un viaje de tres meses.
—Y fíjese adonde nos mandan —me dijo en algún encuentro inevitable—. Nos mandan al frío, un frío de muerte tan distinto al que tenemos, un suponer, en un invierno de Pujato. Piense en la piecita del radiotelegrafista en la estación del ferrocarril, con mate hirviendo y el brasero y algún amigo con temas de verdad para conversar, que a lo mejor trajo una botella de grapa, aunque yo no soy tomador.
Y era inútil exagerar el número de veces que yo había hecho el mismo rumbo, los mismos puertos, en idéntico raes del año.
—Mire que ahora en Finlandia mismo, en Hamburgo, en Bakú, la gente anda en mangas de camisa y las mujeres en los balnearios esperan la luz de la luna para bañarse desnudas.
No me creía, simplemente; le estaba prohibido aceptar la bondad del verano y alzaba los hombros para sacudirse toda posibilidad de optimismo. Ni siquiera contestaba; yo le sabía pensar: María Pupo, Pujato, o al revés.
Por allá arriba del incendio de las calderas alguien llevaba con escrúpulo al día, a la hora, el diario de bitácora. El mío era distinto, como siempre sucede en Hamburgo.
Cuando en la rada, una mañana casi mediodía de verano, caminé enérgico para buscar la parada de tranvías, oigo los pasos persecutorios, la voz resuelta:
—Oiga, Michel. ¿Usted para dónde va?
—Para el otro lado. Estoy enfermo de ganas de Sanpauli. Mujeres y algo más fuerte que cerveza para olvidarme que soy un embarcado, y que otra vez mañana de noche las calderas. Pero usted, Matías, va al hotel Kaiser, le oí decir. Tiene que cruzar la calle, va para el otro lado, toma otro tranvía.
Estuvo bamboleando la sonrisa que se opone, aceptando, sin embargo, a la mala suerte. Debe ser fácil si uno se acostumbra. Después dijo y no llegaba ningún tranvía:
—Hágame un favor.
—No —le dije—, me voy a Sanpauli, tengo hambre de Sanpauli y si quiere venga.
Fue inútil, porque él no me oyó, porque él, Matías, llevaba años en el ejercicio de la desesperación impura.
—Usted puede hacerme un favor y después va y se emborracha. No se lo dije en toda la navegación, pero hoy es el cumpleaños de María. Si me ayuda le mando un telegrama.
—Perdone. ¿Por qué no manda un radio desde el barco? ¿Por qué no se vuelve y lo manda?

Ni siquiera me miró. Hizo una sonrisa mientras caminaba y me habló paciente, de padre a hijo:
—Catorce. El artículo catorce prohíbe toda comunicación de carácter personal, salvo situaciones de gravedad manifiesta que deben contar con el visto bueno por escrito del capitán o el jefe de estación.
—Claro, perdone —traduje.
Desde donde estábamos no se podía ver la ciudad; apenas unas torres cuadradas metidas en el sol. Pero yo la estaba oliendo, le sentía el gusto en la boca seca y puedo jurar o prometer que Sanpauli me llamaba. Pero no; su desdicha, la de Matías el telegrafista, fue más poderosa que mi hambre de humo y venga lo que venga junto a una enorme mesa redonda. Vencieron Pujato y María Pupo.
—¿Telégrafos? —empecé, para ceder y cubrir la vergüenza—. Sí, aquí cerca, dos cuadras, tenemos uno.
—Entonces, si me acompaña. Es un momento. Fíjese que no hablo el idioma y usted sí se defiende.
De manera que caminamos hacia Correos y Telégrafos, a cada paso más lejos de Sanpauli.
Consideremos, entonces, que la fraulein del mostrador de Telégrafos había nacido allí, cuarenta o cincuenta años atrás, y que los anteojos, las arrugas, la boca en media luna blanca y amarga, la mismísima voz de macho pederasta eran, como su alma, un producto de suelo miserable, de amor absurdo por el trabajo y la eficiencia, de una fe indestructible acrecida por el misterio que prometían y vedaban las letras T.T.
Así, y con rapidez satisfactoria, desde el dialecto pujatense, atravesando mi inglés de marinero, hasta el alemán perfecto de la fraulein, el mensaje decía, traducido, algo como María Pupo. Pujato. Santa María. Felicidades te desea Matías.
Ella lo escribió con tres carbónicos, cobró tres marcos o cuatro y nos dio copia y recibo.
Estábamos otra vez en la calle y era el tiempo del hambre del almuerzo, y todos los tranvías se pusieron a correr hacia Sanpauli y sus promesas. Ahora la voz no estaba saliendo de Matías el telegrafista, sino de mi hambre, mi debilidad, mi apaciguada nostalgia. La voz decía:
—Oiga, Michel. ¿Usted entiende de grafología?
—En un tiempo jugué a que sabía. Pero nunca supe de verdad.
—Pero, claro, usted sabe o por lo menos se da cuenta. Piense en la cara de la mujer.
—No.
—Sí, también a mí me repugna. Tres marcos cuarenta y un marco es más que un dólar. Y ni siquiera pasó el telegrama a máquina, lo escribió con birome y aquí tenemos la copia. Mire un poco, aunque siga porfiando que no entiende.
En un cruce de calles, en el temor de que la tarde empiece con los estómagos vacíos. Quise pegarle y no pude, dije palabras sucias y lo llevé de un brazo.
Todo, cualquier cosa; pero siempre en Hamburgo, en la más increíble esquina, habrá un delicatessen esperando. Cerveza y platitos escandinavos. Ahí, sobre la mesa, sostenida abierta por los pulgares de Matías estaba la copia del telegrama a María Pupo, Pujato.
—Fíjese con calma —dijo Matías—. Primero, la mujer, la cara de mal bicho atravesado que usted comparte conmigo.
Tomé cerveza, me llené la boca con mariscos de nombre ignorado y me rendí a una súbita, irresistible admiración por la inteligencia sutil de Matías, revelada a cambio de cuarenta y seis días de quemarme las manos en las tripas del barco, consciente de que en la misma cáscara, sobre la misma ola, separado apenas por chapas delgadas de acero y madera, viajaba la tristeza inconsolable del hombre de la radio.
—La cara para empezar —siguió Matías— y ahora tenemos la grafología, y aunque usted me porfíe que no entiende, las dos cosas se juntan y son indiscutibles. Resultado, y disculpe, que la gringa esa me quiere joder. Más claro: que ya me jodió y se quedó con el dinero, que no me importa porque tengo mucho, y no mandó ningún telegrama. Por la cara, por la grafología, y porque yo soy radiotelegrafista diplomado y algo entiendo de esas cosas.
El inglés de los embarcados es un idioma universal; y siempre sospeché que algo semejante ocurre con el whisky en toda latitud y altura, se trate de alegría, desdicha, cansancio, aburrimiento. Matías estaba loco y yo no tenía a nadie próximo para unirlo al asombro y regocijo del descubrimiento. De modo que asentí moviendo la cabeza, aparté la jarra de cerveza y pedí whisky. Lo servían así: una botella, un balde con pedazos de hielo, un sifón.
Y yo no tenía un amigo para susurrarle la locura deslumbrante de Matías que había decidido callarse por un tiempo, tragar frutos del mar y cerveza.
Seguía siendo casi el mismo: diez años más viejo que yo, la nariz larga, los ojos inquietos, una boca fina y torcida de ladrón, de tramposo, de adicto a la mentira, pequeño, frágil, con bigotes caídos y suaves. Pero ahora había enloquecido o ahora mostraba sin pudor una locura antigua y encubierta.
Era ya de tarde cuando decidí interrumpirle las reiteraciones respecto a caras, intuiciones, tildes sobre las letras.
—A la luz de las estrellas es forzoso navegar —le dije—. Y como usted tiene tanto dinero, lo mejor, lo único que puede hacer, si aprecia respetuosamente el cumpleaños de su novia, lo único que puede hacer es caminar de vuelta al monstruo T.T. y pedir comunicación telefónica con Pujato.
—Desde Hamburgo —preguntó amargo, con la ironía sin gracia de los perseguidos.
—Desde Hamburgo y por T.T. Lo hice mil veces. Se oye mejor que si usted hablara desde la misma Santa María.
Su lucha era entre la esperanza y la incredulidad atávica. Burlándose, se golpeó el rollo de billetes en el bolsillo del pantalón y me dijo: “Bueno, vamos”, como si desafiara a un niño.
Fuimos, yo apenas borracho y él con la resolución de que fuera demostrada, de una vez y para siempre y para él mismo, que toda máscara de la felicidad le había sido negada desde el principio de los días y que nada podría atenuar aquella su maldición particular de que sacaba orgullo y distinción bastantes para continuar viviendo.
Las oficinas telefónicas funcionaban en el mismo edificio de los telégrafos, de la solterona que había estafado a Matías en algo así como tres marcos cuarenta guardándose por revancha y avaricia las palabras de feliz cumpleaños para María Pupo, Pujato.
Pero los teléfonos estaban en otra ala, a la izquierda; uno remolcó al otro hasta llegar al mostrador, a la rubia delgada, joven y sonriente con ganas. Era una T.T.
Dije, traduje, expliqué y ella me miraba lentamente y sin fe verdadera. Dije otra vez, silabeando, demostrándole sinceridad y una paciencia adecuada al paso del tiempo hasta el fin del mundo.
Dudaba, ella, y terminó aceptando, blanqueándose la cara con la sonrisa exagerada y tal vez dolorosa. Es cierto que, todavía, vaciló un momento antes de la creencia y nos pidió:
—Un momento, por favor —antes de saludar con la cabeza y abandonarnos el mostrador para desaparecer, también ella, tan joven, detrás de puertas y cortinas, más allá de la gran T.T.
Luego apareció un T. T. mayor con anteojos rodeados de oro delgado y nos preguntó si era verdad lo que encontraba imposible:
—Esta coincidencia, señores...
Yo supe. No puedo saber qué pasaba dentro de Matías, de qué modo iba acomodando las postergaciones a su destino personal preferido. Yo estaba, dije, un poco borracho y brillante. Soportando otros interrogatorios, otros T.T. progresivamente mayores. Y yo repetí con candor, sin dudas, las respuestas correctas, porque al fin tuvimos, también nosotros, el privilegio de empujar cortinas y atravesar puertas hasta enfrentar al T.T. mayor, el verdadero y definitivo.
Estaba, ya de pie, detrás de un escritorio enano, de madera negra, en forma de media herradura. Ayudado por el calor, el whisky de dos años, la locura recién llegada de Matías, pude creer un momento que el hombre nos estaba esperando desde que salimos de Santa María. Era alto y grueso, el hombre que fue campeón en las canchas de la Universidad de Greifswald y abandonó el deporte dos años atrás.
Rubio, rojo, pecoso, amable y repugnante.
—Señores —dijo. Yo simulé creer—. Me han dicho que quieren una ligazón telefónica con América del Sur.
—Ya —dije, y nos pidió que usáramos las sillas.
—Con América del Sur —repitió sonriéndole al techo.
—Pujato, señor, en Santa María —le dije volviéndome para mirar a Matías y pedirle apoyo.
Pero no había nada por ese lado. La locura del telegrafista había preferido, con astucia o rebelión definitiva, una expresión de ausencia, unos ojos vacíos, unos bigotes de seda, mustios y ajenos, estremecidos por el viento de la refrigeración. El, Matías, no participaba, sólo era un testigo atento, zumbón, seguro de la derrota, indiferente, lejano.
El hombre corpulento recitaba rodeado por la semiherradura de su mesa. Era mayor que nosotros, y muy pronto la alegría fraternal de su discurso se fue transformando en decencia y hastío.
Ya estaba rodeado de funcionarios con expresiones dichosas y todos tomábamos café mientras él explicaba que la T.T. Telefunken, de la cual era un simple engranaje, acababa de poner a punto una nueva línea de comunicaciones entre Europa y Southamérica; y que esta ocasión, la estremecida nostalgia de Matías, debía ser celebrada porque el llamado de amor que pretendíamos era el primero que iba a cumplirse, en realidad, aparte, claro, de las innumerables pruebas de los técnicos.
Cuando se echó hacia atrás levantando un brazo vimos que toda la pared a sus espaldas era un enorme planisferio en el cual los rigores de la geometría decorativa no respetaban los caprichos de las costas. Y volvió a sonreír para decirnos que la celebración agregaba, a las tazas de café su carácter de gratuito, no más de tres minutos.
Asentí con entusiasmo, dije palabras de gracias y felicitación, mientras pensaba que todo aquello era normal, que las inauguraciones siempre habían sido gratuitas para mí, mientras miraba la cara furtiva del telegrafista, su expectación acusadora.
Hubo una pausa y el hombre grande empujó uno de los teléfonos hasta Matías. Era blanco, era negro y era rojo.
Matías continuó inmóvil; y, si una burla puede ser seria, había burla en su perfil escurrido y en su voz.
—María no tiene teléfono —dijo—. Llame usted, Michel. Llama al almacén y les pide que la busquen aunque no sé qué horas serán. Pregúnteles porque en una de esas es muy tarde y está durmiendo.
Quería decir Pujato duerme. Hablé con el gerente, consultamos con Greenwich y supimos que apenas empezaba a ponerse el sol en Santa María. Mugidos de terneros por el lado de Pujato, las barreras de la estación cayendo con pereza y chirridos para esperar el tren de las 18.15 rumbo adentro, capital.
Entonces, lento por premoniciones que actuaban como artritis, pensando en la libertad y Sanpauli, alargué el brazo y traje el teléfono hasta casi tocarme el pecho. Rígido, sin mirar nada que estuviera en la habitación, Matías habló con mis manos.
—Es el 314 de Pujato. El almacén. Usted pide que la llamen.
Luego de concretar instrucciones con el alemán principal hablé con la operadora. Con paciencia y reiteración el problema no fue difícil.
No sé cada cuántos segundos y durante cuántos minutos la mujer me estuvo diciendo: “No se retire; llamando”, o palabras equivalentes. Y entonces hasta el mismo Matías tuvo que alzar los ojos y apreciar el milagro que se iba extendiendo en la pared que era un planisferio. Vimos encenderse, allí mismo, en Hamburgo, la diminuta lámpara enrojecida; vimos otra que iluminaba Colonia; vimos sucesivamente, a veces con parpadeos, otras nuevas con una segura velocidad inverosímil; París, Burdeos, Alicante, Argel, Canarias, Dakar, Pernambuco, Bahía, Río, Buenos Aires, Santa María. Un tropiezo, un vaivén, la voz de otra señorita; “No se retire, llamando a Pujato, tres uno cuatro”.
Y por fin: Villanueva hermanos, Pujato. Era una voz tranquila y gruesa, de indiferencia y primer vermut. Pedí por María Pupo y el hombre prometió llamarla. Esperé sudoroso, resuelto a ignorar a Matías hasta el fin de la ceremonia, mirando el mundo iluminado con puntos de incendio detrás de la cara ancha, la sonrisa feliz del gerente rodeada, derecha, izquierda, por las sonrisas respetuosamente menores de los robots de la T.T. Telefunken.
Hasta que hubo María Pupo en el teléfono y dijo: “Habla María Pupo, quién es”.
Soy inocente. Hablé amistoso pero nada atrevido, expliqué que su novio, Atilio Matías, deseaba saludarla desde Hamburgo, Alemania. Pausa y la voz de contralto de María Pupo, atravesando el mundo y los ruidos temblorosos de sus océanos:
—Por qué no te vas a joder a tu madrina, guacho de mierda.
Colgó el teléfono rabiosa y las lamparitas rojas se fueron apagando velozmente, en orden inverso al anterior, hasta que la pared planisferio volvió a incrustarse en las sombras y tres continentes confirmaron en silencio que Atilio Matías tenía razón.


Nota de Daniel Rojas sobre Arturo la estrella más brillante de Reinaldo Arenas en Letras s5


Pierre Menard, autor del Quijote, cuento.

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Pierre Menard, autor del Quijote


A Silvina Ocampo


La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores -si bien estos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria... Decididamente, una breve rectificación es inevitable.


Me consta que es muy fácil recusar mi pobre autoridad. Espero, sin embargo, que no me prohibirán mencionar dos altos testimonios. La baronesa de Bacourt (en cuyos vendredis inolvidables tuve el honor de conocer al llorado poeta) ha tenido a bien aprobar las líneas que siguen. La condesa de Bagnoregio, uno de los espíritus más finos del principado de Mónaco (y ahora de Pittsburgh, Pennsylvania, después de su reciente boda con el filántropo internacional Simón Kautzsch, tan calumniado, ¡ay!, por las víctimas de sus desinteresadas maniobras) ha sacrificado “a la veracidad y a la muerte” (tales son sus palabras) la señoril reserva que la distingue y en una carta abierta publicada en la revista Luxe me concede asimismo su beneplácito. Esas ejecutorias, creo, no son insuficientes.


He dicho que la obra visible de Menard es fácilmente enumerable. Examinado con esmero su archivo particular, he verificado que consta de las piezas que siguen:


a) Un soneto simbolista que apareció dos veces (con variaciones) en la revista La Conque (números de marzo y octubre de 1899).


b) Una monografía sobre la posibilidad de construir un vocabulario poético de conceptos que no fueran sinónimos o perífrasis de los que informan el lenguaje común, “sino objetos ideales creados por una convención y esencialmente destinados a las necesidades poéticas” (Nîmes, 1901).


c) Una monografía sobre “ciertas conexiones o afinidades” del pensamiento de Descartes, de Leibniz y de John Wilkins (Nîmes, 1903).


d) Una monografía sobre la Characteristica Universalis de Leibniz (Nîmes, 1904).


e) Un artículo técnico sobre la posibilidad de enriquecer el ajedrez eliminando uno de los peones de torre. Menard propone, recomienda, discute y acaba por rechazar esa innovación.


f) Una monografía sobre el Ars Magna Generalis de Ramón Llull (Nîmes, 1906).


g) Una traducción con prólogo y notas del Libro de la invención liberal y arte del juego del axedrez de Ruy López de Segura (París, 1907).


h) Los borradores de una monografía sobre la lógica simbólica de George Boole.


i) Un examen de las leyes métricas esenciales de la prosa francesa, ilustrado con ejemplos de Saint­Simon (Revue des Langues Romanes, Montpellier, octubre de 1909).


j) Una réplica a Luc Durtain (que había negado la existencia de tales leyes) ilustrada con ejemplos de Luc Durtain (Revue des Langues Romanes, Montpellier, diciembre de 1909).


k) Una traducción manuscrita de la Aguja de navegar cultos de Quevedo, intitulada La Boussole des précieux.


l) Un prefacio al catálogo de la exposición de litografías de Carolus Hourcade (Nîmes, 1914).


m) La obra Les Problèmes d'un problème (París, 1917) que discute en orden cronológico las soluciones del ilustre problema de Aquiles y la tortuga. Dos ediciones de este libro han aparecido hasta ahora; la segunda trae como epígrafe el consejo de Leibniz Ne craignez point, monsieur, la tortue, y renueva los capítulos dedicados a Russell y a Descartes.


n) Un obstinado análisis de las “costumbres sintácticas” de Toulet (N.R.F., marzo de 1921). Menard ­recuerdo­ declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.


o) Una transposición en alejandrinos del Cimetière marin, de Paul Valéry (N.R.F., enero de 1928).


p) Una invectiva contra Paul Valéry, en las Hojas para la supresión de la realidad de Jacques Reboul. (Esa invectiva, dicho sea entre paréntesis, es el reverso exacto de su verdadera opinión sobre Valéry. Éste así lo entendió y la amistad antigua de los dos no corrió peligro.)


q) Una “definición” de la condesa de Bagnoregio, en el “victorioso volumen” ­la locución es de otro colaborador, Gabriele d'Annunzio­ que anualmente publica esta dama para rectificar los inevitables falseos del periodismo y presentar “al mundo y a Italia” una auténtica efigie de su persona, tan expuesta (en razón misma de su belleza y de su actuación) a interpretaciones erróneas o apresuradas.


r) Un ciclo de admirables sonetos para la baronesa de Bacourt (1934).


s) Una lista manuscrita de versos que deben su eficacia a la puntuación.[1]


Hasta aquí (sin otra omisión que unos vagos sonetos circunstanciales para el hospitalario, o ávido, álbum de madame Henri Bachelier) la obra visible de Menard, en su orden cronológico. Paso ahora a la otra: la subterránea, la interminablemente heroica, la impar. También, ¡ay de las posibilidades del hombre!, la inconclusa. Esa obra, tal vez la más significativa de nuestro tiempo, consta de los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós. Yo sé que tal afirmación parece un dislate; justificar ese “dislate” es el objeto primordial de esta nota.[2]


Dos textos de valor desigual inspiraron la empresa. Uno es aquel fragmento filológico de Novalis -­el que lleva el número 2005 en la edición de Dresden­- que esboza el tema de la total identificación con un autor determinado. Otro es uno de esos libros parasitarios que sitúan a Cristo en un bulevar, a Hamlet en la Cannebiére o a don Quijote en Wall Street. Como todo hombre de buen gusto, Menard abominaba de esos carnavales inútiles, sólo aptos ­decía­ para ocasionar el plebeyo placer del anacronismo o (lo que es peor) para embelesarnos con la idea primaria de que todas las épocas son iguales o de que son distintas. Más interesante, aunque de ejecución contradictoria y superficial, le parecía el famoso propósito de Daudet: conjugar en una figura, que es Tartarín, al Ingenioso Hidalgo y a su escudero... Quienes han insinuado que Menard dedicó su vida a escribir un Quijote contemporáneo, calumnian su clara memoria.


No quería componer otro Quijote -lo cual es fácil- sino el Quijote. Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ­palabra por palabra y línea por línea­ con las de Miguel de Cervantes.


“Mi propósito es meramente asombroso”, me escribió el 30 de septiembre de 1934 desde Bayonne. “El término final de una demostración teológica o metafísica -el mundo externo, Dios, la causalidad, las formas universales- no es menos anterior y común que mi divulgada novela. La sola diferencia es que los filósofos publican en agradables volúmenes las etapas intermediarias de su labor y que yo he resuelto perderlas.” En efecto, no queda un solo borrador que atestigüe ese trabajo de años.


El método inicial que imaginó era relativamente sencillo. Conocer bien el español, recuperar la fe católica, guerrear contra los moros o contra el turco, olvidar la historia de Europa entre los años de 1602 y de 1918, ser Miguel de Cervantes. Pierre Menard estudió ese procedimiento (sé que logró un manejo bastante fiel del español del siglo diecisiete) pero lo descartó por fácil. ¡Más bien por imposible! dirá el lector. De acuerdo, pero la empresa era de antemano imposible y de todos los medios imposibles para llevarla a término, éste era el menos interesante. Ser en el siglo veinte un novelista popular del siglo diecisiete le pareció una disminución. Ser, de alguna manera, Cervantes y llegar al Quijote le pareció menos arduo ­por -consiguiente, menos interesante- que seguir siendo Pierre Menard y llegar al Quijote, a través de las experiencias de Pierre Menard. (Esa convicción, dicho sea de paso, le hizo excluir el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje -Cervantes- pero también hubiera significado presentar el Quijote en función de ese personaje y no de Menard. Éste, naturalmente, se negó a esa facilidad.) “Mi empresa no es difícil, esencialmente” leo en otro lugar de la carta. “Me bastaría ser inmortal para llevarla a cabo.” ¿Confesaré que suelo imaginar que la terminó y que leo el Quijote -todo el Quijote- como si lo hubiera pensado Menard? Noches pasadas, al hojear el capítulo xxvi -no ensayado nunca por él- reconocí el estilo de nuestro amigo y como su voz en esta frase excepcional: las ninfas de los ríos, la dolorosa y húmida Eco. Esa conjunción eficaz de un adjetivo moral y otro físico me trajo a la memoria un verso de Shakespeare, que discutimos una tarde:


Where a malignant and a turbaned Turk...


¿Por qué precisamente el Quijote? dirá nuestro lector. Esa preferencia, en un español, no hubiera sido inexplicable; pero sin duda lo es en un simbolista de Nîmes, devoto esencialmente de Poe, que engendró a Baudelaire, que engendró a Mallarmé, que engendró a Valéry, que engendró a Edmond Teste. La carta precitada ilumina el punto. “El Quijote”, aclara Menard, “me interesa profundamente, pero no me parece ¿cómo lo diré? inevitable. No puedo imaginar el universo sin la interjección de Edgar Allan Poe:


Ah, bear in mind this garden was enchanted!


o sin el Bateau ivre o el Ancient Mariner, pero me sé capaz de imaginarlo sin el Quijote. (Hablo, naturalmente, de mi capacidad personal, no de la resonancia histórica de las obras.) El Quijote es un libro contingente, el Quijote es innecesario. Puedo premeditar su escritura, puedo escribirlo, sin incurrir en una tautología. A los doce o trece años lo leí, tal vez íntegramente. Después, he releído con atención algunos capítulos, aquellos que no intentaré por ahora. He cursado asimismo los entremeses, las comedias, la Galatea, las Novelas ejemplares, los trabajos sin duda laboriosos de Persiles y Segismunda y el Viaje del Parnaso... Mi recuerdo general del Quijote, simplificado por el olvido y la indiferencia, puede muy bien equivaler a la imprecisa imagen anterior de un libro no escrito. Postulada esa imagen (que nadie en buena ley me puede negar) es indiscutible que mi problema es harto más difícil que el de Cervantes. Mi complaciente precursor no rehusó la colaboración del azar: iba componiendo la obra inmortal un poco à la diable, llevado por inercias del lenguaje y de la invención. Yo he contraído el misterioso deber de reconstruir literalmente su obra espontánea. Mi solitario juego está gobernado por dos leyes polares. La primera me permite ensayar variantes de tipo formal o psicológico; la segunda me obliga a sacrificarlas al texto ‘original’ y a razonar de un modo irrefutable esa aniquilación... A esas trabas artificiales hay que sumar otra, congénita. Componer el Quijote a principios del siglo diecisiete era una empresa razonable, necesaria, acaso fatal; a principios del veinte, es casi imposible. No en vano han transcurrido trescientos años, cargados de complejísimos hechos. Entre ellos, para mencionar uno solo: el mismo Quijote.”


A pesar de esos tres obstáculos, el fragmentario Quijote de Menard es más sutil que el de Cervantes. Éste, de un modo burdo, opone a las ficciones caballerescas la pobre realidad provinciana de su país; Menard elige como “realidad” la tierra de Carmen durante el siglo de Lepanto y de Lope. ¡Qué españoladas no habría aconsejado esa elección a Maurice Barrès o al doctor Rodríguez Larreta! Menard, con toda naturalidad, las elude. En su obra no hay gitanerías ni conquistadores ni místicos ni Felipe II ni autos de fe. Desatiende o proscribe el color local. Ese desdén indica un sentido nuevo de la novela histórica. Ese desdén condena a Salammbô, inapelablemente.


No menos asombroso es considerar capítulos aislados. Por ejemplo, examinemos el xxxviii de la primera parte, “que trata del curioso discurso que hizo don Quixote de las armas y las letras”. Es sabido que don Quijote (como Quevedo en el pasaje análogo, y posterior, de La hora de todos) falla el pleito contra las letras y en favor de las armas. Cervantes era un viejo militar: su fallo se explica. ¡Pero que el don Quijote de Pierre Menard -hombre contemporáneo de La trahison des clercs y de Bertrand Russell- reincida en esas nebulosas sofisterías! Madame Bachelier ha visto en ellas una admirable y típica subordinación del autor a la psicología del héroe; otros (nada perspicazmente) una transcripción del Quijote; la baronesa de Bacourt, la influencia de Nietzsche. A esa tercera interpretación (que juzgo irrefutable) no sé si me atreveré a añadir una cuarta, que condice muy bien con la casi divina modestia de Pierre Menard: su hábito resignado o irónico de propagar ideas que eran el estricto reverso de las preferidas por él. (Rememoremos otra vez su diatriba contra Paul Valéry en la efímera hoja superrealista de Jacques Reboul.) El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)


Es una revelación cotejar el Don Quijote de Menard con el de Cervantes. Éste, por ejemplo, escribió (Don Quijote, primera parte, noveno capítulo):


... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.


Redactada en el siglo diecisiete, redactada por el “ingenio lego” Cervantes, esa enumeración es un mero elogio retórico de la historia. Menard, en cambio, escribe:


... la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir.


La historia, madre de la verdad; la idea es asombrosa. Menard, contemporáneo de William James, no define la historia como una indagación de la realidad sino como su origen. La verdad histórica, para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió. Las cláusulas finales -ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir- son descaradamente pragmáticas.


También es vívido el contraste de los estilos. El estilo arcaizante de Menard -extranjero al fin- adolece de alguna afectación. No así el del precursor, que maneja con desenfado el español corriente de su época.


No hay ejercicio intelectual que no sea finalmente inútil. Una doctrina es al principio una descripción verosímil del universo; giran los años y es un mero capítulo -cuando no un párrafo o un nombre- de la historia de la filosofía. En la literatura, esa caducidad es aún más notoria. El Quijote -me dijo Menard- fue ante todo un libro agradable; ahora es una ocasión de brindis patriótico, de soberbia gramatical, de obscenas ediciones de lujo. La gloria es una incomprensión y quizá la peor.


Nada tienen de nuevo esas comprobaciones nihilistas; lo singular es la decisión que de ellas derivó Pierre Menard. Resolvió adelantarse a la vanidad que aguarda todas las fatigas del hombre; acometió una empresa complejísima y de antemano fútil. Dedicó sus escrúpulos y vigilias a repetir en un idioma ajeno un libro preexistente. Multiplicó los borradores; corrigió tenazmente y desgarró miles de páginas manuscritas.[3] No permitió que fueran examinadas por nadie y cuidó que no le sobrevivieran. En vano he procurado reconstruirlas.


He reflexionado que es lícito ver en el Quijote “final” una especie de palimpsesto, en el que deben traslucirse los rastros -Tenues pero no indescifrables- de la “previa” escritura de nuestro amigo. Desgraciadamente, sólo un segundo Pierre Menard, invirtiendo el trabajo del anterior, podría exhumar y resucitar esas Troyas...


“Pensar, analizar, inventar (me escribió también) no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia. Glorificar el ocasional cumplimiento de esa función, atesorar antiguos y ajenos pensamientos, recordar con incrédulo estupor que el doctor universalis pensó, es confesar nuestra languidez o nuestra barbarie. Todo hombre debe ser capaz de todas las ideas y entiendo que en el porvenir lo será.”


Menard (acaso sin quererlo) ha enriquecido mediante una técnica nueva el arte detenido y rudimentario de la lectura: la técnica del anacronismo deliberado y de las atribuciones erróneas. Esa técnica de aplicación infinita nos insta a recorrer la Odisea como si fuera posterior a la Eneida y el libro Le jardin du Centaure de madame Henri Bachelier como si fuera de madame Henri Bachelier. Esa técnica puebla de aventura los libros más calmosos. Atribuir a Louis Ferdinand Céline o a James Joyce la Imitación de Cristo ¿no es una suficiente renovación de esos tenues avisos espirituales?


Nîmes, 1939


[1] Madame Henri Bachelier enumera asimismo una versión literal de la versión literal que hizo Quevedo de la Introduction à la vie dévote de san Francisco de Sales. En la biblioteca de Pierre Menard no hay rastros de tal obra. Debe tratarse de una broma de nuestro amigo, mal escuchada.


[2] Tuve también el propósito secundario de bosquejar la imagen de Pierre Menard. Pero ¿cómo atreverme a competir con las páginas áureas que me dicen prepara la baronesa de Bacourt o con el lápiz delicado y puntual de Carolus Hourcade?


[3] Recuerdo sus cuadernos cuadriculados, sus negras tachaduras, sus peculiares símbolos tipográficos y su letra de insecto. En los atardeceres le gustaba salir a caminar por los arrabales de Nîmes; solía llevar consigo un cuaderno y hacer una alegre fogata.



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